Santiago Mata

Anna y los delfines en la isla de los feganuhés

I. RAKSAA

Después de diez horas de vuelo, los asientos del Boeing 747 de Air Pacific resultan bastante incómodos. Anna repasa por enésima vez los folletos que definen a Nausori como “el segundo aeropuerto internacional de las islas Fiji”. “Segundo y último por ahora”, según explica un viajero, quien le advierte que, si la pista de aterrizaje se queda sin luz, no será la primera vez que los pasajeros tengan que ser desviados al “primer aeropuerto”.

Anna es una estudiante de oceanografía especializada en el lenguaje de los delfines. Tras su último año de carrera, dos amigas, Lucy y Rebeca, la convencen para que vaya con ellas en viaje de fin de estudios. Ambas son especialistas en tiburones, y en la isla adonde van, Gau, al este de Viti Levu, que es la principal del archipiélago, hay excelentes lugares para la observación de la fauna submarina. Además, las tres son aficionadas al surf, y quieren practicar este deporte al final de su estancia, en algunas de las playas más famosas del oeste del archipiélago.

En su primer día de estancia en Gau, también llamada Ngau, Anna, Lucy y Rebeca se sumergen en el “paso de Nigali”. Se trata de un corte en el arrecife de coral que rodea la isla: allí hay una corriente entre el lago interior de la isla y el mar exterior, con una fauna muy rica. En concreto, hay un grupo de tiburones grises, que concentran la atención de Lucy y Rebeca. Anna, en cambio, pasa más tiempo en la superficie, tratando de avistar delfines. La empresa que organiza el viaje se llama Nai'a —palabra que en hawaiano significa delfín—, y aunque su objetivo originario es estudiar el comportamiento de estos mamíferos marinos, por motivos comerciales sus cruceros se centran en el buceo en arrecifes coralinos: la observación de delfines es algo que no se puede garantizar, ya que se mueven continuamente.

Sin embargo, a partir del segundo día, Anna tiene suerte y observa un grupo de delfines fuera del arrecife que hace de barrera de la isla. Como no están muy lejos, se acerca hasta ellos en su tabla de surf. Se trata de delfines tornillo, también llamados delfines rotadores, por su afición a saltar del agua y girar sobre su eje horizontal. En latín se llaman Stenella longirostris, por su morro más largo que el de los delfines comunes.

Anna no tiene experiencia con los delfines tornillo, que no pueden sobrevivir en cautividad, debido a su alto grado de dependencia de la comunidad en la que viven. Son muy sociables y viven en manadas que suelen pasar de los cien ejemplares y pueden llegar a los mil, por contraste con los delfines comunes, donde las manadas no suelen pasar de los veinte individuos. Los delfines tornillo son además más pequeños: miden y pesan aproximadamente lo mismo que un hombre adulto: menos de dos metros y menos de ochenta kilos.

El grupo con el que Anna contacta está formado por entre cincuenta y cien ejemplares. Lucy y Rebeca siguen buceando en el paso de Nigali, mientras ella se queda fuera del paso, con su tabla de surf, observando los delfines. El último día de su primera semana de estancia, Anna ve que los delfines quieren llevarla a alguna parte. Decide seguirlos, suponiendo que van a otro lugar de la costa cercano. Para ir más rápido, se ata a la tabla de surf y se agarra a la aleta de un delfín, que la arrastra. Pero enseguida se escurre. Ve que los delfines juguetean mordiendo la cuerda de la tabla de surf. Así que hace un lazo y lo echa al agua. Los delfines muerden el cabo y así la arrastran más rápidamente. Como el peso es muy grande para un sólo delfín, éstos se van turnando en el arrastre.

Pero los delfines no van hacia la costa, sino mar adentro, y a gran velocidad. En poco tiempo, Anna se da cuenta de ello, y se suelta para volver a la isla. Trata de nadar, pero no avanza, porque además hay una corriente que va mar adentro. Se levanta sobre la tabla y pide auxilio. Ya está demasiado lejos y nadie la oye. Los delfines, además, parecen seguir jugando, y la tiran varias veces de la tabla al mar.

De nuevo atada a la tabla, Anna piensa que su única esperanza son los delfines. Tiene una especie de silbato que emite sonidos semejantes a los de estos mamíferos marinos. “Puesto que son tan inteligentes”, se dice, “no me dejarán morir en el agua”. Les pide auxilio con el silbato, y de nuevo se ata a la tabla y lanza el lazo para que la arrastren.

Los delfines siguen navegando mar adentro. La costa se pierde de vista y Anna se pone cada vez más nerviosa. No tiene más orientación que la que le da el saber que se han alejado de la isla hacia el este. Los delfines parecen ir a alguna parte y siguen turnándose para arrastrar a Anna.

Cae la tarde y sigue sin haber rastro de tierra. Se hace de noche: navegan en dirección contraria a la puesta del sol. Aunque el cansancio la domina, Anna no puede dormir por los golpes de las olas, el miedo a que la tabla vuelque y el deseo de ver cualquier señal de tierra. Luce una espléndida luna: luna llena. Pero en el mar no hay más que reflejos y olas.

Los delfines siguen remolcándola durante toda la noche. Amanece y sigue sin haber rastro de tierra. Pasadas unas horas, Anna se da cuenta de que se acercan a una pequeña isla. Trata de ponerse en pie sobre la tabla, pero no puede, por el agotamiento y la velocidad con que es arrastrada. A un par de cientos de metros de la isla, los delfines detienen su carrera y sueltan la cuerda.

Subida sobre la tabla, Anna ve que la isla es pequeña. Conforme se acerca, descubre que no va directamente hacia la costa, sino hacia un arrecife. No es el arrecife de borde de una isla, ni tampoco un arrecife de barrera completo separado de la isla, sino tan sólo un pedazo de arrecife, o quizá un islote de forma alargada.

Anna teme que las olas la arrojen contra las rocas. Preferiría buscar una playa en la isla. Aunque no se trata de piedras talladas por el oleaje, sino de esqueletos de corales, el efecto del arrecife para la navegación es el mismo. Cuando una isla, por los movimientos tectónicos, se va hundiendo, puede quedar el arrecife del antiguo borde de la isla, convertido en arrecife de barrera. Si la isla desaparece totalmente, quedan sólo los esqueletos de corales que constituyen los arrecifes, y en este caso se llaman atolones.

Los delfines saltan a su alrededor, pero Anna no sabe si tratan de avisarle de un peligro o siguen jugando. Cuando está a unas decenas de metros del arrecife, ve a unos niños allí encaramados. Grita y hace señales. Pero está ya cerca y tiene que pensar qué hacer.

Entonces un delfín da un aletazo sobre su tabla y la tira al agua. Anna intenta asirse a la tabla, pero no le va a dar tiempo a subir. Una ola la arrastra y Anna ve que va a romper contra el arrecife. Entonces se sumerge todo lo posible. Deja pasar la ola y sube de nuevo. Antes de la llegada de una nueva ola, se aúpa a las rocas, alejándose del lugar donde rompen las olas.

Encaramada al arrecife, Anna ve cómo su tabla es arrastrada por una ola que rompe estrepitosamente. Corre a recogerla. Después se da cuenta de que tiene algunos cortes en los pies, por andar sobre la superficie arisca sin protección de calzado. Piensa que, posiblemente, ese delfín le ha salvado la vida, pues de haber seguido sobre la tabla, se habría estrellado contra el amasijo de esqueletos de pólipos que constituye el arrecife.

En realidad, Anna no está segura de que esta barrera sea un auténtico arrecife. Si lo es, es desde luego sólo un pedazo delante de la isla que ha visto, y que ahora queda oculta. Enseguida otra cosa atrae su atención: los niños del arrecife la están observando. Son de raza melanesia, como la mayoría de los habitantes de las islas Fiji, pero en altura ninguno le llega hasta la cintura. Y no son niños.

Ella no quiere creer a sus propios ojos, pero es cierto: se trata de enanitos. Prueba a decir las tres palabras que ha aprendido en fijiano: "bula", que es hola; "yadra", que es buenos días; y "vinaka", que igual sirve para pedir un favor que para dar las gracias. Pero los hombrecillos no comprenden ninguna de estas palabras. Anna tampoco comprende lo que dicen los enanitos. Se imagina que hablan algún idioma oceánico semejante al fijiano.

Después de un rato, se pregunta si estos hombrecillos no comprenderán los sonidos de los delfines. Piensa que podrá comunicarse con ellos usando el silbato que lleva colgado a su collar de conchas en el cuello. Hace un sonido que se asemeja a un simple saludo de los delfines, y prueba a ver si funciona. Los hombrecillos parecen comprenderlo. Empiezan a juntarse en torno a Anna más y más enanitos.

Todos son ligeramente barbudos, llevan cubierta la cabeza y el cuerpo con algas secas, más o menos tejidas, y con grandes conchas. no hay entre ellos ninguna mujer. No son enanos al estilo de algunos cuentos, como hombres pequeñitos, sino auténticos enanos, deformes. Una especie de pigmeos melanesios, realmente minúsculos.

Anna trata de persuadirles de que es amiga suya y de que no quiere hacerles daño. Les dice su nombre, y pregunta a los hombrecillos dónde se encuentra. Por gestos, le explican que ésta es su isla, pero no saben dar más datos. Así que se sube al arrecife, para observar la isla. Intenta adivinar dónde puede estar. Las islas Fiji son más de trescientas, y sólo una tercera parte está habitada. ¿Será posible que aún exista una isla completamente abandonada y que nadie sepa de la existencia de estos enanitos?

Aunque está convencida de haber hecho un descubrimiento extraordinario, Anna piensa en lo preocupadas que estarán sus amigas: “Ha pasado un día entero. Me estarán buscando por todo el archipiélago o ya me habrán dado por muerta”, se dice. Lo peor es que la noticia llegará pronto a sus padres. Los dos son ya mayores, aunque no ancianos, y ella es el único de sus hijos que aún vive con ellos. “¡Si pudiera evitarles ese disgusto! Tengo que encontrar enseguida la forma de salir de aquí y volver a la civilización”, piensa, mientras mira a los hombrecillos: “a la civilización de donde vengo”.

Así que se dispone a lanzarse de nuevo al agua, para explorar la isla, que está unos cien metros más allá del arrecife o escollo donde viven estos curiosos hombrecillos. Pero enseguida éstos arman un gran griterío y tratan de detenerla. “¿Por qué no quieren que vaya a la isla? ¿Habrá algún animal peligroso?” La respuesta llega enseguida. Con gestos y palabras, los hombrecillos le explican que en la isla hay un hombre. ¿Un solo hombre? Parece que sí. Un hombre que seguramente ha llegado después que ellos, y al que tienen miedo. Parece que por eso viven en el arrecife: huyen de ese hombre.

Anna observa que los hombrecillos se llaman a sí mismos "feganuhé". Los pequeños feganuhés podrán vivir, si quieren o no tienen más remedio, en el arrecife. Pero Anna no: las olas golpean continuamente contra la barrera, y apenas hay dónde resguardarse. Tiene sueño, hambre y sed, y allí no hay nada de comer ni de beber. Además, está descalza. Así no puede andar sobre esa arisca superficie. Ni siquiera se ha puesto su reloj, que tiene la correa rota, así que no sabe ni la hora.

De los delfines no hay ni rastro. "Si aparecen", piensa Anna, "trataré de que me devuelvan a la isla de origen. Pero no puedo esperar, ni tampoco confío en que quieran hacer el viaje de vuelta. ¿A que distancia estaré de Gau?", se pregunta. A toda velocidad, un delfín puede nadar a treinta kilómetros por hora. Arrastrándola a ella con su tabla, aunque fuera turnándose —y a veces, hasta dos delfines juntos tiraban de la cuerda—, no pasarían de los veinte kilómetros por hora. Pero han nadado durante todo el día anterior y seguramente buena parte de la noche. En línea recta, podía estar a más de 200 kilómetros de la isla de Gau... Por supuesto, una distancia imposible de hacer nadando o navegando sobre la tabla de surf.

Entonces piensa en el hombre que vive en la isla: “Puede ser mi salvación. Quizá él sepa a qué distancia se encuentra la isla habitada más cercana. Al menos, tendrá una idea de dónde estamos. Sabrá con qué frecuencia pasan por aquí barcos o aviones. A lo mejor hasta tiene una radio y puedo dar señales de vida enseguida”.

Animada ante esta perspectiva, Anna pide a los feganuhés que la dejen en paz, porque de todos modos quiere ir a la isla. Los hombrecillos se ponen muy nerviosos. Ella se dirige al que parece ser el jefe, un anciano de pelo cano. Éste es el único que se mantiene en calma, habla en tono serio y severo. Los demás lo llaman "Mua", y cuando hablan con él lo hacen con gran respeto. No le miran a la cara, sino que agachan ante él la cabeza y miran al suelo.

"Mua" está sentado en el interior de una cavidad que parece ser el principal albergue de los feganuhés. Ahora se acerca hasta Anna. Ella se da cuenta pronto de lo que para los feganuhés significa este personaje. “Será mejor actuar como los demás”, piensa. Así que hace una reverencia y mira también al suelo. Pero de esa forma no comprende nada de lo que el anciano Mua le dice, pues se entienden sobre todo por gestos. De modo que procura fijarse en los gestos del jefe sin mirarle a la cara, y cuando habla o gesticula ella, lo hace mirando al suelo.

Mua se sienta delante de Anna, y ella comprende que debe hacer lo mismo. Por la dureza del asiento, no hay mucha diferencia entre estar sentado o de pie. El anciano atiende a los argumentos de Anna sobre su deseo de ir a la isla. Parece comprender. Anna se tranquiliza.

El jefe trata de explicarle algo sobre la isla, sobre el hombre que la habita y sobre los propios feganuhés. “Después de todo, aunque estos hombrecillos no puedan ayudarme a volver”, se dice Anna, “lo menos que puedo hacer es tener paciencia con ellos y escucharles. Porque si algo conocen bien es esta isla, y su experiencia me puede ser muy útil. Aunque ellos son tan distintos...” Así que pone toda su atención en el relato gesticulado del anciano.

La historia que deduce Anna del relato del anciano Mua es la siguiente: la isla de los feganuhés se llama Salmafua. Mua es el nombre genérico de los jefes, pero también el nombre de cada jefe. Los feganuhés viven desde siempre en Salmafua, bajo el mando de un mua. “Siempre” es un decir, porque no parece que los feganuhés cuenten el tiempo. Su única referencia son los mua: hay cosas que pasan bajo el mandato del actual mua, otras con el anterior, o incluso con el anterior al anterior. De ahí para atrás, es tiempo inmemorable.

A partir de la llegada del hombre grande, cambia la vida de estos hombrecillos. Mua hace ver con sus gestos que este hombre es tan grande como Anna. Pero no es igual que Anna: Mua la señala a ella, y dice: “haihani”. Luego señala a la isla, y dice: “haihé”. Así que ella es haihani y el hombre haihé. Aunque Anna-Haihani tiene prisa por ir a la isla-Salmafua y conocer al hombre-haihé, le entra curiosidad por saber si hay mujeres-haihani como ella entre el pueblo de los hombrecillos feganuhé. El jefe Mua le explica que sí existen, pero que no son mujeres-haihani como ella, sino feganuhani.

Anna se da cuenta de la diferencia en la terminación: feganu-hé para los hombres, feganu-hani para las mujeres. Por otra parte, ella es hai-hani y el hombre de la isla hai-hé. “Está claro”, piensa, “los hombres se llaman hé y las mujeres hani: los hombrecillos pequeños son los feganuhés, las mujeres son feganuhanis. Así que feganu debe significar pequeño, o simplemente el nombre de este pueblo. En cambio, hai debe significar los demás hombres o los hombres grandes, ya que el hombre de la isla es haihé y yo soy haihani”.

Anna-Haihani sigue escuchando el relato del jefe Mua, que le explica cómo los feganuhés ya no viven en la isla porque el haihé es su enemigo. “Raksaa-haihé” repite el jefe Mua. “Así que el hombre de la isla tiene un nombre propio: Raksaa. Raksaa-haihé es enemigo de los feganuhés, y los pequeños hombrecillos ahora viven en el arrecife”, deduce Anna-Haihani de todo lo hasta ahora explicado por Mua.

Al hablar de las mujeres-feganuhani, el jefe Mua señala al mar, indicando que viven allí. “Seguramente las habrán puesto a salvo en alguna isla o islote cercano, en espera de mejores tiempos”. El jefe Mua explica a Anna-Haihani que Raksaa no sólo persigue a los feganuhés en la isla, sino que también después de haber abandonado Salmafua, los busca en el arrecife y los mata. Por eso las mujeres-feganuhani y los hombres-feganuhé viven escondidos.

