Ramon Llull, procurador de los infieles

S. Mata (ir a la página del autor)

Índice del libro:

Introducción

El Mediterráneo y Mallorca en el siglo XIII

Trovador y caballero en la corte mallorquina

De trovador a filósofo

Las primeras obras de Ramon Llull

La “ilustración” de Randa: el Arte

Fracasos en Mallorca, Roma y París

La etapa ternaria hasta la crisis de Génova

De la prueba a la Taula

Trovando el Arte de corte en corte

Ascenso y caída

Ramon Llull y el 11 de septiembre

 

 

Del mismo autor:

Submarinos alemanes

Tienda en E-Bay

 

 

El Mediterráneo y Mallorca en el siglo XIII

A comienzos del siglo XIII, el Mediterráneo seguía siendo uno de los escenarios principales de la historia. No conservaba la unidad política que le había dado el Imperio Romano, aquejado ya en el siglo III después de Cristo por una crisis económica que provocó su desurbanización y provincialización. El Imperio se separó en dos partes (occidental y oriental), y tras la crisis militar iniciada en el último cuarto del siglo IV en oriente (Adrianópolis 375), el imperio occidental fue sucedido por Estados cuyas elites procedían de los pueblos denominados germánicos. Particularmente las costas meridionales del Mediterráneo occidental perdieron protagonismo cultural y económico.

La mayor de las cinco principales islas Baleares había sido habitada desde el cuarto milenio antes de Cristo. A mediados del segundo milenio se desarrolló en ella la cultura neolítica talayótica, a la que dan nombre las características torres de su arquitectura ciclópea. En la antigüedad eran conocidos los honderos baleares, que acompañaron a Aníbal en sus campañas. Los romanos conquistaron Mallorca en 124 a.C.: la campaña duró dos años y había sido motivada por las incursiones de piratas que tenían sus bases en la isla. Se fundaron dos colonias romanas: Palmaria (Palma) y Pollentia (Alcudia). En Mallorca se conservan dos basílicas paleocristianas en Manacor, restos de una tercera en Santa Maria y hay datos sobre la existencia de otras tres en Palma, Pollentia y Cabrera.

La religión jugó en la Edad Media un papel diferente al que había tenido en la antigüedad. En Israel había existido un Estado teocrático, cuyo fin se supeditaba al de la religión. El Estado debía conquistar la tierra prometida por Yahvé a Abraham, y defender y administrar un pueblo que diera culto a Dios en espera del cumplimiento de las promesas, en particular de la llegada de un Mesías que redimiera al pueblo de sus pecados. Además de Alianza social, la religión era sobre todo un compromiso personal, según el mandato de la Shemá Israel: “Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio, 6, 4-5).

En el Imperio Romano la religión no influía en la vida política. Existían funciones litúrgicas que no implicaban un compromiso personal, y por otra parte prácticas idolátricas privadas no sometidas a regulación. Nacido durante el reinado del emperador Augusto y crucificado bajo el de Tiberio, Jesús de Nazaret se presentó como el Mesías prometido a Israel, que con su muerte había de redimir al pueblo del pecado. Sus milagros, en particular su propia resurrección, debían testimoniar que Jesús no sólo era un hombre ungido por Dios (Cristo), sino el mismo Dios encarnado.

La asamblea (Iglesia) de los discípulos de Jesús (pronto llamados cristianos) se presentaba como pueblo de Dios, continuación de Israel, pero con una notable diferencia: la proclamación de un reino que “no es de este mundo” hacía innecesario un Estado teocrático. La nueva fe completaba la Shemá Israel con el mandato del amor al prójimo sin limitaciones espacio-temporales: la comunidad cristiana no tenía un territorio que conquistar o defender, y ni siquiera la fe personal debía defenderse con la espada, puesto que el mismo Cristo, a quien los cristianos querían imitar, renunció a la defensa violenta de su propia vida.

Augusto incluyó en la religión romana la figura del emperador y la obligación de rendirle culto personal. Muchos cristianos (mártires o testigos) opondrán una resistencia pasiva y serán ejecutados por las autoridades romanas. La legitimidad de éstas, no obstante, no fue puesta en duda por la Iglesia ya que Cristo había reconocido la de Pilatos (“no tendrías ningún poder sobre mí si no lo hubieras recibido de lo alto”, Juan 19,11), y Pablo de Tarso la de sus propios persecutores, que “no tienen las armas sin razón. También tienen misión de Dios para castigar a los malhechores” (Romanos 13, 5).

Constantino concedió en 313 libertad de culto a los cristianos. Posteriormente, emperadores romanos y caudillos de diversos pueblos abrazarían el cristianismo, incluso en forma masiva (aunque no colectiva, ya que la incorporación a la Iglesia exige un acto individual: el bautismo). La religión, además de servir a la relación de cada persona con Dios y con los demás creyentes, se convirtió en distintivo social. Nada tenía que oponer la Iglesia a que el cristianismo fuera religión mayoritaria. Pero las conversiones masivas diluyeron el sentido de adhesión personal y la autoridad civil llegó a identificar la protección de la libertad religiosa con la defensa de la Iglesia y de su culto en exclusiva; hasta arrogarse el papel de guardar la pureza de la fe dentro de la misma Iglesia y de extenderla a nuevas gentes.

En la Edad Media existirán sociedades impropiamente teocráticas, ya que rara vez se dará el caso de identificación entre los fines de la sociedad civil y de la Iglesia. Incluso aunque se diera ese caso, no era la asamblea de los creyentes quien sometía al Estado a sus propios fines (como, al menos teóricamente, sucedía en Israel), sino al revés: la autoridad civil se arrogaba competencias religiosas. Esta tendencia recibió en oriente el nombre de cesaropapismo. En occidente las tensiones entre autoridad civil y eclesiástica culminarían en la “querella de las investiduras” (1024-1122): en este conflicto el rey de Aragón se pondrá de parte del papa, como veremos, al hacerse vasallo de la Santa Sede.

