Plaza de Castilla
-Hay que dar de comer a los zombis de la línea cinco. ¡Maldita sea, les tocaba ayer! ¡Ricardo, ¿qué pasa con esa máquina?!
-Sigue estropeada, teniente RU.
Un hombre de unos treinta años, moreno y flaco, de rostro enjuto y aspecto cansado pulsaba teclas y botones. Otros dos permanecían en sus asientos sin hacer nada, como cubriéndose del chaparrón de ira que estaba a punto de caerles encima.
-Mercurio, ve a darles de comer.
-Teniente, ya fui la semana pasada.
¡La semana pasada! Esa referencia significaba mucho para los cuatro hombres encerrados en el búnker de la Plaza de Castilla. Hacía cuatro días que había caído la última bomba atómica sobre Madrid y tenían problemas. Ir a dar de comer a los zombis de la línea cinco no iba a ser nada fácil. El robot encargado de estas misiones llevaba más de un mes estropeado. No habían podido repararlo, por falta de piezas. Pero dar de comer a una población de cientos de homínidos subnormales no era lo mismo ahora que hacía una semana. Estaban hambrientos, quién sabe si medio locos.
-¡Urano!
Al no obtener respuesta, RU se acercó al tercero de sus hombres, que en realidad dormitaba sobre su silla. Dio una patada al asiento, y el hombre, también en la treintena, se sobresaltó, sin despertarse.
-¡Drogado! ¡Como siempre! ¡Si tuvieras sesenta años!
El teniente se refería a la edad en que se aplicaba la eutanasia. Mercurio no entendía cómo podían coartar las ordenanzas a un hombre que sólo representaba a los residuos de un ejército, o ni siquiera eso, de una organización en retirada en medio de los escombros de lo que había sido una gran ciudad.
-¡Vas a ir tú otra vez! -gritó la voz ronca de RU, mirando a Mercurio-, ¿entendido?
El condenado, porque esa orden era una condena a muerte, era el más alto y el más joven -el único que no llegaba a los treinta años- del grupo, pero también era flaco. En tiempos su nariz aguileña debió darle un aspecto hermoso. Había nacido en Levante, y su carácter no era nada vengativo. Para qué insistir en que le tocaba al hombre drogado. No sentía afecto por esa piltrafa humana con nombre de planeta, pero tampoco quería perjudicarle.
RU era inflexible. Al teniente le habían puesto el nombre de un antiguo laboratorio de píldoras abortivas: Roussel-Uclaf. Había nacido por error. Y él, que era de la meseta, sí era vengativo, y parecía haberse propuesto no cometer jamás errores. Pero ahora se había olvidado de dar de comer a los zombis.
-¡Coge el coche ahora mismo y lárgate!
Mercurio dudó un momento, sin fuerza para negarse. Ricardo había dejado de pulsar teclas y le miraba. Mercurio se levantó y sostuvo aquella mirada. No recordaba haber conocido otra persona que le mirara habitualmente de esa forma tan especial. Nunca le habían enseñado cómo podía definirse aquello.
Esa mirada solía ir acompañada de una frase: "eres un buen tipo, Mercu". Nadie le llamaba con diminutivos, en esa sociedad donde no había nombres, sino más bien matrículas. Era curioso que la matrícula de Ricardo -normalmente no usaban el número que precedía al apellido- fuera un antiguo nombre. Pero es que Ricardo era un tipo raro. Decía que había tenido madre, y que no sabía cómo la mujer consiguió ponerle ese apellido.
Mercurio se disponía a salir. No dijo nada para despedirse, pero Ricardo sí:
-Ponte el traje de lluvia... ¡Y suerte!
Mientras se ponía el traje especial para actuar en atmósferas enrarecidas, Mercurio intentaba recordar una palabra que decía a veces Ricardo. La encontró y esperó al momento de cerrar la puerta, para dejarla caer:
-¡Gracias!
Antes de despegar, Mercurio consultó todos los radares de la zona, ayudado por Ricardo desde el búnker. Había bastante vida en el largo trayecto que le separaba de la línea cinco, pero no funcionaban ni la mitad de los sensores. Se detectaban algunas hogueras: todo dentro de lo normal. Se trataba de los moros que pululaban, sobre todo, en torno a las grandes galerías subterráneas de Avenida de América.