Desde que viven en el arrecife, sigue contando Mua a Anna-Haihani, los hombrecillos feganuhés son amigos de los delfines, a los que llaman anasi. A Anna le resulta fácil de recordar el nombre, por parecerse al suyo. Los feganuhés no cazan a los delfines —entre otras cosas, son demasiado grandes para que puedan capturarlos—, y ahora los delfines-anasi les ayudan: les traen pescado. “Así que quizá por eso entendían el significado de mis pitidos”, se dice Anna-Haihani.

Una vez terminada la triste historia de los feganuhé, Anna-Haihani vuelve a la realidad: lleva más de un día perdida en el Océano Pacífico y le urge volver a la isla de donde viene. Sin una ayuda extraordinaria, la empresa parece casi imposible: y sólo quedan unos días para la fecha de su viaje de vuelta a casa. Sobre todo, Anna piensa en sus padres y hermanos, en lo que para ellos puede suponer que la den por perdida...

Pero en ese momento los hombrecillos le ofrecen... ¡comida!. Después de más de un día sin probar bocado, es algo de agradecer. Marisco y pescado fresco: como recién salido del mar. Los feganuhé pescan entre los recodos del arrecife. También comen corales, según explica el jefe Mua a Anna-Haihani: pero hay corales comestibles y otros venenosos, así que, Mua le advierte que no los coma sin preguntar antes si son comestibles.

Además, para recoger coral vivo hay que bucear, y eso es tan peligroso entre la barrera y la isla, como fuera de la barrera. Entre el arrecife y la isla, existe el riesgo de ser visto y cazado por Raksaa. El mar es peligroso por el oleaje: salir de la barrera no es difícil, y los feganuhé tienen pequeñas balsas con las que pueden hacerlo. Pero lo difícil es volver, ya que el oleaje rompe contra la barrera, e incluso los más expertos pueden salir mal parados. No es raro que estas excursiones acaben en tragedia.

Así que los feganuhés salen al mar sólo lo imprescindible, y normalmente nadando, para bucear después. Pero tienen otro problema: no son buenos nadadores, y por su forma rechoncha flotan demasiado, así que apenas pueden bucear un par de metros. Aquí es donde reaparecen los delfines-anasis. Desde que los feganuhé viven en el arrecife, con frecuencia les ayudan echándoles pescado en unas cestas que llevan los feganuhés cuando salen de pesca.

Tras atender a las disertaciones del anciano Mua, Anna-Haihani vuelve a tratar el tema de su viaje a Salmafua. Para su sorpresa, Mua no le niega su permiso, pero le pide una cosa y le advierte otra. Le pide que no desembarque en la isla frente al punto en el que están: debe salir por un extremo de la barrera y luego nadar o andar hasta el otro extremo de la isla: precisamente allí tiene su guarida Raksaa.

La advertencia, que repite varias veces, es: "Raksaa igkai-haihé". Al decirla, se tapa la cara con las manos. Señalándola a ella dice: "Haihani", después se señala a sí mismo, y dice: "Mua-hé, igkai-haihé"; luego a sus congéneres, y dice: "feganuhé, hé, igkai-haihé". Siempre se tapa la cara al decir "igkai". Si ya hasta ahora resulta complicado entender al anciano Mua, con esta explicación casi consigue marear a Anna-Haihani. Lo único que parece claro es que igkai es una negación: ella no es un hombre pequeño ni un hombre grande, es una mujer grande. Mua es un hombre pequeño-hé, y sus congéneres son los feganuhés, no son haihés.

Una vez que Anna ha comprendido que igkai es una negación, Mua señala a la isla: "Raksaa igkai-haihé", dice, cubriéndose una vez más con las manos. Luego la señala a ella: "Haihani, igkai-haihé, igkai-hé", y por último vuelve a señalar a la isla: “Raksaa igkai-hé, Raksaa igkai-haihé", siempre con la cara tapada al decir "igkai". Así que parece que Raksaa no sólo no es un hé, un hombre pequeñito, como tampoco lo es ella. Mua dice “igkai-haihé”, o sea, que Raksaa no es un hombre grande haihé. “Se ve que para entendernos, al principio me dijo que era como yo, un haihé, pero parece ser que hay algo más”.

En ese momento, se acerca uno de los feganuhés al que Mua ha llamado. Hablan y después el hombrecillo se aleja. Mua se vuelve a Anna-Haihani gesticulando y diciendo: “Raksaa, Raksaa”. Por los movimientos de brazos que hace, se ve que Raksaa es grande, debe tener pelo largo y un aspecto terrible. Después Mua lanza un fuerte rugido, y el hombrecillo con el que habló antes, que se ha encaramado al arrecife, se tira rodando hacia abajo para quedar inmóvil junto al agua.

Haihani está impresionada por la demostración, y comprende que Raksaa tiene un arma de fuego. “Tendré cuidado —piensa—, pero confío en que no esté tan loco como para disparar a una persona de su raza”... ¿De su raza? En fin, si los feganuhés dicen que la principal diferencia con ella es su agresividad y el tener un arma, es que debe ser un hombre blanco. O quizá un polinesio...

Anna-Haihani agradece las advertencias de Mua y se pone en marcha, con su tabla. Anda hasta llegar al extremo del arrecife. Luego echa la tabla al agua y, apoyada en ella, empieza a nadar. El oleaje es más suave, gracias a la protección que ofrece por esa parte la barrera. Por primera vez puede admirar el agua cristalina, que deja ver un fondo con corales. Se queda como ensimismada. Casi olvida que está en una isla perdida. Le parece tan acogedora, que le gustaría quedarse. Pero no, tiene que encontrar la forma de volver.

La isla es realmente pequeña. Remando sobre la tabla, en dirección opuesta al lugar de donde viene, Anna-Haihani recorre dos o tres kilómetros de costa hasta llegar a una micro-ensenada. Parece ser el lugar indicado por Mua para encontrar a Raksaa. Mientras llega, pide en voz alta: “¡Dios mío, que tenga una radio!” Aunque percibe la hermosura del entorno, su nerviosismo ya no le permite disfrutar de ella.

Por fin toma tierra sobre una pequeña playa, donde hay más arena que en la costa opuesta, ya que aquí rompen las olas con más fuerza. Clava en vertical su tabla de surf, para hacerla visible y empieza a gritar: “¡Hola! ¿Hay alguien ahí? ¡Ayuda!” Lo hace en todos los idiomas que conoce. Supone que alguno de ellos le será familiar a Raksaa. “¿Está usted ahí? ¡Por favor, necesito su ayuda!”

No hay respuesta. La isla es pequeña: le parece que esta costa es la más extensa. Aún sin dar la vuelta entera a Salmafua, es relativamente fácil ver el mar al otro lado: la isla apenas tendrá uno o dos kilómetros de profundidad en sentido paralelo al de esta costa. Pero quizá tenga que adentrarse en ella si quiere que Raksaa oiga sus gritos. Antes de hacerlo, extrae de la bolsa de su traje de neopreno una cajetilla de tabaco y un encendedor. Aunque no fuma mucho, también sin fumar lleva más de un día, y además está nerviosa. “Vamos a darle un poco de tiempo a Raksaa”, se dice, y enciende un pitillo.

Mientras tanto Anna-Haihani contempla la hermosura de la isla. No es muy destacable, pues en esta zona todas las islas son bonitas. Pero tiene el encanto de lo pequeño. “¿Será realmente posible que esta isla no haya sido nunca descubierta? Imposible. Simplemente tiene que ser una isla que no resulta interesante. No debe haber agua”. Anna recuerda que hay zonas del archipiélago que están prohibidas al turismo. Lamentablemente, no recuerda en qué parte de las islas estarán esas zonas. “O sea, que no sólo hay islas deshabitadas, sino que quizá hay algunas por las que nunca pasa nadie... Pero no puede ser que no hayan sido descubiertas”.

Terminado el pitillo, Anna se decide a dar unos pasos. Enseguida termina la caleta arenosa, para dar paso a la vegetación, que por otra parte no es muy exuberante. Hay algunas palmeras. Una parte de la isla, muy cercana, es más alta: Anna se dirige allí, pensando que así verá mejor. Allí encuentra restos de comida: raspas de pescado. Huele muy mal. Hay muchos palos, que forman una especie de cabaña ruinosa. Raksaa parece ser un personaje realmente extraño.

Anna-Haihani no oye más que el murmullo del mar. También canta algún pájaro. Pero, de repente, se oyen unos rugidos. Y cerca. Anna se asusta, e instintivamente, echa a correr hacia la playa. Agarra su tabla y se adentra un par de metros en el agua. Después se vuelve para observar. Todavía puede oír algunos rugidos.

Por fin ve una figura detenida junto a una palmera. Hay un rato de silencio. Luego, Anna se decide a hablar: “¡Hola! ¡Necesito su ayuda!” Lo repite en varios idiomas. Al principio no hay respuesta. El hombre se agacha, o se esconde tras la palmera.

Anna insiste en sus llamadas y el hombre reaparece. Da unos pasos hacia delante. Ella puede verlo: tiene un pelo castaño, enormemente largo y descuidado, que le tapa la cara y parte del cuerpo. Se diría que hasta la cintura. No va vestido, pero tampoco desnudo: va cubierto con algo que no tiene apariencia de ropa.

“¡Hola! ¿Puede usted ayudarme? ¡Por favor! ¿Sabe dónde hay una isla habitada?” Es todo lo que Anna consigue articular en medio de su nerviosismo. De nuevo trata de decirlo en varias lenguas. El hombre avanza lentamente y parece ir murmurando algo. Pero no son palabras, sino gruñidos. Cuando está a unos cinco metros, de nuevo se detiene. Sigue gruñendo, en un tono más alto, como si reprochara algo a Anna o le molestara su presencia.

Ella traga saliva y vuelve a interpelarlo: “Hola, me llamo Anna. ¿Es usted Raksaa? Por favor, ¿puede ayudarme?” Anna se acerca casi hasta la orilla, muy despacio. El hombre está a sólo unos tres metros. A pesar de ello, Anna no puede ver su rostro: su aspecto es realmente siniestro.

Raksaa lanza entonces un fuerte grito, que deja paralizada a Anna. Se abalanza sobre ella, dándole un empujón que la tira al agua. Anna grita desconcertada. El hombre la agarra, y la zarandea, pero no se ha tirado al agua. Aún sin reponerse del susto, Anna tiene suficientes reflejos para dar una fuerte patada a Raksaa, que cae al agua. Mientras el hombre chapotea para levantarse, ella se lo quita de encima, agarra su tabla y se adentra lo más rápido que puede en el lago. Cuando el agua le llega a la cintura, lanza la tabla adelante y sigue nadando.

Al principio, nada sin mirar atrás. Luego, oye los gritos de Raksaa, y se da cuenta de que no la persigue. Así que se vuelve para mirar. Raksaa está en la orilla dando gritos y haciendo aspavientos. No la va a perseguir. Pero Anna recuerda que Raksaa tiene un arma, así que opta por alejarse del lugar mirando de vez en cuando para ver si el hombre la sigue.

Raksaa permanece inmóvil hasta que Anna lo pierde de vista. “¡Ahora sí que no hay modo de salir de aquí! Estoy perdida, ¡perdida!” Anna piensa en su familia, y en sus amigas, que ya la darán por muerta. Llora de pena y porque se ve desamparada. “Todo está perdido. No hay modo de volver”. Lo más que puede hacer es acogerse a la hospitalidad de los feganuhés.

Entre las penas y el llanto, Anna tarda mucho en llegar al refugio de los feganuhés. Pero no es sólo una cuestión subjetiva: apenas avanza porque parece ir contra una corriente. Así que, para evitarla, se acerca todo lo que puede a la isla. Termina por desplazarse entre la isla y las olas, donde el agua está en calma. Por último, cuando ya le protege la cercanía del arrecife, vuelve a adentrarse en el mar, remando hacia las rocas. Calcula que el viaje de vuelta dura unas tres horas, como el doble que el de ida. Está muy próxima la puesta de sol y en esta latitud cercana al Trópico de Capricornio la noche llega casi de repente. De pronto oye que alguien la llama: “¡Haihani, Haihani!” Levanta la vista y ve a varios hombrecillos sobre el arrecife.

Los feganuhés se arremolinan en torno a Anna. Ella se tapa la cara, para que no la vean llorar. Aparece el anciano Mua y dispersa a los demás hombrecillos. Anna ve que se alejan, pero no demasiado: siguen mirándola, con pena. Esto le supone cierto consuelo. Pasado un rato, se calma y piensa que no debe llorar, pues entristece a los feganuhés: “También ellos tienen a sus familias lejos y debe darles pena. No es bueno que se lo recuerde”. Así que por fin se incorpora y trata de sonreír.

Los feganuhés reaccionan enseguida. Sonríen y se ponen en movimiento. Le traen comida y Haihani lo agradece. Comen otra vez pescado, marisco y coral. Los feganuhés hablan constantemente, como para distraer a Haihani, aunque ella no entiende nada. A diferencia de la otra vez, no se esfuerzan por hacerle comprender lo que dicen, ni tampoco le preguntan nada. Anna-Haihani supone que imaginan lo que ha pasado. También ellos quieren que olvide a Raksaa, a quien no mencionan para nada.

Al terminar de comer, Mua indica a Haihani que le siga al interior de la oquedad. Ella lo hace y ve que hay una especie de lecho de algas secas. Mua le hace señas para que se acomode y duerma. Haihani se tumba sobre el lecho, relativamente mullido, y da de nuevo las gracias. Emplea para ello un sonido alegre de los delfines. Al ver la palabra que ellos repiten al oírlo, descubre que “gracias” se dice “noaia”. La palabra se acompaña con un gesto: una inclinación de cabeza semejante a la que se usa para hablar con el jefe. Así que también ella repite muchas veces “noaia”, y ve cómo los feganuhés se ponen contentos.

La temperatura es agradable también de noche, así que los feganuhés se cubren durante el sueño con simples algas secas, en el mejor de los casos. Haihani lo hace así, y ve que los feganuhés se retiran, discretos y satisfechos. Sus pensamientos vuelven a la familia y los amigos lejanos, pero al mismo tiempo en su corazón siente un gran alivio por la acogida que le han dado los feganuhés.

“¡Qué maravilloso es que existan los feganuhés! Y pensar que nadie sabe de ellos... Como si hubieran sido creados para mí”. Anna-Haihani se da cuenta de que puede dar la vuelta a ese argumento: “O que yo he sido creada para ellos. Qué tontería: todos hemos sido creados para todos, y al mismo tiempo, cada uno es un mundo en sí mismo. Pero ahora yo me veo forzada a estar con los feganuhés, y por otra parte, qué alegría me da. No serían mejores si me los hubiera imaginado yo.”

De nuevo le viene la preocupación por quienes ahora sufrirán pensando en ella: “¿Qué puedo hacer? Comunicarme con ellos es imposible. Me da pena que sufran, pero yo estoy en buena compañía, y ya veremos si las cosas se pueden arreglar. Lo que puedo hacer es esperar que alguien les alivie su pesar, ya que el mío lo alivian los feganuhés... ¿Por qué no serán todos los hombres como los feganuhés?”

“¿Quiénes son realmente los feganuhés? Son hombres, está claro, ángeles no son. Comen como los demás, tienen miedo de Raksaa, pueden morir, tienen familia, ríen y lloran... ¿Qué más da quiénes sean? Ellos ya me han ayudado en lo posible. Raksaa no está dispuesto a poner nada de su parte. Así que ahora me toca a mí hacer algo por los feganuhés... Está claro, mi problema, salir de aquí, ha pasado a segundo plano. Debo ayudar a los feganuhés con su problema —Raksaa—, y después veremos cómo se arregla lo mío.”

Así de pronto convierte Anna su extravío en una aventura. Tiene motivos para enfadarse con los delfines, pero, como está acostumbrada a ver en ellos signos de inteligencia, intenta ver un sentido en este largo viaje: “Me trajeron para ayudar a los feganuhés y yo lo que hago es tratar de marcharme. O sea, lo contrario de lo que quieren los delfines. Algo habrán intuido que puedo hacer por los feganuhés. Y lo deben ver muy claro, porque si no, ¿cómo me habrían traído de tan lejos? Por una vez, tendré que confiar en los delfines y hacer lo que ellos quieren. Pero, ¿qué puedo hacer yo exactamente por los feganuhés?”

