Santiago Mata

Anna y los delfines en la isla de los feganuhés

I. RAKSAA

Después de diez horas de vuelo, los asientos del Boeing 747 de Air Pacific resultan bastante incómodos. Anna repasa por enésima vez los folletos que definen a Nausori como “el segundo aeropuerto internacional de las islas Fiji”. “Segundo y último por ahora”, según explica un viajero, quien le advierte que, si la pista de aterrizaje se queda sin luz, no será la primera vez que los pasajeros tengan que ser desviados al “primer aeropuerto”.

Anna es una estudiante de oceanografía especializada en el lenguaje de los delfines. Tras su último año de carrera, dos amigas, Lucy y Rebeca, la convencen para que vaya con ellas en viaje de fin de estudios. Ambas son especialistas en tiburones, y en la isla adonde van, Gau, al este de Viti Levu, que es la principal del archipiélago, hay excelentes lugares para la observación de la fauna submarina. Además, las tres son aficionadas al surf, y quieren practicar este deporte al final de su estancia, en algunas de las playas más famosas del oeste del archipiélago.

En su primer día de estancia en Gau, también llamada Ngau, Anna, Lucy y Rebeca se sumergen en el “paso de Nigali”. Se trata de un corte en el arrecife de coral que rodea la isla: allí hay una corriente entre el lago interior de la isla y el mar exterior, con una fauna muy rica. En concreto, hay un grupo de tiburones grises, que concentran la atención de Lucy y Rebeca. Anna, en cambio, pasa más tiempo en la superficie, tratando de avistar delfines. La empresa que organiza el viaje se llama Nai'a —palabra que en hawaiano significa delfín—, y aunque su objetivo originario es estudiar el comportamiento de estos mamíferos marinos, por motivos comerciales sus cruceros se centran en el buceo en arrecifes coralinos: la observación de delfines es algo que no se puede garantizar, ya que se mueven continuamente.

Sin embargo, a partir del segundo día, Anna tiene suerte y observa un grupo de delfines fuera del arrecife que hace de barrera de la isla. Como no están muy lejos, se acerca hasta ellos en su tabla de surf. Se trata de delfines tornillo, también llamados delfines rotadores, por su afición a saltar del agua y girar sobre su eje horizontal. En latín se llaman Stenella longirostris, por su morro más largo que el de los delfines comunes.

Anna no tiene experiencia con los delfines tornillo, que no pueden sobrevivir en cautividad, debido a su alto grado de dependencia de la comunidad en la que viven. Son muy sociables y viven en manadas que suelen pasar de los cien ejemplares y pueden llegar a los mil, por contraste con los delfines comunes, donde las manadas no suelen pasar de los veinte individuos. Los delfines tornillo son además más pequeños: miden y pesan aproximadamente lo mismo que un hombre adulto: menos de dos metros y menos de ochenta kilos.

El grupo con el que Anna contacta está formado por entre cincuenta y cien ejemplares. Lucy y Rebeca siguen buceando en el paso de Nigali, mientras ella se queda fuera del paso, con su tabla de surf, observando los delfines. El último día de su primera semana de estancia, Anna ve que los delfines quieren llevarla a alguna parte. Decide seguirlos, suponiendo que van a otro lugar de la costa cercano. Para ir más rápido, se ata a la tabla de surf y se agarra a la aleta de un delfín, que la arrastra. Pero enseguida se escurre. Ve que los delfines juguetean mordiendo la cuerda de la tabla de surf. Así que hace un lazo y lo echa al agua. Los delfines muerden el cabo y así la arrastran más rápidamente. Como el peso es muy grande para un sólo delfín, éstos se van turnando en el arrastre.

Pero los delfines no van hacia la costa, sino mar adentro, y a gran velocidad. En poco tiempo, Anna se da cuenta de ello, y se suelta para volver a la isla. Trata de nadar, pero no avanza, porque además hay una corriente que va mar adentro. Se levanta sobre la tabla y pide auxilio. Ya está demasiado lejos y nadie la oye. Los delfines, además, parecen seguir jugando, y la tiran varias veces de la tabla al mar.

De nuevo atada a la tabla, Anna piensa que su única esperanza son los delfines. Tiene una especie de silbato que emite sonidos semejantes a los de estos mamíferos marinos. “Puesto que son tan inteligentes”, se dice, “no me dejarán morir en el agua”. Les pide auxilio con el silbato, y de nuevo se ata a la tabla y lanza el lazo para que la arrastren.

Los delfines siguen navegando mar adentro. La costa se pierde de vista y Anna se pone cada vez más nerviosa. No tiene más orientación que la que le da el saber que se han alejado de la isla hacia el este. Los delfines parecen ir a alguna parte y siguen turnándose para arrastrar a Anna.

Cae la tarde y sigue sin haber rastro de tierra. Se hace de noche: navegan en dirección contraria a la puesta del sol. Aunque el cansancio la domina, Anna no puede dormir por los golpes de las olas, el miedo a que la tabla vuelque y el deseo de ver cualquier señal de tierra. Luce una espléndida luna: luna llena. Pero en el mar no hay más que reflejos y olas.

Los delfines siguen remolcándola durante toda la noche. Amanece y sigue sin haber rastro de tierra. Pasadas unas horas, Anna se da cuenta de que se acercan a una pequeña isla. Trata de ponerse en pie sobre la tabla, pero no puede, por el agotamiento y la velocidad con que es arrastrada. A un par de cientos de metros de la isla, los delfines detienen su carrera y sueltan la cuerda.

Subida sobre la tabla, Anna ve que la isla es pequeña. Conforme se acerca, descubre que no va directamente hacia la costa, sino hacia un arrecife. No es el arrecife de borde de una isla, ni tampoco un arrecife de barrera completo separado de la isla, sino tan sólo un pedazo de arrecife, o quizá un islote de forma alargada.

Anna teme que las olas la arrojen contra las rocas. Preferiría buscar una playa en la isla. Aunque no se trata de piedras talladas por el oleaje, sino de esqueletos de corales, el efecto del arrecife para la navegación es el mismo. Cuando una isla, por los movimientos tectónicos, se va hundiendo, puede quedar el arrecife del antiguo borde de la isla, convertido en arrecife de barrera. Si la isla desaparece totalmente, quedan sólo los esqueletos de corales que constituyen los arrecifes, y en este caso se llaman atolones.

Los delfines saltan a su alrededor, pero Anna no sabe si tratan de avisarle de un peligro o siguen jugando. Cuando está a unas decenas de metros del arrecife, ve a unos niños allí encaramados. Grita y hace señales. Pero está ya cerca y tiene que pensar qué hacer.

Entonces un delfín da un aletazo sobre su tabla y la tira al agua. Anna intenta asirse a la tabla, pero no le va a dar tiempo a subir. Una ola la arrastra y Anna ve que va a romper contra el arrecife. Entonces se sumerge todo lo posible. Deja pasar la ola y sube de nuevo. Antes de la llegada de una nueva ola, se aúpa a las rocas, alejándose del lugar donde rompen las olas.

Encaramada al arrecife, Anna ve cómo su tabla es arrastrada por una ola que rompe estrepitosamente. Corre a recogerla. Después se da cuenta de que tiene algunos cortes en los pies, por andar sobre la superficie arisca sin protección de calzado. Piensa que, posiblemente, ese delfín le ha salvado la vida, pues de haber seguido sobre la tabla, se habría estrellado contra el amasijo de esqueletos de pólipos que constituye el arrecife.

En realidad, Anna no está segura de que esta barrera sea un auténtico arrecife. Si lo es, es desde luego sólo un pedazo delante de la isla que ha visto, y que ahora queda oculta. Enseguida otra cosa atrae su atención: los niños del arrecife la están observando. Son de raza melanesia, como la mayoría de los habitantes de las islas Fiji, pero en altura ninguno le llega hasta la cintura. Y no son niños.

Ella no quiere creer a sus propios ojos, pero es cierto: se trata de enanitos. Prueba a decir las tres palabras que ha aprendido en fijiano: "bula", que es hola; "yadra", que es buenos días; y "vinaka", que igual sirve para pedir un favor que para dar las gracias. Pero los hombrecillos no comprenden ninguna de estas palabras. Anna tampoco comprende lo que dicen los enanitos. Se imagina que hablan algún idioma oceánico semejante al fijiano.

Después de un rato, se pregunta si estos hombrecillos no comprenderán los sonidos de los delfines. Piensa que podrá comunicarse con ellos usando el silbato que lleva colgado a su collar de conchas en el cuello. Hace un sonido que se asemeja a un simple saludo de los delfines, y prueba a ver si funciona. Los hombrecillos parecen comprenderlo. Empiezan a juntarse en torno a Anna más y más enanitos.

Todos son ligeramente barbudos, llevan cubierta la cabeza y el cuerpo con algas secas, más o menos tejidas, y con grandes conchas. no hay entre ellos ninguna mujer. No son enanos al estilo de algunos cuentos, como hombres pequeñitos, sino auténticos enanos, deformes. Una especie de pigmeos melanesios, realmente minúsculos.

Anna trata de persuadirles de que es amiga suya y de que no quiere hacerles daño. Les dice su nombre, y pregunta a los hombrecillos dónde se encuentra. Por gestos, le explican que ésta es su isla, pero no saben dar más datos. Así que se sube al arrecife, para observar la isla. Intenta adivinar dónde puede estar. Las islas Fiji son más de trescientas, y sólo una tercera parte está habitada. ¿Será posible que aún exista una isla completamente abandonada y que nadie sepa de la existencia de estos enanitos?

Aunque está convencida de haber hecho un descubrimiento extraordinario, Anna piensa en lo preocupadas que estarán sus amigas: “Ha pasado un día entero. Me estarán buscando por todo el archipiélago o ya me habrán dado por muerta”, se dice. Lo peor es que la noticia llegará pronto a sus padres. Los dos son ya mayores, aunque no ancianos, y ella es el único de sus hijos que aún vive con ellos. “¡Si pudiera evitarles ese disgusto! Tengo que encontrar enseguida la forma de salir de aquí y volver a la civilización”, piensa, mientras mira a los hombrecillos: “a la civilización de donde vengo”.

Así que se dispone a lanzarse de nuevo al agua, para explorar la isla, que está unos cien metros más allá del arrecife o escollo donde viven estos curiosos hombrecillos. Pero enseguida éstos arman un gran griterío y tratan de detenerla. “¿Por qué no quieren que vaya a la isla? ¿Habrá algún animal peligroso?” La respuesta llega enseguida. Con gestos y palabras, los hombrecillos le explican que en la isla hay un hombre. ¿Un solo hombre? Parece que sí. Un hombre que seguramente ha llegado después que ellos, y al que tienen miedo. Parece que por eso viven en el arrecife: huyen de ese hombre.

Anna observa que los hombrecillos se llaman a sí mismos "feganuhé". Los pequeños feganuhés podrán vivir, si quieren o no tienen más remedio, en el arrecife. Pero Anna no: las olas golpean continuamente contra la barrera, y apenas hay dónde resguardarse. Tiene sueño, hambre y sed, y allí no hay nada de comer ni de beber. Además, está descalza. Así no puede andar sobre esa arisca superficie. Ni siquiera se ha puesto su reloj, que tiene la correa rota, así que no sabe ni la hora.

De los delfines no hay ni rastro. "Si aparecen", piensa Anna, "trataré de que me devuelvan a la isla de origen. Pero no puedo esperar, ni tampoco confío en que quieran hacer el viaje de vuelta. ¿A que distancia estaré de Gau?", se pregunta. A toda velocidad, un delfín puede nadar a treinta kilómetros por hora. Arrastrándola a ella con su tabla, aunque fuera turnándose —y a veces, hasta dos delfines juntos tiraban de la cuerda—, no pasarían de los veinte kilómetros por hora. Pero han nadado durante todo el día anterior y seguramente buena parte de la noche. En línea recta, podía estar a más de 200 kilómetros de la isla de Gau... Por supuesto, una distancia imposible de hacer nadando o navegando sobre la tabla de surf.

Entonces piensa en el hombre que vive en la isla: “Puede ser mi salvación. Quizá él sepa a qué distancia se encuentra la isla habitada más cercana. Al menos, tendrá una idea de dónde estamos. Sabrá con qué frecuencia pasan por aquí barcos o aviones. A lo mejor hasta tiene una radio y puedo dar señales de vida enseguida”.

Animada ante esta perspectiva, Anna pide a los feganuhés que la dejen en paz, porque de todos modos quiere ir a la isla. Los hombrecillos se ponen muy nerviosos. Ella se dirige al que parece ser el jefe, un anciano de pelo cano. Éste es el único que se mantiene en calma, habla en tono serio y severo. Los demás lo llaman "Mua", y cuando hablan con él lo hacen con gran respeto. No le miran a la cara, sino que agachan ante él la cabeza y miran al suelo.

"Mua" está sentado en el interior de una cavidad que parece ser el principal albergue de los feganuhés. Ahora se acerca hasta Anna. Ella se da cuenta pronto de lo que para los feganuhés significa este personaje. “Será mejor actuar como los demás”, piensa. Así que hace una reverencia y mira también al suelo. Pero de esa forma no comprende nada de lo que el anciano Mua le dice, pues se entienden sobre todo por gestos. De modo que procura fijarse en los gestos del jefe sin mirarle a la cara, y cuando habla o gesticula ella, lo hace mirando al suelo.

Mua se sienta delante de Anna, y ella comprende que debe hacer lo mismo. Por la dureza del asiento, no hay mucha diferencia entre estar sentado o de pie. El anciano atiende a los argumentos de Anna sobre su deseo de ir a la isla. Parece comprender. Anna se tranquiliza.