Las divisiones ocurridas en la Iglesia por cuestiones doctrinales pueden agruparse en dos: la separación (herejía en griego) de quienes creían que Cristo era hombre pero no Dios —su principal exponente es el arrianismo— y la de quienes creían que era Dios pero no hombre (el monofisismo, que afirma en Cristo sólo la naturaleza —physis— divina). Son por tanto disensiones acerca del misterio de la Trinidad: mientras que la Iglesia católica (universal) afirma que Dios es uno, y que en él hay tres personas, una de las cuales es también hombre; el arrianismo reconoce el carácter divino sólo de Dios Padre; y el monofisismo reconoce la divinidad de las tres personas, pero no la naturaleza humana de la segunda.

Buena parte de los pueblos que constituyeron Estados en los territorios romanos occidentales eran arrianos. La elite política que durante más tiempo se mantuvo en esta herejía fueron los visigodos, cuyo rey (Recaredo) no abrazó el catolicismo hasta 589. Mientras tanto, divisiones políticas y discusiones organizativo-doctrinales propiciaron un alejamiento entre las iglesias orientales (representadas por el patriarcado de Constantinopla) y las occidentales: pero no sería hasta 1054 cuando se produjera una ruptura formal entre Bizancio y Roma (“cisma de oriente”).

En el siglo VII apareció una nueva religión: el Islam. Su fundador, Mahoma (570-632) la dio a conocer a partir de 613, presentándola como producto de revelaciones del arcángel Gabriel. A diferencia del cristianismo, que consiste en el “seguimiento” de la persona de Cristo, el Islam es la aceptación de una ley, en cuyo cumplimiento el Profeta es un modelo, pero no un fin. La ley islámica se contiene en el Corán (“recitación”), cuya redacción se completó poco después de la muerte de Mahoma, y en la tradición (Sunna), también procedente de la predicación del Profeta, pero cuya redacción (Hadith) no se completó hasta el siglo IX. El Islam (“sumisión”) contiene cinco normas fundamentales: la profesión de fe, la oración, el ayuno, el cumplimiento de los deberes sociales y la peregrinación a La Meca.

Al margen de su forma de entender a Dios, el Islam difiere del cristianismo por ser una teocracia: la autoridad del Profeta abarca también el ordenamiento de la sociedad civil. El servicio a Dios es una lucha (Yihad), cuyo principal campo de batalla es el sometimiento de las pasiones en el alma (Yihad mayor). Pero existe además una “lucha del cuerpo” (Yihad menor) para defender y extender la fe islámica: “Alá ha comprado a los creyentes sus personas y su hacienda, ofreciéndoles, a cambio, el Jardín. Combaten por Alá: matan o les matan. Es una promesa que Le obliga, verdad, contenida en la Torá, en el Evangelio y en el Corán” (Corán IX, 111).

Por lo que hace al Evangelio, Mahoma no había leído lo que Jesús, al ser detenido, dijo a Pedro: “Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman espada, a espada perecerán” (Mateo 26,52). En el segundo capítulo del Corán parece justificarse sólo la defensa propia: “Combatid por Alá contra quienes combatan contra vosotros, pero no os excedáis. Alá no ama a los que se exceden. Matadles donde deis con ellos, y expulsadles de donde os hayan expulsado. Tentar es más grave que matar” (II, 190-191). Ante todo es la religión lo que se defiende con las armas: “Combatid contra ellos hasta que dejen de induciros a apostatar y se rinda culto a Alá. Si cesan, no haya más hostilidades que contra los impíos” (II, 193).

Es el respeto al Islam como religión y a sus implicaciones sociales lo que Mahoma insta a imponer por la fuerza, pero en principio no el culto personal: “No cabe coacción en religión. La buena dirección se distingue claramente del descarrío” (II, 256). No al menos hasta el capítulo IX, en el que Mahoma denuncia a los que se han aliado con los “asociadores” (infieles, politeístas, impíos, tentadores o persecutores): “Respetad vuestra alianza con ellos durante el plazo convenido. Cuando hayan transcurrido los meses sagrados, matad a los asociadores dondequiera que les encontréis. ¡Capturadles! ¡Sitiadles! ¡Tendedles emboscadas por todas partes! Pero si se arrepienten, hacen la azalá (oración) y dan el azaque (tributo), entonces ¡dejadles en paz!” (IX, 4-5).

Las implicaciones sociales del Islam son relevantes también para los que no lo abrazan, sobre todo si su conducta puede considerarse escandalosa, dado que “tentar es más grave que matar”. Bien lo experimentaron los judíos de Medina: “Hizo bajar de sus fortalezas a los de la gente de la Escritura que habían apoyado a aquéllos. Sembró el terror en sus corazones. A unos matasteis, a otros les hicisteis cautivos. Os ha dado en herencia su tierra, sus casas, sus bienes y un territorio que nunca habíais pisado” (XXXIII, 26-27).

Con el Islam reaparece una teocracia como la de Israel, pero que a diferencia del judaísmo tiene un carácter universal que tampoco es exactamente el mismo que el del cristianismo: los judíos debían conquistar la tierra prometida, para esperar en ella la llegada del Mesías; a los cristianos se prometía el reino de los cielos a cambio de su paciencia en la lucha contra las propias pasiones y al soportar persecuciones. A los musulmanes, además del paraíso celestial, se les promete el dominio de la tierra entera: deben luchar contra sus propias pasiones, pero no hay Mesías al que esperar ni persecuciones dignas de soportarse.

La conciencia que los creyentes en la nueva fe tenían de su derecho a decidir sobre los bienes terrenales —propios y ajenos— en pro del mejor ejercicio de la religión facilitó sin duda la difusión del Islam. A su muerte, Mahoma gobernaba sobre Medina y la Meca. En 635 conquistaron los musulmanes Damasco, en 636 Jerusalén, en 642 Armenia, en 646 Alejandría, en 649 Chipre y en 651 Persia. Cinco años más tarde, a la muerte de Uthman, tercer sucesor del Profeta, las divisiones internas frenaron la expansión del Islam.