El cansancio de dos días sin dormir y las emociones de la jornada no dejan a Haihani seguir meditando. Mientras tanto, los feganuhés, fuera, procuran no hacer ruido, pensando que Haihani duerme. Y efectivamente se duerme. Un sueño tan largo que, cuando termina, el nuevo día ya está en plena carrera.

Al despertar, Haihani ve que luce un espléndido sol. Sale de la cueva, después de haber recompuesto como puede las algas del lecho. Afuera, se encuentra de nuevo con comida. Hay pescado y fruta: una especie de coco. Haihani cae en la cuenta de que los feganuhés se acercan  hasta la isla para conseguir la fruta. “¡Qué sorpresa! Tanto que me insistían en que yo no fuera a Salmafua ¡y ahora son ellos los que van a la isla!”

Haihani repite “noaia” e inclina la cabeza para dar las gracias por las atenciones que los feganuhés tienen con ella. Ellos usan esta palabra continuamente como fórmula de cortesía. El saludo de llegada o despedida —“hola” o “adiós”— es muy parecido: “noai”. Anna tiene la mosca detrás de la oreja y pide entrevistarse con Mua para que le explique cómo es que los feganuhés van a la isla.

Mua se muestra muy reservado en la entrevista. Haihani le mira a la cara, como reprochándole que le haya engañado, y observa que Mua ya no habla con tanta seguridad como antes. Está apurado y como avergonzado. De los gestos del anciano, Haihani deduce que Raksaa no está siempre acechando a los feganuhés. No es que haya una tregua, pero el trágico juego de guerra entre uno y otros parece estar sometido a ciertas reglas.

Aunque Raksaa vive habitualmente en el otro extremo de Salmafua, necesita de los feganuhés para sobrevivir. Es perezoso, parece que no es capaz ni de pescar. Probablemente es un caníbal. Pero, quizá porque sabe que no hay un número infinito de feganuhés —sobre todo desde la huida de las feganuhanis con los niños—, o quizá porque no tiene munición suficiente para su arma de fuego, o porque hasta la caza de feganuhés le da pereza, el caso es que recurre a la violencia sólo de vez en cuando. Esto es lo que deduce Haihani.

Parece que Raksaa tiene siempre esclavizados a algunos feganuhés —dos o tres, un número que pueda controlar sin mucho esfuerzo—, que pescan para él. Cuando éstos se escapan o mueren por los malos tratos que les da, Raksaa vuelve al arrecife en busca de nuevas víctimas.

Mua indica a Haihani que le siga. Caminan un rato por el arrecife hasta llegar a una oquedad que está en el centro de la formación coralina, que allí es más amplia: tiene casi unos diez metros de anchura. El agujero tiene un par de metros de diámetro y está ligeramente más cerca de la parte que da al mar que de la que da a la isla. Haihani observa que las paredes de la oquedad están alisadas superficialmente y que hay signos grabados en ellas.

Hay varias hileras de círculos que dan la vuelta a la oquedad. Por los gestos de Mua, Haihani comprende que ahí está escrito el calendario y la historia de los feganuhés. “Así que no es cierto que no cuenten el tiempo”, se dice. Los círculos grabados en la pared representan a la luna, ya que, al señalarlos, Mua hace un gesto de dormir y señala al cielo. Al lado del jefe, hay otro hombrecillo, al que Mua da instrucciones: el feganuhé se pone a grabar algo en la pared, con ayuda de una piedra afilada a modo de cincel y de otra que le sirve de martillo.

Haihani observa que las lunas están más juntas y toscamente dibujadas al principio, y conforme se avanza de izquierda a derecha, hay un hueco mayor entre ellas y más signos. Haihani pregunta dónde está señalada la llegada de Raksaa, suponiendo que será en las primeras lunas.

Por lo que Mua responde, Haihani entiende que en algún lugar de Salmafua hay otra piedra con la historia de los feganuhés hasta la llegada de Raksaa. Las marcas escritas en esta oquedad sólo reflejan lo sucedido desde que están en el arrecife. Haihani tiene curiosidad por contar las lunas: son 52. Ella no recuerda exactamente cuánto dura una luna, pero piensa que son treinta días, o sea, aproximadamente un mes. Eso quiere decir que los feganuhés llevan en el arrecife... cuatro años y tres o quizá cuatro meses. "Raksaa debe llevar más tiempo en la isla —imagina Anna—, puesto que enfrentarse a los feganuhés no fue seguramente lo primero que hizo nada más llegar".

Mua señala a Haihani algunos signos importantes marcados en el calendario. Desde la tercera o cuarta luna después de la llegada al arrecife, hay una serie de signos que se repiten. Como Mua habla de las feganuhanis, ella supone que los signos indican la marcha de las mujeres y los niños a otra isla. “Así que no se fueron de golpe, sino progresivamente. Será que los feganuhés no tenían barcos suficientes. Debían ser un pueblo numeroso”. Después, cada cierto tiempo, aparecen signos horizontales que, por los gestos de Mua, ella entiende que representan la muerte de un feganuhé. En los últimos dos años del calendario, estos signos se mezclan con otros verticales, que parecen señalar a los feganuhés apresados por Raksaa. Hay otros signos que Haihani no logra descifrar, por mucho que Mua trata de explicarle.

El amanuense está tallando algunos signos y Haihani los observa. Ve que, entre las lunas del último año, los feganuhés señalan también los días. Efectivamente, son unos treinta entre luna y luna. Observa también que existe cierta regularidad entre las capturas: Siempre hay un espacio de por lo menos dos lunas entre ataque y ataque de Raksaa. En los últimos tres ataques, es decir desde hace más de medio año, no hay ninguna raya horizontal: sólo dos o tres rayas verticales. Eso quiere decir que Raksaa tiene cuidado de no matar a los feganuhés, y se lleva a un par de prisioneros a su servicio.

Haihani hace notar este punto a Mua, quien efectivamente se da cuenta de lo que ella le quiere decir. Una vez más, el jefe se muestra reservado y como avergonzado. “Raksaa no es tan peligroso como ellos me hacían creer... O por lo menos, se da cuenta que ya van quedando menos feganuhés y de que su situación no puede durar eternamente. A lo mejor está pensando en la forma de poner fin a esta guerra y los feganuhés no le hacen caso... No, no puede ser, si quisiera hacer las paces no los apresaría. Lo menos que podría hacer sería tratar de aprender a pescar por su cuenta y dejar en paz a los hombrecillos.”

Anna trata de preguntar a Mua si no piensan hacer las paces con Raksaa. Lo nota muy evasivo. “Se ve que simplemente están esperando a ver si se muere. ¿Y por qué no lo matarán? Al fin y al cabo, no les sería tan difícil, por la noche... Tienen piedras afiladas, como ésta de aquí...” De nuevo interroga a Mua y no hay respuesta. Ella se queda con la impresión de que los feganuhés son algo cobardes: “¿No se dan cuenta de que, antes de que muera Raksaa, habrán muerto todos ellos?”

El amanuense dibuja algo detrás de la última luna. Un par de puntos: el último punto no tiene nada de particular. Pero bajo el primero, está dibujando algo ovalado. Entonces Mua se dirige a Anna y repite varias veces: “Haihani, Haihani”, mientras señala la figura. “¿Así que ésta soy yo?”, se pregunta. Recuerda que, efectivamente, la noche que se perdió era de luna llena, así que el primer día después de la luna es el día de su llegada. “Y el siguiente día es hoy. ¡Qué bien! Si quiero recordar cuánto tiempo llevo en la isla, bastará con que venga al calendario... Y con que recuerde cuál fue el día de mi llegada: fue el martes cuando me perdí. O sea, que hoy es jueves y 17 de agosto. Bien, pues llegué el 16 de agosto, miércoles. Va a ser un lío recordar los días del mes y de la semana. Tendré que buscar la forma de escribirlo también”.

Mua le hace gestos por los que Haihani entiende que la figura que está dibujando el amanuense no es propiamente ella, sino su tabla de surf. Luego se fija de nuevo en los signos y comprende la relativa tranquilidad de los feganuhés: no hace ni una luna de la última incursión, con captura de dos hombrecillos, por parte de Raksaa. Así que pueden estar por lo menos un mes tranquilos.

Después de la sesión de cronología, Haihani va con los feganuhés a Salmafua. Respecto al tamaño de la isla, lo que ve confirma sus impresiones anteriores. Ahora que puede orientarse, piensa que el arrecife está situado al noroeste, y que la costa baja hacia el lugar donde vive Raksaa, al sureste. También aquí se ve fácilmente “el otro lado”, así que la isla es estrecha: calcula que poco más de un kilómetro. Así que, por muy perezoso que sea Raksaa, el peligro de que ataque por sorpresa es realmente serio. El cálido sol tropical mantiene el aire y el agua de la superficie por encima de los veinte grados: si el agua estuviera más fría el, los corales no podrían vivir. Mientras ve a los feganuhés pescando entre la isla y el arrecife, ella se pregunta qué puede hacer por ellos.

Lo primero en lo que piensa es la ropa: los feganuhés no saben tejer. Se ve que es una labor de mujeres. Tampoco llevan calzado. Durante un buen rato, se dedica a buscar hojas secas de palmera y otros vegetales que puedan servir. Animales grandes no hay, y con la piel de los pájaros, si los supieran cazar, tampoco se podría hacer gran cosa. “Es curioso que haya pájaros aquí. No debe haber lejos alguna isla más grande. También quizá por eso ésta está abandonada... Aunque no desierta”, piensa Anna.

En el arrecife, Haihani consigue que los feganuhés le pasen espinas de pescados grandes, que puede usar como agujas. También le dan algunas piedras afiladas. De la isla se trae una roca plana, contra la que trata de escardar las algas secas para obtener hilos. Ante las miradas curiosas de algunos hombrecillos, prueba la resistencia de los materiales: desde luego, como calzado no valen, ya que las piedras y el coral los perforan. Pero los hombrecillos no saben lo que es el calzado y no lo echan de menos: tienen las plantas de los pies bien duras.

A duras penas consigue Haihani que algún feganuhé se deje tomar medidas para hacerle un traje. Durante la tarde, hace uno que consiste en una especie de camisa, más una faldilla-pantalón a base de pequeñas tiras de hoja de palmera unidas entre sí. El destinatario del traje no se lo quiere poner si no lo aprueba Mua. Llaman al jefe. Al principio se resiste, al ver a su súbdito vestido de esa manera, pero seguramente les recuerda los tiempos en que iban mejor vestidos —o eso le parece a Anna— y acepta. Ante la sorpresa de Haihani, Mua se pone el traje que le ofrece el feganuhé.

Ella se da cuenta de que sería una ofensa que el jefe vaya peor vestido que uno de sus súbditos. Aunque la diferencia no es mucha, el traje le queda un poco grande a Mua. Así que quiere tomar las medidas al jefe, para hacerle un traje de su talla. Después de tomarlas, se pone de nuevo a trabajar. Al atardecer, la faena está sin concluir, y Anna pide hablar con Mua.

Ella se ha dado cuenta de que el lecho donde durmió la pasada noche es el lugar que usan habitualmente algunos feganuhés. Le pregunta al jefe si alguna vez Raksaa les ataca de noche. A los feganuhés no les gusta hablar de su enemigo, así que Mua se retira con Anna a un lugar más apartado para continuar la conversación. No, Raksaa nunca ataca de noche. Haihani le dice entonces que quiere ir a dormir a la isla, ya que el arrecife le resulta muy incómodo, y además, si ella duerme allí, algunos feganuhés tienen que hacerlo al aire libre sobre las rocas.

De nuevo se resiste el jefe a aceptar, pero termina por hacerlo: le pide, sin embargo, que salga después de anochecido y vuelva en cuanto salga en sol. Y que no se adentre en la isla. Después de cenar, los feganuhés cantan en voz muy baja —“no querrán que les oiga Raksaa”—, y Haihani se despide de ellos. Ellos dicen “noai”, y ella “noaia”, pues aún no distingue bien el “adiós” —que se puede decir abriendo y cerrando la mano— del “gracias”, que se dice inclinando la cabeza. “De todos modos”, piensa ella, “también corresponde dar gracias, por tanto como les debo...”

Haihani llega a la orilla, y deja su tabla justo al lado del agua, pero a salvo de la pequeña marea. Avanza unos pasos hasta un sitio que ha visto por la mañana, y allí se acomoda, haciendo uso de más hojas de palmera. El traje de neopreno, que lleva habitualmente durante el día sobre su traje de baño, lo utiliza a modo de colchón, y para dormir se pone sobre el bañador el traje de surf, que no es de goma sino de tejido. Luego se cubre con las hojas.

Es su segunda noche en Salmafua: en realidad, la primera, tras una noche en el arrecife. Y, contando la noche pasada en el mar, es la tercera sin ver a sus amigas: de nuevo da gracias a Dios porque estén allí los feganuhés... ¿y Raksaa? Por lo menos, a diferencia del día anterior, le parece que no es tan horrible. O que al menos no es un monstruo imprevisible... ¿Quién sabe? A lo mejor puede ella tratar de conseguir una tregua entre los dos enemigos. “Sobre todo —piensa— pobres feganuhés, los que tiene esclavizados Raksaa. Si es un hombre, no es posible que no comprenda que eso es una barbaridad. ¿Qué le habrá pasado para llegar a ese extremo? ¿Por qué no trató de hacerse amigo de los feganuhés?”

Recuerda a su familia y a sus amigas: “Ya quedan sólo tres días para el viaje de regreso. Qué disgusto deben tener”. Si no fuera por eso, no le importaría mucho quedarse una temporada en la isla. De todos modos, parece claro que estará una temporada larga, por no decir indefinidamente. Pero concluye que, no por mucho preocuparse, se van a arreglar las cosas: “En fin, ojalá pudiera consolarles a todos un angelito-feganuhé”. Se imagina a unos angelitos soplándoles a sus padres y hermanos y amigas, que Anna está bien. Y no puede hacer más que confiar en que aquello suceda en efecto. Y lo hace hasta que el sueño vence de nuevo.

Los feganuhés madrugan más que Haihani por la mañana. La despiertan y ella les da los buenos días como ellos lo hacen: abriendo y cerrando la palma de la mano y diciendo “noai”. También traen pescado y algo de fruta. Claro que de ésta no hay mucha, y Haihani les advierte que no le traigan fruta, pues se da cuenta que es algo costoso para ellos. Se ve que, por Raksaa, saben que a los haihé les gusta la fruta, o que no les gusta tanto el pescado como a los feganuhés. Pero Anna, aunque sea haihani, quiere acostumbrarse a vivir como ellos.

Después de desayunar, Haihani toma sus útiles de trabajo y se marcha al arrecife, mientras los feganuhés siguen pescando. Comienza a trabajar en el nuevo traje para Mua. Pero entre manos se trae algo más y de nuevo pide hablar con el jefe. La idea que tiene Haihani es que, lo mismo que los feganuhés le traen a ella comida por las mañanas, podrían llevársela a Raksaa, y de esa forma tratar de ganárselo para que ponga en libertad a sus compañeros presos. Los feganuhés llaman “mama” a la comida, así que Anna le hace gestos de que quiere irse y dice: “mama, Raksaa”. “Igkai, igkai”, responde Mua, hincando la cabeza hacia el suelo, como suelen hacer al negar.

Haihani discute un rato con Mua: “Haihani igkai Raksaa”, dice inclinando también la cabeza, como para dejar claro que Raksaa no le cae simpático. “Mama Raksaa”, insiste, tratando de añadir por gestos que, si Raksaa recibe comida de ellos, es posible que deje en libertad a los feganuhés. La negativa de Mua es total, y Haihani nota que rehuye la conversación. No pretende forzar al anciano a discutir, así que vuelve a su trabajo de tejedora. A la hora de comer, observa el gesto serio de Mua. Tentada está de volver a plantear su propuesta, pero piensa que no debe hacerlo: el jefe es un personaje al que todos respetan, y con el que habitualmente no hablan si él no les dirige primero la palabra. Si realmente quiere mostrarse agradecida a los feganuhés por su hospitalidad, y comportarse como uno más, no puede transgredir esta regla.

Por la tarde, Haihani termina el traje para el jefe, y se lo entrega solemnemente. Mua sigue con rostro serio, y le da las gracias —“noaia”— sin más comentarios. Se prueba el traje, y todos parecen contentos del nuevo aspecto de su anciano mandatario. Haihani echa en falta, sin embargo, una sonrisa y una actitud más abierta por parte de Mua.