Era curioso que los subterráneos conservaran los apelativos de unas estructuras a las que habían sobrevivido, y que les dieron nombre en el siglo anterior. Solamente algunos lugares más usados durante las operaciones habían cambiado su denominación. Así, por ejemplo, llamaban "el cañón" al conducto por donde en otro tiempo fluyó el Manzanares. El nombre tenía su sorna, porque por ese "cañón" solían ir o venir ahora los misiles balísticos.
Mercurio cruzó a toda velocidad el hoyo que separaba el "búnker impares" de la entrada de los túneles de la línea nueve. Por ser profunda, todavía era una línea subterránea, a diferencia de la cinco. Era la única línea que habían podido mantener transitable, pero en una situación que rayaba lo absurdo. Mercurio se preguntó cómo podía el teniente mandar a un hombre a la muerte sólo para intentar dar de comer a unos cientos de homínidos.
A su izquierda, Mercurio vio los restos de las torres de Puerta Europa. Llovía un líquido tan corrosivo que despedía humo en contacto con las superficies protectoras de su vehículo. Por la hora, sabía que se estaba poniendo el sol. El sol debía seguir ahí. Era lo único que le recordaba que vivía en la misma tierra donde vio la luz. Pero ya no recordaba cómo era aquella luz del sol.
Duque de Pastrana. Al entrar en el túnel, redujo la velocidad y comenzó a fijarse en los sensores. No había calor ni obstáculos. Pío XII. Unas hogueras. Debía de haber moros. Lanzó unos proyectiles de gases, pero no percibió respuesta. Colombia. Más moros. Redujo la velocidad para observar. Había bastantes, pero huían ante su presencia, así que pasó, no sin disparar a algunos de ellos. Observó que caían al suelo llevándose las manos a la cara. La munición láser cegadora funcionaba bien.
Concha Espina. Los moros se tiran al suelo al notar la presencia del vehículo. Cruz del Rayo. Había una masa de moros notable, con estructuras habitadas que obstaculizaban el paso.
-¡Sigue adelante! Tírales un pepino.
RU seguía atentamente la operación. Maquinalmente, Mercurio disparó un proyectil que explotó haciendo una escabechina y provocando el caos en el túnel. Tuvo que continuar disparando munición cegadora, porque, después del túnel seguían viniendo muchos moros. Subió a la bóveda y se dispuso a observar. Algo estaba pasando en Avenida de América. No era el trasiego normal de moros, estaban huyendo.
Los zombis se habían vuelto locos, eso estaba claro. Disparaban a los moros en Avenida de América, pero había tal cantidad que se había organizado una batalla campal. Miles de moros casi desarmados contra algunos cientos de zombis hambrientos y con armamento cegador. ¿De qué serviría seguir hasta la línea cinco y abrir los comederos?
En ese momento una fuerte luz entró en el túnel y se oyó el ruido característico de una bomba que había estallado en el exterior. Mercurio no sintió la vibración de las paredes, pero el vehículo se vio arrastrado por la onda hacia Avenida de América. No pudo controlarlo, y acabó estrellado contra el suelo.
Pasados unos minutos, Mercurio trató de moverse. Estaba aprisionado entre el asiento y los mandos. Sentía dolor. El traje no se había roto. No funcionaba ninguna luz, pero tampoco necesitaba ver para abrir la caja donde Urano guardaba sus drogas. Cogió una pastilla, la depositó en un orificio de su yelmo y pulsó un botón. Los mecanismos del traje funcionaban, y fueron desinfectando la pastilla, que a los pocos minutos estaba en su boca. La tragó.
Cuando despertó, se vio rodeado de unos seres envueltos en plásticos. ¿Serían zombis? Imposible, sólo saben disparar... ¡Moros! Intentó zafarse de ellos, pero estaba aturdido. Los brazos no le respondían, y se mareaba.
Los moros habían sobrevivido. Había sido una pequeña bomba. Contra el búnker de impares, seguro. Sabía de dónde procedía. Hacía tiempo que habían avisado al mando. La bomba anterior, dirigida contra otro búnker, había sido el último aviso de los rojos. Pero el mando blanco no era mucho más inteligente que el rojo, y había decidido abandonar Madrid. En el fondo, ellos cuatro no eran más que un instrumento para retrasar algo imparable. No eran más que cuatro supra-zombis que esperaban su turno para morir.