La causa de estas divisiones era la discrepancia acerca del modo de transmitirse la autoridad, cuestión que Mahoma no había definido. Para la mayoría de los musulmanes (los sunitas), toda la autoridad corresponde al jefe civil (califa). Para los chiitas (originariamente diferenciados por ser los “partidarios de Alí”, cuarto sucesor de Mahoma), la autoridad religiosa corresponde a determinados jefes (“imanes”), el último de los cuales “desapareció” en torno al año 900 y regresará como Mesías (“Al-Mahdi”) al fin de los tiempos.

En 659 fue proclamado califa en Jerusalén un primo de Uthman, Moaviya, primero de los Omeyas (dinastía que gobernó hasta 750), y único califa a partir de la muerte de Alí (661). Durante su reinado se completó la conquista de Egipto y, en el Este, las de Afganistán y Uzbekistán. Moaviya eligió Damasco como sede del califato, heredado en 680 por su hijo, cuyas tropas dieron muerte al imán Hussein, último descendiente masculino de Mahoma (y caudillo del “partido de Alí”), lo que agravó las diferencias entre sunnitas y chiitas. Los éxitos militares continuaron con la llegada al Atlántico en 683, la conquista de Cartago y la de Hispania (711), y con la campaña en Francia a partir de 722, frenada en Poitiers exactamente cien años después de la muerte del Profeta (732). Las fronteras del Islam lo enfrentaban en Asia a turcos y chinos en el norte, y llegaban por el sur hasta la India.

Frente a los omeyas se alzó el partido de los hachemitas (descendientes de Abu Hachim, bisabuelo de Mahoma), que aspiraban a que gobernaran parientes más cercanos del Profeta: en concreto los descendientes de los dos tíos de Mahoma, al-Abbas (abásidas) y Abu Talib (alidas). Los abásidas establecieron en 749 un califato en Bagdad que había de durar hasta 1258 (y hasta 1517 en Egipto). En Al-Andalus (nombre documentado ya en 716 para designar a la tierra por la que pasaron los vándalos antes de llegar a África), se produjeron rebeliones de los bereberes (pueblos cuya presencia en el Magreb está documentada desde 3000 a.C.), discriminados respecto a los árabes, quienes requirieron el concurso de soldados sirios para sofocar a los rebeldes. En el norte, se produjeron rebeliones de cristianos (722, Covadonga).

El sunismo dio lugar a cuatro escuelas: el hanifismo (de Abu Hanifa, muerto en 795, doctrina oficial con los otomanos) partidario de cierta “libertad de opinión”; el malekismo (de Malek bin Anas, muerto en 820), extendido en el Magreb y África subsahariana, partidario de un consenso entre norma social y conciencia; el más tradicionalista chafitismo (de As-Chafiis, también muerto en 820), extendido en Egipto y por el Océano Índico; y el hanbalismo (de Ahmad ibn Hanbal, muerto en 855), partidario de interpretar literalmente el Corán y la Sunna. Durante el siglo IX cristalizó la doctrina —no contenida en el Corán— que castiga con la pena de muerte la apostasía del Islam. Al no existir un acto de adhesión al Islam semejante al bautismo, esta doctrina mermará la libertad religiosa de las personas nacidas en países musulmanes, ya que, salvo prueba en contrario, se les considera sometidos al Islam.

Al huir a Córdoba un Omeya, Abd al-Rahman, el emirato andalusí se independizó de Bagdad (756-929). Los problemas del emirato cordobés procedían no tanto de los rebeldes cristianos del norte, cuanto de las aspiraciones autonomistas de los gobernadores de Toledo, Mérida y Zaragoza, y de la pretensión de los muladíes (hispanos que abrazaron el Islam) de alcanzar la igualdad de derechos con respecto a los árabes (rebelión de Umar ibn Hafsun en 879). En el Magreb surgió el califato fatimí, formado por una escisión de los ismailitas (grupo chiita con tintes esotéricos). El sirio Ubaid Alá, primer califa fatimí que gobernó en Kairuan entre 909 y 934, decía estar emparentado con Ismail —descendiente de al-Hussein, hijo de Alí y Fátima— y pretendía ser el Mahdi esperado por los partidarios de Alí.

Siguiendo el ejemplo magrebí, en 929 el emir Abd al-Rahman III se proclamó califa en Córdoba. Este califato extendió sus dominios en África y mantuvo la frontera con los nuevos reinos cristianos, con la cuenca del Duero como tierra de nadie. En el último cuarto del siglo X, el caudillo militar Almanzor centró su atención en la lucha contra los cristianos, mientras en Al-Andalus se agravaron las tensiones étnicas, que culminarían con el fin del califato (1031) y la división del territorio en reinos de taifas (del árabe “ta'ifa”, bandería).

El caudillo Belisario había recuperado Mallorca para el emperador Bizantino Justiniano I en 534, al año siguiente de haber puesto fin a un siglo de dominio vándalo en el norte de África. Tras decaer el poderío bizantino, la isla fue de nuevo cobijo de corsarios. En 707 se produjo un primer desembarco musulmán sin consecuencias. Mallorca fue incorporada al emirato de Córdoba en 903, pasando la Palmaria romana a denominarse Medina Mayurqa. Tras la disolución del califato, Mallorca dependió de Dènia antes de ser independiente.

El dominio islámico en la Península Ibérica fue equilibrado primero y decayó después en favor de los reinos cristianos en dos etapas principales, señaladas respectivamente por la conquista de Toledo, primera gran ciudad con población musulmana que caía en poder de los cristianos peninsulares, en 1085; y por la batalla de las Navas de Tolosa, en 1212. Ante la falta de unidad del Islam andalusí, la contención del empuje cristiano llegó desde África, por obra de los imperios bereberes almorávide y almohade que a la postre fracasarían en el intento de defender Al-Andalus.