Aquella noche, al ir a dormir a la isla, Haihani tiene una actitud algo crítica hacia Mua e incluso hacia los feganuhés en general. “Son demasiado pasivos. Les falta iniciativa. ¿Y por qué el jefe tiene que ser tan serio e inaccesible? Así se pierde la oportunidad de que los feganuhés le hablen de lo que realmente les preocupa. ¿Tan importante es mantener la calma, como para a cambio alejarse de los problemas reales de su gente?”

Anna nota que surge en su interior incluso una acusación de falta de solidaridad: “¿Acaso no les importan las vidas de sus compañeros prisioneros? ¿Y sus propias vidas, las vidas de los que serán hechos prisioneros el mes que viene? ¿Y sus familias, no quieren hacer nada por volverse a reunir con ellos? Si tanto quieren a las feganuhanis ¿por qué no se fueron de la isla con ellas? Y si la isla es tan importante, ¿por qué no ponen fin al problema, liquidando a Raksaa, antes de que sean demasiado pocos?”

“No es justo juzgar así a Mua y a los demás”, piensa enseguida Haihani. “Yo lo veo desde el punto de vista de alguien que se quiere ir cuanto antes, y todo me parece fácil. Ellos lo ven con otra mentalidad: han estado aquí siempre y para ellos la isla es todo. Y no van a cambiar sus costumbres sólo porque una recién llegada se lo diga. Lo que yo veo como inercia también puede ser lo que la prudencia les ha enseñado durante siglos”.

“Yo no encajo en el papel que las mujeres deben tener en su sociedad. Claro que, ¿quién me lo va a enseñar, si aquí no hay ninguna feganuhani? No son gente a la que tengo que enseñar las cosas que yo sé, sino que más bien tengo que aprender a vivir como ellos. Les gusta que les haga trajes, pues ya se ve que ellos no saben tejer. Pero que las mujeres hablen y que intervengan en la toma de decisiones, es algo que no cuadra con sus costumbres”. Las estrellas van apareciendo en el cielo y el mundo real deja paso al de los sueños. “No estoy en un cuento. Los feganuhés no son los enanitos de Blancanieves. Tienen una forma de vida que yo no puedo cambiar de un día para otro. Y una cosa está clara: aquí son los hombres los que mandan. Sobre todo Mua”.

Mirando las estrellas, Haihani ve pasar un satélite: una luz que no tintinea, a diferencia de las de los aviones, y que cruza el cielo rápidamente. Más tarde aparece un avión: ve sus luces intermitentes y cómo avanza más despacio. Puede incluso oírlo. “Si hiciera fuego, quizá me verían”, piensa. “Pero tendría que pedir permiso a Mua para hacer fuego. Ellos no deben conocer más fuego que el del arma de Raksaa. Y no querrán que nadie los vea. Sin embargo, con los satélites, seguro que es posible que les hayan visto. ¿Quién sabe si no hay alguien más que conoce la existencia de los feganuhés? Y si los han visto, ¿por qué no dan publicidad al descubrimiento? ¿Acaso prefieren dejarlos en paz?”

“Quizá los feganuhés mantienen contacto con otras personas. Otras personas grandes, se entiende, aparte de Raksaa y de mí. Algún turista o algún destacamento militar habrá pasado por aquí. Pero no: seguramente los feganuhés prefieren ocultarse. Si vivían en la isla al llegar aquí alguna expedición, ¿cómo es que nadie ha visto sus chozas? A lo mejor no viven en chozas, sino en alguna cueva. ¿cómo harán para esconder sus canoas?” Hay muchas preguntas que Anna no puede responder.

“Con Raksaa aquí todo es distinto. Seguramente es un náufrago, o un aventurero. Quizá al principio, los feganuhés han tratado de esconderse. Pero Raksaa no es un visitante pasajero: sigue en la isla. Y han tenido que convivir con él. La cosa no ha funcionado. Probablemente, Raksaa se comporta como un jefe. O simplemente pretende enseñar algo a los feganuhés. Él tiene armas de fuego, quizá también sabe hacer fuego. Tiene un poder mucho mayor que el de Mua, y unos conocimientos con los que se debe sentir por encima de estos seres atrasados. Pero los feganuhés son libres y tienen su propia forma de vivir. Y no quieren que otro les imponga sus normas. Sólo hay un jefe, y ése no puede ser Raksaa. Sí, seguramente ése es el problema”. Una vez más, todo son conjeturas.

“Yo misma puedo ser un problema para los feganuhés. Un peligro para su forma de vivir. Porque vengo de fuera y mi principal preocupación es cómo salir de aquí. Pero para los feganuhés no hay salida. Para ellos, la isla lo es todo y el mundo exterior es algo desconocido a lo que temen”. Ellos no pueden ayudarle a salir. Es algo que ve claro. Pensar que le ayudarán los delfines es una ingenuidad. “Y Raksaa. Él tampoco quiere, o tampoco puede salir. Así que aquí sólo hay dos mundos. El de los feganuhés o el de Raksaa. El mundo exterior sólo aparece de casualidad, y no puedo vivir pendiente de una casualidad. En uno de los dos mundos tengo que integrarme. En Raksaa, mejor ni pensar. Y, por otra parte, parece tan difícil encajar en el mundo de los feganuhés...”

A Haihani le vienen unas lágrimas a los ojos. Llora pensando en su mundo perdido. Su familia, sus amigos, están realmente ahí fuera. Pero es mejor no pensar en ellos. ¿Realmente puede olvidarse de ellos? No, no puede olvidarlos, no debe hacerlo. De lo contrario, será como Raksaa: un hombre que vive para sí mismo, que vive solo. Si Anna vive como si estuviera sola, terminará como él. Pero tampoco puede ser del todo una feganuhani, porque realmente no es feganuhani.

En los suyos sólo puede pensar. Pero incluso pensar es inútil, porque es un pensar impotente. Anna recuerda un libro sobre la vida en un campo de concentración. El secreto para sobrevivir, según el autor es pensar en la tarea que a uno le espera fuera de su encerramiento forzoso. Así la vida tiene un sentido. En ese caso, quien espera al autor es su mujer: al menos, eso se imagina él, porque, cuando sale del campo, su mujer ya no vive.

“No es el pensamiento lo que me puede unir con mis seres queridos”, se dice Anna, “sino la oración. Dios sabe dónde estoy yo y dónde están ellos. Y lo que no puedo hacer yo, Dios sí lo puede hacer. Yo no me comunico con ellos, pero con Dios sí puedo hablar. Y ellos también. Y éste es nuestro único contacto: estamos realmente unidos, aunque ellos no sepan que yo rezo por ellos, ni yo sé cuándo ellos rezarán por mí. Pero seguro que lo hacen, incluso aunque piensen que estoy muerta.”

“Esto es algo más que un consuelo. También pensando se pueden consolar algunos, como el autor del libro. La diferencia es que la oración es una realidad, y el pensamiento no sale de uno mismo: puede equivocarse. En cambio, rezando puedo estar realmente en contacto con ellos... Aunque sea indirectamente”. Claro que hablar así de Dios, como si fuera de un teléfono estropeado, no le parece bien: “directamente, pero sin oírles ni verles...”

“Y además, Dios es también Padre de los feganuhés”. Anna recuerda un lema escrito sobre el portal de una casa: “unos por otros y Dios por todos”. “Los otros —se dice— son ahora para mí los feganuhés. Tengo que ocuparme de ellos, y Dios se ocupará de aquellos otros a los que no veo: mis padres, mis hermanos y amigos. Y también de mí. Así no terminaré como Raksaa”. Las lágrimas se han secado en la cara de Anna. Enciende un cigarrillo, con cuidado de que el fuego no se vea desde el arrecife. “Tendré que dejarlo. Esto no encaja con la forma de vida de los feganuhés. Y, sobre todo, no me quedan más que cinco pitillos”. Después, se rinde por fin al sueño.

Al levantarse con el nuevo día, a Haihani le vienen más y más ideas: ya que no quiere restablecer las relaciones cordiales con Raksaa, Mua podría al menos tratar de vigilarlo. Tres o cuatro feganuhés situados en los sitios por donde tiene que pasar Raksaa, bastan para dar la voz de alarma. De esta forma, se evitarían sobresaltos, y con un poco de organización, dejarán de caer prisioneros de Raksaa. Éste se verá obligado a dejar en paz a los feganuhés. Incluso, si no es capaz de sobrevivir por sí mismo, tendrá que pactar con ellos, pedirles ayuda o someterse a los feganuhés.

Mientras toma el desayuno, Anna piensa que no le sería difícil hacer un fuego con el que asar esos pescados. Ahora, pasada el hambre de los primeros días, nota el sabor amargo del pescado fresco y echa de menos la comida caliente. Pero no se atreve a hacer fuego: tendría que hablar con Mua. Además, el fuego es una demostración de fuerza que se puede malinterpretar. Quién sabe si la ruptura entre Raksaa y los feganuhés no se debe a un simple detalle como el de prender un fuego: un acto con el que el hombre grande se muestra superior al feganuhé. Algo que —reconoce Anna— es un peligro para la sociedad de los hombres pequeñitos.

La armonía y la felicidad de la pequeña comunidad de los feganuhés depende en buena parte de que se respete la autoridad del jefe. Y el jefe tiene que ser Mua, un feganuhé. No puede ser un haihé. El fuego y otros adelantos técnicos que puede proporcionarles el haihé no pueden pagarse al precio de perder su libertad, su forma de vida, y quedar esclavizados al hombre grande. Así que Haihani comprende la preocupación que sus propuestas suscitan en Mua.

Hace el propósito de no meterse donde no le llaman. Claro que muchas veces es su carácter impulsivo lo que le hace intervenir: ¡hay tantas cosas que podría enseñar a los feganuhés! Pero hay que ser prudente y guardar las formas, aunque a veces le parezca que las formas son demasiado rígidas.

Anna se ha propuesto también aprenderse los nombres de sus compañeros feganuhés. Son apenas una veintena; bien podría conocerlos en uno o dos días. Pero el diálogo hasta conseguir que los hombrecillos le digan sus nombres es difícil. Incluso Haihani no está segura de que haya una distinción entre el nombre que se dan y la función que desempeñan: en el caso de Mua no la hay.

De momento, esa mañana, mientras sigue tejiendo trajes, retiene los nombres de cinco feganuhés: Fisihé, Kelehé, Lamlamahé, Vevehé y Pulouhé. Los dos primeros se distinguen por el tono de su piel: Fisi es el de piel más clara y Kele el más moreno, aunque todos lo son. El tercero, Lamlama, es el más alto del grupo. Por último, Veve y Pulou hacen una pareja como el gordo y el flaco, o mejor dicho al revés, ya que Veve es ágil e inquieto y Pulou es el clásico gordo feliz. Claro que todos los feganuhés tienen un aire rechoncho, pero Pulou especialmente.

Mientras teje, ese día, Anna se fija en las redes que usan los feganuhés para pescar: están muy deshilachadas. “Cuando termine los trajes —se dice— me pondré a reparar las redes, si es posible, ya que es otro trabajo que tampoco he hecho nunca”.

Esa tarde, justo después de comer, hay un pequeño sobresalto: aparecen los delfines-anasi. Pero no vienen solos. Todos los feganuhés pasan al lado exterior de la barrera y observan inquietos. Los delfines arrastran una embarcación en la que vienen varios feganuhés. Anna piensa que puede ayudar en la difícil operación de desembarco, y hace gestos a Mua. El jefe comprende la propuesta, pero no autoriza a Haihani para que se lance al agua, incluso le hace gestos para que se retire. Anna obedece, aunque algo apesadumbrada.

Cerca ya del arrecife, los feganuhés que van en la embarcación saltan al agua. Desde el arrecife, les lanzan cabos y redes para que se agarren. Poco a poco, esquivando las olas, van llegando todos a tierra sanos y salvos. La embarcación, a la deriva, termina por estrellarse contra el arrecife, y los feganuhés corren a recogerla.

Los recién llegados son seis y se presentan a Mua y a los demás feganuhés. Cuando ven a Anna, se llevan una sorpresa que raya en el pánico, pero los demás les calman y Mua explica algo en tono solemne. Haihani oye decir su nombre, y supone que Mua les está explicando que no es peligrosa. Así que hace reverencias a los recién llegados y éstos le responden igualmente inclinando la cabeza.

Cinco de los viajeros son notablemente más jóvenes que los que Anna conoce, y otro más bien anciano, aunque no tanto como Mua. A éste también lo tratan con especial respeto, y lo llaman Mafua. Aparentemente, vienen de la isla o del lugar donde están las mujeres. Mafua se pasa largos ratos conversando con Mua, y después de la cena, con todos los demás. Anna oye pronunciar varias veces la palabra “feganuhani”, así que, piensa, de seguro, está contando las novedades del resto de la comunidad.

Los dos personajes importantes, Mua y el recién llegado Mafua, se marchan luego hacia la oquedad donde los feganuhés registran su historia. Anna supone que muchos de los signos que no comprende se refieren a las noticias sobre la vida de las feganuhanis. El resto de los hombres trabaja intensamente para reparar la embarcación. Anna supone que los viajes entre Salmafua y la isla o lugar donde están las feganuhanis deben ser periódicos, aunque seguramente no muy frecuentes. De seguro, estarán registrados en la roca de las inscripciones.

En cualquier caso, es un momento delicado, porque si Raksaa los ataca, puede aprovecharse de la inexperiencia de los recién llegados y capturarlos. O hacerse con la embarcación, que parece ser preciosa para los feganuhés. La embarcación tiene tres canoas en el centro y sendos flotadores a los lados. En total, cinco cuerpos longitudinales, unidos por dos barras: una delante y otra detrás. Una de las canoas está agujereada por el impacto contra el arrecife. Los flotadores están sueltos, y uno de ellos roto. Así que los feganuhés van a la isla —aunque a estas horas de la tarde no suelen ya salir del arrecife— y consiguen madera para hacer uno nuevo. Por lo que se ve, tienen madera almacenada el algún lugar, ya que es una madera especialmente seca, que flota bien. Aquella noche, los feganuhés siguen trabajando cuando Haihani se marcha a la isla para dormir.

Al día siguiente, Anna nota que los feganuhés no vienen a la isla, ni le traen comida. Están concentrados en su trabajo, reparando la embarcación. Ella se acerca al arrecife, pero los feganuhés no le dejan ayudar en la reparación. Se pone a trabajar en sus tejidos, un tanto entristecida, pensando que los pequeños hombrecillos apenas cuentan con ella. Y precisamente entonces oye que Mua la llama a su presencia.

Mua presenta a Haihani al otro feganuhé anciano que ha venido en la embarcación, Mafua. Precisamente al lado de ellos está la barca, ya reparada, y cargada con maderas. Haihani observa que algunos feganuhés llevan ropas nuevas, pero no las hechas por ella: los recién llegados han traído trajes de algas secas, y también nuevas redes. Anna supone que son obra de las feganuhanis.

Mua trata de explicar algo a Haihani, señalando hacia el exterior de la barrera del arrecife. Además de hablar de las feganuhanis, repite varias veces la palabra “motu”, así que Anna supone que así llaman al lugar donde están las mujeres. Parece que Mafua está haciendo preparativos para volver al lugar de donde viene, y ella sospecha que Mua le propone que vaya con él.

A ella no le hace mucha ilusión dejar Salmafua para ir a otro lugar desconocido. Ve a los delfines-anasis saltando en el mar fuera de la barrera, y supone que de nuevo son ellos la fuerza motriz que desplaza a los feganuhés de un lado a otro. Esto le da algo más de confianza, pues supone que, con los delfines, no van a correr mayores riesgos. Los anasis llevan la voz cantante en esta historia, pero Haihani se pregunta hasta qué punto puede dejarse llevar otra vez por estos animales.

Además, Anna piensa que, precisamente por los delfines está en Salmafua y no en el sitio donde están las feganuhanis: algo querrán que haga en esta isla. Por otra parte, recuerda que quien manda es Mua, y que es mejor hacer lo que él proponga. De hecho, no tiene más remedio, si quiere seguir en buena amistad con los feganuhés. A pesar de todo, un nuevo viaje hacia lo desconocido, no le resulta atrayente: ¿cuánto tiempo tendrá que estar en la nueva isla? ¿Será más grande o más pequeña que Salmafua? Una cosa es segura: no habrá más habitantes que estos pequeños hombrecillos. Y desde luego, de nada le valdrán allí sus brillantes ideas sobre cómo resolver los problemas entre los feganuhés y Raksaa.