Morir. ¡Estúpido RU! Sabía lo que le esperaba. La semana pasada, hubieran podido salvar el pellejo. Y Urano, era un pobre hombre. Especialista en tratamiento de zombis, pero había perdido la cabeza. Y Ricardo. ¡Un buen tipo! Y él mismo... Había tenido suerte. Pero, ¿qué suerte?
Uno de los moros manejaba un soplete. Tardaron un buen rato en sacarle del aparato. Lo depositaron en un túnel, rodeado de otras personas vivas. Sabía que estaban vivas por el visor de infrarrojos que llevaba incorporado al traje. Había algunas hogueras.
La normalidad parecía haber vuelto a los túneles de Avenida de América. No podía ver las caras de los moros. La mayoría estaban ciegos. Algunos de los que veían llevaban gafas protectoras. Había un corro en torno a una hoguera. Cuando se dieron cuenta de que Mercurio estaba mejor, lo llevaron al corro y lo sentaron. No podía andar. La pierna izquierda debía estar rota. Una voz de apariencia anciana le interpeló:
-¿Cómo te llamas?
-320 Mercurio, contestó, señalando la tira en que estaba escrito sobre su uniforme.
-Muy bien, 320, bienvenido.
Mercurio no respondió. Tenía miedo.
-Has visto que vuestros esclavos nos matan, tú mismo quizá venías a matarnos.
El recién llegado no pretendía discutir en absoluto con sus captores. Sabía que la música amansa a las fieras y que tenía que llevarles la corriente.
-Iba a dar de comer a los zombis...
-Has matado ya a demasiadas personas. Pero, como tú dices, no eres más que un esclavo. Sin embargo, ahora tienes que decidir. Puedes seguir tu camino para reunirte con los otros esclavos, o puedes quedarte entre nosotros.
El anciano no obtuvo respuesta. Mercurio no tenía elección. Pero se le iba pasando el miedo. No parecía que quisieran liquidarlo.
-Dinos si quieres quedarte con nosotros, 320.
Mercurio hizo un gesto afirmativo.
-Bien. Tendrás que ayudarnos frente a tus esclavos. Tú sabes cómo tratarlos. Ahora vete.
Llevaron a Mercurio a otro pasillo. Uno de los moros tenía el fusil cegador del coche estrellado. Le pidió que le enseñara a usarlo, pero Mercurio hizo ver que no estaba en condiciones. Le despojaron del traje, a pesar de su resistencia, y le vistieron con plásticos. Gritaba que tenía una pierna rota, pero no le hacían caso. Se quedó solo. Sin vigilancia. ¿Adónde podía ir a ciegas?
Al rato, apareció un moro que le palpó las piernas, hasta que gritó por el dolor. El moro depositó su antorcha en una botella y comenzó a hacer un entablillado. Mercurio notó una sensación extraña. Le dolía, pero la forma en que estaba siendo manipulado era algo nuevo. No había brusquedad. Le movía despacio, con cuidado. "¿Qué es esto?", se preguntó, mirando al moro. Lo que tenía enfrente era un ser extraño.
-¿Cómo te llamas?
Era una voz aguda, de apariencia infantil, a pesar de su tamaño adulto. Mercurio dijo su nombre y se atrevió a preguntar por el de su interlocutor.
-Sandra.
-¿Eres... moro?
Se oyó una risa:
-¡No, qué cosa! ¡Soy mora!... En realidad, no lo soy: soy india. Pero para ti, es lo mismo. Y tú, ¿eres rojo o azul?
-Supongo que azul, para ti. En realidad, debo ser blanco, qué sé yo.
-Vaya. Lo siento. Parece que no os van bien las cosas.
-Sí, claro. India. Vosotros preferís que ganen los rojos.
-Supongo que no hay más remedio. Van a ganar. Aquí sólo queremos que todo termine cuanto antes. Los rojos, de todas formas, se llaman por su nombre, y vosotros os hacéis llamar blancos.
-Tú,... ¿no eres un hombre?
-¡Pues claro que no! Soy una mujer. ¿No te habías dado cuenta?
Mercurio no quiso confesar que no sabía lo que era una mujer más que por referencias. Afortunadamente para él, la india siguió hablando mientras terminaba el entablillado.
-Hace cuatro días murió mi madre... Por la otra bomba, ¿sabes? Ahora sólo me queda mi hermano: el que ha cogido el fusil de tu nave... ¿Tú, tienes hermanos?
-¿Hermanos? No, no. Siento lo de tu... madre.
Mercurio se quedó perplejo. No recordaba haber dicho nunca "lo siento". ¡Menudo día! Era una auténtica vuelta a las cavernas. Lo del hermano... También conocía esa palabra por la literatura.
-¿Y tu madre, vive?
-No, no tengo madre.
-Vaya, yo también lo siento.
Otra sorpresa. ¿Había sentido alguna vez no tener madre? Era el individuo clonado número 320 de la serie Mercurio (en su momento, el último grito). Había sido gestado en una zombi. Ricardo sí tuvo madre, incluso la recordaba. Mercurio pensó que, si hubiera tenido madre, habría sido un poco más parecido a Ricardo. Pero ahora Ricardo estaba muerto.
-¿Te duele?
-No, ahora no... gracias.
-Entonces, ¿por qué lloras?
¿Lloraba? No había salido de una sorpresa y entraba en otra. Decididamente, algo le estaba pasando.
-Te acuerdas de tu madre, claro. No te preocupes. Seguro que está en el cielo. Ahora descansa.
La india se fue. ¿En el cielo? ¡Vaya, otra de esas cosas de la literatura antigua!
Al rato volvió Sandra, con un plato de comida.
-No, deja, seguro que eso no me sienta bien. Verás, en mi nave tengo unas pastillas...
-Pero tu nave ya no existe. La han utilizado en unos parapetos para defendernos de los esclavos. Come, ya verás que está bueno.
-No, mira, déjalo para otro momento. Ahora prefiero... No sé, sígueme contando cosas de esas.
Sandra se sentó frente a Mercurio y éste puso la antorcha en medio. El muchacho notaba que le importaban las cosas que le contaba ella: más de lo que hacía tiempo le había importado cualquier cosa. Parecía como si la guerra hubiera terminado. Habían desaparecido las preocupaciones que sólo hacía una hora le agobiaban.
Mercurio veía a duras penas la cara de Sandra. No había sido educado para apreciar la belleza, y no la había en ese físico demacrado por los efectos de armas atómicas y químicas. Pero el joven estaba sorprendido por esos dos ojos que le miraban con... Era una atención especial, no sabía cómo definir lo que sentía. Por un momento, le recordó a Ricardo. Otra vez los problemas de aterrizar en un mundo distinto.
Siguió pendiente de aquel rostro que le producía una sensación desconocida, aunque no podría decir qué significaban las frases que salían de esa boca. Hubo un momento, en que, sin apenas pensarlo, Mercurio llevó su mano a la frente de la chica y movió el plástico que cubría su pelo. Notó un golpe en la cara y su cabeza pegó contra la pared.
-¿Qué haces? ¿Por qué me tocas?
-No sé. Supongo que quería ver mejor tu cara. ¿Pasa algo?
-¡Claro que pasa! ¡Tú no eres mi marido! Tienes suerte de que no esté casada.
"Marido", "casada"... Definitivamente, era demasiado para un solo día. Pero Mercurio tenía recursos, había estudiado la vida de estos pueblos primitivos.
-Seguramente tendrás miedo de tu... hermano, eso es.
-¡Qué tontería! No tengo miedo de mi hermano. Él me quiere y me protege. En cambio tú eres un desconocido, ¿qué sabes de cómo hay que respetar a una mujer?
Querer, proteger, respetar. ¡Uf! Mercurio cayó en la cuenta de que se había precipitado. Precipitarse era el verbo más usual en los diccionarios para traducir lo que en lenguaje antiguo se llamaba "obrar mal".
El mundo de los moros era otro mundo. Un mundo desconocido, bien lo había dicho Sandra. Pero le resultaba atractivo. ¿Por qué? Imposible saberlo. Se basaba en conceptos que le eran extraños... ¿Los desconocía, o simplemente los había olvidado? Mercurio pensó que esos principios no debían poderse transmitir con medios electrónicos. Sólo así podía explicarse que no los conociera. A lo mejor se transmitían con la mirada. A lo mejor eran esa mirada que tenía enfrente.
-Perdona -otra vez Mercurio echó mano de sus conocimientos históricos-, pero... es que en mi mundo no hay mujeres. Hace años que no las hacen. Me parece que yo debí haber visto alguna en mi... niñez ¿se dice así? Al principio, las mujeres trataron de adaptarse... pero se fueron extinguiendo. Ellas mismas dejaron de tener niñas, prefirieron tener niños. Luego vino la guerra, y desaparecieron... Eso creo. Las clínicas sólo fabricaban seres aptos para la guerra. No sé, son cosas que deben saber los mandos. Al menos, ahí arriba las cosas son así.
-Sí que era un mundo raro el vuestro.
Un estruendo en los pasillos terminó con la conversación. Sandra lanzó un grito que sorprendió a Mercurio tanto como el ruido bélico, al que estaba habituado. Pensó que la mujer debía intuir el peligro mejor que él.
Apareció el hermano de Sandra con el fusil. Se lo entregó a Mercurio, pidiéndole a gritos que lo hiciera funcionar. El joven se incorporó y empezó a manipular el aparato. Los moros corrían atropelladamente por el túnel y le molestaban. Le dolía la pierna. Hubo una pausa. Sandra estaba nerviosa y emitía sonidos agudos. Apareció un zombi que la encañonó con el fusil. Mercurio sintió que se le caía el mundo encima y gritó con todas sus fuerzas:
-¡¡Noooo!!
Aún tuvo tiempo para ver a la chica caer al suelo con las manos en la cara.
-Próxima estación:
-Plaza de Castilla.
-Correspondencia con:
-Líneas ocho y nueve. Final de trayecto.
De modo que todo había sido un sueño. "Yo no me llamo Mercurio, me llamo Javier -pensó-; menudo grito debo de haber pegado". Le dio tanta vergüenza ver que todos los pasajeros del vagón le miraban que se levantó rápidamente para confundirse entre el grupo que esperaba la apertura de la puerta.
Estuvo a punto de caerse porque... tenía la pierna izquierda dormida. Claro, se había subido en Miguel Hernández, donde estuvo visitando a una familia bosnia en un asilo. Se había quedado dormido. Eso es, tenía una cita con una amiga, en la Plaza de Castilla.
De repente dudó: ¿Seguirá existiendo todo? Sí claro. Mujeres desde luego había. La gente iba con caras largas en el vagón, pero no parecía que fuera el fin del mundo.
¿Y la chica con la que había quedado? Le estaría esperando -marchaba a toda prisa por los pasillos hacia la salida-, era de suponer. Llegaba tarde, y era la primera vez que salía con ella a solas. Se llamaba... María, claro, cómo podía dudarlo. Era un poco tímida, pero tenía algo... ¿Y qué le iba a contar? No había pensado nada. En fin, improvisaría, como siempre.
Aunque no se habría atrevido a confesar que le entró la duda, Javier se quedó tranquilo al ver que lucía el sol en la Plaza de Castilla, y tampoco pudo evitar una mirada fugaz a la derecha, con la que comprobó que seguían ahí las torres en construcción de Puerta Europa. Luego vio a la chica, morena, un poco más baja que él, vestida con pantalón vaquero... Una cosa discreta.
-Hola, Javier.
-Llego tarde...
Un poco confuso, pensando que ella iba a tomar la iniciativa, no se adelantó a saludarla con un par de besos, como hubiera sido normal de habérsela encontrado, como otras veces, en un grupo. Y parece que acertó, porque ella simplemente le dijo, en tono amable:
-¿Adónde vamos?
Javier hubiera preferido un "adónde me llevas", pero tampoco era mala cosa conjugar el plural. Improvisó, como era de esperar, un bar conocido, cosa que tampoco requería mucha imaginación.
-Me he dormido en el metro, ¿sabes? Todavía tengo una pierna casi dormida. He tenido un sueño.
-¿Un sueño bueno o malo?
-Era un sueño de guerra. Pero no podría decir si... Espera. ¿Puedo pedirte una cosa?
-Depende. A ver.
-Mírame a los ojos.
Los dos chicos se miraron. María sonreía, un poco sorprendida.
-Sí, era un sueño bueno.
-¡Vaya!, ¿por qué?
-Porque he soñado contigo.