El imperio de los almorávides surgió en 1055 (en 1070 instalaron su capital en Marrakech): como reacción a la conquista de Toledo, en 1086 derrotaron a Alfonso VI  en Sagrajas, conquistando posteriormente a los taifas que les habían pedido ayuda (Granada, donde instalaron su capital, Sevilla y Badajoz), Valencia en 1102 y Zaragoza en 1110. El deseo del califa almorávide Yusuf de “hacer regresar a los musulmanes al camino de Dios” supuso un punto de inflexión en Al-Andalus: en el siglo XII la emigración de los mozárabes hacia el norte “descristianizó” los reinos de Córdoba, Sevilla y Granada. El carácter militar e intolerante del régimen provocó a la postre, tras el fracaso bélico (1139-1146), su ruina.

En 1114, el conde Ramón Berenguer III de Barcelona trató de anexionarse Mallorca ayudado por la marina de Pisa, que sufría la acción de los corsarios musulmanes. Los italianos se retiraron ante la llegada de una escuadra almorávide desde África, y el conde de Barcelona, que había incendiado Medina Mayurqa, suspendió la campaña en 1116. A partir de entonces gobernó Mallorca de forma casi independiente la familia almorávide de los Banu Ganiya. En el último cuarto del siglo XII, los gobernantes musulmanes mallorquines firmaron cuatro tratados de no-agresión (1177, 1181, 1185 y 1188) con las repúblicas de Génova y Pisa. Los corsarios baleares disfrutaban de una situación, si no hegemónica, al menos ventajosa, que les permitió atacar en 1178 Tolón y tomar cautivo al vizconde de Marsella, Hugo Gaufrido.

La expedición de Ramón Berenguer III contra Mallorca había recibido ya el título de cruzada: ¿Tiene algo que ver esa guerra con la Yihad menor islámica? En occidente, a principios del siglo V, Agustín de Hipona expuso la doctrina de la guerra justa en defensa del orden. En La Ciudad de Dios, afirmó (a semejanza de Sócrates y a ejemplo de Jesucristo) que vale más soportar el mal que cometerlo: de hecho la aceptación del sufrimiento es un elemento esencial del cristianismo, cuya señal es la cruz. La novedad de la guerra justa consiste en afirmar que la renuncia a la autodefensa (típica de los mártires) no se puede imponer: existe obligación de defender a la sociedad.

San Agustín escribía tras la caída de Roma en manos de los visigodos (410): respondía a la acusación de que los cristianos no habían defendido el imperio. En el concilio celebrado en Cartago en 411, el obispo de Hipona aceptará el recurso a la autoridad civil para poner fin a las divisiones entre los cristianos del norte de África, que habían alcanzado caracteres de guerra civil. San Agustín justifica, pues, la defensa de la sociedad frente a ataques externos y el recurso a la fuerza para restablecer la unidad religiosa —en una sociedad cristiana cuyas divisiones afectaban a la paz civil—: pero no el que una religión minoritaria imponga su culto o interprete como agresión la indiferencia de otros hacia sus prácticas religiosas. La violencia puede evitar la injusticia o restablecer el orden, pero en ningún caso extender la religión.

Para los orientales, la autoridad del imperio romano occidental había sido “trasladada” al emperador bizantino. Los nuevos pueblos asentados en occidente aceptaron tácitamente esta teoría hasta la coronación de Carlomagno como emperador por el papa León III (año 800), que a su vez dará lugar al mito de una translatio imperii en favor de los descendientes de los pueblos llamados germánicos. Lo cierto es que para cuando Carlomagno pretendió asumir el imperio, las guerras de agresión con las que extendió el dominio franco casi habían terminado: en 774 conquistó Lombardía, en 778 atacó a los musulmanes en Hispania, en 788 conquistó Baviera, en 790 liquidó el reino avaro. La guerra contra los sajones, emprendida en 772 al poco de asumir el reino, no terminaría hasta el mismo año de su muerte, 804.

Esta guerra tuvo teóricamente como fin facilitar la predicación y la conversión de un pueblo pagano. A cambio de la presunta defensa de los cristianos (incluso de la ayuda en la extensión de la fe), la Iglesia se vio amenazada por el cesaropapismo, ya que el papa debía ser elegido con el consentimiento del emperador. Ello provocó numerosos conflictos, sobre todo en el siglo X (“siglo de hierro”), incluyendo la deposición de dos papas (Juan XII y Benedicto V) por el emperador Otón, pasando por el asesinato de otro (Benedicto VI) a manos de la nobleza romana y el nombramiento de su sucesor (Benedicto VII) directamente por Otón II. En el siglo XI, el emperador Enrique II hará nombrar papa a su capellán (Clemente II), que también morirá asesinado (1047).

En torno a la celebración del milenario de la muerte de Cristo (1033) cobraron auge las peregrinaciones de carácter penitencial: por lo que suponían de sacrificio, eran actos meritorios y quienes las emprendían (no sólo aquellos a quienes se les imponía como penitencia) podían lucrar determinadas indulgencias que llevaban asociada una gracia (no la de la remisión de la culpa, para lo que era precisa la confesión de los pecados, pero sí de la pena temporal del purgatorio) en caso de que se cumplieran ciertas condiciones: desearla ante todo, confesar, comulgar, etc. En occidente, la celebración del milenario coincidió con el fin del califato de Córdoba, lo que facilitó el auge de las peregrinaciones a Santiago de Compostela. La situación de Italia hacía más peligrosa la peregrinación a Roma.

La primera mención de un caballero que adoptó un hábito “cruzado” para luchar contra los sarracenos aparece en 1020 con la llegada de Hugues IV de Lusignan (“el moreno”) a tierras hispánicas. Al año siguiente, a raíz de una persecución contra los cristianos en Siria, el papa Silvestre II sugiere la idea de una expedición, y efectivamente se llevó a cabo una incursión que puede considerarse precedente de las cruzadas. Pero la gestación de la primera no se deberá a la necesidad de aunar fuerzas para defenderse o agredir a los musulmanes, sino a la de defender los intereses de un reino cristiano frente a otro.