Algo le resulta sin embargo interesante: si va a vivir en la isla de las feganuhanis, al menos estará entre mujeres. Seguramente Mua tiene razón: su puesto está con “las otras mujeres”, aunque, una vez más, sean tan distintas a ella. Así que, haciendo un esfuerzo para no exteriorizar lo poco que le apetece el viaje, se dispone a salir. Primero se acerca a la isla para recoger el traje de surf que usa como pijama, y ponérselo sobre el traje de neopreno.

Cuando vuelve, todos los feganuhés están reunidos en la parte exterior para despedir al anciano Mafua y a Haihani. Pulou y Veve, el gordo y el flaco, como ella les llama, están discutiendo como habitualmente. Pulou parece no querer acercarse para hacer una reverencia de despedida a Anna. Ella observa que el simpático gordito está llorando. Así que se acerca para ver qué pasa. Pero Pulou se da la vuelta, y se tapa la cara diciendo “igkai”. “De  modo que éste no quiere que me vaya”, piensa Anna, que también se emociona, viendo que los feganuhés tienen su corazoncito y a veces son como niños.

Al final, también Pulou se da la vuelta para despedirse, inclinando su cabeza. Haihani hace lo mismo, y luego se acerca al gordito Pulou y le da un beso. Ella misma se ruboriza un poco y mira de reojo a Mua, preguntándose si eso no está bien visto entre los feganuhés. Todos la están mirando, hay silencio y Mua está serio, pero no dice nada. Anna aprovecha para tomar rápidamente su tabla de surf. Mientras tanto, dice “noaia” a los feganuhés, que también lo repiten, aunque se sonríen por la confusión que tiene Haihani entre el gracias y el hola o adiós, que se dice “noai”.

Varios feganuhés sostienen la embarcación junto al agua. Por los gestos que le hace Mua, Anna comprende que quiere que saque ella la barca. Así que coloca su tabla sobre una de las canoas de la embarcación, y espera el momento adecuado. Todos los feganuhés observan atentamente. Haihani comprende que hay también un motivo práctico para que ella viaje con Mafua: es más fuerte y puede controlar la embarcación y evitar una desgracia al salir. “Si de esta forma puedo serles útil, está bien. Quizá yo me imagino que puedo hacer otras cosas por ellos, pero es mejor hacer las que ellos necesitan realmente”.

Anna no tiene particular dificultad para salir de la barrera, pues está acostumbrada a esquivar las olas que rompen para tomar otras y hacer surf. Claro que ahora no puede hundirse por debajo de las olas con su tabla y la embarcación: ésta es grande y flota mucho. Lleva atada a sí la cuerda de su tabla de surf, que a su vez está atada a la balsa central de la canoa. Mafua se ata al otro cabo de la cuerda y Haihani tira de él para sacarlo del arrecife y subirlo a la embarcación. Ella se coloca en la canoa de la derecha y Mafua en la de la izquierda.

Cuando están ya fuera de la zona de olas, aparecen los delfines-anasis. Se ve que tienen experiencia, ya que ellos mismos muerden los cabos que tiene la embarcación atados a las barras transversales que unen las canoas y los flotadores. Empiezan a remolcarlos. Anna se da la vuelta para mirar hacia el arrecife. Apenas se distingue a los pequeños hombrecillos. Aparte de a Mua, puede ver bien al grandullón Lamlama. Hace un gesto de despedida con el brazo y ve cómo responden los feganuhés.

Haihani se pregunta si tendrán por delante todo un día de viaje, y en qué dirección. Si esto la alejará aún más de “su” civilización, o si podrá siquiera volver a Salmafua. Trata de recordar qué día es, pero no lo consigue. Seguramente no lleva ni cinco días en Salmafua, pero después de tantos acontecimientos, no lleva la cuenta de los días de la semana. Seguramente es ya domingo, el día en que sus amigas Lucy y Rebeca toman el vuelo para Honolulu. “O quizá fue ayer”. Anna desea con toda el alma que sus amigas vuelvan a casa, y que a ser posible no se preocupen mucho por ella... Pero es posible que prolonguen su estancia, hasta que se la dé definitivamente por desaparecida.

Mafua es poco hablador, como corresponde a los ancianos “que mandan” entre los feganuhés, o al menos así se lo imagina Anna: que deben ser todos muy serios. Por otra parte, tampoco podría entenderle. Trata de fijarse en los delfines, para ver si son los mismos de su viaje a Salmafua. Desde luego, son también delfines tornillo, rotadores, o de morro largo. Es de nuevo una manada numerosa. Incluso, diría Anna, más numerosa que la primera vez. Pero no recuerda a ningún individuo que pueda identificar.

Haihani se prepara para un viaje largo. Tiene incluso la esperanza de que los lleven a una isla habitada, quizá a aquella de donde ella vino, Gau, un nombre que ya apenas recuerda. Pero antes de que pase una hora, Mafua empieza a hablarle, se sube a la canoa y señala hacia delante, diciendo: “Motu, Motu”. Anna recuerda ese nombre de su última conversación con Mua. “¿Ya hemos llegado? ¡Qué pronto!”, piensa ella. Pero delante no se ve tierra.

Pasado un rato, Anna ve el objetivo señalado por Mafua: no es ni siquiera una isla. Parece un minúsculo atolón, casi por completo carente de vegetación. No se ve ningún árbol. Ni siquiera las olas que rompen contra el arrecife. En realidad, estos escollos no merecen el nombre de atolón, ya que los atolones son lo que queda de una isla hundida, pero Haihani se lo da para diferenciarlos del arrecife de Salmafua. Ya están cerca de Motu y Anna puede ver a la gente: las feganuhanis, supone, porque no puede distinguir nada más que personas en movimiento.

El atraque en Motu es menos problemático que en Salmafua. Efectivamente, no hay ninguna isla. Hay sólo un arrecife, o mejor dicho un auténtico archipiélago de pequeños arrecifes en torno a uno mayor: en total, su tamaño es como el doble de la barrera que cubre sólo parte del norte de Salmafua. Los delfines sueltan la embarcación. Mafua y Anna reman para esquivar unos escollos, y entran en una especie de ensenada cobijada tras un arrecife mayor. Como en Salmafua, en Motu hay un caluroso recibimiento. Pero también Anna causa sorpresa, e incluso hay quien sale corriendo a esconderse al ver que en la barca hay una persona grande.

“Así que éstas son las haihanis”, se dice Anna, mientras Mafua trata de tranquilizar a la gente y hace las explicaciones a las que Haihani ya se va acostumbrando, acerca de que ella no es peligrosa —oye mencionar a Raksaa—, sino simplemente “Haihani”. Su nombre se repite de boca en boca. Las mujeres y los niños se acercan curiosos a verla. Y ella repite “noaia”, y “noai”, cuando se da cuenta de que de nuevo confunde las gracias con el saludo. Las mujeres ríen divertidas, algunos niños lloran y se esconden detrás de las faldas de sus madres. Otros, más atrevidos, se acercan y tocan ligeramente a Anna, para salir después corriendo.

Anna se siente a gusto en Motu. Diría que más que con los feganuhés de Salmafua. “Por fin solas”, se dice en broma: “al menos aquí no hay peligros —aunque peligro, en Salmafua, no hay más que uno: Raksaa—, y hombres serios y mandones... parece haber sólo uno”. Al recordar a Mua, se reprocha a sí misma esa calificación: realmente tiene sobre sí una gran responsabilidad y un pueblo numeroso. “¿Cuántos son? Aquí hay más de cien personas... Y no son todas”, piensa Haihani, al ver cómo se acercan al “puerto” algunas canoas tripuladas por feganuhanis, que por lo visto pescan en las cercanías.

Acompañada por Mafua, Anna recorre el arrecife principal de Motu: tiene forma curva, como de media luna. Pero no forma un atolón completo, como un círculo alrededor de una antigua isla ya hundida. Tiene múltiples trozos y escollos separados. La forma de media luna y los escollos protegen el lado interior, donde el oleaje es menor y se puede atracar fácilmente. Es una gran ventaja respecto al arrecife de Salmafua.

El recibimiento en Motu también va acompañado por abundante pescado. Pero aquí no hay fruta, porque no hay árboles. Ahora comprende Anna por qué traen madera en la embarcación: es para reparar canoas o fabricar otras nuevas. Enseguida se da cuenta de que las feganuhanis son buenas costureras: tienen mejores redes y vestidos que los feganuhés. “Seguramente, aprovechando los viajes, llevan trajes y redes de Motu a Salmafua, y aquí traen la madera”. Anna recuerda que hay otra mercancía que circula entre Motu y la isla: los jóvenes que viajan de vuelta a Salmafua. Como es lógico, con las feganuhanis, están los más pequeños: los mayores vuelven a la isla como “refuerzo” de los feganuhés. También, piensa Anna, pueden ser nuevas presas para Raksaa.

Mafua le va presentando a las mujeres principales. Empieza por Muahani, que, según adivina Anna, es la mujer de Mua. Sigue Mafuahani, que es la mujer de Mafua. Y así van pasando decenas de feganuhanis, mientras toman pescado sentados sobre el arrecife principal de Motu, sin más preocupación aparente que la de cuidar de que los niños curiosos no molesten a Haihani y de que los más revoltosos no se caigan al mar o no se bañen en la parte exterior del arrecife, donde hay olas y es más peligroso.

Haihani se fija particularmente en las mujeres de los feganuhés que conoce: le resulta curioso que Pulouhani y Vevehani, mujeres de “el gordo y el flaco” de Salmafua, también aquí andan juntas. Se ve que son familia. Aunque aquí todos forman un solo clan. Pero entre Pulouhani y Vevehani no hay un contraste tan fuerte como entre sus maridos. Las feganuhanis tienen, como los feganuhés, un cuerpo deforme, y no hay ninguna que destaque por su belleza, al menos tal como Anna entiende la belleza.

Todos en Motu están bajo el mando de Mafua, y en el atolón falta la tensión de Salmafua. Como es lógico, la presencia de los niños hace que sea más difícil exigir un orden riguroso. Anna nota además entre las feganuhanis un aire melancólico más marcado que el que de los feganuhés. Cuando están solas, se les nota que echan de menos a sus maridos y a su isla, Salmafua. Pero en presencia de los muchachos, disimulan. Ahora, sin embargo, agobian a Mafua con preguntas: indudablemente, piensa Anna, le piden noticias de los suyos.

Cuando termina la reunión, se está poniendo el sol. La comida de bienvenida se junta con la cena. Evidentemente, es un día extraordinario en el que todos los trabajos se suspenden. Las feganuhanis se ponen a cantar mirando hacia el mar, y entonces Anna ve a lo lejos Salmafua. Está más cerca de lo que ella pensaba: entre tres y cinco kilómetros, aunque las distancias en el mar pueden engañar. Las canciones tienen un aire melancólico y Haihani imagina que las letras, que no entiende, estarán llenas de recuerdos de la isla.

Las maderas que han traído de Salmafua las usan las feganuhanis para hacer canoas, pero también hay cañas o tubos que usan para fabricar rudimentarias flautas, que emplean en sus cantos, y con las que sobre todo las niñas se pasan largos ratos jugando. No hay en Motu niños que no sepan hablar, es decir, que los más pequeños tienen tres o cuatro años, lo que confirma a Anna que ése es el tiempo que llevan viviendo en el arrecife.

Anna trata de juntarse con Pulouhani y Vevehani, ya que le resulta simpático conservar así un recuerdo de la vida en Salmafua. Mafua se interesa por dónde podrá alojarse Haihani, pero ella le da a entender, como si conociera de toda la vida a Pulouhani y Vevehani, que no debe preocuparse por ella, pues se las arreglará para vivir con sus dos amigas y sus familias.

Mafua no parece haber recibido instrucciones especiales de Mua sobre dónde alojar a Haihani, así que está de acuerdo. Pulouhani y Vevehani no viven en el arrecife principal, sino en un islote. En él hay una cueva que tiene incluso dos grandes estancias separadas. A Haihani le dejan una de ellas, y las dos familias se reúnen en la otra. Anna siente pena porque su presencia y su tamaño supongan un trastorno, pero poco más puede hacer aparte de mostrar agradecimiento. Le gustaría ayudar en las tareas de la casa, pero primero tiene que observar las costumbres de las feganuhanis, para no hacer algo que choque con ellas.

Pulouhani tiene tres hijos pequeños: el mayor es una niña regordeta, que recuerda a su papá, y los otros dos son niños. Vevehani tiene en el islote también tres hijos pequeños, aunque más tarde Anna se entera de que hay un cuarto hijo, que vive en el arrecife principal de Motu con otros muchachos mayores. Además, Vevehani mantiene el recuerdo de una hija de corta edad fallecida al poco de llegar a Motu, o incluso estando todavía en Salmafua.

Pasan los días y Anna aprende a pescar, descubriendo los recodos del atolón preferidos por los peces. Vevehani y Pulouhani le enseñan cómo y cuándo echar y recoger las redes. Aprende a remendarlas y a tejer las algas con los instrumentos de piedra y de espina de pescados que tienen las feganuhanis. Hay incluso herramientas hechas de huesos de algún mamífero marino: seguramente delfines encallados en el atolón. En ese caso, también la piel se aprovecha para hacer ropa para los niños más pequeños.

Las tareas de pesca se llevan a cabo por la mañana y al atardecer. En las horas de más calor, para no exponerse al sol y a la deshidratación, todos se resguardan en las sombras y cuevas que ofrece el arrecife. Entonces se descansa o se tejen y reparan ropas y redes. Cuando Vevehani y Pulouhani salen a pescar, Anna les acompaña con su tabla y con una red hecha ya por ella.

Un día que Anna está pescando con Veve y Pulou —así las llama—, sucede una tragedia: un niño pequeño que está correteando por el arrecife se cae hacia el lado del mar abierto. Cuando sus compañeros de juego se dan cuenta, es tarde: las olas lo golpean contra el arrecife y lo arrastran, inconsciente o quizá muerto, mar adentro. Mientras la madre del niño grita desesperada, los chicos de más edad se disponen a salir en una canoa. Viendo el peligro que corren, Mafua les manda salir por la parte interior de Motu, donde no hay olas. Pero de esta forma pierden un tiempo precioso, y cuando llegan al otro lado, el niño ya no está.

Anna oye los gritos, pero no puede enterarse de lo sucedido hasta llegar al arrecife. "¡Qué desgracia! Yo habría podido lanzarme al agua sin problemas", piensa. Aunque Haihani se imagina que habrá un silencio sepulcral a causa de esta tragedia, sucede todo lo contrario: hay una algarabía de lamentos. Las mujeres interrumpen sus faenas y van a consolar a la madre del niño ahogado. El llanto dura toda la tarde y los dos días siguientes. Incluso en días sucesivos los cantos melancólicos tienen un tono más triste, y todos lloran mirando a Salmafua.

“Realmente la vida aquí tiene también sus peligros”, piensa Anna, “y aunque uno se acostumbra, éste no es lugar donde se pueda vivir permanentemente. Ahora comprendo por qué los feganuhés siguen en Salmafua. Quizá Motu es desde tiempo atrás una reserva de pesca donde vive un grupo de ellos, turnándose. Como refugio sirve, pero los feganuhés necesitan su isla para sobrevivir”.

Conforme pasan los días, Haihani se hace más amiga de Veve y Pulou, y de sus niños. Aprende sus nombres y pasa largos ratos cuidando de ellos, cuando las madres van de pesca. Ahora sólo sale a pescar al anochecer o de madrugada, cuando los niños están recogidos. Como el hijo mayor de Veve puede ya cuidar del resto, Anna suele pasar el día en el arrecife, cuidando a los niños más pequeños, lo que da tranquilidad a las madres que tienen que salir a pescar o que pueden concentrarse así en sus labores de costura o preparando la comida.

Haihani se siente así más útil, pero cada día crece en ella el deseo de volver a Salmafua para tomar parte activa en el conflicto entre Raksaa y los feganuhés. Una tarde toma una resolución. Hay luna llena, igual que el día que llegó a Salmafua: empieza su segundo mes. “Hoy los delfines rondan por Motu. Quizá esta noche vuelvan, y si me dejo arrastrar, me llevarán a Salmafua".

Después de los cánticos que las feganuhanis entonan cada atardecer, Haihani se va con las familias de Veve y Pulou a su islote. “Debería decirles lo que quiero hacer”, opina Anna. “Si no, al ver que no estoy, pensarán que me he ahogado”. La idea de causar de nuevo dolor a la gente que le quiere la apesadumbra: su familia y sus amigos piensan que está muerta. Si desaparece de Motu, también las feganuhés pensarán lo mismo.

