Juslibol
-Esa fortaleza desde la que Alfonso el Batallador quiso asediar Zaragoza se llamó Juslibol, derivación de la frase Deus o vol, que en romance aragonés antiguo quería decir "Dios lo quiere". Mañana continuaremos, y me traeréis cada uno un poema dedicado a Juslibol.
Las caras de los jóvenes levitas, hasta el momento un tanto atentas a la anécdota, se volvieron perezosas hacia sus cuadernos para anotar la tarea. Al salir de clase, un recién llegado abordó a los pupilos:
-Ballarín, te llama el superior.
La estancia del superior del seminario de Zaragoza era fría y nada elegante, pero la juventud de éste suplía las pocas condiciones del local. No sería fácil decir si había llegado a ocupar ese puesto a su edad a pesar de la escasez de clero o precisamente a causa de ella.
-Javier, ha llegado una carta del párroco de tu pueblo, que escribe en nombre de tu madre. Quiero que la leas.
Le tendió la mano y el joven -que no pasaba de los dieciséis años- leyó con avidez la primera carta que su analfabeta madre le enviaba en toda su vida. El párroco explicaba que para su madre era necesaria la presencia del chico en el pueblo, puesto que el hermano mayor, que sacaba adelante la familia -huérfana de padre desde un año antes-, había sido reclutado para la guerra de Cuba. Dos guardias civiles se lo llevaron porque, evidentemente no podía pagar su redención en metálico.
El párroco dirigía también unas líneas a los superiores del seminario, aclarando que él mismo escribía la carta, y pedía en nombre de la viuda que se eximiera al joven Javier Ballarín de sus compromisos con la Iglesia.
-¿Qué dices?, preguntó el superior cuando el seminarista levantó la mirada del papel.
-No sé.
-Pues a mí me parece que está bastante claro.
-A mi madre le hacía mucha ilusión dar un hijo a la Iglesia.
-Pero no es tu madre la que está aquí.
-Yo quiero ser sacerdote.
-Mira, Javier, tú serás lo que Dios quiera. Y ahora parece querer que ocupes el puesto de tu hermano.
El superior le explicó que tal vez la guerra terminaría pronto, y que si su hermano volvía, él podría regresar al seminario. Le animó a vivir las costumbres piadosas que había aprendido.
-Y ahora aprovecha mientras están los demás en clase para hacer el equipaje. Ten en cuenta que puede haber algunos en circunstancias parecidas, y quizá les costaría comprender que tú te vayas y ellos se tengan que quedar. Si Dios no pide lo mismo a una misma persona en circunstancias distintas, tampoco pide lo mismo a personas distintas en circunstancias que pueden parecer iguales.
El seminarista no pudo digerir bien el trabalenguas con que le despedía su superior. El caso es que, cuando volvió a verlo fue en circunstancias muy distintas. Habían pasado varios meses -durante los cuales huelga decir que no había tenido noticias de su hermano Manuel- y estaba trabajando en la viña familiar. La sorpresa de Javier fue mayúscula, de modo que apenas pudo articular un saludo. Después de una breve conversación, con la que el superior -cuyo nombre era Ángel Mantero- comprobó que las disposiciones del candidato no habían cambiado, explicó el motivo de su visita:
-Se han hecho colectas en la archidiócesis para la guerra de Cuba. El señor arzobispo desea que el dinero se reparta entre las familias de los seminaristas que tienen algún hermano alistado. A la tuya le corresponden doscientas pesetas. Pienso que con eso tu madre y tus hermanos pueden vivir hasta que vuelva tu hermano y, si quieres, tú puedes volver al seminario.
El rostro de Javier Ballarín no reflejaba la alegría que quizá esperaba haber provocado Mantero con su oferta. Permanecía en silencio.
-¿Qué dices?
-No sé, quiero decir, me parece que no debería coger ese dinero.
-Pero, vamos, tu familia lo necesita.
-Mire, Don Ángel, lo que yo veo es que mi madre necesita a mi hermano. Por lo menos necesita saber algo de él. Pero él ni siquiera sabe escribir...
-Y los militares, ¿no les has preguntado?
-He ido dos veces a Zaragoza, y nada,... Nada. Ni siquiera lo tienen en lista.
-Ya. Quizá podríamos hacer alguna gestión a través del arzobispado.
-Yo estoy convencido de que ni siquiera los militares de aquí pueden hacer nada. Dicen que hay muchos soldados de los que no tienen noticias, y que ni siquiera se les puede mandar cartas, o que no saben cuándo les llegarán esas cartas. Le hemos escrito muchas...
Ahora era el superior quien no se atrevía a cortar el silencio.
-Yo estaba reuniendo algún dinero con la idea de embarcarme para Cuba, y buscarlo allí.
-Pero entonces vas a conseguir que tu madre se preocupe el doble.
-Sí. Pero puedo escribirle, y estaría más tranquila. Ella está contenta porque dice que Manuel está sirviendo a España. Pero tranquila no está. Si mi hermano no vuelve...
-Volverá. Parece que la guerra puede terminar pronto...
-Hay tantos que no vuelven. Y ahora, si entran los yankis en la guerra.
-Les ganaremos.
-Sí, pero aunque ganen, eso no salvará a Manuel. No sabe nada. No había salido nunca del pueblo.
-Mira, por mucho que hablemos de esto, no lo vamos a arreglar.
-Yo quería... Había pensado ir a Cuba y ofrecerme a cambio de mi hermano, y que él se volviera a casa. Con esas doscientas pesetas mi madre podría vivir mientras vuelve... Y yo podría llevar una parte para ofrecerla a los militares. ¿Qué le parece?
-¿Has hablado de esto con tu madre?
-No. Estaba esperando a tener dinero... Pero estoy seguro de que preferirá que me vaya a seguir sin saber nada de Manuel.
-Esto me parece muy arriesgado. Además, si matas a alguien, ya no podrás ordenarte.
-Don Ángel, usted me ha enseñado que Dios pide a algunos cosas que no pide a otros.
Barcelona, 13 de enero de 1898
Querida Madre:
Le escribo en vísperas de mi salida hacia Cuba. Por fin lo he conseguido. Embarco en una fragata que se llama Habana, de Ochoa y Compañía. Pasaremos por el puerto de Vigo, en Galicia, antes de salir en dirección a la isla. He conseguido un trabajo en el barco, y así podré ganar algún dinero. El capitán me ha prometido que, si todavía están en La Habana cuando encuentre a Manuel, le guardará la plaza para el regreso. Pero yo le he dicho que pagaré el pasaje, para que Manuel no tenga que trabajar. Siento que pronto podré verle y estoy feliz de pensar que él volverá junto a ustedes. Rece por mí. Un beso para los pequeños. Su hijo que le quiere. Javier.
La Habana, 1 de marzo de 1898
Querida Madre:
Mi primer pensamiento nada más llegar a la isla de Cuba es para ustedes. Acabo de desembarcar. He ido a hablar con los militares y me aseguran que Manuel está bien, y que pronto podré verle. Aquí hay una agitación tremenda en relación al barco yanki que estalló hace medio mes en la bahía, supongo que también en la península estarán preocupados. Yo estoy perfectamente ¿Cómo está usted y mis hermanos? Sigan rezando para que todo vaya bien. Con esta carta le envío otras que le escribí durante el viaje. He aprendido muchas cosas. Tendrían que ir algún día al mar. Cuba también es muy bonita. No pueden hacerse idea de cuántos árboles extraños y plantas hay aquí. Y un sol tremendo. Y no hace viento. Su hijo que le quiere. Javier.
Santiago de Cuba, 19 de marzo de 1898
Querida Madre:
Siento mucho no haberle escrito hasta ahora. Estoy en otro puerto, donde viven muchos mandos militares. He visto ya a algunos soldados que están en el cuartel de Manuel, y todos me dicen que está bien. Pronto podré ir a verle y me parece que aceptarán que me cambie por él. Dicen que soy muy joven para ser soldado, pero aquí hay soldados más jóvenes que yo. Sobre todo hay mucha inquietud por lo que puedan hacer los yankis. Sigan rezando. Su hijo que le quiere. Javier.
Santiago de Cuba, 1 de abril de 1898
Querida Madre:
Sigo hablando con los militares, que me llevan de aquí para allá, y he hablado a más soldados del cuartel donde sirve Manuel, que está bien. Estoy esperando que se acepte mi solicitud. Me han prometido que podré ir al cuartel, que no está en Santiago, sino en otra ciudad, en cuanto haya un viaje con nuevos soldados que se cambien por los que sirven allí. Pero la situación es tan tensa con los yankis que por ahora no dejan viajar a los paisanos. Veo por algún periódico de la península que allí también hay una gran indignación con la oferta yanki de comprar la isla. No dejen de rezar por Manuel y por mí. Pronto se resolverá todo. Besos a los pequeños. Su hijo que le quiere. Javier.
Santiago de Cuba, 10 de abril de 1898
Querida Madre:
Esta es la última carta que le escribo antes de que tenga noticias mías por Manuel. Cuando él vuelva, le daré otra carta para ustedes. La guerra termina, y los yankis no podrán evitar que la ganemos, y sobre todo usted podrá abrazar a nuestro Manuel. Mañana marcho a su cuartel con los soldados que harán el relevo. Rece por su hijo que siempre le querrá. Javier.
Javier Ballarín marchaba con un destacamento a la Demajagua. Pero no era cierto que fueran a relevar a nadie. Se trataba de refuerzos. Nadie le había garantizado que se cambiaría por su hermano, del que en realidad no tenía noticias fiables. Todos los soldados que le habían conocido estaban muertos o gravemente enfermos de fiebres cuando los vio, y el único que procedía de lo que Javier llamaba el cuartel de su hermano sólo contestó a sus preguntas con algunos movimientos de cabeza, antes de morir.
No había tal cuartel, sino una casamata en medio de la selva. Su dinero no servía para nada, porque no era suficiente ni para los militares ni para los cubanos que se atrevían a adentrarse en la selva. Ahora, por el agravamiento de las circunstancias, un coronel que decía saber el destino de Manuel Ballarín había aceptado la extraña solicitud de Javier, que se incorporaba a la columna de refuerzos tras una improvisada instrucción.
Los españoles ganaban la guerra gracias al aislamiento a que habían sometido a los rebeldes, al dividir la isla en trochas de las que no se podía salir y en las que no se podía entrar. Pero eso mismo aislaba a los españoles, y por eso no había ninguna noticia fiable. Los únicos que podían atravesar las empalizadas, los enfermos graves, no podían contar nada, si llegaban con vida a Santiago. Javier sabía al menos que su hermano vivía. O lo intuía.
De su viaje por la selva sólo él y sus compañeros podían dar fe, pero era algo que Javier no pensaba escribir en las cartas a su madre. Marchas y contramarchas, de día y de noche. Visitas a pequeños blocaos fantasmagóricos, y a guarniciones de ciudades, combatiendo sólo contra la fiebre amarilla. Pero, por fin, noticias de su hermano. Estaba en un puesto aislado... Como todos. Nada se sabía de su estado, desde hacía quince días. Algunos soldados del cuartel le aseguraron que tenía las fiebres, aunque no estaba grave cuando dejó la compañía. Una conversación con el jefe, capitán Moreno. Un hombre incorruptible, al que no se atrevió a ofrecer dinero. Pero la historia de la madre hizo mella en el militar, todavía joven.
La guerra con los Estados Unidos era ya una realidad jurídica. En el acuartelamiento se había recibido ese mismo día la confirmación del rumor, tan temido por los militares en la isla como deseado por los civiles en la península... Y en los Estados Unidos. Aquella tarde nadie paró en el recinto castrense. Se organizaban patrullas para reforzar los distintos puestos de vigilancia. Javier supo que el de su hermano estaba cercano a la costa, y consiguió que el capitán Moreno le apuntara como acemilero en el pelotón de refuerzo.
Un día y una noche de marcha bajo la lluvia, conduciendo mulas. La fatiga hacía mella en el joven aragonés, apenas consciente de que estaba a punto de conseguir lo que tanto buscaba. El deseo de ver a su hermano se mezclaba con otras preocupaciones: su madre, el seminario, la fiebre amarilla... La bruma -mental, pero también física- apenas le dejaba ver el terreno que pisaba. El segundo día de marcha, llegaron:
- ¡Alto! ¿Quién va?
- ¡España!
Javier apenas percibió la talla del puesto: un cobertizo construido a poca altura, adosado a la empalizada que dividía dos trochas. Un cuadrilátero coloreado en rojigualda, con la leyenda: ESPAÑA. O lo que quedaba de ella, que la habitaba. Ocho hombres barbudos, algunos tirados en el suelo. Javier tenía lo que buscaba, y se abrazó a él. Su hermano estaba vivo, e incluso le quedaban fuerzas para reconocerle y responder a su abrazo.
Un cabo recién llegado puso al sargento al corriente de la última gran novedad. El sargento, nervioso, dijo que nadie sería evacuado hasta recibir más refuerzos. El menor de los Ballarín quiso explicarle en un aparte el acuerdo a que había llegado con el capitán Moreno.
- Necesito aquí a todos los hombres útiles. No puedo mandar a la mitad para acompañar a los enfermos.
- Lo ha ordenado el capitán, mi sargento...
- Aquí mando yo, soldado. El capitán no conoce esta zona... Ni siquiera yo puedo decir que la conozco. Es muy arriesgado.
El sargento tenía razón. Aquella noche, uno de los vigías le despertó con la alarmante nueva de que unas lanchas desembarcaban en la playa. El rey de aquella pequeña porción de selva, superándose a sí mismo, despertó a toda la tropa, los armó e incluso improvisó una arenga:
- Si son yankis, ya podemos dispararles. Y si son rebeldes, saben a lo que vienen. O los echamos al agua o nos freirán dentro de la caseta.
Cuando salían, detuvo a Javier Ballarín:
- Tú quédate cuidando la caseta.
Se alejaron a la carrera. El centinela quiso aprovechar la relativa soledad para hablar con su hermano, aunque hubiera otros dos enfermos.
- Tu madre está esperándote. Tienes que curarte.
- Vigila.
- ¿Qué?
- Que vigiles. ¿No te lo ha dicho el sargento? ¿Está cargado tu fusil?
- No.
- Cárgalo.
Cuando hubo oído el sonido del cerrojo, continuó el mayor de los Ballarín:
- Ahora sal fuera. Y a cualquiera que se mueva le das el alto.
- Manolo. Ahora podríamos irnos de aquí...
- Y si hace falta, dispara. O nos matarán... Sal fuera.
No tenía más remedio que obedecer los deseos de su hermano delirante. Al oir disparos y gritos en la playa, Javier tomó súbitamente conciencia del peligro, al que hasta ahora parecía ajeno. Miró su fusil y lo apuntó en aquella dirección. Al agacharse se dio cuenta de que le temblaban las piernas. La luna y el viento agitaban la selva para jugarle una mala pasada. Entonces vino a su memoria Don Pedro Mantero, el superior del seminario, y las últimas palabras que le había dicho. Con qué facilidad pensaba entonces saber lo que Dios quería. Y ahora, tenía un fusil en su mano.
Un ruido le sacó de sus cavilaciones. Quiso pensar que era la selva. Pero no, el ruido seguía acercándose. Podía incluso verlo. Apuntó. No le salían las palabras. Seguía acercándose.
- ¿Quién va?
- ¡Cuba para los cubanos!
El fogonazo y el ruido del disparo le aturdieron por un momento. Ya no se oía ningún ruido.
Antes de abrir la carta dirigida a la señora viuda de Ballarín, el párroco había dudado bastante tiempo. La remitía un tal capitán Moreno:
La Habana, 15 de agosto de 1898
Señora:
En estos momentos de dolor para todos los buenos españoles, tengo que comunicarle la gloriosa muerte de sus hijos Javier y Manuel. Pude visitar el puesto que defendieron heroicamente, y en el que se encuentran sus sepulturas. Su gesto honra a su familia y también la Patria se siente honrada en sus hijos. Participando en su pena, se despide s.s.
José Moreno, capitán de infantería.