En concreto, sería el rey de Aragón quien consiguiera del papa Alejandro II en 1063 la predicación de una cruzada para conquistar Barbastro: de esta forma, Fernando I de Castilla no podría auxiliar al taifa barbastrense, que se había sometido a su protección en 1060. Tras esta “pre-cruzada”, el rey aragonés Sancho Ramírez (1064-1094) acudió a Roma (1068) y formalizó su vasallaje a la Santa Sede (1089) para garantizar su independencia frente al reino de Pamplona. Esta fórmula, de la que Aragón fue pionero en la península ibérica, sería adoptada en 1143 por Alfonso Enríquez de Portugal, al poco de adoptar el título de rey.

En el mismo año de la “pre-cruzada” de Barbastro, el arzobispo de Maguncia, Sigfried, y otros cuatro obispos peregrinaron a Palestina con 7.000 personas. La derrota bizantina en Manzikert y la caída de Jerusalén (1071), más la de Antioquia (1085) en manos de los turcos selyúcidas obstaculizaron las peregrinaciones ya de por sí complicadas tras el cisma que separó a la iglesia de oriente de la de occidente (1054). El papa aplaudió en 1073 el paso a Hispania de un ejército franco al mando de Ebles II, conde de Roucy y cuñado del rey de Aragón. Al año siguiente, Gregorio VII planeaba ya una cruzada que no llegará a predicar.

La petición de auxilio del emperador Miguel VII después de Manzikert fue repetida en 1084 por el patriarca Simeón de Jerusalén —con detalles sobre la persecución religiosa en carta que Pedro el Ermitaño leyó al papa Urbano II— y al año siguiente por el emperador Alexo I Comneno al conde Roberto de Flandes. Los nobles occidentales no sólo desoían las peticiones de auxilio llegadas de oriente, sino que en 1084 pusieron cerco a la propia Roma.

El papa quedó como única autoridad capaz de organizar una reacción frente al avance turco, pero para atraer la atención de los nobles occidentales, más inclinados a pelearse por querellas locales, necesitaba un medio extraordinario: la cruzada como guerra justa promovida desde Roma. Quienes se enrolaban podían lucrar indulgencia plenaria (remisión total de las penas del purgatorio): no se les prometía el cielo a cambio de morir en la guerra —algo que sí hace la Yihad menor—, pero sí la posibilidad de conseguirlo si, además de enrolarse, se cumplían las condiciones de la indulgencia. La cruzada aunaba la espiritualidad penitente de los peregrinos con la doctrina de la guerra justa.

En Francia había tomado cuerpo un “movimiento” cruzado, que llevó al conde de Tolosa (Raimundo de Saint-Gilles) y al duque de Borgoña (Eudes I) a intervenir en Hispania en 1087 (después de que Alfonso VI de León y Castilla fuera derrotado por los almorávides en Sagrajas-Zalaca, 23 de octubre de 1086). Una nueva petición de auxilio de Alexo Comneno (1094) llevarán a Urbano II a proclamar en 1095 la primera cruzada. Será de nuevo el conde de Tolosa (Raimundo IV) el primer mandatario que se enrole para conquistar Tierra Santa (y no para combatir a los turcos en Anatolia, como pretendían los emperadores bizantinos). En un plazo de tres años surgirán cuatro Estados latinos en el Mediterráneo oriental: los condados de Edesa y Trípoli, el principado de Antioquia y el reino de Jerusalén.

Los violentos episodios bélicos de las cruzadas —comenzando por las matanzas tras las tomas de Antioquía y Jerusalén— y la desaparición final de los Estados latinos de oriente contrastan con una interacción sociocultural cuya huella será profunda: entre occidente y oriente, pero sobre todo entre cristianismo e Islam, se produce un intercambio intenso durante más de dos siglos. Los emigrantes occidentales regresan trayendo consigo materias primas, especias, útiles y enseres, elementos técnicos, científicos y filosóficos que contribuirán a la madurez de occidente.

La estructura feudal se exportó a los Estados latinos, cuyos mandatarios, escasos de población cristiana, echaban mano de pactos, negociaciones y alianzas con los musulmanes. El Papa confió la custodia de los lugares santos y de los caminos de peregrinación a caballeros que deseaban permanecer en Palestina compartiendo el modo de vida de los religiosos: habían nacido las órdenes militares. Los Estados latinos encargaron a templarios y hospitalarios buena parte de las tareas militares. Surgieron así organizaciones internacionales sometidas al Papa, pero desvinculadas de los intereses de una determinada nación occidental.

Los almohades (de “al-muwahhidun”, partidarios de la unicidad) eran bereberes como los almorávides, a quienes arrebataron Marrakech en 1147 para convertirla en su capital. En el mismo año conquistaron el reino taifa de Sevilla, ciudad que convirtieron en centro de su poder peninsular. En 1172 cayó en su poder el reino taifa de Valencia y Murcia, pasando entonces los almohades a la ofensiva contra los reinos cristianos (1195, derrota de Alfonso VIII en Alarcos). Mallorca fue el último territorio andalusí incorporado al imperio almohade por orden directa del miramamolín (“amir al muminin”, príncipe de los creyentes o califa) Muhammad ben Yaqub ben Yusuf, llamado Al Nasir, en 1203.

Si bien el imperio almohade era un régimen militar que no sobreviviría a su derrota en las Navas de Tolosa (1212), nominalmente sus jefes eran califas, e impulsaron las artes y la cultura (Giralda de Sevilla, difusión de la filosofía de Averroes y Abentofail). La ausencia de población mozárabe y el objetivo de vencer a los reinos cristianos sellaron la desaparición de la tradicional tolerancia andalusí. El Islam hispano (y por tanto mallorquín) del siglo XIII estará más preocupado por la práctica religiosa que por la discusión teológica, pues si bien existían diversas escuelas, era escasa la polémica con otras religiones. A partir de entonces (y hasta 1492), Granada quedará como único reino islámico peninsular, convertido en la práctica en vasallo del reino castellano-leonés, unificado desde 1233.