Pero tampoco puede decirles que se va a Salmafua. Si lo hace, podrían prohibírselo o serían sus cómplices: Mafua reprendería a Veve y Pulou por desobedecer las órdenes de Mua. Ella misma duda si lo que quiere hacer es razonable: no puede quedarse de brazos cruzados viendo que nada cambia en Salmafua. Pero sabe que a los feganuhés no les gusta que los extraños se entrometan en sus asuntos.

“El hecho es que es un haihé el que les está complicando la existencia, y también es cierto que los feganuhés no pueden salir solos del embrollo. Aunque no quieren reconocerlo, esto es un asunto de haihés... y de haihanis. Si aquí no hay haihés que puedan pararle los pies a Raksaa, tendré que hacerlo yo. Aunque no conozco de nada a ese hombre, tengo más que ver con él yo que los feganuhés.”

Anna se da cuenta de que de esa forma se sitúa fuera o incluso por encima o contra la autoridad de Mua. “No quiero contradecir al anciano. Él es el jefe en el mundo de los feganuhés. Pero no es posible que vivan como si estuvieran solos en ese mundo, en el mundo de Salmafua, porque hay un haihé. Y si ellos no saben tratar con los haihés, tendrá que ser otro haihé, o una haihani, quien lo haga”.

¿Cómo pretender enseñar a los feganuhés lo que tienen que hacer? Anna sabe que, probablemente, ahí está la causa de la ruptura entre los pequeños hombrecillos y Raksaa. Piensa en otros “encuentros” entre hombres de una cultura considerada superior y gentes de culturas “subdesarrolladas”. Casi siempre el más fuerte domina al débil, hasta llegar a exterminarlo. Es el caso de muchas tribus indias de América. Y si no se llega a ese extremo, tarde o temprano los oprimidos se toman la revancha. Es lo que pasa en tantos sitios de África, donde al liberarse de la colonización, hay una reacción contra los hombres blancos.

“Pero no tiene por qué ser así necesariamente”, piensa Anna. “También en América tienen vida propia la religión, la literatura, la ciencia... una cultura que no es originaria de allí. Y hay lenguas, pueblos y razas originarias de allí que sobreviven, mejor o peor fundidas con el hombre blanco. Además, ¿para qué tanta historia? Aquí se trata sólo de un hombre, y nadie está pidiendo a los feganuhés que renuncien a su forma de ser”.

¿Qué hacer entonces con Raksaa? Anna piensa que lo mejor es convencerle para que se vaya de la isla. Si es realmente un asesino de feganuhés, le parece imposible que puedan volver a convivir. Además, es como un animal que ni siquiera habla, así que poco podrá aportar a los feganuhés. Sí, lo mejor es sacarle de Salmafua. “Eso significa que yo tendré que sacarlo, o sea salir con él, de la isla. ¿Pero cómo?”

“Y eso es sólo una parte del problema, porque la primera dificultad es cómo voy a tratar de convencerle de todo eso. Para eso hay que tratar con él.” Sólo de pensarlo, a Anna le da miedo. ¿Cómo es posible tratar con ese monstruo? Puede hacerle daño, incluso podría matarla... Es un peligro real. No sólo físico. Puede que, estando en la isla sólo con Raksaa, también ella se embrutezca hasta ser como él: perder el habla, olvidarse de quién es, perder el respeto a los feganuhés, y no ver más allá de sus necesidades básicas... Convertirse en un animal. ¿Será posible eso?

Sí, es posible. Y entonces, ¿por qué arriesgarse? Si no se lo piden los feganuhés, si ellos no son capaces ni tan siquiera de controlar a Raksaa, ¿cómo piensa que ella puede dar completamente la vuelta a la situación? No sabe, pero algo en su interior, su conciencia, le dice que debe intentarlo.

Esa noche, mientras Pulou acuesta a los niños, Haihani charla con Veve, sentada sobre el islote. La noche es apacible y la luna permite ver hasta los más pequeños islotes de Motu. Gracias a este mes con las feganuhanis, Anna sabe algunos rudimentos de su lenguaje, al que llaman muna: palabra. Conoce sus canciones. Lo que más le cuesta es entender a los niños, porque hablan muy rápido y no pronuncian bien. Pero los niños repiten siempre las mismas frases: quieren jugar o comer, preguntan dónde está su madre, se quejan de que están cansados o de que tienen frío o calor... En esto los niños feganuhés no son distintos a los de cualquier otra parte del mundo; como tampoco los feganuhés son tan distintos a los haihés... Los hombres son hombres en todas las partes del mundo: a veces no pueden convivir con los que son diferentes a ellos, llegan a enfrentarse y ven a los otros como enemigos.

“Quizá los feganuhés tengan una inocencia natural, pero también tienen las mismas malas inclinaciones que los haihés”. No son extraterrestres. Son muy solidarios entre sí, pero ese miedo hasta supersticioso que tienen a Raksaa no le parece a Anna justificable. La misma enemistad que sienten hacia Raksaa le parece nociva. Es una insolidaridad que contrasta con la solidaridad que viven entre sí y que, aparentemente, son también capaces de ofrecer a una desconocida, a una haihani como ella.

En la apacible charla que mantienen sentadas sobre el islote, Anna pide a Veve que le cuente la llegada de Raksaa a Salmafua. Anna se pregunta qué edad tendrá Veve. No es muy mayor, ya que sólo conoce la existencia de otro jefe anterior al actual Mua. Quizá tenga unos treinta años o más. Pero puede que tenga menos, ya que las feganuhanis, curtidas por el sol tropical y la brisa del Pacífico, aparentan más edad de la que seguramente tendrán.

Veve recuerda la llegada de Raksaa como algo brusco, algo sobre lo que no quiere hablar. Parece que el haihé viva en la isla a la fuerza. De algún modo está preso en Salmafua. Haihani se imagina algo así como el abandono de un miembro indeseado de una tripulación, que quizá tiene algún crimen sobre su conciencia. “Es un ser conflictivo, un asocial —piensa—: ¡menudo lío en que me voy a meter!” Por un momento, duda en acometer la empresa que se ha propuesto. “¿Y si se trata de un abandono injusto, o de un asalto a su barco por parte de unos ladrones o piratas? Pero entonces, ¿cómo es que Raksaa tiene un arma? Hay tantas preguntas sin respuesta... Habría que preguntárselo a él”.

“De tanto pensar en Raksaa me voy a enamorar de él”, sigue pensando. “¡Qué tontería! Sólo de pensar en él me da miedo. También de acabar pareciéndome a él. No, no siento afecto por él. Quizá trato de comprenderlo. Pero estoy segura de que no es un hombre inocente. Y de que es peligroso. Y sólo espero que aún no sea demasiado tarde para hacerle entrar en razón y conseguir sacarlo de la isla.”

Haihani cambia el tema de su conversación con Veve, para que no sospeche que quiere ir a Salmafua. Le pregunta sobre los delfines-anasis. Vevehani le explica lo que sabe: que son amigos de los feganuhés, les acercan el pescado hacia sus redes, a veces les traen maderas que flotan en el mar. Cuando tienen que ir o venir de Salmafua, los feganuhés siempre esperan a que vengan los anasis y los remolquen. De otro modo, la distancia es casi imposible de recorrer con las canoas de los feganuhés: en todo caso, es más difícil ir a Motu que volver, ya que hay una corriente norte-sur que sin ayuda de los anasis no se puede vencer en el primer caso. Así que los feganuhés no se adentran en el mar exterior, al que llaman liu, si no están los anasis. Es algo que tienen vedado.

Adentrarse en el mar sin ayuda de los delfines, según deduce Anna, supone poco menos que autoexcluirse de la sociedad para un feganuhé: los hombrecillos tienen miedo al liu. Un miedo casi supersticioso. Como el que tienen al trueno, al que llaman fui: algo que Haihani conoce ya por propia experiencia. En cambio, la lluvia es para ellos una bendición, porque les trae el agua dulce, de la que pocas veces pueden disfrutar. Cuando llueve y el mar está en bonanza, las feganuhanis recogen el agua en cuencos de coral o de madera. Pero si truena o el mar está embravecido —el liu fui, o mar de trueno—, se esconden en sus guaridas de coral, sin recoger el agua, porque piensan que entonces es dañina: como si estuviera envenenada por la ira de algún diosecillo maléfico.

“Realmente hay cosas en las que los feganuhés están atrasados”, piensa Anna: “¿será mejor dejarles vivir así en paz, o se les podrían traer los avances de la civilización? Claro que pocos avances puede haber aquí, en esta parte tan olvidada del mundo: en muchas de estas islas no hay ni electricidad ni agua corriente... Parece que de poco podría servirles. Además, nuestra civilización los convertiría en una atracción de feria. Pero en algo podrían beneficiarse. Podrían librarse de sus falsos temores. Instruirse. No sé. Lo mejor sería que decidieran ellos. Para mí, librarles de Raksaa ya sería bastante.”

Mientras Haihani da vueltas a estos pensamientos, Veve le habla de su vida en Salmafua. De las viviendas de cada familia, hechas de ramas secas y cubiertas con hojas. De los vestidos de sus hijos, de los despreocupados juegos infantiles. ¡Todo tan diferente a las rocas de Motu y a las amenazadoras olas del liu! Le habla de los árboles, con su sombra y sus frutos; de los pájaros, los únicos animales de cierto tamaño que hay en Salmafua, y que en Motu faltan...

Vevehani le habla de su marido, el dinámico Vevehé a quien Anna conoce. Pero a la haihani le vienen las lágrimas, y se despide. Se va a dormir. Haihani la detiene: quiere decirle algo. Cuando salga el sol, o sea mañana, ya que los feganuhés designan con el nombre del sol —rani— también al día, y por tanto al día siguiente de aquél en que se está hablando si es de noche... “Cuando llegue el rani”, le dice, “yo estaré con los anasis”.

Veve sabe que Haihani siente particular atracción por estos animales. Pero ahora hace la vida normal de las feganuhanis: pescar, cuidar a los niños. Además, Haihani dice que se llevará su red, que va a pescar en el mar. “¡En el liu! ¡Es tan peligroso!” Vevehani le recuerda que ellas nunca salen del atolón para pescar. Hay suficientes peces dentro, y además fuera es mucho más difícil pescar. Anna responde que irá donde le lleven los anasis. “Tú quieres volver con los haihés”, debe afirmar Veve, por lo que deduce Haihani, “pero los anasi no te llevarán con los haihés. Los anasi te llevarán sólo a Salmafua”.

“Iré donde me lleven los anasis”, responde Anna. “Sólo quiero que no te preocupes si no vuelvo rani, si no vuelvo mañana”. Vevehani va a alegar algo... Para los feganuhés la vida empieza de nuevo con cada rani. En sus verbos no existe el pasado. Nadie pasa una noche en el liu. Si alguien no vuelve del mar al poco de atardecer, no hay que contar con que aparezca con el nuevo rani. Ni siquiera en una noche tan clara como ésta.

“Iré con los anasis. Me llevo la red. No tienes que preocuparte por mí”, dice Haihani. “Los delfines me llevarán... a Salmafua”, confiesa abiertamente. Veve no muestra sorpresa. No se rebela, al contrario, es como si le tranquilizara saber que su amiga no marcha a lo desconocido. “Igkai muna Mafua”, dice: “no hablaré de ello con Mafua”, como si no quisiera esperar a que su amiga le pida que sea su cómplice: que no diga lo que sabe.

Vevehani mira a Anna, como si aún esperara algo de ella. Pero Anna no se atreve a seguir desvelando su secreto. Quiere sólo tranquilizar a su amiga. No sabría cómo explicarle lo que pretende hacer en Salmafua. Y si menciona a Raksaa, sólo conseguirá alarmar a Vevehani. Así que basta.

Anna se levanta y hace ademán de ir a su cueva. Pero Veve la sigue mirando con ojos llorosos. “Noai”, dice Haihani para despedirse. “Noai, noaia”, dice Veve, inclinándose casi con veneración. Anna está también emocionada, y cuando se inclina hacia la feganuhani, se abraza a ella. Así permanecen un momento, y Anna se desahoga: “no sufras por mí, no te preocupes, yo estaré bien”. Intenta decirlo con el verbo que usan las feganuhanis para el lloro de los niños: pepeo. “Igkai pepeo Haihani”.

Las dos amigas se separan. Anna necesita descansar un poco. Tiene que salir pronto, y no quiere quedarse dormida, para que no la vean partir. Pero salir de noche supone un riesgo: Salmafua no se ve. Puede servirse de los delfines para ir más aprisa. Y además la corriente, que va de Motu a Salmafua, ayudará. Pero también puede perderse en el liu.

 

II. ROBINSÓN

Los delfines de tornillo son más activos de noche que de día. Así que Haihani se pone a observar para ver si están en las cercanías. A pesar de la clara luna, no ve nada. Piensa que en el islote ya no tiene nada que hacer, así que toma su tabla y la red, y marcha hacia el extremo sur del atolón.

Anna se encarama al último escollo de arrecife, procurando no hacer ruido para no despertar a las familias que viven en el entorno. Mira hacia el sur, pero sigue sin ver nada. No puede esperar a ver con la luz del amanecer, pues se hace de día tan rápidamente que los feganuhés de Salmafua la verían llegar. Sigue un rato mirando. Por fin ve un delfín que salta. Y luego otro. Es un grupo numeroso, y no está muy lejos. No se lo piensa más: toma la tabla, sortea las olas que rompen contra el arrecife y comienza a nadar en dirección a los delfines. De cuando en cuando se aúpa a la tabla para ver mejor dónde están.

Haihani toma su silbato y da algunos pitidos de alarma. Está suficientemente alejada de Motu, pero además utiliza su silbato por el extremo opuesto al que emite pitidos audibles al oído humano: de esa forma emite ultrasonidos que sólo los delfines pueden oír, y a mucha distancia. Los anasis la oyen y, aunque Anna no tiene registrados los sonidos que emite esa especie, los delfines son curiosos y se le acercan. Anna arroja el cabo con que está atada a la tabla. Como hacen los feganuhés, lleva en la parte que forma un lazo un trozo de madera, de modo que los anasis pueden morderlo más fácilmente.

Mientras es arrastrada por los delfines, piensa en la posibilidad de que la lleven a una isla habitada por haihés. Siente dentro de sí que la idea le atrae: sería el fin de sus problemas, podría volver con los suyos y olvidarse de todo lo pasado... O no podría. No: ahora piensa que debe rechazar ese deseo, esa imaginación fugaz. Tiene que llevar a cabo su propósito. Aunque le cueste, aunque se sienta sin ganas o le atraiga la posibilidad de volver a su mundo. Ahora más que antes, su mundo está en Salmafua. Y debe concentrarse en lo que quiere hacer.

Anna ve delante de sí la silueta de Salmafua. Los delfines no pasan de largo, sino que hacen ademán de detenerse en el arrecife. Como hay luna llena, Haihani piensa que puede cabotar sola la isla, sin acercarse demasiado, para no ser vista por los feganuhés. Pretende dirigirse hacia el sur, al otro extremo, donde vive Raksaa. Pero también quiere evitar que la vea el haihé, así que tiene que actuar rápidamente. Tira del cabo para que los delfines lo suelten, y sigue navegando en solitario.

Afortunadamente, no hay corrientes que la alejen de la isla. Al contrario, la corriente norte-sur sigue facilitándole el trabajo. Teme, sin embargo, que eso le haga sobrepasar la isla, así que, cuando el arrecife de los feganuhés queda atrás, se acerca a Salmafua, para poder abordarla cuando llegue al sur. Aunque no tiene reloj, gracias al mes que lleva allí, sabe intuir cuándo amanece, y deduce que le queda poco tiempo. Los feganuhés empiezan a pescar antes de la salida del sol, para no exponerse demasiado a la insolación, y es posible que también Raksaa siga esa costumbre. Así que procura avanzar rápido.

Ahora se siente realmente sola. No puede dejarse ver por los feganuhés, que la tomarían por traidora. Tampoco sabe de cuánto tiempo dispondrá antes de que ellos sepan la noticia de su desaparición, ya que los viajes entre el atolón y la isla son irregulares: dependen de los delfines, y como los anasis merodean por la zona, es posible que Mafua quiera informar a Mua. Tampoco puede precipitarse contactando enseguida con Raksaa. “Hay que ser prudentes”, se dice Anna, que a partir de ahora tiene que ser para sí su única consejera. “Lo primero que tengo que buscar es una base de operaciones. Un buen lugar donde Raksaa no pueda verme”.