El jefe trata de explicarle algo sobre la isla, sobre el hombre que la habita y sobre los propios feganuhés. “Después de todo, aunque estos hombrecillos no puedan ayudarme a volver”, se dice Anna, “lo menos que puedo hacer es tener paciencia con ellos y escucharles. Porque si algo conocen bien es esta isla, y su experiencia me puede ser muy útil. Aunque ellos son tan distintos...” Así que pone toda su atención en el relato gesticulado del anciano.

La historia que deduce Anna del relato del anciano Mua es la siguiente: la isla de los feganuhés se llama Salmafua. Mua es el nombre genérico de los jefes, pero también el nombre de cada jefe. Los feganuhés viven desde siempre en Salmafua, bajo el mando de un mua. “Siempre” es un decir, porque no parece que los feganuhés cuenten el tiempo. Su única referencia son los mua: hay cosas que pasan bajo el mandato del actual mua, otras con el anterior, o incluso con el anterior al anterior. De ahí para atrás, es tiempo inmemorable.

A partir de la llegada del hombre grande, cambia la vida de estos hombrecillos. Mua hace ver con sus gestos que este hombre es tan grande como Anna. Pero no es igual que Anna: Mua la señala a ella, y dice: “haihani”. Luego señala a la isla, y dice: “haihé”. Así que ella es haihani y el hombre haihé. Aunque Anna-Haihani tiene prisa por ir a la isla-Salmafua y conocer al hombre-haihé, le entra curiosidad por saber si hay mujeres-haihani como ella entre el pueblo de los hombrecillos feganuhé. El jefe Mua le explica que sí existen, pero que no son mujeres-haihani como ella, sino feganuhani.

Anna se da cuenta de la diferencia en la terminación: feganu-hé para los hombres, feganu-hani para las mujeres. Por otra parte, ella es hai-hani y el hombre de la isla hai-hé. “Está claro”, piensa, “los hombres se llaman hé y las mujeres hani: los hombrecillos pequeños son los feganuhés, las mujeres son feganuhanis. Así que feganu debe significar pequeño, o simplemente el nombre de este pueblo. En cambio, hai debe significar los demás hombres o los hombres grandes, ya que el hombre de la isla es haihé y yo soy haihani”.

Anna-Haihani sigue escuchando el relato del jefe Mua, que le explica cómo los feganuhés ya no viven en la isla porque el haihé es su enemigo. “Raksaa-haihé” repite el jefe Mua. “Así que el hombre de la isla tiene un nombre propio: Raksaa. Raksaa-haihé es enemigo de los feganuhés, y los pequeños hombrecillos ahora viven en el arrecife”, deduce Anna-Haihani de todo lo hasta ahora explicado por Mua.

Al hablar de las mujeres-feganuhani, el jefe Mua señala al mar, indicando que viven allí. “Seguramente las habrán puesto a salvo en alguna isla o islote cercano, en espera de mejores tiempos”. El jefe Mua explica a Anna-Haihani que Raksaa no sólo persigue a los feganuhés en la isla, sino que también después de haber abandonado Salmafua, los busca en el arrecife y los mata. Por eso las mujeres-feganuhani y los hombres-feganuhé viven escondidos.

Desde que viven en el arrecife, sigue contando Mua a Anna-Haihani, los hombrecillos feganuhés son amigos de los delfines, a los que llaman anasi. A Anna le resulta fácil de recordar el nombre, por parecerse al suyo. Los feganuhés no cazan a los delfines —entre otras cosas, son demasiado grandes para que puedan capturarlos—, y ahora los delfines-anasi les ayudan: les traen pescado. “Así que quizá por eso entendían el significado de mis pitidos”, se dice Anna-Haihani.

Una vez terminada la triste historia de los feganuhé, Anna-Haihani vuelve a la realidad: lleva más de un día perdida en el Océano Pacífico y le urge volver a la isla de donde viene. Sin una ayuda extraordinaria, la empresa parece casi imposible: y sólo quedan unos días para la fecha de su viaje de vuelta a casa. Sobre todo, Anna piensa en sus padres y hermanos, en lo que para ellos puede suponer que la den por perdida...

Pero en ese momento los hombrecillos le ofrecen... ¡comida!. Después de más de un día sin probar bocado, es algo de agradecer. Marisco y pescado fresco: como recién salido del mar. Los feganuhé pescan entre los recodos del arrecife. También comen corales, según explica el jefe Mua a Anna-Haihani: pero hay corales comestibles y otros venenosos, así que, Mua le advierte que no los coma sin preguntar antes si son comestibles.

Además, para recoger coral vivo hay que bucear, y eso es tan peligroso entre la barrera y la isla, como fuera de la barrera. Entre el arrecife y la isla, existe el riesgo de ser visto y cazado por Raksaa. El mar es peligroso por el oleaje: salir de la barrera no es difícil, y los feganuhé tienen pequeñas balsas con las que pueden hacerlo. Pero lo difícil es volver, ya que el oleaje rompe contra la barrera, e incluso los más expertos pueden salir mal parados. No es raro que estas excursiones acaben en tragedia.

Así que los feganuhés salen al mar sólo lo imprescindible, y normalmente nadando, para bucear después. Pero tienen otro problema: no son buenos nadadores, y por su forma rechoncha flotan demasiado, así que apenas pueden bucear un par de metros. Aquí es donde reaparecen los delfines-anasis. Desde que los feganuhé viven en el arrecife, con frecuencia les ayudan echándoles pescado en unas cestas que llevan los feganuhés cuando salen de pesca.

Tras atender a las disertaciones del anciano Mua, Anna-Haihani vuelve a tratar el tema de su viaje a Salmafua. Para su sorpresa, Mua no le niega su permiso, pero le pide una cosa y le advierte otra. Le pide que no desembarque en la isla frente al punto en el que están: debe salir por un extremo de la barrera y luego nadar o andar hasta el otro extremo de la isla: precisamente allí tiene su guarida Raksaa.

La advertencia, que repite varias veces, es: "Raksaa igkai-haihé". Al decirla, se tapa la cara con las manos. Señalándola a ella dice: "Haihani", después se señala a sí mismo, y dice: "Mua-hé, igkai-haihé"; luego a sus congéneres, y dice: "feganuhé, hé, igkai-haihé". Siempre se tapa la cara al decir "igkai". Si ya hasta ahora resulta complicado entender al anciano Mua, con esta explicación casi consigue marear a Anna-Haihani. Lo único que parece claro es que igkai es una negación: ella no es un hombre pequeño ni un hombre grande, es una mujer grande. Mua es un hombre pequeño-hé, y sus congéneres son los feganuhés, no son haihés.

Una vez que Anna ha comprendido que igkai es una negación, Mua señala a la isla: "Raksaa igkai-haihé", dice, cubriéndose una vez más con las manos. Luego la señala a ella: "Haihani, igkai-haihé, igkai-hé", y por último vuelve a señalar a la isla: “Raksaa igkai-hé, Raksaa igkai-haihé", siempre con la cara tapada al decir "igkai". Así que parece que Raksaa no sólo no es un hé, un hombre pequeñito, como tampoco lo es ella. Mua dice “igkai-haihé”, o sea, que Raksaa no es un hombre grande haihé. “Se ve que para entendernos, al principio me dijo que era como yo, un haihé, pero parece ser que hay algo más”.

En ese momento, se acerca uno de los feganuhés al que Mua ha llamado. Hablan y después el hombrecillo se aleja. Mua se vuelve a Anna-Haihani gesticulando y diciendo: “Raksaa, Raksaa”. Por los movimientos de brazos que hace, se ve que Raksaa es grande, debe tener pelo largo y un aspecto terrible. Después Mua lanza un fuerte rugido, y el hombrecillo con el que habló antes, que se ha encaramado al arrecife, se tira rodando hacia abajo para quedar inmóvil junto al agua.

Haihani está impresionada por la demostración, y comprende que Raksaa tiene un arma de fuego. “Tendré cuidado —piensa—, pero confío en que no esté tan loco como para disparar a una persona de su raza”... ¿De su raza? En fin, si los feganuhés dicen que la principal diferencia con ella es su agresividad y el tener un arma, es que debe ser un hombre blanco. O quizá un polinesio...

Anna-Haihani agradece las advertencias de Mua y se pone en marcha, con su tabla. Anda hasta llegar al extremo del arrecife. Luego echa la tabla al agua y, apoyada en ella, empieza a nadar. El oleaje es más suave, gracias a la protección que ofrece por esa parte la barrera. Por primera vez puede admirar el agua cristalina, que deja ver un fondo con corales. Se queda como ensimismada. Casi olvida que está en una isla perdida. Le parece tan acogedora, que le gustaría quedarse. Pero no, tiene que encontrar la forma de volver.

La isla es realmente pequeña. Remando sobre la tabla, en dirección opuesta al lugar de donde viene, Anna-Haihani recorre dos o tres kilómetros de costa hasta llegar a una micro-ensenada. Parece ser el lugar indicado por Mua para encontrar a Raksaa. Mientras llega, pide en voz alta: “¡Dios mío, que tenga una radio!” Aunque percibe la hermosura del entorno, su nerviosismo ya no le permite disfrutar de ella.

Por fin toma tierra sobre una pequeña playa, donde hay más arena que en la costa opuesta, ya que aquí rompen las olas con más fuerza. Clava en vertical su tabla de surf, para hacerla visible y empieza a gritar: “¡Hola! ¿Hay alguien ahí? ¡Ayuda!” Lo hace en todos los idiomas que conoce. Supone que alguno de ellos le será familiar a Raksaa. “¿Está usted ahí? ¡Por favor, necesito su ayuda!”

No hay respuesta. La isla es pequeña: le parece que esta costa es la más extensa. Aún sin dar la vuelta entera a Salmafua, es relativamente fácil ver el mar al otro lado: la isla apenas tendrá uno o dos kilómetros de profundidad en sentido paralelo al de esta costa. Pero quizá tenga que adentrarse en ella si quiere que Raksaa oiga sus gritos. Antes de hacerlo, extrae de la bolsa de su traje de neopreno una cajetilla de tabaco y un encendedor. Aunque no fuma mucho, también sin fumar lleva más de un día, y además está nerviosa. “Vamos a darle un poco de tiempo a Raksaa”, se dice, y enciende un pitillo.

Mientras tanto Anna-Haihani contempla la hermosura de la isla. No es muy destacable, pues en esta zona todas las islas son bonitas. Pero tiene el encanto de lo pequeño. “¿Será realmente posible que esta isla no haya sido nunca descubierta? Imposible. Simplemente tiene que ser una isla que no resulta interesante. No debe haber agua”. Anna recuerda que hay zonas del archipiélago que están prohibidas al turismo. Lamentablemente, no recuerda en qué parte de las islas estarán esas zonas. “O sea, que no sólo hay islas deshabitadas, sino que quizá hay algunas por las que nunca pasa nadie... Pero no puede ser que no hayan sido descubiertas”.

Terminado el pitillo, Anna se decide a dar unos pasos. Enseguida termina la caleta arenosa, para dar paso a la vegetación, que por otra parte no es muy exuberante. Hay algunas palmeras. Una parte de la isla, muy cercana, es más alta: Anna se dirige allí, pensando que así verá mejor. Allí encuentra restos de comida: raspas de pescado. Huele muy mal. Hay muchos palos, que forman una especie de cabaña ruinosa. Raksaa parece ser un personaje realmente extraño.

Anna-Haihani no oye más que el murmullo del mar. También canta algún pájaro. Pero, de repente, se oyen unos rugidos. Y cerca. Anna se asusta, e instintivamente, echa a correr hacia la playa. Agarra su tabla y se adentra un par de metros en el agua. Después se vuelve para observar. Todavía puede oír algunos rugidos.

Por fin ve una figura detenida junto a una palmera. Hay un rato de silencio. Luego, Anna se decide a hablar: “¡Hola! ¡Necesito su ayuda!” Lo repite en varios idiomas. Al principio no hay respuesta. El hombre se agacha, o se esconde tras la palmera.

Anna insiste en sus llamadas y el hombre reaparece. Da unos pasos hacia delante. Ella puede verlo: tiene un pelo castaño, enormemente largo y descuidado, que le tapa la cara y parte del cuerpo. Se diría que hasta la cintura. No va vestido, pero tampoco desnudo: va cubierto con algo que no tiene apariencia de ropa.

“¡Hola! ¿Puede usted ayudarme? ¡Por favor! ¿Sabe dónde hay una isla habitada?” Es todo lo que Anna consigue articular en medio de su nerviosismo. De nuevo trata de decirlo en varias lenguas. El hombre avanza lentamente y parece ir murmurando algo. Pero no son palabras, sino gruñidos. Cuando está a unos cinco metros, de nuevo se detiene. Sigue gruñendo, en un tono más alto, como si reprochara algo a Anna o le molestara su presencia.

Ella traga saliva y vuelve a interpelarlo: “Hola, me llamo Anna. ¿Es usted Raksaa? Por favor, ¿puede ayudarme?” Anna se acerca casi hasta la orilla, muy despacio. El hombre está a sólo unos tres metros. A pesar de ello, Anna no puede ver su rostro: su aspecto es realmente siniestro.