En el otro extremo del Mediterráneo, durante el siglo XII, los Estados latinos de oriente perdieron casi todo su territorio: Edesa cayó en 1144 (tras de lo cual se organizó la segunda cruzada) y Jerusalén en 1187 tras la batalla de Hattin (lo que dio lugar a la tercera cruzada). En 1204, la cuarta cruzada conquista Constantinopla, fundando un Estado latino (Romania) en Grecia. Entre 1217 y 1221, la quinta cruzada conquista, por un tiempo, Damieta, en Egipto. En 1229, el emperador del Sacro Imperio Romano y rey de Sicilia, Federico II, organiza por su cuenta una cruzada en la que negocia y consigue la entrega de Jerusalén contra una suma de dinero.

Entretanto, la cristiandad occidental se hallaba dividida por la difusión del catarismo, doctrina de tipo dualista que afirmaba la existencia de dos mundos, uno espiritual y otro material, creados respectivamente por Dios y el diablo. Su ética era en consecuencia maniquea (la realidad espiritual era buena o pura, y la material mala o impura). Probablemente procedía de oriente, con un episodio intermedio en la herejía bogomila de Bosnia: es posible que a su difusión contribuyeran doctrinas maniqueas (herederas del gnosticismo aparecido en los primeros siglos de la era cristiana) importadas de oriente por algunos participantes en las cruzadas.

Desde mediados del siglo XII aparecen claramente definidos los rasgos de un movimiento que parecía querer purificar la Iglesia frente al afán de riquezas y cuyos miembros, según informaba Everin de Steinfeld a San Bernardo desde Colonia hacia 1140-1144, se auto denominaban “los pobres de Cristo”. Desde el punto de vista doctrinal, negaban la corporeidad de Cristo, y con ella su pasión, muerte y resurrección: aunque aceptaban los Evangelios (en cambio, rechazaban el Antiguo Testamento), la persona de Cristo tenía para ellos mero valor ejemplar y no redentor.

Aparte algunos episodios violentos, la Iglesia trató de dialogar con estos “herejes”, hasta percibir que no tenían intención de reformar la Iglesia (a la que identificaban con la ramera del Apocalipsis): el obispo Nicetas (de origen “búlgaro”), que se desplazó de Lombardía al sur de las Galias, creó a partir de 1167 (asamblea de San Félix de Camarán o Lauraguès en Languedoc) una  estructura eclesiástica independiente, cuyos miembros se dan a sí mismos en adelante el nombre de cátaros (“puros”).

Por esta época surge otro movimiento, el de los valdenses, seguidores de Petrus Valdes (Pedro Valdo), comerciante de Lyon que en torno a 1170 abandona su familia y reparte sus riquezas para dedicarse a la predicación itinerante de una vida sobria. En 1179 envió dos representantes al III concilio de Letrán pidiendo el reconocimiento de su grupo. En 1180 se le hizo profesar un credo que aprobaba su concepción de la pobreza, pero le prohibía la predicación itinerante. Dos años más tarde, al continuar los valdenses predicando, fueron excomulgados por el obispo de Lyon.

Los condes de Barcelona se habían implicado en los territorios ultra pirenaicos (Occitania) al comprar Ramón Berenguer I los condados de Carcasona y Razés (1065 y 1070). Desde que Ramón Berenguer III casara en 1112 con Dulce de Provenza, se convirtieron en feudatarios de Barcelona los condados de Provenza (costa desde Niza hasta el límite con Nîmes), Millau (lindante con Tolosa), Gavaldán, y el vizcondado de Carladés (lindantes con el condado de Rovergue, feudatario de Tolosa).

Ramón Berenguer IV recibiría los juramentos de fidelidad de los vizcondes de Carcasona, Bearn y de Olorón, y de los señores de Narbona y Montpellier, con toda la costa hasta Niza y los territorios ultra pirenaicos al sur de Tolosa y Gascuña, hasta Navarra. Alfonso II, como titular conjunto de la corona aragonesa y del condado de Barcelona, asume además el condado de Provenza al morir en 1166 sin herederos Ramón Berenguer III. Con Ramón V de Tolosa firmó un pacto por el que éste renunciaba a sus derechos sobre Provenza, Gavaldán y Carladés a cambio de dinero. La influencia política de los monarcas catalano-aragoneses en Provenza tendrá como contrapartida una influencia cultural provenzal aún más duradera en Cataluña.

En 1208 nacía en Montpellier Jaime, hijo de Pedro II de Aragón (I como conde de Barcelona) y de María de Montpellier: pasará a la historia como Jaime I el conquistador. A partir de ese mismo año, a raíz del asesinato en tierras tolosanas del legado pontificio Pedro de Castelnou y a la vista del peligro de desaparición de la jerarquía católica en las regiones cátaras, el papa Inocencio III (1198-1216) decide emplear el arma de la cruzada contra los cátaros. La cruzada permitía la predicación itinerante, y parte de los seguidores de Pedro Valdes (que había muerto en 1206) regresó entonces al catolicismo (en 1245 serían integrados en la orden agustina): el resto fue declarado hereje en 1215.

El centro del catarismo estuvo en la región de Lauragais entre Tolosa (donde contó con la simpatía del conde Raimundo VI, feudatario del monarca aragonés) y Carcasona (Laurac, Montreal, Fanjeaux), y sus adeptos fueron también llamados albigenses por haber tenido gran predicamento en la ciudad tolosana de Albi. No llegaron, en cambio, a influir en ciudades como Narbona, Nîmes y Montpellier.

Los cruzados franceses incendiaron en 1209 Beziers y ocuparon Carcasona, tras de lo cual el conde de Foix y el vizconde de Carcasona-Razés pidieron auxilio a Pedro II. De nada sirvieron los intentos de negociación del monarca catalano-aragonés, que se entrevistó con el conde de Tolosa y propuso al jefe de la cruzada, Simón de Montfort, señor de la Isla de Francia, el futuro matrimonio entre su hija y el recién nacido Jaime. Al margen de la cuestión religiosa, la cruzada implicaba la cesión de los territorios occitanos a la corte francesa de los Capelos. De modo que Pedro II, que el año anterior había luchado en una cruzada (Navas de Tolosa), morirá el 13 de septiembre de 1213 en Muret (Tolosa), luchando contra los cruzados franceses.