¿Y qué hará después? “Buena pregunta... Hablar con él no es posible. Pero no puede ser que sólo entienda el lenguaje de la violencia. Por lo demás, yo no soy más fuerte que él y tampoco se me pasa por la cabeza la idea de matarlo. Así que es con los hechos como hay que hacerle entrar en razón. Pero, ¿qué razón y qué hechos? La razón está clara: que deje en paz a los feganuhés, que se dé cuenta de que es posible vivir en paz con ellos, o al menos vivir sin hacerles la guerra. ¿Y los hechos? Pues, si él ataca a los feganuhés y los somete a su servicio, tendré que hacerle ver que puede conseguir lo mismo sin esclavizarlos”.

“Lo mismo que yo he aprendido a pescar y a valerme por mí misma para vivir en la isla, tendrá que hacerlo él. Pero no lo va a hacer de la noche a la mañana, y tampoco los feganuhés estarán dispuestos a enseñarle, puesto que no quieren saber nada con él”. Una idea le pasa por la mente a Anna. Una idea que ya había pensado antes, pero a la que no había dado importancia: “Tendré que enseñarle yo. Si no quiero que tenga a los feganuhés esclavizados, tendré que ponerme yo a su servicio”.

Las reflexiones de Anna se ven interrumpidas, porque llega al final de la isla.  Se acerca a ella, y desembarca sin mayores problemas. Despuntan las primeras luces del amanecer, así que le urge hacer un plan. Primero tiene que buscar un lugar, una especie de cueva, donde pueda guardar la tabla y dormir. Pero igualmente o más urgente es pescar. No conoce las costumbres de Raksaa, así que cuanto antes tenga solucionada la cuestión de los alimentos, mejor.

Además de la red, lleva una vara de madera afilada que sirve para alancear los peces y, después para guardarlos ensartados. Se hace de día y la belleza de la isla le parece deslumbrante, sobre todo después de haber pasado un mes en el inhóspito arrecife de Motu. Pero no hay tiempo para contemplaciones, así que sólo trata de observar si hay rastros de Raksaa.  Afortunadamente, el haihé no parece ser madrugador, a diferencia de los feganuhés, y Anna tiene suficiente tiempo para cobrar una pesca abundante.

Luego busca un cobijo. Encuentra un recodo de la costa más abajo de la playa donde parece vivir Raksaa, justo al sur de la isla. Junto a la costa hay un par de oquedades, suficientes para dormir ella en un lado y guardar la tabla en el otro. Deja también el pescado, y se asoma para ver si aparece Raksaa. Pasa más de una hora, y nada. Haihani pierde la paciencia y decide que sería bueno explorar la isla. Prefiere no pasar por la pequeña playa que le trae malos recuerdos de su primer encuentro con Raksaa. Así que asciende desde la misma zona rocosa y coralina donde se encuentra.

Al avanzar dentro de Salmafua, se acerca al grupo de árboles donde le parece que está la guarida de Raksaa, pero no por el camino que sube desde la playa, sino desde atrás. Anda sigilosamente. Oye el canto de unos pájaros. Cualquier ruido le sorprende, ante el temor de que Raksaa pueda estar acechando. Por fin llega al lugar de la guarida. Antes de verla, puede olerla: todo está lleno de desperdicios, restos de pescado, maderas. El mismo desorden que entonces. Anna se queda paralizada y observa. No ve a Raksaa, pero sí la cabaña ruinosa en la que parece vivir. “Estará durmiendo todavía”, piensa. Trata de fijarse para verlo, pero algo atrae su atención. Algo que se mueve en un árbol enfrente del amasijo de maderas donde el haihé parece dormir. “¿Será él? No, es demasiado pequeño. ¿Será un animal? ¿Pero qué animal puede haber en esta isla?”. De pronto, ve con claridad: “¡Es un feganuhé! No, son dos ¡dos feganuhés!”.

Anna siente miedo. Piensa que Raksaa le puede tender una trampa, y sin pensarlo dos veces, se vuelve por donde había venido. Es demasiado peligroso meterse en la boca del lobo. Enseguida baja de esa parte alta de la isla, llega a la costa y se esconde en su refugio. Con los nervios, le cuesta encontrarlo. Cuando lo hace, ya no se atreve a asomarse. Se reprocha su cobardía, pero al mismo tiempo piensa que no tiene por qué arriesgar tanto nada más llegar. No debe ponerse a tiro de Raksaa. Y nunca mejor dicho, ya que el haihé tiene un arma.

“Así que era cierto que Raksaa tiene feganuhés esclavizados. Pues claro, ¿qué pensabas —se dice a sí misma—, que los feganuhés te engañaban? ¿Y cómo los tiene, cómo hace para que no se escapen? No lo sé, pero algún sistema tendrá”. Pasada la primera impresión, Anna vuelve a salir para observar. Ya no se impacienta. Por fin hay movimiento en la playa. “Son los feganuhés. ¿Y dónde está Raksaa?” No  lo ve, pero enseguida algo llama su atención en los feganuhés: cojean ostentosamente. “¿Estarán atados por las piernas? Es posible. Desde aquí no lo veo bien”, concluye Anna, que trata de asomarse lo menos posible, para que no la vea Raksaa.

Por fin puede ver en algún momento al haihé, que permanece oculto entre la maleza, seguramente al abrigo de una buena sombra. “En cambio, pone a los feganuhés a pescar a plena luz del día. Ahora comprendo por qué mueren tan pronto. A saber siquiera si les dará de comer. Con tanta insolación, por mucho pescado que coman, no será suficiente”.

Los feganuhés se acercan con sus redes adonde está ella. Nadan a duras penas. Anna se esconde aún más para que no la vean. “Podrían escaparse”, piensa, “¿por qué no lo harán? Quizá Raksaa tenga algún otro rehén y les amenaza con matarlo. Pero en el árbol me pareció ver sólo dos feganuhés. Paciencia, con el tiempo lo sabremos”. Mientras tanto, trata de observar a los hombrecillos. Se mueven con una torpeza enorme. “No están atados. Es otra cosa. Cojean como..., ¡es que les falta un pie! ¡Son cojos! No, no les falta un pie: lo tienen inerte, roto o algo así ¡De modo que eso es lo que hace ese desgraciado para que no se escapen!”

Anna tiene que contenerse para no dar un grito. Al mismo tiempo, se asusta. Si el haihé es capaz de hacer eso con los feganuhés, también podría hacerlo con ella. Recapacitando, recuerda que alguno de los feganuhés del arrecife es cojo. Ahora cae en la cuenta de que será un escapado de prisión. “Liberarlos es demasiado peligroso, Raksaa puede disparar. Seguro que está controlándolos. Es muy difícil que yo consiga llevarlos hasta su arrecife en estas condiciones”.

Le da lástima ver a los feganuhés haciendo movimientos torpes. Pero no puede hacer nada. Aún hace otro descubrimiento. Uno le resulta conocido. Es gordo... “¡Es Pulou!”. De nuevo tiene que contenerse para no darse a conocer. “¡Pulou! ¡Y con un pie destrozado! ¡Pobrecito!”. Anna prefiere dejar de mirar, porque teme que terminará por salir afuera. Vuelve a su escondite y allí trata de calmarse. Pero no puede quitar de su mente la imagen del simpático Pulou convertido en un esclavo y mutilado. Piensa también en Pulouhani, su amiga. “¡Pobrecilla! Mejor que no sepa lo que le ha pasado a su marido”.

En su escondite, Haihani piensa en actuar cuanto antes. “Hay que liberar a Pulou y al otro. No hay tiempo para negociaciones. Esto es horrible y tiene que terminar. No comprendo cómo los demás feganuhés pueden quedarse como si tal cosa, sin hacer nada. ¿Y qué puedo hacer? De momento, esperar a que llegue la noche. No puedo arriesgarme a actuar de día”.

Anna repone fuerzas durmiendo o al menos descansando hasta el atardecer, ya que le espera una atareada noche. En cuanto la luz de la luna predomina sobre la del sol ya puesto, sale de su escondite, esta vez con la tabla de surf, y llega hasta la playa de Raksaa. Allí deja la tabla. Se adentra por el camino despejado de arbustos que conduce hacia la parte alta de la isla, donde tiene su morada el haihé. Como la noche es muy clara, procura ir agachada para no destacar. Sobre todo, anda despacio, por si Raksaa no estuviera aún dormido.

Por fin llega al claro donde está la casamata. Bajo las ramas arremolinadas de modo caótico, barrunta a Raksaa descansando. No se mueve, así que ella da por supuesto que está dormido. Sin embargo, pasa un largo tiempo hasta que se decide a dar algún paso. La presencia del temible haihé, sobre todo después de haber visto su crueldad para con los feganuhés, la paraliza. Tiene que asegurarse de que Raksaa duerme. Y ver cómo puede liberar a los feganuhés. Los hombrecillos están, como por la mañana, subidos en un árbol que  no es una palmera.

El haihé está sin duda dormido, sin temor alguno a que los feganuhés puedan escapar. Cojos como están, no podrían correr más que él, y si se tiraran del árbol, el ruido despertaría a Raksaa. Haihani trae un cuchillo de piedra afilada, de los que usan los feganuhés para cortar algas y abrir los pescados. Por si acaso los hombrecillos estuvieran atados. Por fin se decide a avanzar, a gatas y muy despacito, hasta el árbol. Cuando llega, comprueba que no llega hasta la altura donde están los feganuhés: todo lo más, puede estirar el brazo y así llega a tocarlos.

Pulou y su compañero, que están despiertos, la ven acercarse. Se mantienen en silencio, para no despertar a Raksaa, y parecen darse cuenta de lo que pretende. Pero ella no sabe cómo bajarlos del árbol sin exponerse a hacer ruido y a que el haihé se despierte. Se agacha un momento para pensar. Podría hacer gestos para que se tiraran sobre ella, o intentar subir para bajarlos. ¿Pero cómo subir? En ese momento, ve que junto al árbol hay un largo palo que tiene otros atados o clavados en perpendicular formando así algo parecido a una escalera. “Seguramente esto lo utiliza Raksaa para hacerles subir al árbol y luego lo retira. Veamos si poniéndolo se atreven a bajar”.

Dicho y hecho, Haihani coloca el palo en el árbol. Los feganuhés, agitados, parecen dudar antes de decidirse. Por fin lo hacen, y una vez abajo, quieren echarse a correr. Ella se lo impide, temiendo que despierten a Raksaa: los mantiene echados. Después abre la red que lleva consigo, extrae un buen montón de pescado, y lo coloca al pie del árbol. “Así, por lo menos, aunque de todos modos se llevará una rabieta al ver que se han escapado los feganuhés —piensa Anna—, se consolará viendo que tiene comida y a lo mejor no toma represalias enseguida”.

Haihani piensa si no podría meter a los dos feganuhés en la red, para llevarlos a cuestas. Pero son demasiado pesados y la red se puede romper. Así que opta por lo más fácil: toma con cada brazo a uno de ellos y así se los lleva. Es más rápido que si fueran ellos andando, y menos peligroso, ya que harían más ruido, al ser cojos. Y además les ahorra un esfuerzo, lo que no les vendrá mal, dado lo maltratados que están.

Llegados a la playa, Anna monta a los feganuhés sobre la tabla. Siguen en silencio por miedo al haihé. Los feganuhés se agarran instintivamente a la tabla, pero para mayor seguridad, Haihani los ata con la cuerda y pone sobre ellos la red. Después, adentrándose en el agua, empuja la tabla mientras aún hace pie, y después sigue haciéndolo nadando.

Gracias a la luna, Anna puede ver bien las formas de la isla, que ya va conociendo mejor. Cuando están suficientemente alejados de la playa de Raksaa, se detiene un momento para saludar a los dos hombrecillos. Pulou está cambiado: envejecido, tiene una cara de susto para ella desconocida. Pero ambos feganuhés se muestran agradecidos: “noaia, Haihani”, repiten varias veces. El viaje hasta el otro extremo de la isla dura más de lo habitual, debido al peso que esta vez tiene que arrastrar Anna. Pero hay una gran calma, y ella se siente feliz de haber podido dar un paso tan importante como el de liberar a los feganuhés presos.

“¿Cómo reaccionará Mua? —se pregunta—: sabrá que estoy aquí. Tendrá que alegrarse de ver a los prisioneros. Pero, ¿se enfadará porque haya yo actuado sin tenerle en cuenta? ¿No tendrá miedo de las represalias de Raksaa? A decir verdad, yo misma no he calculado cuál puede ser la reacción del haihé. Pero tenía que actuar, no hubiera podido aguantar ver más tiempo a los feganuhés en situación tan penosa. Y no me hubiera podido perdonar —ni pensarlo— si alguno de ellos hubiera muerto... Sobre todo Pulou. No es que su vida valga más que la del otro, pero respecto a él me siento más obligada. Es como si fuéramos familiares, después de lo amiga que me hice de Pulouhani.”

Llegados al punto donde moran los demás feganuhés, Haihani deposita a Pulou y a su compañero —a quien no conoce de nombre— sobre el arrecife, y se despide de ellos, que no dejan de repetir “noaia, noaia” entre profundas reverencias. Anna está emocionada, por el contento, pero también porque piensa que lo más difícil está tan solo empezando, y que más que nunca le toca estar sola. No sólo eso, sino quizá incomprendida o enfrentada a los feganuhés. Le gustaría poder contar con ellos, pero lo  más que puede hacer es esperar que estén conformes con lo que hace. Ahora ellos son un estorbo: frente a la ira de Raksaa, ella es más ágil y puede escapar mejor que los feganuhés. Y, en segundo lugar, confía en que el haihé no le depare a ella el odio que dispensa a los hombrecillos.

La idea de quedarse de nuevo sola y volver al lugar donde está Raksaa no le atrae. Pero tiene que irse. Así que hace una profunda reverencia a los dos feganuhés y les dice “noai”. Después da un beso a Pulou, como cuando su marcha hacia Motu, aunque esta vez el feganuhé no está llorando, sino muy serio. Hace otra reverencia al compañero de su amigo gordito, y sin más demora se echa al agua. No quiere entretenerse, pues si se despertaran los otros feganuhés el asunto se complicaría mucho más.

“Ahora habría que conseguir que Raksaa se olvide de los feganuhés, que los deje en paz. Como si estuviéramos él y yo solos en la isla. A ver si es posible domarlo”. Pero hay que dar tiempo al tiempo: por este día, basta. Así que, en cuanto deja a los feganuhés, navega hasta la playa de Raksaa y a su refugio. No quiere que Raksaa la vea. Pero tampoco es bueno que la reacción caiga sobre los feganuhés.

La idea de dejarle pescado en lugar de los feganuhés ha sido buena: los feganuhés no le habrían hecho voluntariamente ese servicio nunca. Así que, si no es imbécil, podrá deducir que hay alguien más en la isla. Alguien más que él y los feganuhés. Y si eso atrae su atención, es posible que no se atreva a vengarse de los feganuhés. Es posible que se sienta vigilado, controlado por alguien superior a él. Alguien que protege a los feganuhés y a quien sería mejor no desafiar. Entonces tendrá que pasar a defenderse.

“Aunque tampoco se trata de acorralarlo, porque la fiera acorralada es más peligrosa”, concluye Haihani. Así que ese día, además de pescar, se lo pasa observando la playa para ver la reacción de Raksaa. Como era de esperar, la reacción tarda. Sólo bien entrado el día aparece Raksaa por la playa. Viene corriendo, medio arrastrándose y dando gruñidos. Observa las huellas que han quedado. “Vaya, tenía que haber borrado las huellas de la tabla y de los pies. Se va a dar cuenta de que fui yo”. Pero la cosa no va más allá. Raksaa no se adentra en el mar. Anda hasta el fin de la playa y mira hacia el otro extremo de la isla, aunque el arrecife apenas se aprecia. Vuelve refunfuñando. “Se ha conformado. No va a vengarse. Por lo menos no ahora. Se da cuenta de que los feganuhés no están solos”, piensa Anna.

Raksaa desaparece y no vuelve a dar señales de vida. Así que Haihani se dedica de nuevo a pescar —pero sin acercarse a la playa—, meditar un plan para el día siguiente y descansar. De nuevo madruga, toma el pescado y se dirige a la playa con intención de abastecer de nuevo las necesidades del haihé. Aunque supone que estará durmiendo, toma precauciones y observa el ruinoso casetucho antes de acercarse. Después de comprobar que Raksaa duerme, deja los pescados de nuevo al pie del árbol y se retira como a un tiro de piedra en dirección a la playa, y se esconde para ver qué pasa.