Raksaa lanza entonces un fuerte grito, que deja paralizada a Anna. Se abalanza sobre ella, dándole un empujón que la tira al agua. Anna grita desconcertada. El hombre la agarra, y la zarandea, pero no se ha tirado al agua. Aún sin reponerse del susto, Anna tiene suficientes reflejos para dar una fuerte patada a Raksaa, que cae al agua. Mientras el hombre chapotea para levantarse, ella se lo quita de encima, agarra su tabla y se adentra lo más rápido que puede en el lago. Cuando el agua le llega a la cintura, lanza la tabla adelante y sigue nadando.

Al principio, nada sin mirar atrás. Luego, oye los gritos de Raksaa, y se da cuenta de que no la persigue. Así que se vuelve para mirar. Raksaa está en la orilla dando gritos y haciendo aspavientos. No la va a perseguir. Pero Anna recuerda que Raksaa tiene un arma, así que opta por alejarse del lugar mirando de vez en cuando para ver si el hombre la sigue.

Raksaa permanece inmóvil hasta que Anna lo pierde de vista. “¡Ahora sí que no hay modo de salir de aquí! Estoy perdida, ¡perdida!” Anna piensa en su familia, y en sus amigas, que ya la darán por muerta. Llora de pena y porque se ve desamparada. “Todo está perdido. No hay modo de volver”. Lo más que puede hacer es acogerse a la hospitalidad de los feganuhés.

Entre las penas y el llanto, Anna tarda mucho en llegar al refugio de los feganuhés. Pero no es sólo una cuestión subjetiva: apenas avanza porque parece ir contra una corriente. Así que, para evitarla, se acerca todo lo que puede a la isla. Termina por desplazarse entre la isla y las olas, donde el agua está en calma. Por último, cuando ya le protege la cercanía del arrecife, vuelve a adentrarse en el mar, remando hacia las rocas. Calcula que el viaje de vuelta dura unas tres horas, como el doble que el de ida. Está muy próxima la puesta de sol y en esta latitud cercana al Trópico de Capricornio la noche llega casi de repente. De pronto oye que alguien la llama: “¡Haihani, Haihani!” Levanta la vista y ve a varios hombrecillos sobre el arrecife.

Los feganuhés se arremolinan en torno a Anna. Ella se tapa la cara, para que no la vean llorar. Aparece el anciano Mua y dispersa a los demás hombrecillos. Anna ve que se alejan, pero no demasiado: siguen mirándola, con pena. Esto le supone cierto consuelo. Pasado un rato, se calma y piensa que no debe llorar, pues entristece a los feganuhés: “También ellos tienen a sus familias lejos y debe darles pena. No es bueno que se lo recuerde”. Así que por fin se incorpora y trata de sonreír.

Los feganuhés reaccionan enseguida. Sonríen y se ponen en movimiento. Le traen comida y Haihani lo agradece. Comen otra vez pescado, marisco y coral. Los feganuhés hablan constantemente, como para distraer a Haihani, aunque ella no entiende nada. A diferencia de la otra vez, no se esfuerzan por hacerle comprender lo que dicen, ni tampoco le preguntan nada. Anna-Haihani supone que imaginan lo que ha pasado. También ellos quieren que olvide a Raksaa, a quien no mencionan para nada.

Al terminar de comer, Mua indica a Haihani que le siga al interior de la oquedad. Ella lo hace y ve que hay una especie de lecho de algas secas. Mua le hace señas para que se acomode y duerma. Haihani se tumba sobre el lecho, relativamente mullido, y da de nuevo las gracias. Emplea para ello un sonido alegre de los delfines. Al ver la palabra que ellos repiten al oírlo, descubre que “gracias” se dice “noaia”. La palabra se acompaña con un gesto: una inclinación de cabeza semejante a la que se usa para hablar con el jefe. Así que también ella repite muchas veces “noaia”, y ve cómo los feganuhés se ponen contentos.

La temperatura es agradable también de noche, así que los feganuhés se cubren durante el sueño con simples algas secas, en el mejor de los casos. Haihani lo hace así, y ve que los feganuhés se retiran, discretos y satisfechos. Sus pensamientos vuelven a la familia y los amigos lejanos, pero al mismo tiempo en su corazón siente un gran alivio por la acogida que le han dado los feganuhés.

“¡Qué maravilloso es que existan los feganuhés! Y pensar que nadie sabe de ellos... Como si hubieran sido creados para mí”. Anna-Haihani se da cuenta de que puede dar la vuelta a ese argumento: “O que yo he sido creada para ellos. Qué tontería: todos hemos sido creados para todos, y al mismo tiempo, cada uno es un mundo en sí mismo. Pero ahora yo me veo forzada a estar con los feganuhés, y por otra parte, qué alegría me da. No serían mejores si me los hubiera imaginado yo.”

De nuevo le viene la preocupación por quienes ahora sufrirán pensando en ella: “¿Qué puedo hacer? Comunicarme con ellos es imposible. Me da pena que sufran, pero yo estoy en buena compañía, y ya veremos si las cosas se pueden arreglar. Lo que puedo hacer es esperar que alguien les alivie su pesar, ya que el mío lo alivian los feganuhés... ¿Por qué no serán todos los hombres como los feganuhés?”

“¿Quiénes son realmente los feganuhés? Son hombres, está claro, ángeles no son. Comen como los demás, tienen miedo de Raksaa, pueden morir, tienen familia, ríen y lloran... ¿Qué más da quiénes sean? Ellos ya me han ayudado en lo posible. Raksaa no está dispuesto a poner nada de su parte. Así que ahora me toca a mí hacer algo por los feganuhés... Está claro, mi problema, salir de aquí, ha pasado a segundo plano. Debo ayudar a los feganuhés con su problema —Raksaa—, y después veremos cómo se arregla lo mío.”

Así de pronto convierte Anna su extravío en una aventura. Tiene motivos para enfadarse con los delfines, pero, como está acostumbrada a ver en ellos signos de inteligencia, intenta ver un sentido en este largo viaje: “Me trajeron para ayudar a los feganuhés y yo lo que hago es tratar de marcharme. O sea, lo contrario de lo que quieren los delfines. Algo habrán intuido que puedo hacer por los feganuhés. Y lo deben ver muy claro, porque si no, ¿cómo me habrían traído de tan lejos? Por una vez, tendré que confiar en los delfines y hacer lo que ellos quieren. Pero, ¿qué puedo hacer yo exactamente por los feganuhés?”

El cansancio de dos días sin dormir y las emociones de la jornada no dejan a Haihani seguir meditando. Mientras tanto, los feganuhés, fuera, procuran no hacer ruido, pensando que Haihani duerme. Y efectivamente se duerme. Un sueño tan largo que, cuando termina, el nuevo día ya está en plena carrera.

Al despertar, Haihani ve que luce un espléndido sol. Sale de la cueva, después de haber recompuesto como puede las algas del lecho. Afuera, se encuentra de nuevo con comida. Hay pescado y fruta: una especie de coco. Haihani cae en la cuenta de que los feganuhés se acercan  hasta la isla para conseguir la fruta. “¡Qué sorpresa! Tanto que me insistían en que yo no fuera a Salmafua ¡y ahora son ellos los que van a la isla!”

Haihani repite “noaia” e inclina la cabeza para dar las gracias por las atenciones que los feganuhés tienen con ella. Ellos usan esta palabra continuamente como fórmula de cortesía. El saludo de llegada o despedida —“hola” o “adiós”— es muy parecido: “noai”. Anna tiene la mosca detrás de la oreja y pide entrevistarse con Mua para que le explique cómo es que los feganuhés van a la isla.

Mua se muestra muy reservado en la entrevista. Haihani le mira a la cara, como reprochándole que le haya engañado, y observa que Mua ya no habla con tanta seguridad como antes. Está apurado y como avergonzado. De los gestos del anciano, Haihani deduce que Raksaa no está siempre acechando a los feganuhés. No es que haya una tregua, pero el trágico juego de guerra entre uno y otros parece estar sometido a ciertas reglas.

Aunque Raksaa vive habitualmente en el otro extremo de Salmafua, necesita de los feganuhés para sobrevivir. Es perezoso, parece que no es capaz ni de pescar. Probablemente es un caníbal. Pero, quizá porque sabe que no hay un número infinito de feganuhés —sobre todo desde la huida de las feganuhanis con los niños—, o quizá porque no tiene munición suficiente para su arma de fuego, o porque hasta la caza de feganuhés le da pereza, el caso es que recurre a la violencia sólo de vez en cuando. Esto es lo que deduce Haihani.

Parece que Raksaa tiene siempre esclavizados a algunos feganuhés —dos o tres, un número que pueda controlar sin mucho esfuerzo—, que pescan para él. Cuando éstos se escapan o mueren por los malos tratos que les da, Raksaa vuelve al arrecife en busca de nuevas víctimas.

Mua indica a Haihani que le siga. Caminan un rato por el arrecife hasta llegar a una oquedad que está en el centro de la formación coralina, que allí es más amplia: tiene casi unos diez metros de anchura. El agujero tiene un par de metros de diámetro y está ligeramente más cerca de la parte que da al mar que de la que da a la isla. Haihani observa que las paredes de la oquedad están alisadas superficialmente y que hay signos grabados en ellas.

Hay varias hileras de círculos que dan la vuelta a la oquedad. Por los gestos de Mua, Haihani comprende que ahí está escrito el calendario y la historia de los feganuhés. “Así que no es cierto que no cuenten el tiempo”, se dice. Los círculos grabados en la pared representan a la luna, ya que, al señalarlos, Mua hace un gesto de dormir y señala al cielo. Al lado del jefe, hay otro hombrecillo, al que Mua da instrucciones: el feganuhé se pone a grabar algo en la pared, con ayuda de una piedra afilada a modo de cincel y de otra que le sirve de martillo.

Haihani observa que las lunas están más juntas y toscamente dibujadas al principio, y conforme se avanza de izquierda a derecha, hay un hueco mayor entre ellas y más signos. Haihani pregunta dónde está señalada la llegada de Raksaa, suponiendo que será en las primeras lunas.

Por lo que Mua responde, Haihani entiende que en algún lugar de Salmafua hay otra piedra con la historia de los feganuhés hasta la llegada de Raksaa. Las marcas escritas en esta oquedad sólo reflejan lo sucedido desde que están en el arrecife. Haihani tiene curiosidad por contar las lunas: son 52. Ella no recuerda exactamente cuánto dura una luna, pero piensa que son treinta días, o sea, aproximadamente un mes. Eso quiere decir que los feganuhés llevan en el arrecife... cuatro años y tres o quizá cuatro meses. "Raksaa debe llevar más tiempo en la isla —imagina Anna—, puesto que enfrentarse a los feganuhés no fue seguramente lo primero que hizo nada más llegar".

Mua señala a Haihani algunos signos importantes marcados en el calendario. Desde la tercera o cuarta luna después de la llegada al arrecife, hay una serie de signos que se repiten. Como Mua habla de las feganuhanis, ella supone que los signos indican la marcha de las mujeres y los niños a otra isla. “Así que no se fueron de golpe, sino progresivamente. Será que los feganuhés no tenían barcos suficientes. Debían ser un pueblo numeroso”. Después, cada cierto tiempo, aparecen signos horizontales que, por los gestos de Mua, ella entiende que representan la muerte de un feganuhé. En los últimos dos años del calendario, estos signos se mezclan con otros verticales, que parecen señalar a los feganuhés apresados por Raksaa. Hay otros signos que Haihani no logra descifrar, por mucho que Mua trata de explicarle.

El amanuense está tallando algunos signos y Haihani los observa. Ve que, entre las lunas del último año, los feganuhés señalan también los días. Efectivamente, son unos treinta entre luna y luna. Observa también que existe cierta regularidad entre las capturas: Siempre hay un espacio de por lo menos dos lunas entre ataque y ataque de Raksaa. En los últimos tres ataques, es decir desde hace más de medio año, no hay ninguna raya horizontal: sólo dos o tres rayas verticales. Eso quiere decir que Raksaa tiene cuidado de no matar a los feganuhés, y se lleva a un par de prisioneros a su servicio.

Haihani hace notar este punto a Mua, quien efectivamente se da cuenta de lo que ella le quiere decir. Una vez más, el jefe se muestra reservado y como avergonzado. “Raksaa no es tan peligroso como ellos me hacían creer... O por lo menos, se da cuenta que ya van quedando menos feganuhés y de que su situación no puede durar eternamente. A lo mejor está pensando en la forma de poner fin a esta guerra y los feganuhés no le hacen caso... No, no puede ser, si quisiera hacer las paces no los apresaría. Lo menos que podría hacer sería tratar de aprender a pescar por su cuenta y dejar en paz a los hombrecillos.”

Anna trata de preguntar a Mua si no piensan hacer las paces con Raksaa. Lo nota muy evasivo. “Se ve que simplemente están esperando a ver si se muere. ¿Y por qué no lo matarán? Al fin y al cabo, no les sería tan difícil, por la noche... Tienen piedras afiladas, como ésta de aquí...” De nuevo interroga a Mua y no hay respuesta. Ella se queda con la impresión de que los feganuhés son algo cobardes: “¿No se dan cuenta de que, antes de que muera Raksaa, habrán muerto todos ellos?”

El amanuense dibuja algo detrás de la última luna. Un par de puntos: el último punto no tiene nada de particular. Pero bajo el primero, está dibujando algo ovalado. Entonces Mua se dirige a Anna y repite varias veces: “Haihani, Haihani”, mientras señala la figura. “¿Así que ésta soy yo?”, se pregunta. Recuerda que, efectivamente, la noche que se perdió era de luna llena, así que el primer día después de la luna es el día de su llegada. “Y el siguiente día es hoy. ¡Qué bien! Si quiero recordar cuánto tiempo llevo en la isla, bastará con que venga al calendario... Y con que recuerde cuál fue el día de mi llegada: fue el martes cuando me perdí. O sea, que hoy es jueves y 17 de agosto. Bien, pues llegué el 16 de agosto, miércoles. Va a ser un lío recordar los días del mes y de la semana. Tendré que buscar la forma de escribirlo también”.