Jaime I heredó con cinco años la corona de Aragón, aunque su tío Sancho actuó como regente hasta 1218. En cuanto tomó las riendas del poder, contando menos de 18 años de edad, dio un giro de 180 grados al centro de atención de su política, con sendas campañas contra Peñíscola y el interior del reino de Valencia en 1225 y 1226: ambas fracasaron por la oposición al monarca de los nobles catalanes y aragoneses. Frente al empuje de los castellanos, que en 1221 habían conquistado Utiel y Requena (al oeste de Valencia), la corona de Aragón corría el riesgo de ver cerrada una ulterior expansión hacia el sur.

Aunque los nobles aragoneses eran partidarios de atacar Valencia, Jaime prefirió seguir el consejo de Pere Martell, contramaestre de galeras, que le propuso en 1227 la conquista de Mallorca. La empresa ofrecía a Jaime I una oportunidad de acaudillar y vincular a sí a los nobles catalanes, que le animaban a convertirse en el primer rey hispánico en conquistar un territorio ultramarino, “con lo que tendréis tres veces más honra que si estuviera en tierra”. El proyecto fue aprobado por las Cortes de Barcelona en 1228. El título de cruzada concedía al rey la propiedad de las tierras conquistadas, y la promesa de reparto hacía depender de él a los nobles “contratados”, comandantes de sus propios contingentes. Al rey correspondía el mando directo sobre las tropas aragonesas y los almogávares.

El valí almohade que gobernaba Mallorca, Menorca e Ibiza desde 1208, Abu Yahya Muhammad ibn Ali ibn Abi Imran al Tinmalali, recibió en 1224 orden de trasladarse a Túnez para combatir a Alí “al Mayurqí”, miembro de una familia balear almorávide (ibn Ganiya) que se había desplazado a Túnez (allí moriría el último ibn Ganiya en 1236). Abu Yahya desoyó la orden, prueba del grado de independencia —o abandono— que había adquirido respecto al califato almohade. La tensión frente a los cristianos aumentó al declarar Yahya la Yihad cuando naves de Tortosa se apoderaron de galeras marroquíes que cargaban leña en Ibiza. En 1226, galeras mallorquinas apresaron una nave genovesa, una de Barcelona y otra de Tortosa, lo que sirvió de argumento al rey de Aragón para legitimar su campaña.

En la segunda semana de septiembre de 1229, partió de Salou una flota de 155 barcos y numerosas embarcaciones menores, con 15.000 hombres y 1.500 caballos. Uno de los nobles embarcados era Ramon Llull, casado con Isabel d’Erill. El apellido de esta familia de comerciantes que poseían tierras en Barcelona era Amat, pero se les apodaba Llull y con este nombre pasaron a la historia. M. Batllori toma pie del primer nombre, de la alta estatura y de “otros rasgos somáticos” de Llull para concluir que emparentaba “con la aristocracia feudal catalana de origen franco”. Rosselló, primero de los biógrafos modernos de Llull, llegó a mediados del siglo XIX al extremo de hacerle descender del “gobernador” del castillo de Port, “que tan buenos servicios prestara al emperador Carlomagno”.

Para defender Mallorca, Abu Yahya podía convocar entre 18.000 y 42.000 hombres y entre 2.000 y 5.000 caballos. La bien amurallada Medina Mayurqa era una de las ciudades más pobladas de Al-Andalus (50.000 habitantes, incluidos los comerciantes “romanos”, o “rumí”, nombre dado por los musulmanes a los cristianos). La ciudad tenía tres recintos amurallados y en toda la isla se contaban entre 32 y 48 mezquitas. Entre los cultivos de secano y regadío de las islas destacaba la producción de aceite y sal, así como la exportación de leña y mulas.

Al desembarcar la escuadra en el islote de Pantaleu (Santa Ponça), Abu Yahya acababa de reprimir la revuelta de su tío Abu Has Ibn Sayri y se disponía a ejecutar a 50 personajes, que fueron indultados para que ayudaran en la defensa. Algunos prefirieron ayudar a los cristianos: así Alí del Pantaleu o de la Palomera, habría informado a Jaime I sobre las fuerzas de que disponía el valí, y Ben Abet, le suministró provisiones durante tres meses y medio. El mismo hijo del valí, que había protagonizado en Ibiza el incidente que dio pie a la invasión, se entregó a los cristianos.

En el primer encuentro, tras desembarcar en Santa Ponça el 12 de septiembre de 1229, no se hicieron prisioneros: hubo 1.500 muertos por parte musulmana. Al tercer día tuvo lugar la batalla de Porto Pí, en la que los musulmanes a caballo hicieron retroceder a las tropas de Nuno Sanç. Puestos en fuga los musulmanes, Jaime I quiso avanzar sobre la Medina, pero los nobles se lo impidieron. El mural conservado en el Museo de Arte de Cataluña que tiene por tema esta batalla muestra el contraste entre las armaduras de los caballeros cristianos y los jinetes almohades tocados con un gorro de tela. Por parte cristiana murieron en Porto Pí algunos peones y 14 caballeros, entre ellos Guillem y Ramon de Montcada, Huguet des Far y Hug VI de Mataplana.

La campaña se teñía de rojo: los atacantes catapultaron a la Medina las cabezas de 400 musulmanes capturados en una escaramuza cuando, al mando de Fati Allah, lugarteniente del valí, intentaban reabrir la fuente que proporcionaba agua a la Medina, cegada por los cristianos. En dos intentos de negociación —uno por medio del renegado Mahomet Alagó y otro personalmente en territorio neutral—, Abu Yahya ofreció respectivamente pagar los gastos de los cristianos si se marchaban y entregar la ciudad y la isla pagando cinco besantes por cada “hombre, mujer y niño” (hasta un total de 250.000 besantes) a condición de que se dejara partir “hacia Berbería” a quienes lo desearan en las naves traídas por los cristianos.