Ese día Raksaa madruga más de lo habitual, o al menos más que los dos días anteriores, que es todo lo que Anna conoce. Al ver el pescado, se queda sorprendido y como paralizado. Pero después, en un gesto rápido, lo toma y se lo lleva a la caseta. Haihani piensa que se va a quedar todo el día encerrado pero, de pronto, Raksaa sale de la caseta dando gritos y saltos, en dirección al árbol y luego en círculos. Anna se lleva un gran susto y a punto está de salir corriendo. Pero se da cuenta de que eso es lo que quiere Raksaa. Sabe que está siendo observado y trata de poner a prueba los nervios del misterioso benefactor que le lleva pescado. Al mismo tiempo, parece querer mostrar su ira por la fuga de los feganuhés. En definitiva, una demostración de fuerza.

Haihani se aguanta el susto y sigue inmóvil. No puede dejarse impresionar por Raksaa. Al contrario, tiene que demostrarle que su fuerza bruta no le sirve para nada. Así que se asoma de nuevo para observarle. Está relativamente cerca de ella, a unos veinte pasos. En ese momento Raksaa salta y se oye un ruido atronador. Anna da un grito. Es el primer disparo que oye en su vida. Se levanta, tratando de controlar su nerviosismo. Cree que Raksaa la ve y que lo mejor será hacerle frente. Pero el haihé le está dando la espalda.

Anna siente un gran miedo. Apenas puede razonar. Piensa que no podrá enfrentarse a Raksaa mientras lleve la pistola. “Será mejor huir. Ahora que no me ve”. Sale corriendo, pero al mirar atrás para ver si Raksaa la sigue, tropieza y se cae. Con eso da otro grito y entonces sí que el haihé la ve y sale corriendo hacia ella. Haihani se incorpora y corre a todo gas. Con el miedo, ni se le ocurre hacer algún zigzag para tratar de despistarlo o para que no pueda hacer puntería. Va en línea recta hacia la playa. Al llegar toma la tabla y entonces sí que mira hacia atrás: hay suficiente distancia como para que Raksaa no la pille. Así que se lanza corriendo, hasta que el agua le llega casi a la cintura, y entonces comienza a nadar. Más bien bucea, por miedo a que Raksaa dispare. Tras unas brazadas, se asoma para ver si la sigue. El haihé está en el borde de la playa y grita, agitando los brazos. Pero no le apunta ni dispara el arma. Anna nada de espaldas, mirando a la playa.

Raksaa pasa un buen rato gritando y gesticulando. Pero no se mueve. Luego vuelve hacia la isla. Pero Haihani ve que se queda observando tras unos arbustos. “Ahora ya sabe quién liberó a los feganuhés y quién le lleva pescado. Al menos, así dejará tranquilos a los feganuhés. Gracias a Dios que no me ha disparado. Bien. Algo de humano se ve que le queda. Y si no dispara, no tengo que temer que me pille. Es más lento que yo. Hasta diría que cojea. A lo mejor resulta ser un anciano. ¡Pero qué susto, madre mía!”

Anna Se deja arrastrar por la corriente hasta que pierde de vista la playa. Luego vuelve a nadar hacia la isla, y pegada a la costa se acerca a su refugio. Piensa que debe quedarse ahí hasta el día siguiente. Actuar antes sería imprudente. Y la próxima vez, no debe salir corriendo, ni siquiera levantarse de forma brusca. Así sólo conseguirá asustar a Raksaa y que reaccione brutalmente. La próxima vez tiene que quedarse desde un principio a la vista, y esperar a que aparezca el haihé. Y sólo entonces darle el pescado. O ni siquiera entonces: tiene que conseguir hacerse con el arma, o mejor, deshacerse del arma, porque tampoco ella pretende matar a Raksaa.

Dicho y hecho, al día siguiente se levanta temprano y pesca, hasta tener una cantidad suficiente para sí misma y para Raksaa. Se dirige a la playa y deja la tabla de surf camuflada. Sube sigilosamente hacia la guarida de Raksaa. Afortunadamente, el haihé no ha cambiado de costumbres y sigue durmiendo. Haihani deja el pescado debajo del árbol-cárcel. Retrocede unos pasos por el sendero que baja a la playa: lo suficiente para que Raksaa pueda acercarse al pescado sin tener que “enfrentarse” a ella, pero no tanto como para que no la vea. Y se sienta a esperar.

Anna está impaciente y se le ocurre que podría despertar a Raksaa. “No es mala idea. Si tengo que hacerle cambiar de costumbres, lo primero será enseñarle que no se puede pasar toda la mañana durmiendo. Lo mejor será dar unos pitidos con el silbato”. Así lo hace, y después da unas palmadas. Piensa que será bueno llamarle: “pero no es bueno llamarle Raksaa, no es su nombre, aunque los feganuhés le llamen así. Quizá al principio le llamaban por su nombre auténtico. Pero no me han dicho cuál era ese nombre. Tendré que pensar yo uno. ¡Ya lo tengo!”. Y entonces grita: “¡Eh, Robinsón Crusoe! ¿Estás ahí? ¡Despierta, hombre!”. Y repite la llamada en varios idiomas.

Raksaa sale efectivamente de su guarida. Haihani se levanta despacio. El haihé se detiene y la mira. Ella está asustada, pero trata de disimular. “No me puedo quedar callada, tengo que decirle algo, para que vea que no le tengo miedo”. No se le ocurre nada mejor que darle los buenos días, de nuevo en varios idiomas. Raksaa parece no entender. Emite algunos gruñidos, pero no como respuesta, sino como “hablando” consigo mismo. Luego da media vuelta y vuelve a su cabaña.

“Eso está bien; no eres tan malo como pareces”, se dice Anna, que ve cómo Raksaa la observa, sentado en su guarida. “¡Eh, Robinsón, sal afuera! Te he traído pescado. ¡Ahí lo tienes!”, dice, dando unos pasos en dirección al árbol. Entonces, Raksaa sale de nuevo, gruñendo y corriendo en dirección a Haihani. Asustada, ella sale corriendo hacia la playa. Mira hacia atrás y ve que Raksaa no la sigue, así que se detiene. Tras recobrar aliento, vuelve a subir.

“¡Vaya susto que me has dado! ¿Te parece que esa es forma de tratar a una dama?” Como siempre que se dirige a Raksaa, dice lo mismo en todos los idiomas que sabe. Pero el haihé sigue sin dar señales de entender ninguna lengua. “Ante todo calma, no puedo perder el control de la situación”, sigue diciéndose Anna, que se detiene en el mismo punto que antes. Mientras tanto, Raksaa retrocede, o más bien anda en círculos.

“¿No quieres comer? Ahí tienes el pescado, junto al árbol”. Haihani piensa que hay que darle tiempo al haihé, así que se sienta, sin dejar de mirarle. “Vamos, tómalo, es para ti”. Pasa un buen rato, hasta que Raksaa se acerca al árbol. Toma parte del pescado y se va corriendo a su guarida. Se sienta, pero no parece que vaya a comer.

Tras esperar de nuevo un rato, Anna se acerca, muy lentamente, al árbol. Raksaa se incorpora y emite gruñidos, pero Haihani conserva la calma y se sienta bajo el árbol. Raksaa gruñe, pero termina también por sentarse. “Vamos, come, estarás hambriento. El pescado está bueno. Lo he pescado yo”. Ella misma se pone a comer parte del pescado que ha quedado bajo el árbol. Raksaa la mira, pero no come. “¿Qué pasa Robinsón? ¿Te molesta que te vean comer?”

Por la mente de Anna pasa un reproche que podría hacerle: “¿así que tienes vergüenza para comer delante de mí, y en cambio no tenías vergüenza para matar a los feganuhés?” Pero no lo dice: “así no ganaría nada. Tengo que ganarme su confianza. Al fin y al cabo, a lo mejor él también me tiene miedo”. Así que cuando termina, se retira una decena de metros: “come cuando quieras, yo esperaré por aquí cerca”. Vuelve a sentarse junto al camino, a la vista de Raksaa, como antes.

“¿Y ahora qué hago?” El resultado es muy positivo, y Anna no tiene preparados los siguientes pasos. “Haré lo que haría normalmente si hubiera venido a vivir a la isla. Lo primero que tengo que hacer es preparar un lugar donde pasar la noche por aquí cerca. Pero aquí no. Una cosa es que no me haya atacado y otra que me fíe de él. Buscaré cerca de la playa”.

Más abajo, Haihani encuentra un claro entre unos arbustos, con restos de madera y algún árbol. Parece un buen sitio. Desde luego, más confortable que el refugio que está usando. Por la cantidad de madera que hay, da la impresión de ser una antigua morada. Quizá de Raksaa o de los feganuhés. Hay incluso una pequeña oquedad que parece excavada, y que puede servir para guardar pescado, utensilios o madera. Será como su despensa. Así que se pone a acondicionar el lugar. De vez en cuando, se acerca al camino, para ver si Raksaa sale de su choza.

“Ahora necesito poner un techo. Voy a necesitar más madera... Y Raksaa tiene de sobra”. Así que sube de nuevo. Recoge algunas ramas, palos y la escalera que está debajo del árbol-prisión. Raksaa se levanta de nuevo, gruñendo. “¡Eh, calma, calma! Necesito un poco de madera para mi cabaña. Supongo que no te importa que me lleve esto. ¿Eh?” Raksaa vuelve a sentarse, pero sigue gruñendo. “Gracias, Robinsón”, dice Anna, y vuelve hacia abajo.

A lo largo del día, Haihani sube varias veces a buscar madera.  Cuando Raksaa se levanta y gruñe, ella piensa que protesta porque está demasiado cerca, así que trata de calmarlo y toma maderas que encuentra algo más lejos. De esta forma observa todo el entorno de la guarida de Raksaa. Está realmente en el mejor sitio: la altura más grande —por no decir la única— de la isla. Desde ahí se puede llegar en poco tiempo a cualquier punto de la “costa” sur de Salmafua. Y se está suficientemente aislado del “norte” como para que los feganuhés no sepan lo que hace.

Al final del día, Anna tiene terminada una rudimentaria cabaña. Hace tanto tiempo que no duerme en un abrigo decente, que casi le parece un sueño. Además, el momento no puede ser más oportuno, ya que esa noche llueve. Como es costumbre entre las feganuhanis, ella se levanta para aprovechar el agua. Coloca algunas hojas de palmera para recoger la lluvia, pero se da cuenta de que servirán de poco.

Haihani sabe que en los alrededores de la guarida de Raksaa hay algunos cuencos de madera o de coral, de los que los feganuhés utilizan para recoger agua. Confiando en que Raksaa duerma, sube sigilosamente. Encuentra un par de cuencos y se los lleva. Antes de acostarse, bebe la poca agua almacenada.

Antes del amanecer, sale de nuevo a pescar. Después, sube, llevando el pescado en la red y agua en uno de los cuencos. Coloca todo bajo el árbol y, como el día anterior, toca el silbato y llama a Raksaa. El haihé sale, con menos protestas que el día anterior. Al llegar al árbol, va a llevarse en pescado, pero entonces ve el agua y se queda sorprendido. Toma el cuenco con tan poco tino que la mayor parte del agua se le cae. Anna se vuelve lentamente, baja a su cabaña y sube el segundo cuenco. Cuando llega, Raksaa no está ya junto al árbol.

“¿Quieres más agua, Robinsón? Aquí te la traigo”. Raksaa sale enseguida de su cabaña. Haihani va hasta el árbol, pero no deposita el cuenco ni se va. Espera. Raksaa da unos pasos, se queda a tres o cuatro metros y gruñe en voz baja. “No te daré el agua hasta que sueltes la pistola”, dice ella, señalando el arma. Raksaa gruñe más fuerte. “Sé que me entiendes, Robinsón. Deja la pistola en el suelo y te daré el agua”. Raksaa gruñe, hace como que se vuelve, y gira dando un par de vueltas. Gruñe más fuerte.

“Deja la pistola o no tendrás agua”. Anna hace el gesto de agacharse y depositar algo en el suelo con la mano izquierda, mientras sostiene el cuenco con la derecha. Raksaa gruñe pero termina por dejar el arma a un lado. “Muy bien, aquí tienes el agua”, dice ella, estirando los brazos. Raksaa duda. Da un par de pasos y se para de nuevo. Haihani da un paso y sigue con los brazos extendidos. Raksaa retrocede gruñendo. “Toma el agua. No la voy a soltar, que la tirarás”. Raksaa se acerca y alarga un poco los brazos. Anna piensa que sería demasiado exigirle que se acerque hasta beber del cuenco, así que lo deja en las manos del haihé y se retira lentamente, para que Raksaa no se vaya. Incluso se da la vuelta y anda unos pasos hacia abajo. Puede oír como Raksaa bebe.

“Ahora tienes que deshacerte de la pistola”, dice ella después de que Raksaa ha terminado de beber, “si quieres que te siga trayendo comida...” Haihani lo repite, como siempre, hasta asegurarse de que Raksaa entiende. El haihé se mete en su cabaña y sale de nuevo, sin la pistola. “No, nada de eso, tienes que tirarla”. Para ejemplificarlo, toma una piedra y la arroja lejos, entre la vegetación. Raksaa gruñe y vuelve a su cabaña.

Anna piensa que sería demasiado arriesgado tratar que quitarle el arma. “Está bien. Vamos a adecentar un poco esta pocilga en la que vives”. El resto del día, Haihani lo pasa retirando las basuras y palitroques que Raksaa tiene alrededor de su guarida. Pero no se atreve a entrar donde está él. De vez en cuando consigue hacerle salir para que almacene maderas en algún lugar. A mediodía, se despide para ir a descansar a su choza. Aunque allí están la mayor parte del tiempo a cubierto del sol, Anna ha aprendido de los feganuhés que en Salmafua no se puede trabajar durante todo el día.

Por la tarde, vuelve a subir con más pescado y sigue retirando escombros. Además de los huesos de pescado, encuentra restos de feganuhés sin enterrar: simplemente arrojados en una cueva alejada. Haihani reprocha a Raksaa su conducta, pero éste calla.

Anna trata de obligarle a cavar una fosa, pero, como el haihé se resiste, pierde la paciencia y lo hace ella misma, a pesar de la carencia de instrumentos: baja en dirección a la playa y busca un lugar donde la tierra es más blanda, casi arena. Después sube arriba y pide a Raksaa que transporte los restos humanos. De nuevo se niega Raksaa y lo hace ella, con su red de pesca. Por último insiste hasta conseguir que Raksaa baje a la fosa y al menos contemple cómo ella entierra los restos. Sobre la tumba coloca una cruz: un par de palos atados con algas.

“¿Sabes lo que es esto, Robinsón? ¿Eres cristiano?”. Hay una larga pausa. Como siempre, Raksaa-Robinsón no responde. Pero tampoco gruñe, permanece en silencio. “Espero que no vuelvas a matar a nadie. ¿Te das cuenta de lo que has hecho? Los feganuhés son personas. ¡Hombres como tú! No olvides lo que he hecho hoy, recuérdalo siempre que veas esta cruz”.

“Por hoy es bastante”, piensa ella. Sube arriba, más que nada para que Raksaa no vea dónde tiene ella su cabaña, y se despide hasta el día siguiente. Aquella noche le cuesta conciliar el sueño. Piensa en los feganuhés muertos y hasta llora. Está cansada, pero también contenta, porque le parece que su proyecto da resultado.

Al día siguiente, repite la operación con el pescado. Después consigue que Raksaa salga de su cabaña y se pasa el día arreglándola. En un momento dado, señala la pistola, y de nuevo le pide que la tire. Él no reacciona, así que Haihani toma el arma y la arroja con todas sus fuerzas en medio de la maleza. Raksaa sale como un rayo, empuja a Anna y sigue en dirección al lugar donde está el arma.

Mientras Raksaa busca, Anna examina la guarida. Limpia todo lo que puede, pero también trata de buscar huellas sobre la identidad de Robinsón. No encuentra documentos, pero sí, medio enterrados, restos de un libro en francés. “De modo que es francés. O al menos entiende francés”. Cuando la guarida tiene ya un aspecto decente, sale fuera. Raksaa sigue buscando su arma, así que ella baja abajo a descansar.

Por la tarde, sube con más comida y encuentra a Raksaa-Robinsón en la guarida. Con la pistola. Ella lleva un trozo del libro: a partir de ahora, se dirige al haihé en francés, sabiendo que entiende esa lengua. “Mira lo que he encontrado. ¿Eres francés? ¿Cómo te llamas?”... No hay respuesta. “Está bien, tendré que seguir llamándote Robinsón. ¿Qué hace ahí esa pistola?... Está bien. Me conformo con que no la uses. