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El hombre que demostró el cristianismo Ramon Llull Santiago Mata
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IntroducciónEl que un jubilado mallorquín visite puntos de las costas tunecina y argelina, Chipre o Siria, no tiene nada de particular, dada la riqueza de la actual oferta turística. Ramon Llull contaba, en efecto, unos sesenta años la primera vez que viajó a Túnez, y más de ochenta en su último viaje. Lo particular del caso es que esos viajes tuvieron lugar... hace siete siglos. Este dato bastaría para considerar a Llull más cercano a su contemporáneo Marco Polo (1254-1324) —a quien sobrepasaba en edad en unos veinte años— que a un moderno jubilado en busca del sol mediterráneo. Los viajes de Marco Polo y los de Ramon Llull se diferencian notablemente. Marco Polo hizo un único viaje a China, país en occidente entonces desconocido, donde permaneció durante largos años. Llull hizo más viajes, y se dirigió a tierras hostiles más que desconocidas, en las que permaneció durante algunos meses. Marco Polo era un mercader interesado en las tierras que iba a conocer, cuyas descripciones aparecerán a fines del siglo XIII en el Libro de las maravillas del mundo. Llull escribió cientos de libros, también uno titulado Libre de meravelles, pero su intención no era describir la naturaleza o las costumbres. Pretendía dialogar con personas de religiones diferentes a la cristiana, para encontrar un camino común. Estos dos personajes son sobre todo diferentes si nos atenemos a la atención que les presta el “gran público”. Un vistazo al más popular buscador de internet permite encontrar 470.000 páginas web que mencionan a Marco Polo, frente a 18.700 que hablan de Ramon Llull. Esta proporción de 25 a 1 no responde exactamente a la realidad, ya que el nombre de Marco Polo lo llevan agencias de viajes, hoteles y hasta una misión de la Agencia Europea del Espacio. Todo lo cual no hace sino confirmar el dato de que el viajero veneciano es conocido en el mundo entero y el mallorquín... menos. ¿Qué lugar ocupa Llull entre los literatos de origen hispano? Sólo a título de ejemplo, mencionaré el número de páginas de internet que citan a los siguientes: Miguel de Cervantes 126.000, Jorge Luis Borges 107.000, Rubén Darío 80.700, Pablo Neruda 72.900, José Martí 65.200, Octavio Paz 44.200, Federico García Lorca 41.500, Gabriela Mistral 38.400, Lope de Vega 35.500, Calderón de la Barca 31.100, Francisco de Quevedo 30.300, Mario Vargas Llosa 30.000, Gabriel García Márquez 27.500, Miguel de Unamuno 20.200, Rafael Alberti 16.700, Julio Cortázar 15.600, Camilo José Cela 15.000, Lucius Séneca 11.500, Teresa de Ávila 10.100, Jacint Verdaguer 5.960, Baltasar Gracián 3.580, Gonzalo de Berceo 3.540... Así pues, un vistazo superficial nos sugiere que Ramon Llull ocupa un lugar no irrelevante entre los personajes hispanos que despiertan el interés del público. ¿Por sus viajes? En parte. ¿Por sus libros? En mayor medida. Pero, dejando de lado estas preguntas, pondré las cartas boca arriba sobre la mesa y me plantearé a mí mismo una pregunta capciosa: ¿acaso se puede, después de siete siglos, escribir algo nuevo sobre Ramon Llull? Mi respuesta es: pienso que sí. A estudiar el pensamiento de Ramon Llull se dedican, amén de muchos particulares y de otras instituciones de mayor o menor relevancia, un Instituto de la Universidad de Friburgo de Brisgovia (Alemania) y una Universidad que lleva su nombre en Barcelona. Sus obras están catalogadas, distinguidas de los numerosos escritos apócrifos que se le han atribuido a lo largo del tiempo, y han sido estudiadas concienzudamente por especialistas en filosofía. Por otra parte, los datos conocidos sobre su vida son de dominio público. ¿Qué queda, pues, por conocer de Ramon Llull? En mi opinión, faltan aún hoy día síntesis que hagan accesible a un público general el mensaje de Ramon Llull. Utilizo a propósito un término ambiguo para referirme al conjunto de la vida y obra del escritor mallorquín, precisamente porque no pretendo hacer un juicio demasiado preciso acerca de “qué es eso que falta y que yo pretendo suplir”. Me gustaría dejar que fuera el lector quien hiciera ese tipo de juicio: que sea él, quien, al final, diga si he conseguido mi propósito. Llull fue un escritor lo suficientemente prolijo como para que muchas personas hayan oído hablar de él y lo suficientemente complejo como para que pocos consigan leer sus obras y aún menos comprendan lo que dicen. No oculto, pues, que pretendo hacer de intermediario entre el lector y Llull, porque me parece que precisamente eso es lo que falta. No faltan quienes se han topado con las obras de Llull, han tratado de comprenderlas y, hayan o no fracasado, se contentan después con relatar la aventurera vida del escritor y dar un par de pinceladas sobre lo que escribió. Por el contrario, los especialistas que se interesan en la obra de Llull, suponiendo que llegan a comprenderla correctamente, rara vez encuentran después tiempo o habilidad para sintetizar el pensamiento de Llull en forma accesible para un público amplio. El resultado es, en uno y otro caso, que la vida y obra del andariego escritor mallorquín quedan disociadas. La realidad originaria es, sin embargo, que la misma intención que movía los pies de Ramon Llull para viajar, movía su mano cuando manejaba la pluma... Precisamente en ese por otra parte está la clave de la respuesta afirmativa que pretendo dar a la pregunta capciosa antes planteada: mi intento es evitar una biografía en la que Llull aparezca como un Quijote medieval —expresión acuñada por Claudio Sánchez-Albornoz—, en definitiva como el loco por el que muchos de sus contemporáneos le tomaron, al darle el apelativo de doctor iluminado que él mismo, sin duda con buen humor, llegó a adoptar. No: ningún especialista defiende hoy día que Ramon Llull estuviera loco, aunque quizá pudiera convenirle la frase de su paisano Salvador Dalí —con quien tampoco ahora pretendo compararlo— según la cual “la única diferencia entre yo y un loco es que yo no estoy loco”. Dejo, pues, al lector el juicio acerca de si he logrado reflejar sintéticamente la vida y el pensamiento de Llull, y a los especialistas el juicio acerca de si esta síntesis se corresponde con la realidad. No he querido permanecer tan en la superficie como para no ver el fondo, ni bucear tan profundo como para no poder después volver a la superficie. No oculto al especialista que quizá yo no haya llegado tan profundo como él, y tampoco a quien no lo es le oculto que tendrá que hacer un esfuerzo para comprender a Llull: no vamos a lanzar simplemente una sonda para ir sacando material del fondo a la superficie. La fauna submarina hay que observarla en su ambiente, y me parece que un punto fundamental del pensamiento de Llull —discúlpenme que revele un secreto— consiste en que no pretendía dar lecciones sino animar a pensar a su auditorio. Propongo bucear en apnea libre. A fin de cuentas, si la síntesis que pretendo hacer no es completa —exhaustiva no puede ser, ya que Llull escribió al menos 280 obras—, me contentaría con conseguir que el lector se interese por el personaje. Porque eso sería señal de que al menos en parte habré reflejado cierta unidad vital entre lo que hizo y lo que escribió. Si en cambio no consigo desentrañar los últimos fundamentos del pensamiento luliano, confío en que el lector será capaz de conseguirlo, dialogando directamente con el personaje.
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