Mua le hace gestos por los que Haihani entiende que la figura que está dibujando el amanuense no es propiamente ella, sino su tabla de surf. Luego se fija de nuevo en los signos y comprende la relativa tranquilidad de los feganuhés: no hace ni una luna de la última incursión, con captura de dos hombrecillos, por parte de Raksaa. Así que pueden estar por lo menos un mes tranquilos.

Después de la sesión de cronología, Haihani va con los feganuhés a Salmafua. Respecto al tamaño de la isla, lo que ve confirma sus impresiones anteriores. Ahora que puede orientarse, piensa que el arrecife está situado al noroeste, y que la costa baja hacia el lugar donde vive Raksaa, al sureste. También aquí se ve fácilmente “el otro lado”, así que la isla es estrecha: calcula que poco más de un kilómetro. Así que, por muy perezoso que sea Raksaa, el peligro de que ataque por sorpresa es realmente serio. El cálido sol tropical mantiene el aire y el agua de la superficie por encima de los veinte grados: si el agua estuviera más fría el, los corales no podrían vivir. Mientras ve a los feganuhés pescando entre la isla y el arrecife, ella se pregunta qué puede hacer por ellos.

Lo primero en lo que piensa es la ropa: los feganuhés no saben tejer. Se ve que es una labor de mujeres. Tampoco llevan calzado. Durante un buen rato, se dedica a buscar hojas secas de palmera y otros vegetales que puedan servir. Animales grandes no hay, y con la piel de los pájaros, si los supieran cazar, tampoco se podría hacer gran cosa. “Es curioso que haya pájaros aquí. No debe haber lejos alguna isla más grande. También quizá por eso ésta está abandonada... Aunque no desierta”, piensa Anna.

En el arrecife, Haihani consigue que los feganuhés le pasen espinas de pescados grandes, que puede usar como agujas. También le dan algunas piedras afiladas. De la isla se trae una roca plana, contra la que trata de escardar las algas secas para obtener hilos. Ante las miradas curiosas de algunos hombrecillos, prueba la resistencia de los materiales: desde luego, como calzado no valen, ya que las piedras y el coral los perforan. Pero los hombrecillos no saben lo que es el calzado y no lo echan de menos: tienen las plantas de los pies bien duras.

A duras penas consigue Haihani que algún feganuhé se deje tomar medidas para hacerle un traje. Durante la tarde, hace uno que consiste en una especie de camisa, más una faldilla-pantalón a base de pequeñas tiras de hoja de palmera unidas entre sí. El destinatario del traje no se lo quiere poner si no lo aprueba Mua. Llaman al jefe. Al principio se resiste, al ver a su súbdito vestido de esa manera, pero seguramente les recuerda los tiempos en que iban mejor vestidos —o eso le parece a Anna— y acepta. Ante la sorpresa de Haihani, Mua se pone el traje que le ofrece el feganuhé.

Ella se da cuenta de que sería una ofensa que el jefe vaya peor vestido que uno de sus súbditos. Aunque la diferencia no es mucha, el traje le queda un poco grande a Mua. Así que quiere tomar las medidas al jefe, para hacerle un traje de su talla. Después de tomarlas, se pone de nuevo a trabajar. Al atardecer, la faena está sin concluir, y Anna pide hablar con Mua.

Ella se ha dado cuenta de que el lecho donde durmió la pasada noche es el lugar que usan habitualmente algunos feganuhés. Le pregunta al jefe si alguna vez Raksaa les ataca de noche. A los feganuhés no les gusta hablar de su enemigo, así que Mua se retira con Anna a un lugar más apartado para continuar la conversación. No, Raksaa nunca ataca de noche. Haihani le dice entonces que quiere ir a dormir a la isla, ya que el arrecife le resulta muy incómodo, y además, si ella duerme allí, algunos feganuhés tienen que hacerlo al aire libre sobre las rocas.

De nuevo se resiste el jefe a aceptar, pero termina por hacerlo: le pide, sin embargo, que salga después de anochecido y vuelva en cuanto salga en sol. Y que no se adentre en la isla. Después de cenar, los feganuhés cantan en voz muy baja —“no querrán que les oiga Raksaa”—, y Haihani se despide de ellos. Ellos dicen “noai”, y ella “noaia”, pues aún no distingue bien el “adiós” —que se puede decir abriendo y cerrando la mano— del “gracias”, que se dice inclinando la cabeza. “De todos modos”, piensa ella, “también corresponde dar gracias, por tanto como les debo...”

Haihani llega a la orilla, y deja su tabla justo al lado del agua, pero a salvo de la pequeña marea. Avanza unos pasos hasta un sitio que ha visto por la mañana, y allí se acomoda, haciendo uso de más hojas de palmera. El traje de neopreno, que lleva habitualmente durante el día sobre su traje de baño, lo utiliza a modo de colchón, y para dormir se pone sobre el bañador el traje de surf, que no es de goma sino de tejido. Luego se cubre con las hojas.

Es su segunda noche en Salmafua: en realidad, la primera, tras una noche en el arrecife. Y, contando la noche pasada en el mar, es la tercera sin ver a sus amigas: de nuevo da gracias a Dios porque estén allí los feganuhés... ¿y Raksaa? Por lo menos, a diferencia del día anterior, le parece que no es tan horrible. O que al menos no es un monstruo imprevisible... ¿Quién sabe? A lo mejor puede ella tratar de conseguir una tregua entre los dos enemigos. “Sobre todo —piensa— pobres feganuhés, los que tiene esclavizados Raksaa. Si es un hombre, no es posible que no comprenda que eso es una barbaridad. ¿Qué le habrá pasado para llegar a ese extremo? ¿Por qué no trató de hacerse amigo de los feganuhés?”

Recuerda a su familia y a sus amigas: “Ya quedan sólo tres días para el viaje de regreso. Qué disgusto deben tener”. Si no fuera por eso, no le importaría mucho quedarse una temporada en la isla. De todos modos, parece claro que estará una temporada larga, por no decir indefinidamente. Pero concluye que, no por mucho preocuparse, se van a arreglar las cosas: “En fin, ojalá pudiera consolarles a todos un angelito-feganuhé”. Se imagina a unos angelitos soplándoles a sus padres y hermanos y amigas, que Anna está bien. Y no puede hacer más que confiar en que aquello suceda en efecto. Y lo hace hasta que el sueño vence de nuevo.

Los feganuhés madrugan más que Haihani por la mañana. La despiertan y ella les da los buenos días como ellos lo hacen: abriendo y cerrando la palma de la mano y diciendo “noai”. También traen pescado y algo de fruta. Claro que de ésta no hay mucha, y Haihani les advierte que no le traigan fruta, pues se da cuenta que es algo costoso para ellos. Se ve que, por Raksaa, saben que a los haihé les gusta la fruta, o que no les gusta tanto el pescado como a los feganuhés. Pero Anna, aunque sea haihani, quiere acostumbrarse a vivir como ellos.

Después de desayunar, Haihani toma sus útiles de trabajo y se marcha al arrecife, mientras los feganuhés siguen pescando. Comienza a trabajar en el nuevo traje para Mua. Pero entre manos se trae algo más y de nuevo pide hablar con el jefe. La idea que tiene Haihani es que, lo mismo que los feganuhés le traen a ella comida por las mañanas, podrían llevársela a Raksaa, y de esa forma tratar de ganárselo para que ponga en libertad a sus compañeros presos. Los feganuhés llaman “mama” a la comida, así que Anna le hace gestos de que quiere irse y dice: “mama, Raksaa”. “Igkai, igkai”, responde Mua, hincando la cabeza hacia el suelo, como suelen hacer al negar.

Haihani discute un rato con Mua: “Haihani igkai Raksaa”, dice inclinando también la cabeza, como para dejar claro que Raksaa no le cae simpático. “Mama Raksaa”, insiste, tratando de añadir por gestos que, si Raksaa recibe comida de ellos, es posible que deje en libertad a los feganuhés. La negativa de Mua es total, y Haihani nota que rehuye la conversación. No pretende forzar al anciano a discutir, así que vuelve a su trabajo de tejedora. A la hora de comer, observa el gesto serio de Mua. Tentada está de volver a plantear su propuesta, pero piensa que no debe hacerlo: el jefe es un personaje al que todos respetan, y con el que habitualmente no hablan si él no les dirige primero la palabra. Si realmente quiere mostrarse agradecida a los feganuhés por su hospitalidad, y comportarse como uno más, no puede transgredir esta regla.

Por la tarde, Haihani termina el traje para el jefe, y se lo entrega solemnemente. Mua sigue con rostro serio, y le da las gracias —“noaia”— sin más comentarios. Se prueba el traje, y todos parecen contentos del nuevo aspecto de su anciano mandatario. Haihani echa en falta, sin embargo, una sonrisa y una actitud más abierta por parte de Mua.

Aquella noche, al ir a dormir a la isla, Haihani tiene una actitud algo crítica hacia Mua e incluso hacia los feganuhés en general. “Son demasiado pasivos. Les falta iniciativa. ¿Y por qué el jefe tiene que ser tan serio e inaccesible? Así se pierde la oportunidad de que los feganuhés le hablen de lo que realmente les preocupa. ¿Tan importante es mantener la calma, como para a cambio alejarse de los problemas reales de su gente?”

Anna nota que surge en su interior incluso una acusación de falta de solidaridad: “¿Acaso no les importan las vidas de sus compañeros prisioneros? ¿Y sus propias vidas, las vidas de los que serán hechos prisioneros el mes que viene? ¿Y sus familias, no quieren hacer nada por volverse a reunir con ellos? Si tanto quieren a las feganuhanis ¿por qué no se fueron de la isla con ellas? Y si la isla es tan importante, ¿por qué no ponen fin al problema, liquidando a Raksaa, antes de que sean demasiado pocos?”

“No es justo juzgar así a Mua y a los demás”, piensa enseguida Haihani. “Yo lo veo desde el punto de vista de alguien que se quiere ir cuanto antes, y todo me parece fácil. Ellos lo ven con otra mentalidad: han estado aquí siempre y para ellos la isla es todo. Y no van a cambiar sus costumbres sólo porque una recién llegada se lo diga. Lo que yo veo como inercia también puede ser lo que la prudencia les ha enseñado durante siglos”.

“Yo no encajo en el papel que las mujeres deben tener en su sociedad. Claro que, ¿quién me lo va a enseñar, si aquí no hay ninguna feganuhani? No son gente a la que tengo que enseñar las cosas que yo sé, sino que más bien tengo que aprender a vivir como ellos. Les gusta que les haga trajes, pues ya se ve que ellos no saben tejer. Pero que las mujeres hablen y que intervengan en la toma de decisiones, es algo que no cuadra con sus costumbres”. Las estrellas van apareciendo en el cielo y el mundo real deja paso al de los sueños. “No estoy en un cuento. Los feganuhés no son los enanitos de Blancanieves. Tienen una forma de vida que yo no puedo cambiar de un día para otro. Y una cosa está clara: aquí son los hombres los que mandan. Sobre todo Mua”.

Mirando las estrellas, Haihani ve pasar un satélite: una luz que no tintinea, a diferencia de las de los aviones, y que cruza el cielo rápidamente. Más tarde aparece un avión: ve sus luces intermitentes y cómo avanza más despacio. Puede incluso oírlo. “Si hiciera fuego, quizá me verían”, piensa. “Pero tendría que pedir permiso a Mua para hacer fuego. Ellos no deben conocer más fuego que el del arma de Raksaa. Y no querrán que nadie los vea. Sin embargo, con los satélites, seguro que es posible que les hayan visto. ¿Quién sabe si no hay alguien más que conoce la existencia de los feganuhés? Y si los han visto, ¿por qué no dan publicidad al descubrimiento? ¿Acaso prefieren dejarlos en paz?”

“Quizá los feganuhés mantienen contacto con otras personas. Otras personas grandes, se entiende, aparte de Raksaa y de mí. Algún turista o algún destacamento militar habrá pasado por aquí. Pero no: seguramente los feganuhés prefieren ocultarse. Si vivían en la isla al llegar aquí alguna expedición, ¿cómo es que nadie ha visto sus chozas? A lo mejor no viven en chozas, sino en alguna cueva. ¿cómo harán para esconder sus canoas?” Hay muchas preguntas que Anna no puede responder.

“Con Raksaa aquí todo es distinto. Seguramente es un náufrago, o un aventurero. Quizá al principio, los feganuhés han tratado de esconderse. Pero Raksaa no es un visitante pasajero: sigue en la isla. Y han tenido que convivir con él. La cosa no ha funcionado. Probablemente, Raksaa se comporta como un jefe. O simplemente pretende enseñar algo a los feganuhés. Él tiene armas de fuego, quizá también sabe hacer fuego. Tiene un poder mucho mayor que el de Mua, y unos conocimientos con los que se debe sentir por encima de estos seres atrasados. Pero los feganuhés son libres y tienen su propia forma de vivir. Y no quieren que otro les imponga sus normas. Sólo hay un jefe, y ése no puede ser Raksaa. Sí, seguramente ése es el problema”. Una vez más, todo son conjeturas.

“Yo misma puedo ser un problema para los feganuhés. Un peligro para su forma de vivir. Porque vengo de fuera y mi principal preocupación es cómo salir de aquí. Pero para los feganuhés no hay salida. Para ellos, la isla lo es todo y el mundo exterior es algo desconocido a lo que temen”. Ellos no pueden ayudarle a salir. Es algo que ve claro. Pensar que le ayudarán los delfines es una ingenuidad. “Y Raksaa. Él tampoco quiere, o tampoco puede salir. Así que aquí sólo hay dos mundos. El de los feganuhés o el de Raksaa. El mundo exterior sólo aparece de casualidad, y no puedo vivir pendiente de una casualidad. En uno de los dos mundos tengo que integrarme. En Raksaa, mejor ni pensar. Y, por otra parte, parece tan difícil encajar en el mundo de los feganuhés...”

A Haihani le vienen unas lágrimas a los ojos. Llora pensando en su mundo perdido. Su familia, sus amigos, están realmente ahí fuera. Pero es mejor no pensar en ellos. ¿Realmente puede olvidarse de ellos? No, no puede olvidarlos, no debe hacerlo. De lo contrario, será como Raksaa: un hombre que vive para sí mismo, que vive solo. Si Anna vive como si estuviera sola, terminará como él. Pero tampoco puede ser del todo una feganuhani, porque realmente no es feganuhani.

En los suyos sólo puede pensar. Pero incluso pensar es inútil, porque es un pensar impotente. Anna recuerda un libro sobre la vida en un campo de concentración. El secreto para sobrevivir, según el autor es pensar en la tarea que a uno le espera fuera de su encerramiento forzoso. Así la vida tiene un sentido. En ese caso, quien espera al autor es su mujer: al menos, eso se imagina él, porque, cuando sale del campo, su mujer ya no vive.

“No es el pensamiento lo que me puede unir con mis seres queridos”, se dice Anna, “sino la oración. Dios sabe dónde estoy yo y dónde están ellos. Y lo que no puedo hacer yo, Dios sí lo puede hacer. Yo no me comunico con ellos, pero con Dios sí puedo hablar. Y ellos también. Y éste es nuestro único contacto: estamos realmente unidos, aunque ellos no sepan que yo rezo por ellos, ni yo sé cuándo ellos rezarán por mí. Pero seguro que lo hacen, incluso aunque piensen que estoy muerta.”

“Esto es algo más que un consuelo. También pensando se pueden consolar algunos, como el autor del libro. La diferencia es que la oración es una realidad, y el pensamiento no sale de uno mismo: puede equivocarse. En cambio, rezando puedo estar realmente en contacto con ellos... Aunque sea indirectamente”. Claro que hablar así de Dios, como si fuera de un teléfono estropeado, no le parece bien: “directamente, pero sin oírles ni verles...”

“Y además, Dios es también Padre de los feganuhés”. Anna recuerda un lema escrito sobre el portal de una casa: “unos por otros y Dios por todos”. “Los otros —se dice— son ahora para mí los feganuhés. Tengo que ocuparme de ellos, y Dios se ocupará de aquellos otros a los que no veo: mis padres, mis hermanos y amigos. Y también de mí. Así no terminaré como Raksaa”. Las lágrimas se han secado en la cara de Anna. Enciende un cigarrillo, con cuidado de que el fuego no se vea desde el arrecife. “Tendré que dejarlo. Esto no encaja con la forma de vida de los feganuhés. Y, sobre todo, no me quedan más que cinco pitillos”. Después, se rinde por fin al sueño.

Al levantarse con el nuevo día, a Haihani le vienen más y más ideas: ya que no quiere restablecer las relaciones cordiales con Raksaa, Mua podría al menos tratar de vigilarlo. Tres o cuatro feganuhés situados en los sitios por donde tiene que pasar Raksaa, bastan para dar la voz de alarma. De esta forma, se evitarían sobresaltos, y con un poco de organización, dejarán de caer prisioneros de Raksaa. Éste se verá obligado a dejar en paz a los feganuhés. Incluso, si no es capaz de sobrevivir por sí mismo, tendrá que pactar con ellos, pedirles ayuda o someterse a los feganuhés.

Mientras toma el desayuno, Anna piensa que no le sería difícil hacer un fuego con el que asar esos pescados. Ahora, pasada el hambre de los primeros días, nota el sabor amargo del pescado fresco y echa de menos la comida caliente. Pero no se atreve a hacer fuego: tendría que hablar con Mua. Además, el fuego es una demostración de fuerza que se puede malinterpretar. Quién sabe si la ruptura entre Raksaa y los feganuhés no se debe a un simple detalle como el de prender un fuego: un acto con el que el hombre grande se muestra superior al feganuhé. Algo que —reconoce Anna— es un peligro para la sociedad de los hombres pequeñitos.

La armonía y la felicidad de la pequeña comunidad de los feganuhés depende en buena parte de que se respete la autoridad del jefe. Y el jefe tiene que ser Mua, un feganuhé. No puede ser un haihé. El fuego y otros adelantos técnicos que puede proporcionarles el haihé no pueden pagarse al precio de perder su libertad, su forma de vida, y quedar esclavizados al hombre grande. Así que Haihani comprende la preocupación que sus propuestas suscitan en Mua.

Hace el propósito de no meterse donde no le llaman. Claro que muchas veces es su carácter impulsivo lo que le hace intervenir: ¡hay tantas cosas que podría enseñar a los feganuhés! Pero hay que ser prudente y guardar las formas, aunque a veces le parezca que las formas son demasiado rígidas.

Anna se ha propuesto también aprenderse los nombres de sus compañeros feganuhés. Son apenas una veintena; bien podría conocerlos en uno o dos días. Pero el diálogo hasta conseguir que los hombrecillos le digan sus nombres es difícil. Incluso Haihani no está segura de que haya una distinción entre el nombre que se dan y la función que desempeñan: en el caso de Mua no la hay.

De momento, esa mañana, mientras sigue tejiendo trajes, retiene los nombres de cinco feganuhés: Fisihé, Kelehé, Lamlamahé, Vevehé y Pulouhé. Los dos primeros se distinguen por el tono de su piel: Fisi es el de piel más clara y Kele el más moreno, aunque todos lo son. El tercero, Lamlama, es el más alto del grupo. Por último, Veve y Pulou hacen una pareja como el gordo y el flaco, o mejor dicho al revés, ya que Veve es ágil e inquieto y Pulou es el clásico gordo feliz. Claro que todos los feganuhés tienen un aire rechoncho, pero Pulou especialmente.

Mientras teje, ese día, Anna se fija en las redes que usan los feganuhés para pescar: están muy deshilachadas. “Cuando termine los trajes —se dice— me pondré a reparar las redes, si es posible, ya que es otro trabajo que tampoco he hecho nunca”.

Esa tarde, justo después de comer, hay un pequeño sobresalto: aparecen los delfines-anasi. Pero no vienen solos. Todos los feganuhés pasan al lado exterior de la barrera y observan inquietos. Los delfines arrastran una embarcación en la que vienen varios feganuhés. Anna piensa que puede ayudar en la difícil operación de desembarco, y hace gestos a Mua. El jefe comprende la propuesta, pero no autoriza a Haihani para que se lance al agua, incluso le hace gestos para que se retire. Anna obedece, aunque algo apesadumbrada.

Cerca ya del arrecife, los feganuhés que van en la embarcación saltan al agua. Desde el arrecife, les lanzan cabos y redes para que se agarren. Poco a poco, esquivando las olas, van llegando todos a tierra sanos y salvos. La embarcación, a la deriva, termina por estrellarse contra el arrecife, y los feganuhés corren a recogerla.

Los recién llegados son seis y se presentan a Mua y a los demás feganuhés. Cuando ven a Anna, se llevan una sorpresa que raya en el pánico, pero los demás les calman y Mua explica algo en tono solemne. Haihani oye decir su nombre, y supone que Mua les está explicando que no es peligrosa. Así que hace reverencias a los recién llegados y éstos le responden igualmente inclinando la cabeza.

Cinco de los viajeros son notablemente más jóvenes que los que Anna conoce, y otro más bien anciano, aunque no tanto como Mua. A éste también lo tratan con especial respeto, y lo llaman Mafua. Aparentemente, vienen de la isla o del lugar donde están las mujeres. Mafua se pasa largos ratos conversando con Mua, y después de la cena, con todos los demás. Anna oye pronunciar varias veces la palabra “feganuhani”, así que, piensa, de seguro, está contando las novedades del resto de la comunidad.

Los dos personajes importantes, Mua y el recién llegado Mafua, se marchan luego hacia la oquedad donde los feganuhés registran su historia. Anna supone que muchos de los signos que no comprende se refieren a las noticias sobre la vida de las feganuhanis. El resto de los hombres trabaja intensamente para reparar la embarcación. Anna supone que los viajes entre Salmafua y la isla o lugar donde están las feganuhanis deben ser periódicos, aunque seguramente no muy frecuentes. De seguro, estarán registrados en la roca de las inscripciones.

En cualquier caso, es un momento delicado, porque si Raksaa los ataca, puede aprovecharse de la inexperiencia de los recién llegados y capturarlos. O hacerse con la embarcación, que parece ser preciosa para los feganuhés. La embarcación tiene tres canoas en el centro y sendos flotadores a los lados. En total, cinco cuerpos longitudinales, unidos por dos barras: una delante y otra detrás. Una de las canoas está agujereada por el impacto contra el arrecife. Los flotadores están sueltos, y uno de ellos roto. Así que los feganuhés van a la isla —aunque a estas horas de la tarde no suelen ya salir del arrecife— y consiguen madera para hacer uno nuevo. Por lo que se ve, tienen madera almacenada el algún lugar, ya que es una madera especialmente seca, que flota bien. Aquella noche, los feganuhés siguen trabajando cuando Haihani se marcha a la isla para dormir.

Al día siguiente, Anna nota que los feganuhés no vienen a la isla, ni le traen comida. Están concentrados en su trabajo, reparando la embarcación. Ella se acerca al arrecife, pero los feganuhés no le dejan ayudar en la reparación. Se pone a trabajar en sus tejidos, un tanto entristecida, pensando que los pequeños hombrecillos apenas cuentan con ella. Y precisamente entonces oye que Mua la llama a su presencia.

Mua presenta a Haihani al otro feganuhé anciano que ha venido en la embarcación, Mafua. Precisamente al lado de ellos está la barca, ya reparada, y cargada con maderas. Haihani observa que algunos feganuhés llevan ropas nuevas, pero no las hechas por ella: los recién llegados han traído trajes de algas secas, y también nuevas redes. Anna supone que son obra de las feganuhanis.

Mua trata de explicar algo a Haihani, señalando hacia el exterior de la barrera del arrecife. Además de hablar de las feganuhanis, repite varias veces la palabra “motu”, así que Anna supone que así llaman al lugar donde están las mujeres. Parece que Mafua está haciendo preparativos para volver al lugar de donde viene, y ella sospecha que Mua le propone que vaya con él.

A ella no le hace mucha ilusión dejar Salmafua para ir a otro lugar desconocido. Ve a los delfines-anasis saltando en el mar fuera de la barrera, y supone que de nuevo son ellos la fuerza motriz que desplaza a los feganuhés de un lado a otro. Esto le da algo más de confianza, pues supone que, con los delfines, no van a correr mayores riesgos. Los anasis llevan la voz cantante en esta historia, pero Haihani se pregunta hasta qué punto puede dejarse llevar otra vez por estos animales.

Además, Anna piensa que, precisamente por los delfines está en Salmafua y no en el sitio donde están las feganuhanis: algo querrán que haga en esta isla. Por otra parte, recuerda que quien manda es Mua, y que es mejor hacer lo que él proponga. De hecho, no tiene más remedio, si quiere seguir en buena amistad con los feganuhés. A pesar de todo, un nuevo viaje hacia lo desconocido, no le resulta atrayente: ¿cuánto tiempo tendrá que estar en la nueva isla? ¿Será más grande o más pequeña que Salmafua? Una cosa es segura: no habrá más habitantes que estos pequeños hombrecillos. Y desde luego, de nada le valdrán allí sus brillantes ideas sobre cómo resolver los problemas entre los feganuhés y Raksaa.

Algo le resulta sin embargo interesante: si va a vivir en la isla de las feganuhanis, al menos estará entre mujeres. Seguramente Mua tiene razón: su puesto está con “las otras mujeres”, aunque, una vez más, sean tan distintas a ella. Así que, haciendo un esfuerzo para no exteriorizar lo poco que le apetece el viaje, se dispone a salir. Primero se acerca a la isla para recoger el traje de surf que usa como pijama, y ponérselo sobre el traje de neopreno.

Cuando vuelve, todos los feganuhés están reunidos en la parte exterior para despedir al anciano Mafua y a Haihani. Pulou y Veve, el gordo y el flaco, como ella les llama, están discutiendo como habitualmente. Pulou parece no querer acercarse para hacer una reverencia de despedida a Anna. Ella observa que el simpático gordito está llorando. Así que se acerca para ver qué pasa. Pero Pulou se da la vuelta, y se tapa la cara diciendo “igkai”. “De  modo que éste no quiere que me vaya”, piensa Anna, que también se emociona, viendo que los feganuhés tienen su corazoncito y a veces son como niños.

Al final, también Pulou se da la vuelta para despedirse, inclinando su cabeza. Haihani hace lo mismo, y luego se acerca al gordito Pulou y le da un beso. Ella misma se ruboriza un poco y mira de reojo a Mua, preguntándose si eso no está bien visto entre los feganuhés. Todos la están mirando, hay silencio y Mua está serio, pero no dice nada. Anna aprovecha para tomar rápidamente su tabla de surf. Mientras tanto, dice “noaia” a los feganuhés, que también lo repiten, aunque se sonríen por la confusión que tiene Haihani entre el gracias y el hola o adiós, que se dice “noai”.

Varios feganuhés sostienen la embarcación junto al agua. Por los gestos que le hace Mua, Anna comprende que quiere que saque ella la barca. Así que coloca su tabla sobre una de las canoas de la embarcación, y espera el momento adecuado. Todos los feganuhés observan atentamente. Haihani comprende que hay también un motivo práctico para que ella viaje con Mafua: es más fuerte y puede controlar la embarcación y evitar una desgracia al salir. “Si de esta forma puedo serles útil, está bien. Quizá yo me imagino que puedo hacer otras cosas por ellos, pero es mejor hacer las que ellos necesitan realmente”.

Anna no tiene particular dificultad para salir de la barrera, pues está acostumbrada a esquivar las olas que rompen para tomar otras y hacer surf. Claro que ahora no puede hundirse por debajo de las olas con su tabla y la embarcación: ésta es grande y flota mucho. Lleva atada a sí la cuerda de su tabla de surf, que a su vez está atada a la balsa central de la canoa. Mafua se ata al otro cabo de la cuerda y Haihani tira de él para sacarlo del arrecife y subirlo a la embarcación. Ella se coloca en la canoa de la derecha y Mafua en la de la izquierda.

Cuando están ya fuera de la zona de olas, aparecen los delfines-anasis. Se ve que tienen experiencia, ya que ellos mismos muerden los cabos que tiene la embarcación atados a las barras transversales que unen las canoas y los flotadores. Empiezan a remolcarlos. Anna se da la vuelta para mirar hacia el arrecife. Apenas se distingue a los pequeños hombrecillos. Aparte de a Mua, puede ver bien al grandullón Lamlama. Hace un gesto de despedida con el brazo y ve cómo responden los feganuhés.

Haihani se pregunta si tendrán por delante todo un día de viaje, y en qué dirección. Si esto la alejará aún más de “su” civilización, o si podrá siquiera volver a Salmafua. Trata de recordar qué día es, pero no lo consigue. Seguramente no lleva ni cinco días en Salmafua, pero después de tantos acontecimientos, no lleva la cuenta de los días de la semana. Seguramente es ya domingo, el día en que sus amigas Lucy y Rebeca toman el vuelo para Honolulu. “O quizá fue ayer”. Anna desea con toda el alma que sus amigas vuelvan a casa, y que a ser posible no se preocupen mucho por ella... Pero es posible que prolonguen su estancia, hasta que se la dé definitivamente por desaparecida.

Mafua es poco hablador, como corresponde a los ancianos “que mandan” entre los feganuhés, o al menos así se lo imagina Anna: que deben ser todos muy serios. Por otra parte, tampoco podría entenderle. Trata de fijarse en los delfines, para ver si son los mismos de su viaje a Salmafua. Desde luego, son también delfines tornillo, rotadores, o de morro largo. Es de nuevo una manada numerosa. Incluso, diría Anna, más numerosa que la primera vez. Pero no recuerda a ningún individuo que pueda identificar.

Haihani se prepara para un viaje largo. Tiene incluso la esperanza de que los lleven a una isla habitada, quizá a aquella de donde ella vino, Gau, un nombre que ya apenas recuerda. Pero antes de que pase una hora, Mafua empieza a hablarle, se sube a la canoa y señala hacia delante, diciendo: “Motu, Motu”. Anna recuerda ese nombre de su última conversación con Mua. “¿Ya hemos llegado? ¡Qué pronto!”, piensa ella. Pero delante no se ve tierra.

Pasado un rato, Anna ve el objetivo señalado por Mafua: no es ni siquiera una isla. Parece un minúsculo atolón, casi por completo carente de vegetación. No se ve ningún árbol. Ni siquiera las olas que rompen contra el arrecife. En realidad, estos escollos no merecen el nombre de atolón, ya que los atolones son lo que queda de una isla hundida, pero Haihani se lo da para diferenciarlos del arrecife de Salmafua. Ya están cerca de Motu y Anna puede ver a la gente: las feganuhanis, supone, porque no puede distinguir nada más que personas en movimiento.

El atraque en Motu es menos problemático que en Salmafua. Efectivamente, no hay ninguna isla. Hay sólo un arrecife, o mejor dicho un auténtico archipiélago de pequeños arrecifes en torno a uno mayor: en total, su tamaño es como el doble de la barrera que cubre sólo parte del norte de Salmafua. Los delfines sueltan la embarcación. Mafua y Anna reman para esquivar unos escollos, y entran en una especie de ensenada cobijada tras un arrecife mayor. Como en Salmafua, en Motu hay un caluroso recibimiento. Pero también Anna causa sorpresa, e incluso hay quien sale corriendo a esconderse al ver que en la barca hay una persona grande.

“Así que éstas son las haihanis”, se dice Anna, mientras Mafua trata de tranquilizar a la gente y hace las explicaciones a las que Haihani ya se va acostumbrando, acerca de que ella no es peligrosa —oye mencionar a Raksaa—, sino simplemente “Haihani”. Su nombre se repite de boca en boca. Las mujeres y los niños se acercan curiosos a verla. Y ella repite “noaia”, y “noai”, cuando se da cuenta de que de nuevo confunde las gracias con el saludo. Las mujeres ríen divertidas, algunos niños lloran y se esconden detrás de las faldas de sus madres. Otros, más atrevidos, se acercan y tocan ligeramente a Anna, para salir después corriendo.

Anna se siente a gusto en Motu. Diría que más que con los feganuhés de Salmafua. “Por fin solas”, se dice en broma: “al menos aquí no hay peligros —aunque peligro, en Salmafua, no hay más que uno: Raksaa—, y hombres serios y mandones... parece haber sólo uno”. Al recordar a Mua, se reprocha a sí misma esa calificación: realmente tiene sobre sí una gran responsabilidad y un pueblo numeroso. “¿Cuántos son? Aquí hay más de cien personas... Y no son todas”, piensa Haihani, al ver cómo se acercan al “puerto” algunas canoas tripuladas por feganuhanis, que por lo visto pescan en las cercanías.

Acompañada por Mafua, Anna recorre el arrecife principal de Motu: tiene forma curva, como de media luna. Pero no forma un atolón completo, como un círculo alrededor de una antigua isla ya hundida. Tiene múltiples trozos y escollos separados. La forma de media luna y los escollos protegen el lado interior, donde el oleaje es menor y se puede atracar fácilmente. Es una gran ventaja respecto al arrecife de Salmafua.

El recibimiento en Motu también va acompañado por abundante pescado. Pero aquí no hay fruta, porque no hay árboles. Ahora comprende Anna por qué traen madera en la embarcación: es para reparar canoas o fabricar otras nuevas. Enseguida se da cuenta de que las feganuhanis son buenas costureras: tienen mejores redes y vestidos que los feganuhés. “Seguramente, aprovechando los viajes, llevan trajes y redes de Motu a Salmafua, y aquí traen la madera”. Anna recuerda que hay otra mercancía que circula entre Motu y la isla: los jóvenes que viajan de vuelta a Salmafua. Como es lógico, con las feganuhanis, están los más pequeños: los mayores vuelven a la isla como “refuerzo” de los feganuhés. También, piensa Anna, pueden ser nuevas presas para Raksaa.

Mafua le va presentando a las mujeres principales. Empieza por Muahani, que, según adivina Anna, es la mujer de Mua. Sigue Mafuahani, que es la mujer de Mafua. Y así van pasando decenas de feganuhanis, mientras toman pescado sentados sobre el arrecife principal de Motu, sin más preocupación aparente que la de cuidar de que los niños curiosos no molesten a Haihani y de que los más revoltosos no se caigan al mar o no se bañen en la parte exterior del arrecife, donde hay olas y es más peligroso.

Haihani se fija particularmente en las mujeres de los feganuhés que conoce: le resulta curioso que Pulouhani y Vevehani, mujeres de “el gordo y el flaco” de Salmafua, también aquí andan juntas. Se ve que son familia. Aunque aquí todos forman un solo clan. Pero entre Pulouhani y Vevehani no hay un contraste tan fuerte como entre sus maridos. Las feganuhanis tienen, como los feganuhés, un cuerpo deforme, y no hay ninguna que destaque por su belleza, al menos tal como Anna entiende la belleza.

Todos en Motu están bajo el mando de Mafua, y en el atolón falta la tensión de Salmafua. Como es lógico, la presencia de los niños hace que sea más difícil exigir un orden riguroso. Anna nota además entre las feganuhanis un aire melancólico más marcado que el que de los feganuhés. Cuando están solas, se les nota que echan de menos a sus maridos y a su isla, Salmafua. Pero en presencia de los muchachos, disimulan. Ahora, sin embargo, agobian a Mafua con preguntas: indudablemente, piensa Anna, le piden noticias de los suyos.

Cuando termina la reunión, se está poniendo el sol. La comida de bienvenida se junta con la cena. Evidentemente, es un día extraordinario en el que todos los trabajos se suspenden. Las feganuhanis se ponen a cantar mirando hacia el mar, y entonces Anna ve a lo lejos Salmafua. Está más cerca de lo que ella pensaba: entre tres y cinco kilómetros, aunque las distancias en el mar pueden engañar. Las canciones tienen un aire melancólico y Haihani imagina que las letras, que no entiende, estarán llenas de recuerdos de la isla.

Las maderas que han traído de Salmafua las usan las feganuhanis para hacer canoas, pero también hay cañas o tubos que usan para fabricar rudimentarias flautas, que emplean en sus cantos, y con las que sobre todo las niñas se pasan largos ratos jugando. No hay en Motu niños que no sepan hablar, es decir, que los más pequeños tienen tres o cuatro años, lo que confirma a Anna que ése es el tiempo que llevan viviendo en el arrecife.

Anna trata de juntarse con Pulouhani y Vevehani, ya que le resulta simpático conservar así un recuerdo de la vida en Salmafua. Mafua se interesa por dónde podrá alojarse Haihani, pero ella le da a entender, como si conociera de toda la vida a Pulouhani y Vevehani, que no debe preocuparse por ella, pues se las arreglará para vivir con sus dos amigas y sus familias.

Mafua no parece haber recibido instrucciones especiales de Mua sobre dónde alojar a Haihani, así que está de acuerdo. Pulouhani y Vevehani no viven en el arrecife principal, sino en un islote. En él hay una cueva que tiene incluso dos grandes estancias separadas. A Haihani le dejan una de ellas, y las dos familias se reúnen en la otra. Anna siente pena porque su presencia y su tamaño supongan un trastorno, pero poco más puede hacer aparte de mostrar agradecimiento. Le gustaría ayudar en las tareas de la casa, pero primero tiene que observar las costumbres de las feganuhanis, para no hacer algo que choque con ellas.

Pulouhani tiene tres hijos pequeños: el mayor es una niña regordeta, que recuerda a su papá, y los otros dos son niños. Vevehani tiene en el islote también tres hijos pequeños, aunque más tarde Anna se entera de que hay un cuarto hijo, que vive en el arrecife principal de Motu con otros muchachos mayores. Además, Vevehani mantiene el recuerdo de una hija de corta edad fallecida al poco de llegar a Motu, o incluso estando todavía en Salmafua.

Pasan los días y Anna aprende a pescar, descubriendo los recodos del atolón preferidos por los peces. Vevehani y Pulouhani le enseñan cómo y cuándo echar y recoger las redes. Aprende a remendarlas y a tejer las algas con los instrumentos de piedra y de espina de pescados que tienen las feganuhanis. Hay incluso herramientas hechas de huesos de algún mamífero marino: seguramente delfines encallados en el atolón. En ese caso, también la piel se aprovecha para hacer ropa para los niños más pequeños.

Las tareas de pesca se llevan a cabo por la mañana y al atardecer. En las horas de más calor, para no exponerse al sol y a la deshidratación, todos se resguardan en las sombras y cuevas que ofrece el arrecife. Entonces se descansa o se tejen y reparan ropas y redes. Cuando Vevehani y Pulouhani salen a pescar, Anna les acompaña con su tabla y con una red hecha ya por ella.

Un día que Anna está pescando con Veve y Pulou —así las llama—, sucede una tragedia: un niño pequeño que está correteando por el arrecife se cae hacia el lado del mar abierto. Cuando sus compañeros de juego se dan cuenta, es tarde: las olas lo golpean contra el arrecife y lo arrastran, inconsciente o quizá muerto, mar adentro. Mientras la madre del niño grita desesperada, los chicos de más edad se disponen a salir en una canoa. Viendo el peligro que corren, Mafua les manda salir por la parte interior de Motu, donde no hay olas. Pero de esta forma pierden un tiempo precioso, y cuando llegan al otro lado, el niño ya no está.

Anna oye los gritos, pero no puede enterarse de lo sucedido hasta llegar al arrecife. "¡Qué desgracia! Yo habría podido lanzarme al agua sin problemas", piensa. Aunque Haihani se imagina que habrá un silencio sepulcral a causa de esta tragedia, sucede todo lo contrario: hay una algarabía de lamentos. Las mujeres interrumpen sus faenas y van a consolar a la madre del niño ahogado. El llanto dura toda la tarde y los dos días siguientes. Incluso en días sucesivos los cantos melancólicos tienen un tono más triste, y todos lloran mirando a Salmafua.

“Realmente la vida aquí tiene también sus peligros”, piensa Anna, “y aunque uno se acostumbra, éste no es lugar donde se pueda vivir permanentemente. Ahora comprendo por qué los feganuhés siguen en Salmafua. Quizá Motu es desde tiempo atrás una reserva de pesca donde vive un grupo de ellos, turnándose. Como refugio sirve, pero los feganuhés necesitan su isla para sobrevivir”.

Conforme pasan los días, Haihani se hace más amiga de Veve y Pulou, y de sus niños. Aprende sus nombres y pasa largos ratos cuidando de ellos, cuando las madres van de pesca. Ahora sólo sale a pescar al anochecer o de madrugada, cuando los niños están recogidos. Como el hijo mayor de Veve puede ya cuidar del resto, Anna suele pasar el día en el arrecife, cuidando a los niños más pequeños, lo que da tranquilidad a las madres que tienen que salir a pescar o que pueden concentrarse así en sus labores de costura o preparando la comida.

Haihani se siente así más útil, pero cada día crece en ella el deseo de volver a Salmafua para tomar parte activa en el conflicto entre Raksaa y los feganuhés. Una tarde toma una resolución. Hay luna llena, igual que el día que llegó a Salmafua: empieza su segundo mes. “Hoy los delfines rondan por Motu. Quizá esta noche vuelvan, y si me dejo arrastrar, me llevarán a Salmafua".

Después de los cánticos que las feganuhanis entonan cada atardecer, Haihani se va con las familias de Veve y Pulou a su islote. “Debería decirles lo que quiero hacer”, opina Anna. “Si no, al ver que no estoy, pensarán que me he ahogado”. La idea de causar de nuevo dolor a la gente que le quiere la apesadumbra: su familia y sus amigos piensan que está muerta. Si desaparece de Motu, también las feganuhés pensarán lo mismo.

Pero tampoco puede decirles que se va a Salmafua. Si lo hace, podrían prohibírselo o serían sus cómplices: Mafua reprendería a Veve y Pulou por desobedecer las órdenes de Mua. Ella misma duda si lo que quiere hacer es razonable: no puede quedarse de brazos cruzados viendo que nada cambia en Salmafua. Pero sabe que a los feganuhés no les gusta que los extraños se entrometan en sus asuntos.

“El hecho es que es un haihé el que les está complicando la existencia, y también es cierto que los feganuhés no pueden salir solos del embrollo. Aunque no quieren reconocerlo, esto es un asunto de haihés... y de haihanis. Si aquí no hay haihés que puedan pararle los pies a Raksaa, tendré que hacerlo yo. Aunque no conozco de nada a ese hombre, tengo más que ver con él yo que los feganuhés.”

Anna se da cuenta de que de esa forma se sitúa fuera o incluso por encima o contra la autoridad de Mua. “No quiero contradecir al anciano. Él es el jefe en el mundo de los feganuhés. Pero no es posible que vivan como si estuvieran solos en ese mundo, en el mundo de Salmafua, porque hay un haihé. Y si ellos no saben tratar con los haihés, tendrá que ser otro haihé, o una haihani, quien lo haga”.

¿Cómo pretender enseñar a los feganuhés lo que tienen que hacer? Anna sabe que, probablemente, ahí está la causa de la ruptura entre los pequeños hombrecillos y Raksaa. Piensa en otros “encuentros” entre hombres de una cultura considerada superior y gentes de culturas “subdesarrolladas”. Casi siempre el más fuerte domina al débil, hasta llegar a exterminarlo. Es el caso de muchas tribus indias de América. Y si no se llega a ese extremo, tarde o temprano los oprimidos se toman la revancha. Es lo que pasa en tantos sitios de África, donde al liberarse de la colonización, hay una reacción contra los hombres blancos.

“Pero no tiene por qué ser así necesariamente”, piensa Anna. “También en América tienen vida propia la religión, la literatura, la ciencia... una cultura que no es originaria de allí. Y hay lenguas, pueblos y razas originarias de allí que sobreviven, mejor o peor fundidas con el hombre blanco. Además, ¿para qué tanta historia? Aquí se trata sólo de un hombre, y nadie está pidiendo a los feganuhés que renuncien a su forma de ser”.

¿Qué hacer entonces con Raksaa? Anna piensa que lo mejor es convencerle para que se vaya de la isla. Si es realmente un asesino de feganuhés, le parece imposible que puedan volver a convivir. Además, es como un animal que ni siquiera habla, así que poco podrá aportar a los feganuhés. Sí, lo mejor es sacarle de Salmafua. “Eso significa que yo tendré que sacarlo, o sea salir con él, de la isla. ¿Pero cómo?”

“Y eso es sólo una parte del problema, porque la primera dificultad es cómo voy a tratar de convencerle de todo eso. Para eso hay que tratar con él.” Sólo de pensarlo, a Anna le da miedo. ¿Cómo es posible tratar con ese monstruo? Puede hacerle daño, incluso podría matarla... Es un peligro real. No sólo físico. Puede que, estando en la isla sólo con Raksaa, también ella se embrutezca hasta ser como él: perder el habla, olvidarse de quién es, perder el respeto a los feganuhés, y no ver más allá de sus necesidades básicas... Convertirse en un animal. ¿Será posible eso?

Sí, es posible. Y entonces, ¿por qué arriesgarse? Si no se lo piden los feganuhés, si ellos no son capaces ni tan siquiera de controlar a Raksaa, ¿cómo piensa que ella puede dar completamente la vuelta a la situación? No sabe, pero algo en su interior, su conciencia, le dice que debe intentarlo.

Esa noche, mientras Pulou acuesta a los niños, Haihani charla con Veve, sentada sobre el islote. La noche es apacible y la luna permite ver hasta los más pequeños islotes de Motu. Gracias a este mes con las feganuhanis, Anna sabe algunos rudimentos de su lenguaje, al que llaman muna: palabra. Conoce sus canciones. Lo que más le cuesta es entender a los niños, porque hablan muy rápido y no pronuncian bien. Pero los niños repiten siempre las mismas frases: quieren jugar o comer, preguntan dónde está su madre, se quejan de que están cansados o de que tienen frío o calor... En esto los niños feganuhés no son distintos a los de cualquier otra parte del mundo; como tampoco los feganuhés son tan distintos a los haihés... Los hombres son hombres en todas las partes del mundo: a veces no pueden convivir con los que son diferentes a ellos, llegan a enfrentarse y ven a los otros como enemigos.

“Quizá los feganuhés tengan una inocencia natural, pero también tienen las mismas malas inclinaciones que los haihés”. No son extraterrestres. Son muy solidarios entre sí, pero ese miedo hasta supersticioso que tienen a Raksaa no le parece a Anna justificable. La misma enemistad que sienten hacia Raksaa le parece nociva. Es una insolidaridad que contrasta con la solidaridad que viven entre sí y que, aparentemente, son también capaces de ofrecer a una desconocida, a una haihani como ella.

En la apacible charla que mantienen sentadas sobre el islote, Anna pide a Veve que le cuente la llegada de Raksaa a Salmafua. Anna se pregunta qué edad tendrá Veve. No es muy mayor, ya que sólo conoce la existencia de otro jefe anterior al actual Mua. Quizá tenga unos treinta años o más. Pero puede que tenga menos, ya que las feganuhanis, curtidas por el sol tropical y la brisa del Pacífico, aparentan más edad de la que seguramente tendrán.

Veve recuerda la llegada de Raksaa como algo brusco, algo sobre lo que no quiere hablar. Parece que el haihé viva en la isla a la fuerza. De algún modo está preso en Salmafua. Haihani se imagina algo así como el abandono de un miembro indeseado de una tripulación, que quizá tiene algún crimen sobre su conciencia. “Es un ser conflictivo, un asocial —piensa—: ¡menudo lío en que me voy a meter!” Por un momento, duda en acometer la empresa que se ha propuesto. “¿Y si se trata de un abandono injusto, o de un asalto a su barco por parte de unos ladrones o piratas? Pero entonces, ¿cómo es que Raksaa tiene un arma? Hay tantas preguntas sin respuesta... Habría que preguntárselo a él”.

“De tanto pensar en Raksaa me voy a enamorar de él”, sigue pensando. “¡Qué tontería! Sólo de pensar en él me da miedo. También de acabar pareciéndome a él. No, no siento afecto por él. Quizá trato de comprenderlo. Pero estoy segura de que no es un hombre inocente. Y de que es peligroso. Y sólo espero que aún no sea demasiado tarde para hacerle entrar en razón y conseguir sacarlo de la isla.”

Haihani cambia el tema de su conversación con Veve, para que no sospeche que quiere ir a Salmafua. Le pregunta sobre los delfines-anasis. Vevehani le explica lo que sabe: que son amigos de los feganuhés, les acercan el pescado hacia sus redes, a veces les traen maderas que flotan en el mar. Cuando tienen que ir o venir de Salmafua, los feganuhés siempre esperan a que vengan los anasis y los remolquen. De otro modo, la distancia es casi imposible de recorrer con las canoas de los feganuhés: en todo caso, es más difícil ir a Motu que volver, ya que hay una corriente norte-sur que sin ayuda de los anasis no se puede vencer en el primer caso. Así que los feganuhés no se adentran en el mar exterior, al que llaman liu, si no están los anasis. Es algo que tienen vedado.

Adentrarse en el mar sin ayuda de los delfines, según deduce Anna, supone poco menos que autoexcluirse de la sociedad para un feganuhé: los hombrecillos tienen miedo al liu. Un miedo casi supersticioso. Como el que tienen al trueno, al que llaman fui: algo que Haihani conoce ya por propia experiencia. En cambio, la lluvia es para ellos una bendición, porque les trae el agua dulce, de la que pocas veces pueden disfrutar. Cuando llueve y el mar está en bonanza, las feganuhanis recogen el agua en cuencos de coral o de madera. Pero si truena o el mar está embravecido —el liu fui, o mar de trueno—, se esconden en sus guaridas de coral, sin recoger el agua, porque piensan que entonces es dañina: como si estuviera envenenada por la ira de algún diosecillo maléfico.

“Realmente hay cosas en las que los feganuhés están atrasados”, piensa Anna: “¿será mejor dejarles vivir así en paz, o se les podrían traer los avances de la civilización? Claro que pocos avances puede haber aquí, en esta parte tan olvidada del mundo: en muchas de estas islas no hay ni electricidad ni agua corriente... Parece que de poco podría servirles. Además, nuestra civilización los convertiría en una atracción de feria. Pero en algo podrían beneficiarse. Podrían librarse de sus falsos temores. Instruirse. No sé. Lo mejor sería que decidieran ellos. Para mí, librarles de Raksaa ya sería bastante.”

Mientras Haihani da vueltas a estos pensamientos, Veve le habla de su vida en Salmafua. De las viviendas de cada familia, hechas de ramas secas y cubiertas con hojas. De los vestidos de sus hijos, de los despreocupados juegos infantiles. ¡Todo tan diferente a las rocas de Motu y a las amenazadoras olas del liu! Le habla de los árboles, con su sombra y sus frutos; de los pájaros, los únicos animales de cierto tamaño que hay en Salmafua, y que en Motu faltan...

Vevehani le habla de su marido, el dinámico Vevehé a quien Anna conoce. Pero a la haihani le vienen las lágrimas, y se despide. Se va a dormir. Haihani la detiene: quiere decirle algo. Cuando salga el sol, o sea mañana, ya que los feganuhés designan con el nombre del sol —rani— también al día, y por tanto al día siguiente de aquél en que se está hablando si es de noche... “Cuando llegue el rani”, le dice, “yo estaré con los anasis”.

Veve sabe que Haihani siente particular atracción por estos animales. Pero ahora hace la vida normal de las feganuhanis: pescar, cuidar a los niños. Además, Haihani dice que se llevará su red, que va a pescar en el mar. “¡En el liu! ¡Es tan peligroso!” Vevehani le recuerda que ellas nunca salen del atolón para pescar. Hay suficientes peces dentro, y además fuera es mucho más difícil pescar. Anna responde que irá donde le lleven los anasis. “Tú quieres volver con los haihés”, debe afirmar Veve, por lo que deduce Haihani, “pero los anasi no te llevarán con los haihés. Los anasi te llevarán sólo a Salmafua”.

“Iré donde me lleven los anasis”, responde Anna. “Sólo quiero que no te preocupes si no vuelvo rani, si no vuelvo mañana”. Vevehani va a alegar algo... Para los feganuhés la vida empieza de nuevo con cada rani. En sus verbos no existe el pasado. Nadie pasa una noche en el liu. Si alguien no vuelve del mar al poco de atardecer, no hay que contar con que aparezca con el nuevo rani. Ni siquiera en una noche tan clara como ésta.

“Iré con los anasis. Me llevo la red. No tienes que preocuparte por mí”, dice Haihani. “Los delfines me llevarán... a Salmafua”, confiesa abiertamente. Veve no muestra sorpresa. No se rebela, al contrario, es como si le tranquilizara saber que su amiga no marcha a lo desconocido. “Igkai muna Mafua”, dice: “no hablaré de ello con Mafua”, como si no quisiera esperar a que su amiga le pida que sea su cómplice: que no diga lo que sabe.

Vevehani mira a Anna, como si aún esperara algo de ella. Pero Anna no se atreve a seguir desvelando su secreto. Quiere sólo tranquilizar a su amiga. No sabría cómo explicarle lo que pretende hacer en Salmafua. Y si menciona a Raksaa, sólo conseguirá alarmar a Vevehani. Así que basta.

