El cementerio ruso

 

-¡Adelante!

La voz del sargento sorprendió al soldado de ojos azules, que apuraba una taza de café. No por esperada dejó de producirle un escalofrío esa palabra.

La temperatura, muy por debajo de cero, no era lo único que helaba al pequeño hombre rubio. Sin decir palabra, dejó el cazo y, dando media vuelta, se puso en último lugar en la hilera de sombras que abandonaba el bosque.

Anochecía sobre la estepa ucraniana. A lo lejos, la luna hacía brillar un largo puente metálico. Sin decir palabra, Michael siguió a sus compañeros, que bajaron la ladera del cerro y se tumbaron en la nieve. El sargento ganó la cabeza del grupo reptando y todos fueron siguiendo su marca.

Aunque el susto lo había despejado por un momento, apenas se acostumbró al roce de la nieve, el soldado volvió a sus pensamientos. Desde que se incorporó a ese regimiento de artillería, aquel joven renano había soñado con hazañas bélicas. Se había imaginado muchas veces que un día llegaría a disparar su cañón de 88 milímetros delante del Kremlin, y que haría volar a Stalin. Él no había conocido la guerra en Polonia ni en Francia, porque lo habían movilizado en el año que corría, 1941. Veía la invasión de Rusia como una hazaña antibolchevique.

Pero no siempre fue así. Antes de la guerra, era un muchacho estudioso y pacífico, con pocos pero buenos amigos. Cierto que algunos de ellos le llevaban a mítines de las juventudes hitlerianas, pero no participaba de todas sus ideas. Desde pequeño había sentido afición por la literatura rusa, y quizá eso le había orientado hacia los estudios filológicos. Tras el primer año, vió truncada su amistad con una joven polaca -en público no se atrevería a decir que la quería, y menos a ella- y ahora era su propia carrera la que se interrumpía.

En este momento, una idea invadía su mente: tendría que matar con sus propias manos a un ruso. Había visto, en pocos meses, muchos muertos. Cada vez que avanzaba, veía carreteras llenas de cadáveres. Cuando entraba en acción, a veces pensaba que estaba matando hombres, aunque prefería imaginar que disparaba contra Stalin.

Normalmente, el objetivo estaba fuera del alcance de su vista. Sin embargo, también alguna vez tenía la impresión de haber matado a los muertos que veía amontonados, de haber bombardeado alguna de las isbas que veía arder. Se fijaba en todas las mujeres muertas, comparando su talle con el de su amiga polaca, pero nunca se atrevió a mover ningún cadáver. Al fin y al cabo, ¿cómo podía ir a parar hasta allí una chica polaca? La comparación le surgía espontánea, aunque poco a poco los rasgos de la joven María fueron difuminándose en su memoria.

Se había cruzado con miles de prisioneros rusos. Hacía poco más de un mes, cuando cayó Járkov, interrogó a muchos, porque sabía ruso. Le dieron pena. Ahora, porque sabía ruso, tendría que matar con sus propias manos.

Los soldados que le precedían reptaban más deprisa que él, así que, dejando sus cavilaciones, tuvo que acelerar la marcha. Le dolían las rodillas y los codos. A veces los demás hombres no tenían más remedio que parar a esperarlo. Eran soldados de infantería que se habían ofrecido voluntariamente para la misión. Sólo él estaba obligado. Aunque había confiado a su teniente que tenía miedo de matar, el teniente Greiff le había contestado que debía obedecer al sargento.

Michael no temía morir. Sabía que la misión podía fracasar, especialmente si él fallaba. Pero sus vidas corrían poco peligro. Si los rusos los descubrían, volarían el puente. Y, si no los descubrían, ellos matarían a los rusos. Deseaba pillarles dormidos, para no tener que ver sus caras. En el fondo, esperaba ver saltar por los aires el puente cuando aún estuvieran muy lejos, para que no pudieran culparles a ellos de lo sucedido.

La nieve le entraba por el cuello, y su cintura parecía una nevera llena de cubitos de hielo. Sobre su uniforme de artillero, Michael llevaba el de un prisionero ruso. A la espalda, un fusil, también ruso, en bandolera y cubierto con una funda de lona, para que no se helara ni brillara a la luz de la luna llena. En la cintura, una bayoneta rusa. Se había pasado la tarde anterior aprendiendo a usarla.

El corpulento sargento de infantería que ahora era su guía le había hecho revivir ejercicios de manejo del fusil que sólo hizo en los días de su incorporación, en Baviera. Se trataba de asestar golpes secos, hundiendo la bayoneta en un saco terrero. El sargento Chemnitz -lo llamaban por su lugar de origen- le decía que cuando ensartara a un soldado ruso debía hacer como si de un saco se tratara. A Michael, sin embargo, le pasaba que, al asestar los golpes en el saco, se imaginaba un hombrecillo de ojos saltones que le miraba. Esto al principio, porque enseguida se acostumbró y daba los golpes con más fuerza. Después de clavar la bayoneta, daba un grito y, poniendo el pie en el saco, la hundía hasta el fondo.

-Tranquilo, chaval -le decía Chemnitz-; cuando estés allí será de noche: nada de gritos. Está bien que pongas el pie por si el golpe ha sido flojo, pero piensa sobre todo en sacar la bayoneta para darle tres o cuatro golpes más: tiene que quedarse seco sin abrir el pico.

También se entrenó, por si fallaba el primer golpe, a sacar el machete del cinto y revolcarse clavándolo en el saco. Por último, estuvo un rato placando al sargento: se le lanzaba a las piernas y lo hacía rodar, dándole golpes como si lo apuñalara.

El dolor le trajo de nuevo a la realidad, y los demás hicieron una parada más larga, viendo que no podía seguir. Michael aprovechó para comer un poco de chocolate que le había dado Metzger, el cocinero de la batería. Llevaban ya más de tres horas arrastrándose y el sargento hizo que su gente cargara las armas. Se oyeron los chasquidos de los cerrojos corridos hacía atrás y delante. Ritualmente, los seis infantes, y luego el artillero, dijeron:

-Montado y cargado.

-Poned el seguro -se oía la voz de Chemnitz-: a partir de ahora, ni una palabra ni un ruido.

El soldado renano pensó que estaban cerca de su objetivo. El puente le recordaba su Colonia natal. Tenía sueño: durante el día no había podido dormir, sencillamente porque esta misión le había sido comunicada a mediodía.

El coronel del regimiento de artillería había tomado la decisión de hacerse con el puente después de observarlo durante dos días. El esperado regimiento de carros de combate se retrasaba, y la orden de la división era atravesar el río Donetz. No se observaba movimiento de tropas rusas, por lo que la conquista no parecía requerir fuerza blindada. Sin embargo, era probable que el puente estuviera minado. Por eso ideó esta operación.

La hilera volvió a ponerse en marcha, esta vez en completo silencio. Michael tuvo la sensación de que pasaban otras tres horas. Finalmente, el soldado que le precedía le comunicó que podía descansar a su gusto, dentro de las grandes limitaciones que el lugar imponía. Como los demás, el artillero intentó sacudirse la nieve, se puso boca arriba y se adormiló casi sin quererlo.

Se veía a sí mismo ensartando a un soldado ruso. Trataba de ver su cara y le parecía ser la de la chica polaca. En otra ocasión, se trataba de su propia madre. No conseguía quitarse la pesadilla de la cabeza.

-¡Eh, chaval, despierta!

Era Chemnitz quien le sacudía. Había más claridad. Michael siguió al sargento, que le hizo asomarse sobre un montón de nieve. Se veía el puente.

-Estamos muy cerca -hablaba en voz baja-: podríamos ver la cara a cualquiera que lo cruzara. El resto del pelotón ya sabe lo que tiene que hacer, de hecho ya se han ido. Hay un puesto con dos vigías aquí delante y otro, el principal, al otro lado del puente. Más allá ves una caseta donde duerme la guarnición. No habrá problema si no hacemos ruido. Luego, todo dependerá de tí. Vete pensando qué decir para que crean que has cogido un prisionero alemán. Si no se fían de tí, pueden freirnos a tiros y volar el puente. Ahora, te esperas aquí hasta que te avisen.

Michael pudo ver cómo dos de los suyos entraban en el pozo de los rusos y acababan con ellos. Cuando le avisaron, se acercó y el sargento le dió una linterna. Tenía las manos ensangrentadas.

-Vamos, chaval, desenfunda el fusil y cálale la bayoneta.

Mientras el tembloroso soldado obedecía, Chemnitz continuó:

-Ahora vamos a pasar el puente, despacito. Les llamas la atención; les dices que llevas un prisionero; me alumbras bien con la linterna, para que se vea que llevo las manos en alto. No dejes que te vean la cara: tienes que conseguir que uno salga a cachearme. Me dejas para mí el que salga, y tú te haces cargo del otro. Luego no tendrás nada más que hacer. ¿Recuerdas la lección de ayer?

El renano asintió con la cabeza, mientras encendía la linterna, intentando sonreír al sajón y siguiéndole al levantarse.

-¡Eh, tengo un prisionero alemán!

Al otro lado del puente se encendió una luz. Se oía por detrás el reptar del resto del grupo.

-¡Alto! ¿Quién vive?

-¡Eh, tengo un prisionero alemán!