El rey era partidario del acuerdo, pero los parientes de los nobles Ramón y Guillem Montcada, muertos en la batalla de Porto Pí, y el obispo de Barcelona (Berenguer de Palol, reconocible en el mural del Museo de Arte de Cataluña, procedente del palacio Berenguer Aguilar de Barcelona, que representa el campamento militar de Jaime I) se negaron. Entre el 30 de noviembre y el 2 de diciembre, los cristianos fueron derrotados en tres combates con los musulmanes. En vísperas del ataque del 31 de diciembre, el joven rey, educado por los templarios, mantenía serenidad y coraje en contraste con la desafección y desánimo de los nobles, deprimidos por la fortaleza de las murallas y por un temporal de lluvias que duró semanas y convirtió el campo en un barrizal.

Tras la misa celebrada el último día del año, ante una brecha abierta en la muralla, el rey debió repetir por tres veces la orden de avanzar. Fueron los peones, y no los nobles, quienes iniciaron la marcha al paso, al grito de “Sancta María!”, contra un lienzo de la Porta de Santa Margalida (Bab al Kofol). El empuje de cuatro caballeros, junto con la visión por parte de los musulmanes de un caballero vestido de blanco —que será identificado con San Jorge—, fueron decisivos para vencer la resistencia.

30.000 habitantes de la Medina huyeron por la puerta de Porto Pí, siendo el resto (hasta 24.000) asesinado en los ocho días que duró el saqueo de la ciudad. En el palacio de la Almudaina, los magnates musulmanes pidieron la protección del rey, entregando al hijo menor de Abu Yahya. El valí fue capturado por tortosinos, que lo vendieron al rey a cambio de 1.000 libras barcelonesas. La protección real no libró al valí de ser torturado y ejecutado cuarenta días más tarde.

Algunos nobles impusieron que el reparto de los bienes de la Medina no se hiciera por sorteo —como pretendía el rey—, sino mediante subasta, lo que benefició a los más pudientes e hizo perder tiempo en el inventario: después de Pascua los cristianos seguían sin salir de la Medina. La mayor parte de los nobles catalanes y sus huestes abandonaron la isla tras el reparto, por haberse declarado una peste en la ahora llamada Ciutat de Mallorques. Ibn Sayri (Aben Sheyri), tío y antiguo opositor del valí, que dirigió la huida de parte de la población de la Medina hacia el interior de la isla antes del último ataque cristiano, resistió con 6.000 hombres hasta ser vencido y muerto el 14 de febrero de 1231. La resistencia continuó, capitaneada por Xuaip, en los castillos de Alaró, Pollença y Santueri, cuyas poblaciones sumaban 15.000 personas según Jaime I.

Junto con los rics homens de Aragón, los caballeros del Temple y los mercenarios almogávares, el rey permaneció en Mallorca hasta noviembre de 1230 y regresó para continuar las operaciones militares en otras dos ocasiones. Jaime I y Xuaip hicieron las paces, dando el rey libertad de residencia a los musulmanes. No obstante, 2.000 continuaron resistiendo acaudillados por el cadí Abu Alí Umar ben Ahmed ben Umar al Amirí, muerto en la toma del castillo de Pollença (“castell del Rei”) en mayo de 1231.

El 17 de junio siguiente, Jaime I firmó con Abduala Mohamed, cadí de Menorca (a quien hizo creer, prendiendo numerosas hogueras en la península de Artà, que se aprestaba a asaltar Menorca con un ejército numeroso), el tratado de Cap de Pera, con el que el rey era recibido como “señor natural” de los musulmanes menorquines, quienes se obligaban a satisfacer un tributo anual. Jaime firmaba como “Rey de Aragón y de Mallorca, conde de Barcelona y señor de Montpellier”. Menorca continuaría gobernada por cadíes musulmanes hasta 1287.

La conquista de Mallorca puede considerarse un episodio novedoso, además de por ser la primera empresa “ultramarina” capitaneada por un rey hispánico, por su carácter traumático. Las matanzas y el reparto de propiedades entre los cruzados cambiaron radicalmente la estructura social, de forma aún más patente al tratarse de una isla. Ésta adquirió una nueva función, ya que los recién llegados se ocuparían de la administración de la tierra, pero tanto o más de impulsar el comercio en el Mediterráneo.

La negociación habría podido salvar vidas y aportar mayor beneficio pecuniario al rey. En cambio, las matanzas y la subasta beneficiaron sobre todo a unos nobles que no tenían intención de quedarse en la isla. El propio Jaime I parece haber escarmentado, y así se entiende que concediera Mallorca en 1231 como señorío vitalicio a Pedro de Portugal, centrando en adelante sus intereses en la península (la conquista del reino balear sería redondeada en 1235 con la toma de Ibiza). En 1232, Jaime I se propuso conquistar Valencia sin destruir la estructura social del país: para ello, contrarrestaría el influjo de los nobles catalanes con la participación aragonesa no sólo militar, sino también en la organización del territorio conquistado.

Un objetivo fundamental de la conquista de Mallorca había sido asegurar las vías comerciales del Mediterráneo occidental. Desde los primeros años de su existencia, el nuevo reino ve incrementar su posición de paso casi obligado y se convierte en polo de atracción para gentes de las más diversas procedencias. La administración del territorio y el aprovechamiento de las transacciones comerciales que tenían a Mallorca como plaza, parecen ser los dos polos de interés de las familias establecidas en la isla. Mallorca era administrada en nombre del rey por un gobernador, cargo ocupado simultáneamente por dos personas, en los primeros años.

Entre los nobles que no regresaron tras la conquista, sino que se instalaron en Mallorca, se cuenta Ramon Llull, que conforme a lo estipulado recibió algunas casas en la Medina y porciones de tierra en varios puntos de la isla: Rosselló menciona la alquería de Biniatró, las heredades de Formentor en Pollença, de Punxuat en Llummayor y los feudos o caballerías de Manacor. Jordi Gayà califica su posición como de “media alta” respecto a lo los demás participantes en la empresa. Poco después de haberse establecido el matrimonio en Mallorca, en 1232 (o en 1233) nació su hijo único, Ramon.

 

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EL MEDITERRÁNEO Y MALLORCA
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