Anna se levanta y hace ademán de ir a su cueva. Pero Veve la sigue mirando con ojos llorosos. “Noai”, dice Haihani para despedirse. “Noai, noaia”, dice Veve, inclinándose casi con veneración. Anna está también emocionada, y cuando se inclina hacia la feganuhani, se abraza a ella. Así permanecen un momento, y Anna se desahoga: “no sufras por mí, no te preocupes, yo estaré bien”. Intenta decirlo con el verbo que usan las feganuhanis para el lloro de los niños: pepeo. “Igkai pepeo Haihani”.

Las dos amigas se separan. Anna necesita descansar un poco. Tiene que salir pronto, y no quiere quedarse dormida, para que no la vean partir. Pero salir de noche supone un riesgo: Salmafua no se ve. Puede servirse de los delfines para ir más aprisa. Y además la corriente, que va de Motu a Salmafua, ayudará. Pero también puede perderse en el liu.

 

II. ROBINSÓN

Los delfines de tornillo son más activos de noche que de día. Así que Haihani se pone a observar para ver si están en las cercanías. A pesar de la clara luna, no ve nada. Piensa que en el islote ya no tiene nada que hacer, así que toma su tabla y la red, y marcha hacia el extremo sur del atolón.

Anna se encarama al último escollo de arrecife, procurando no hacer ruido para no despertar a las familias que viven en el entorno. Mira hacia el sur, pero sigue sin ver nada. No puede esperar a ver con la luz del amanecer, pues se hace de día tan rápidamente que los feganuhés de Salmafua la verían llegar. Sigue un rato mirando. Por fin ve un delfín que salta. Y luego otro. Es un grupo numeroso, y no está muy lejos. No se lo piensa más: toma la tabla, sortea las olas que rompen contra el arrecife y comienza a nadar en dirección a los delfines. De cuando en cuando se aúpa a la tabla para ver mejor dónde están.

Haihani toma su silbato y da algunos pitidos de alarma. Está suficientemente alejada de Motu, pero además utiliza su silbato por el extremo opuesto al que emite pitidos audibles al oído humano: de esa forma emite ultrasonidos que sólo los delfines pueden oír, y a mucha distancia. Los anasis la oyen y, aunque Anna no tiene registrados los sonidos que emite esa especie, los delfines son curiosos y se le acercan. Anna arroja el cabo con que está atada a la tabla. Como hacen los feganuhés, lleva en la parte que forma un lazo un trozo de madera, de modo que los anasis pueden morderlo más fácilmente.

Mientras es arrastrada por los delfines, piensa en la posibilidad de que la lleven a una isla habitada por haihés. Siente dentro de sí que la idea le atrae: sería el fin de sus problemas, podría volver con los suyos y olvidarse de todo lo pasado... O no podría. No: ahora piensa que debe rechazar ese deseo, esa imaginación fugaz. Tiene que llevar a cabo su propósito. Aunque le cueste, aunque se sienta sin ganas o le atraiga la posibilidad de volver a su mundo. Ahora más que antes, su mundo está en Salmafua. Y debe concentrarse en lo que quiere hacer.

Anna ve delante de sí la silueta de Salmafua. Los delfines no pasan de largo, sino que hacen ademán de detenerse en el arrecife. Como hay luna llena, Haihani piensa que puede cabotar sola la isla, sin acercarse demasiado, para no ser vista por los feganuhés. Pretende dirigirse hacia el sur, al otro extremo, donde vive Raksaa. Pero también quiere evitar que la vea el haihé, así que tiene que actuar rápidamente. Tira del cabo para que los delfines lo suelten, y sigue navegando en solitario.

Afortunadamente, no hay corrientes que la alejen de la isla. Al contrario, la corriente norte-sur sigue facilitándole el trabajo. Teme, sin embargo, que eso le haga sobrepasar la isla, así que, cuando el arrecife de los feganuhés queda atrás, se acerca a Salmafua, para poder abordarla cuando llegue al sur. Aunque no tiene reloj, gracias al mes que lleva allí, sabe intuir cuándo amanece, y deduce que le queda poco tiempo. Los feganuhés empiezan a pescar antes de la salida del sol, para no exponerse demasiado a la insolación, y es posible que también Raksaa siga esa costumbre. Así que procura avanzar rápido.

Ahora se siente realmente sola. No puede dejarse ver por los feganuhés, que la tomarían por traidora. Tampoco sabe de cuánto tiempo dispondrá antes de que ellos sepan la noticia de su desaparición, ya que los viajes entre el atolón y la isla son irregulares: dependen de los delfines, y como los anasis merodean por la zona, es posible que Mafua quiera informar a Mua. Tampoco puede precipitarse contactando enseguida con Raksaa. “Hay que ser prudentes”, se dice Anna, que a partir de ahora tiene que ser para sí su única consejera. “Lo primero que tengo que buscar es una base de operaciones. Un buen lugar donde Raksaa no pueda verme”.

¿Y qué hará después? “Buena pregunta... Hablar con él no es posible. Pero no puede ser que sólo entienda el lenguaje de la violencia. Por lo demás, yo no soy más fuerte que él y tampoco se me pasa por la cabeza la idea de matarlo. Así que es con los hechos como hay que hacerle entrar en razón. Pero, ¿qué razón y qué hechos? La razón está clara: que deje en paz a los feganuhés, que se dé cuenta de que es posible vivir en paz con ellos, o al menos vivir sin hacerles la guerra. ¿Y los hechos? Pues, si él ataca a los feganuhés y los somete a su servicio, tendré que hacerle ver que puede conseguir lo mismo sin esclavizarlos”.

“Lo mismo que yo he aprendido a pescar y a valerme por mí misma para vivir en la isla, tendrá que hacerlo él. Pero no lo va a hacer de la noche a la mañana, y tampoco los feganuhés estarán dispuestos a enseñarle, puesto que no quieren saber nada con él”. Una idea le pasa por la mente a Anna. Una idea que ya había pensado antes, pero a la que no había dado importancia: “Tendré que enseñarle yo. Si no quiero que tenga a los feganuhés esclavizados, tendré que ponerme yo a su servicio”.

Las reflexiones de Anna se ven interrumpidas, porque llega al final de la isla.  Se acerca a ella, y desembarca sin mayores problemas. Despuntan las primeras luces del amanecer, así que le urge hacer un plan. Primero tiene que buscar un lugar, una especie de cueva, donde pueda guardar la tabla y dormir. Pero igualmente o más urgente es pescar. No conoce las costumbres de Raksaa, así que cuanto antes tenga solucionada la cuestión de los alimentos, mejor.

Además de la red, lleva una vara de madera afilada que sirve para alancear los peces y, después para guardarlos ensartados. Se hace de día y la belleza de la isla le parece deslumbrante, sobre todo después de haber pasado un mes en el inhóspito arrecife de Motu. Pero no hay tiempo para contemplaciones, así que sólo trata de observar si hay rastros de Raksaa.  Afortunadamente, el haihé no parece ser madrugador, a diferencia de los feganuhés, y Anna tiene suficiente tiempo para cobrar una pesca abundante.

Luego busca un cobijo. Encuentra un recodo de la costa más abajo de la playa donde parece vivir Raksaa, justo al sur de la isla. Junto a la costa hay un par de oquedades, suficientes para dormir ella en un lado y guardar la tabla en el otro. Deja también el pescado, y se asoma para ver si aparece Raksaa. Pasa más de una hora, y nada. Haihani pierde la paciencia y decide que sería bueno explorar la isla. Prefiere no pasar por la pequeña playa que le trae malos recuerdos de su primer encuentro con Raksaa. Así que asciende desde la misma zona rocosa y coralina donde se encuentra.

Al avanzar dentro de Salmafua, se acerca al grupo de árboles donde le parece que está la guarida de Raksaa, pero no por el camino que sube desde la playa, sino desde atrás. Anda sigilosamente. Oye el canto de unos pájaros. Cualquier ruido le sorprende, ante el temor de que Raksaa pueda estar acechando. Por fin llega al lugar de la guarida. Antes de verla, puede olerla: todo está lleno de desperdicios, restos de pescado, maderas. El mismo desorden que entonces. Anna se queda paralizada y observa. No ve a Raksaa, pero sí la cabaña ruinosa en la que parece vivir. “Estará durmiendo todavía”, piensa. Trata de fijarse para verlo, pero algo atrae su atención. Algo que se mueve en un árbol enfrente del amasijo de maderas donde el haihé parece dormir. “¿Será él? No, es demasiado pequeño. ¿Será un animal? ¿Pero qué animal puede haber en esta isla?”. De pronto, ve con claridad: “¡Es un feganuhé! No, son dos ¡dos feganuhés!”.

Anna siente miedo. Piensa que Raksaa le puede tender una trampa, y sin pensarlo dos veces, se vuelve por donde había venido. Es demasiado peligroso meterse en la boca del lobo. Enseguida baja de esa parte alta de la isla, llega a la costa y se esconde en su refugio. Con los nervios, le cuesta encontrarlo. Cuando lo hace, ya no se atreve a asomarse. Se reprocha su cobardía, pero al mismo tiempo piensa que no tiene por qué arriesgar tanto nada más llegar. No debe ponerse a tiro de Raksaa. Y nunca mejor dicho, ya que el haihé tiene un arma.

“Así que era cierto que Raksaa tiene feganuhés esclavizados. Pues claro, ¿qué pensabas —se dice a sí misma—, que los feganuhés te engañaban? ¿Y cómo los tiene, cómo hace para que no se escapen? No lo sé, pero algún sistema tendrá”. Pasada la primera impresión, Anna vuelve a salir para observar. Ya no se impacienta. Por fin hay movimiento en la playa. “Son los feganuhés. ¿Y dónde está Raksaa?” No  lo ve, pero enseguida algo llama su atención en los feganuhés: cojean ostentosamente. “¿Estarán atados por las piernas? Es posible. Desde aquí no lo veo bien”, concluye Anna, que trata de asomarse lo menos posible, para que no la vea Raksaa.

Por fin puede ver en algún momento al haihé, que permanece oculto entre la maleza, seguramente al abrigo de una buena sombra. “En cambio, pone a los feganuhés a pescar a plena luz del día. Ahora comprendo por qué mueren tan pronto. A saber siquiera si les dará de comer. Con tanta insolación, por mucho pescado que coman, no será suficiente”.

Los feganuhés se acercan con sus redes adonde está ella. Nadan a duras penas. Anna se esconde aún más para que no la vean. “Podrían escaparse”, piensa, “¿por qué no lo harán? Quizá Raksaa tenga algún otro rehén y les amenaza con matarlo. Pero en el árbol me pareció ver sólo dos feganuhés. Paciencia, con el tiempo lo sabremos”. Mientras tanto, trata de observar a los hombrecillos. Se mueven con una torpeza enorme. “No están atados. Es otra cosa. Cojean como..., ¡es que les falta un pie! ¡Son cojos! No, no les falta un pie: lo tienen inerte, roto o algo así ¡De modo que eso es lo que hace ese desgraciado para que no se escapen!”

Anna tiene que contenerse para no dar un grito. Al mismo tiempo, se asusta. Si el haihé es capaz de hacer eso con los feganuhés, también podría hacerlo con ella. Recapacitando, recuerda que alguno de los feganuhés del arrecife es cojo. Ahora cae en la cuenta de que será un escapado de prisión. “Liberarlos es demasiado peligroso, Raksaa puede disparar. Seguro que está controlándolos. Es muy difícil que yo consiga llevarlos hasta su arrecife en estas condiciones”.

Le da lástima ver a los feganuhés haciendo movimientos torpes. Pero no puede hacer nada. Aún hace otro descubrimiento. Uno le resulta conocido. Es gordo... “¡Es Pulou!”. De nuevo tiene que contenerse para no darse a conocer. “¡Pulou! ¡Y con un pie destrozado! ¡Pobrecito!”. Anna prefiere dejar de mirar, porque teme que terminará por salir afuera. Vuelve a su escondite y allí trata de calmarse. Pero no puede quitar de su mente la imagen del simpático Pulou convertido en un esclavo y mutilado. Piensa también en Pulouhani, su amiga. “¡Pobrecilla! Mejor que no sepa lo que le ha pasado a su marido”.

En su escondite, Haihani piensa en actuar cuanto antes. “Hay que liberar a Pulou y al otro. No hay tiempo para negociaciones. Esto es horrible y tiene que terminar. No comprendo cómo los demás feganuhés pueden quedarse como si tal cosa, sin hacer nada. ¿Y qué puedo hacer? De momento, esperar a que llegue la noche. No puedo arriesgarme a actuar de día”.

Anna repone fuerzas durmiendo o al menos descansando hasta el atardecer, ya que le espera una atareada noche. En cuanto la luz de la luna predomina sobre la del sol ya puesto, sale de su escondite, esta vez con la tabla de surf, y llega hasta la playa de Raksaa. Allí deja la tabla. Se adentra por el camino despejado de arbustos que conduce hacia la parte alta de la isla, donde tiene su morada el haihé. Como la noche es muy clara, procura ir agachada para no destacar. Sobre todo, anda despacio, por si Raksaa no estuviera aún dormido.

Por fin llega al claro donde está la casamata. Bajo las ramas arremolinadas de modo caótico, barrunta a Raksaa descansando. No se mueve, así que ella da por supuesto que está dormido. Sin embargo, pasa un largo tiempo hasta que se decide a dar algún paso. La presencia del temible haihé, sobre todo después de haber visto su crueldad para con los feganuhés, la paraliz