Michael gritaba con todas sus fuerzas.

-¡Alto o disparo!

El soldado pensó que les habían descubierto. Los dos vigilantes hablaban entre sí. El sargento aceleraba el paso, con los brazos en la nuca y una bayoneta oculta tras el antebrazo izquierdo, empuñada con la diestra.

-¡Tengo un prisionero alemán!

Estaban a unos pasos del puesto cuando Chemnitz se detuvo.

-¡Es un alemán, regístrenlo!

Michael observaba desde la espalda del sargento al ruso que quedaba vigilando, más que al que se acercaba. El sargento volvió a andar, casi corría. Cuando Michael comprendió que se abalanzaba sobre el vigilante, inició a su vez una carrera. En pocos instantes, el artillero se encontró ante la cara del recién despierto vigía y le clavó la bayoneta en el pecho. Mientras lanzaba un grito, tiró del fusil y clavó repetidas veces el arma casi en el mismo sitio, mientras el ruso gemía como atragantándose.

-¡Silencio!

Michael oyó la voz del Chemnitz y sintió pasar a los soldados a la carrera hacia el barracón. Siguió clavando mecánicamente la bayoneta hasta que el ruso dejó de moverse. Intentaba ver la cara, pero ni siquiera los ojos asomaban ya por entre tanta ropa. Unas ráfagas simultáneas le sacaron de sus pesquisas. Volvió el rostro hacia la caseta.

Después del tableteo, algunos disparos aislados le confirmaron que todo había terminado, al tiempo que le sirvieron para contar el número de soldados rusos que debía haber en el interior. Dos hombres salieron de la caseta. Chemnitz daba instrucciones a un soldado para manipular una pistola, con la que hizo un disparo al aire. La luz de una bengala quedó suspendida sobre el arco del puente. La batería de Michael se ponía en marcha hacia el río.

El pequeño artillero volvió a sentir el intenso frío. A sus veinte años recién cumplidos había acabado con la vida de otro hombre como él. No sentía ni miedo ni curiosidad por ver su cara. Se acurrucó contra la barandilla del puente, mientras sus ocasionales compañeros salían de la caseta arrastrando los cuerpos de los rusos. En un santiamén, Chemnitz y sus hombres arrojaron once cadáveres, más los cuatro de los vigilantes, al río. Después, inspeccionaron los pozos, encontraron un detonador y lo desmontaron.

El ruido de los camiones despertó a Michael en el mismo sitio donde se había sentado. Instintivamente, se levantó, sintiendo un fuerte dolor de espalda. Intentó aderezarse el uniforme y, al ver que aún tenía el traje ruso, comenzó a quitárselo a toda prisa. Se cuadró ante su teniente, al que hizo un relato de su hazaña, mientras el capitán de la batería hablaba con Chemnitz. Michael observó que, en algún momento, el capitán Horstmann elevaba el tono de su voz. Al rato, el renano hubo de presentarse también a él.

-¿Es cierto que el sargento les mandó arrojar los cadáveres al agua?

-Sí, señor, ellos los tiraron.

-¿Cuántos eran?

-Había cuatro vigilantes, y en la cabaña diez o doce, mi capitán.

Horstmann, que tenía poca más estatura que el soldado, era de pelo cano, pero no pasaba de los treinta y tres años. No hizo la Gran Guerra, por tanto, ni era de familia militar. Ingresó en el ejército después de 1933, aunque no parecía simpatizar con el partido. Michael ni siquiera sabía si estudió en alguna academia o había ascendido por méritos. Daba la impresión de no fiarse del sargento.

Tras hacer estas preguntas, el capitán habló con el teniente Greiff y se fue hacia la caseta. Greiff dijo a Michael que se podía pasar el día descansando en la cocina de la batería y le felicitó por su trabajo de parte del capitán.

Después de los camiones con los bártulos y municiones, llegaron cinco transportes semiorugas Skfz, con las piezas de artillería remolcadas. Los soldados se pasaron el día organizando la posición, aunque el capitán dijo que no se trataba de un asentamiento definitivo, sino de organizar la defensa con urgencia. Como le gustaba hacer las cosas bien, hizo trabajar también a la escuadra de infantería e incluso, después de comer, no le sirvió de nada a Michael invocar lo que le había dicho su teniente para evitar que el sargento Meier, jefe de su pieza, le obligara a cavar un pozo durante toda la tarde.

El cielo estaba cubierto, pero el ambiente despejado dejaba ver por delante hasta un bosque tan distante como aquél del que habían salido. El capitán no decía nada, pero parecía sospechar que los soviéticos habrían observado la maniobra y contraatacarían. Envió un camión al coronel, con las armas y municiones de los rusos, y un parte de lo sucedido. Solicitaba con la máxima urgencia la llegada del regimiento blindado para cuyo paso se había establecido la cabeza de puente.

 

-¿Algo nuevo?

-Nada -respondía el artillero, que arrastraba unos obuses contra personal-, aparte de que habrá sorpresa.

Los soldados llamaban así a los ejercicios que solía organizar el capitán para mantenerlos alerta. Dadas las circunstancias, era seguro que tendría pensado alguno. Horstmann no perdía la calma, pero los soldados pagaban los nervios de los otros mandos. Michael dejó de repasar el cierre del cañón para ayudar a su compañero a colocar las granadas.

-Me ha dicho el sargento que vamos a pintar a Eva -era el nombre que daban a su pieza- de blanco.

-Nos vamos a helar aquí esperando a los chicos de Guderian. Anda, vé a probar el potaje de Metzger.

El renano se fue al pequeño habitáculo donde había pasado la noche con sus colegas. Rebuscó en la mochila, encontró su cazo y salió dispuesto a tomar la ración de desayuno. En ese momento vió a dos o tres que venían corriendo. Sonaba la señal de alarma. Sorpresa. Oyó gritar algo sobre los rusos y casi tropezó con su sargento.

-¡Muévete, Frank -le llamaba por su apellido-, vamos!

Mientras corría, oyó la voz del teniente Greiff:

-¡A la señal del capitán, fuego a discreción!

El pequeño artillero observó que el sargento Meier ponía el alcance de Eva prácticamente a cero. Miraba hacia su frente, donde apenas se distinguía el bosque del que, al parecer, provenía un ataque. Comenzaron a sonar ráfagas intermitentes. Era Chemnitz que, con sus ametralladoras, hacía un fuego cruzado desde ambos flancos de la línea de cañones, para medir la distancia al objetivo. Meier dio unos golpecitos en el cañón.

-Pórtate bien esta vez, chica. ¡Preparado para hacer fuego!

El mismo aviso fue repetido por los tiradores de los otros cuatro cañones. Había más de veinte obuses al pie de Eva y un vehículo repartía más munición. Horstmann hizo un movimiento de todo su cuerpo hacia adelante, dando con ambos brazos la orden de fuego. Primero al unísono, y luego según la pericia de sus sirvientes, las piezas de 88 comenzaron a tronar.

El joven renano manejaba el cerrojo sin hacerse una idea de lo que podía estar pasando, pero cuando cerraba los ojos empezaba a recordar los cuerpos que había visto tirados en las cunetas, o a los rusos del puente.

Cuando hubieron hecho una docena de tiros, apareció el teniente Greiff, que indicó a Meier una corrección de puntería. Recomenzaron el fuego hasta que, pasados unos minutos, se dió la orden de alto. El cañón que estaba a la derecha hizo un par de disparos más, mientras se oía ininterrumpido el rasgueo de las ametralladoras. Al fondo, en medio del humo, Michael creía poder distinguir unos caballos. El sargento echó un vistazo a Eva y les ordenó que se apostaran con todas sus armas.

Dos vehículos semioruga partieron de los flancos. En el que estaba más cerca de él, el artillero renano quiso ver al otro teniente, Gotha -también conocido por su patria chica-, que manejaba la ametralladora. Aprovechando el descanso, pudo observar al capitán, que usaba los prismáticos desde su puesto, cavado en una pequeña elevación que no sobrepasaba los cinco metros por encima de las otras trincheras.

Pasado un rato, los disparos se hicieron esporádicos. Llamaron al sargento Meier al puesto de mando. Al poco, apareció sobre un vehículo y ordenó a sus hombres que montaran. Mientras se adentraban en el llano, les explicó su cometido:

-Vamos a coger a los supervivientes, a todos los que sigan vivos, ¿está claro? Con cuidado: más vale matar a uno que esté vivo, que exponernos a que nos maten ellos. ¿Esto también está claro? El Skfz que viene detrás recogerá las armas.

Aún se distinguían las piezas cuando encontraron los primeros muertos, que en realidad debían ser los últimos que habían caído. Durante varias horas, los artilleros pudieron contemplar de cerca el efecto de sus armas y de las ametralladoras. Había algunos heridos y muy pocos indemnes. Los fieros cosacos se rendían ahora sin inmutarse. Cogieron incluso algunos caballos. Se cruzaron con el teniente Gotha, que había llegado hasta los últimos restos, y volvía contando los muertos. Michael regresó al campamento en uno de los camiones enviados a recoger armas y heridos. Uno de sus compañeros parecía contento:

-Están locos estos cosacos. No tenían ninguna posibilidad.

El renano pensó que era fácil decir esto ahora que todo había terminado.

-¿Tú no has pasado miedo?

-Sí, pero el miedo se pasa con la actividad. El que no piensa no sufre. Cuanta más prisa me doy en meter y sacar los pepinos, menos pienso en los de enfrente... Y más de prisa acabamos con ellos. ¡Treinta disparos! En cinco minutos. ¿Te das cuenta? Es todo un récord para Eva.

Michael asintió a su compañero, visiblemente ilusionado por la proeza técnica. Cuando llegaron a la posición, cachearon a los prisioneros.

-Mira éste, si tiene un libro.

-¿Qué son, las obras completas de Lenin?

-¡Francés! Vaya, o sea, que el señor cosaco sabe francés.

-Llévaselo al capitán, harán buenas migas.

"Hay más de cuatrocientos muertos y cuarenta y ocho prisioneros. Algunos son heridos agonizantes. No hemos encontrado oficiales de alta graduación, sólo dos capitanes. Parece, sin embargo, que había tropa de dos regimientos distintos. Procedemos -terminaba el informe de Horstmann- al interrogatorio de los prisioneros."

El capitán ordenó matar a todos los caballos heridos, dejando dos, que estaban en perfecto estado. Hizo que se habilitase la caseta de los guardas del puente para los heridos rusos, y ordenó que, de momento, los prisioneros sanos se dedicaran a cuidar heridos.

Michael se pasó el resto del día interrogando a los prisioneros. Pudo averiguar muy poco, porque todos se limitaban a decir su regimiento y su nombre.

En la fila del desayuno, Michael oyó el parte que daba el sanitario al capitán:

-Esta noche han muerto diez. Hay otros quince que pueden morir pronto. En total sólo once prisoneros aptos para el trabajo.

El capitán encargó a Greiff que un grupo de sus hombres enterrara a los rusos recién muertos al otro lado del puente, mientras que Gotha salía con los supervivientes y algunos de sus hombres para seguir inspeccionando el campo de batalla. Michael se encargó esa mañana de vigilar a los de la caseta y hacer de intérprete en el interrogatorio. Vió morir a tres prisioneros, ante la impotencia del sanitario, que no podía evitar la pérdida de sangre. Lo más que hacía en algunos casos era darles agua.

El renano se fijó en el ruso que sabía francés. Se llamaba Iván. El capitán había estado hablando con él un par de veces durante la mañana.

En su mayoría, los prisioneros no eran rusos. Ninguno más sabía idiomas. Tenían rasgos asiáticos. Michael se dirigió al francófono y le pidió -en ruso- que le acompañara a recoger la comida para los heridos. Por el camino, le preguntó de dónde era. La respuesta del ruso le sonó a chino.

-Yo me llamo Michael Franz, soy de Colonia.

Puesto que Iván no mostró el menor entusiasmo, la conversación terminó por el momento. Recogieron la comida y volvieron a la caseta. Al atardecer, Gotha volvió con los otros prisioneros y habló con el capitán. Habían cogido más documentación y encontraron otros dos capitanes muertos.

-Michael observó cómo los prisioneros se ponían a rezar antes de la cena.

-¿Tú no rezas como éstos?, le preguntó a Iván.

-No, éstos son musulmanes.

-¿Y tú no?

-No, yo soy ruso.

-Ya. Vaya, cosacos musulmanes. Se ve que Stalin anda flojo de personal.

Al día siguiente, Michael se decidió a hablarle de lo que más le inquietaba.

-Sabes, mis compañeros piensan que estáis locos. Enfrentarse a una batería de cañones y ametralladoras, desde esa distancia. Estabais perdidos. Es la primera vez que veo una cosa así. En realidad, ayer fue la primera vez que me enfrenté directamente al... enemigo. Bueno, tampoco fue ayer... En fin, ¿qué dices?, ¿no te parece una locura?

-Yo no soy el responsable de este ataque.

-¿Y no te da igual pensar que podías haber muerto con todos tus compañeros?

-No me daba igual, pero ¿que podía hacer? Además, yo lucho por mi patria.

-Entonces, ¿eres ucraniano?

-Yo no, ¿y tú?

-Mira, yo no he empezado esta guerra. Tampoco te estoy acusando a tí. Nunca me ha tocado pasar una barrera de artillería a caballo. En realidad, nunca he montado a caballo. Sólo quería saber cómo se ven las cosas desde el otro lado. Yo me dedico a manejar el cierre y no sé...

-Yo tampoco sé. Si supiera, no estaría vivo. Cuando estallaron los primeros cañonazos, me tiré del caballo y esperé a que todo pasara.

-Ya.

-¿No es muy heroico?

-Quién sabe. Quizá yo habría hecho lo mismo.

-Luego llegasteis vosotros y me rendí sin pegar un tiro. Seguramente no seré un héroe de la revolución.

-No te preocupes, no se lo diré a tus compañeros.

-Descuida. Ellos hicieron lo mismo.

Al día siguiente, Michael siguió con sus preguntas.

-Érais pocos rusos en tu regimiento. Los comisarios políticos suelen ser rusos, ¿no?

Iván no sólo no contestó, sino que su cara cambió totalmente.

-Ya sé que has dicho que todos los comisarios murieron en el combate, además el teniente Gotha encontró uno o dos... Era sólo una curiosidad, no te preocupes, que el capitán no me ha preguntado por esto. Ya sabes que los de infantería los matan sobre la marcha, pero nosotros es la primera vez que hacemos prisioneros.

Los días siguientes fueron abundantes en noticias. Los americanos entraron en la guerra, después del ataque japonés a Pearl Harbour. La ofensiva del mariscal Timoschenko tenía en vilo a oficiales y soldados. Se sabía que, río abajo, los rusos habían llegado al Donetz.

La sensación de incertidumbre aumentó al producirse una cadena de dimisiones. Von Rundstedt, jefe del grupo de ejércitos del sur, que había aconsejado retirarse a Polonia después de la evacuación de Rostov, fue sustituido por Walther Reichenau, hasta entonces jefe del VI ejército, en el que se englobaba el regimiento de artillería.

Después había dimitido Brauchitsch, asumiendo Hitler en persona el cargo de jefe de estado mayor del ejército. Bock, jefe del grupo de ejércitos del centro, enfermo, fue sustituido por Kluge. Leeb, jefe del grupo de ejércitos del norte, por Küchler. En Navidad, Guderian hizo un amago de retirada y fue dimitido. Estaba claro que el puente no sería utilizado por ninguna fuerza blindada en breve, como no fuera rusa.

La carrera ascendente de Reichenau quedó frenada en enero, a consecuencia de una galopada que emprendió cuando hacía varios grados bajo cero. A pesar de su rápida evacuación, el corazón del jinete prusiano resultó ser menos fuerte que su orgullo. Lo sustituyó el jefe de estado mayor, von Paulus.

Durante este tiempo, murieron otros trece prisioneros, que fueron enterrados en la fosa al otro lado del puente. Evacuaron a tres alemanes por congelación. Se supo más tarde que uno de ellos había muerto.

Los rusos se encargaban de enterrar a sus muertos. Dormían en la caseta y, también estrechamente vigilados, salían cada mañana al campo de batalla para recoger carne de caballo, que era el principal elemento de su dieta, y también de la de los alemanes cuando fallaban los suministros.

Un día llegó, acompañando al camión de intendencia, un Skfz con el capitán de la plana mayor del regimiento, Freisler, que fue cordialmente recibido por Horstmann:

-¡Bienvenido, Freisler! Ya tenía ganas de salir un poco de este encierro, aunque sólo sea porque vengan ustedes a contarnos un poco qué pasa por el regimiento.

Los dos capitanes, sin embargo, no habían tenido mucho trato hasta entonces, sobre todo porque Freisler era buen amigo del coronel, y Horstmann no tanto. Los hombres que vinieron con Freisler, por lo demás, no disimulaban que estaban en realidad inspeccionando la posición, ya que el coronel seguía muy ocupado y no tenía tiempo para visitarla. Eran todos cabos o sargentos. Michael los miró sin confianza.

Freisler reunió a los oficiales e hizo un repaso de los distintos frentes y los nuevos cambios en el grupo de ejércitos del sur. Horstmann mostraba un forzado interés. Hizo alguna apreciación, pero sin las críticas hacia el mando que podían esperarse de quien llevaba un mes sin recibir explicaciones serias. Aunque procuraba guardar las formas, cuando el recién llegado le reprochó que no hubiera conseguido que ninguno de los prisioneros se enrolara en alguna división de voluntarios extranjeros y que los mantuviera en el mejor alojamiento, Horstmann no supo contenerse:

-Mire Freisler, yo he mantenido esta posición causando más de cuatrocientas bajas al enemigo y sin más bajas propias que las que nos ha causado el frío. El coronel se cubrió de gloria cuando la orden de la división dijo que había tomado esta cabeza de puente, pero del ataque de los cosacos no se dijo nada. Seguramente será para no dar pistas al enemigo sobre dónde ha perdido toda una división de caballería... Y ahora me viene con que no consigo que los prisioneros se pasen... ¿El coronel quiere hacer méritos ante von Paulus? ¿Quizá convencerle de que no necesita infantería para mantener el puente?

Los dos capitanes no volvieron a dirigirse la palabra hasta el momento de la despedida.

Aquella mañana, el camión de provisiones traía una orden especial para el capitán. El coronel le advertía que los suministros no permitían mantener por más tiempo a los prisioneros, y que debía solucionar el problema conforme a la orden de von Reichenau fechada el 10 de octubre de 1941, titulada comportamiento de las tropas en el Este, y cuyo texto adjuntaba:

"En relación con la actitud y comportamiento de las tropas frente al sistema bolchevique no existen, en muchos casos, ideas muy concretas. La finalidad esencial de la campaña contra el régimen judío-bolchevique es el completo aniquilamiento de la influencia asiática sobre la civilización europea. Con ello se origina para la tropa una serie de misiones que supera los conceptos habituales. El soldado es, en el Este, no solamente un guerrero según las reglas del arte militar, sino también el portador de ideas raciales y el vengador de todas aquellas bestialidades que han sido infligidas a los pueblos afines y emparentados con el nuestro. Por este motivo, los soldados han de tener plena comprensión de esta justa venganza contra el judaísmo internacional."

El coronel terminaba dándole opción a que evacuase a los prisioneros hacia el puesto de mando del regimiento, donde se harían cargo de ellos.

Horstmann estuvo un buen rato solo en su puesto de mando y después habló largamente con el teniente Greiff.

El sargento Chemnitz regresaba con su pelotón, tras un repaso matutino sin novedad en los alrededores de la posición. El capitán le llamó y habló con él a solas.

-Marx -era el apellido de Chemnitz, prácticamente inmentable en público-, ¿qué haría usted si le encargara que soltase a los prisioneros?

-Yo no tengo la misión de juzgar las órdenes, sino de cumplirlas.

-Me refiero a si le parece bien.

-¡Mi capitán! No me parece que se trate de bien o mal. Pienso que se ha de hacer lo que convenga al servicio. Yo defiendo la vida de mis soldados, no puedo ponerlos en peligro. Pero yo qué sé si se trata de un canje de prisioneros o algo así...

-¿Y si le pidiera que los fusilase?

-Se refiere a si me parece bien?

-Sí.

-No cabe duda de que son un peligro para nosotros, y además una carga. Si no cumplen una función que la compense... En este momento, pienso que el peligro de ataques es cada vez mayor y no es nada alentador tener al enemigo en casa...

-Comprendo. Forme a la batería.

Michael estaba con los prisioneros cuando oyó la orden. Los dejó con el vigilante y ocupó su puesto. Después de recibir las novedades, el capitán se dirigió a la tropa.

-Sabéis que la situación bélica no ha mejorado mucho con el tiempo. Vinimos aquí sólo a preparar el paso de una fuerza blindada. Ahora nos hemos convertido en la vanguardia de nuestro regimiento, en contacto directo con el enemigo. En estas condiciones, no podemos arriesgar nuestra posición.

Hoy el coronel me ha comunicado que los suministros del regimiento no permiten mantener por más tiempo a los prisioneros. Puesto que se trata de elegir entre sus vidas o las de mis soldados, mi deber me impone elegir las vuestras.

No me ha resultado fácil tomar esta decisión, que por otra parte sabéis que se cumple en otras muchas unidades desde hace tiempo. En cualquier caso, la responsabilidad sobre la suerte de los prisioneros es solamente mía, y vosotros os limitaréis a ejecutar lo que la obediencia os impone. Si alguno tiene reparos de conciencia que le impidan obedecer, debe decirlo a su mando inmediato, y quedará exento de esta obligación.

Michael se imaginaba ahora disparando su fusil contra Iván y sus compañeros. Después de tanto como había visto y hecho, no sentía especial lástima, pero se decía por dentro que no lo haría. Sin embargo, no se atrevió a decírselo al sargento Meier después de romper filas. Se dirigió hacia la cabaña de los prisioneros. El vigilante le detuvo:

-Lo siento, Frank, ya no se puede hablar con ellos.

El joven artillero observó que el teniente Greiff -que también hablaba francés- estaba explicándole algo a Iván. Volvió hacia su pieza, poniéndose a las órdenes de Meier. Pensaba simplemente que había llegado la hora para los rusos y que eran cosas de la guerra. Podía haber sido al revés, si él hubiera sido hecho prisionero por los rusos. Hubiera sido bueno que siguiera habiendo suministros. De algún modo, le parecía comprensible. Se alegraba de no tener que haber tomado esa decisión, a la que se consideraba ajeno. Sin embargo, se sintió obligado a rezar por los prisioneros. Se le ocurrió incluso que debía hacer algo por salvar al menos a Iván.

De repente, cayó en la cuenta de que los rusos comían de sus propios caballos muertos, y que había suficiente carne congelada ahí enfrente para mucho tiempo. Se decidió a comentar el asunto con su sargento.

-Mira, Frank, tú eres muy listo. Pero el capitán sabe lo que hace, ¿entendido? Y, además, ya lo has oído: él se hace responsable. Tú a lo tuyo.

Esa noche, después de cenar, Chemnitz salió con un pelotón escogido entre gente de toda la batería, y los prisioneros rusos. Éstos iban en un camión, y los alemanes en un vehículo semioruga. Cruzaron el puente. Después se oyeron varias ráfagas de ametralladora.

 

A la mañana siguiente, Michael se sorprendió en el desayuno al ver a Iván. Enseguida le explicaron que el capitán lo consideraba necesario para interrogar a los rusos que pudieran ser capturados en el futuro. Michael se alegró, pero no se atrevió a ir hacia él.

Llegó el camión de los suministros. Esta vez lo acompañaba un Skfz en el que venía de nuevo el capitán Freisler, acompañado de varios soldados. Se presentó en privado al capitán de la batería.

-El coronel me ha pedido que me hiciera cargo de los prisioneros rusos, si usted no quería solucionar el problema. Ya me han dicho, sin embargo, que no hará falta.

-Dígale al coronel que agradezco su atención.

-El coronel quiere también que permanezcamos hoy con ustedes. Espero que no sea una molestia.

Horstmann no contestó. Los recién llegados se instalaron en la caseta que los rusos habían dejado vacante.

Ya amanecido, Freisler pidió a Horstmann que le acompañara caminando por el puente, pues tenía algo que comunicarle. El capitán dejó a Greiff al mando de la batería.

Al otro lado del puente, junto a la fosa donde se enterraba a los rusos, estaban varios de la escuadra que vino con Freisler.

-No puedo ocultarle, Horstmann, que me he visto obligado a comprobar al máximo cuál ha sido la suerte de los prisioneros, conforme a las órdenes del coronel.

El capitán de la batería no decía nada.

-Quizá lo interprete como falta de confianza, pero he dado a mis hombres orden de excavar la fosa. Puede verlo usted mismo.

Efectivamente, ahí estaba la fosa con los cadáveres.

-Usted dio parte de haber capturado cuarenta y ocho prisioneros. Sin embargo, aquí sólo hay veintiséis. Si no cuento mal, faltan veintiuno, aparte del que ha quedado en la batería. ¿Puede decirme dónde se encuentran los demás?

-No.

-¿Debo preguntar al que se encargó de ejecutarlos? ¿Quizá los haya enterrado en otro lugar?

-No, Freisler, yo soy el único responsable.

-Queda usted detenido, Horstmann. El coronel me ha ordenado que me haga cargo de la batería. Créame que lo siento. Yo me encargaré de enviarle sus pertenencias -dijo, mientras señalaba el vehículo-, ¿tiene alguna instrucción especial que hacerme antes de irse?

Horstmann pensó un poco y contestó que no. Entregó su pistola a Freisler.

Mientras el capitán montaba en el Skfz que le llevaría a la sede del regimiento, Freisler volvía por el puente. Greiff miraba disimuladamente por sus prismáticos y, en ese momento, se le escapó una maldición y dió un puñetazo en la madera. Salió a recibir a Freisler.

-Teniente, el capitán Horstmann ha pedido ser relevado y el coronel me ha indicado que me haga cargo de la batería. Forme a la tropa para comunicárselo.

Después de terminado el acto, Freisler pidió a Greiff que le enseñara la posición con detalle.

-¿De dónde era usted, Greiff?

-De Pforzheim, mi capitán.

-¡Ah, sí! Tengo mala memoria. Ya sabe que yo soy de Breslau.

-Sí, mi capitán. De todos modos, aunque no seamos paisanos, estoy seguro de que nos entenderemos bien. Somos alemanes.

Ese día Michael tenía servicio de cocina. A media mañana llevó la comida al capitán, para que la probara. Como buen prusiano, Freisler conservaba costumbres cuarteleras que Horstmann nunca vivió.

-Vaya, tú eres el soldado que estaba ayer cuidando los dos caballos.

-Sí, señor. Pero el capitán Horstmann me despidió a media tarde, porque había ordenado a Metzger, el cocinero, que los matara.

-Andamos mal de provisiones -intervino Greiff- y tampoco parece saludable practicar la equitación con este clima, mi capitán.

-Y, sin embargo, este guiso no es de caballo, sino de pescado.

Freisler se quedó pensando y, de repente, dijo con prisa:

-¿Qué ha sido del prisionero ruso que quedaba?

-¿No se lo ha dicho el capitán? Ayer aseguró -concluyó Michael- que si no había comida para los caballos, tampoco podía hacer una excepción con el prisionero, y que lo había mandado fusilar.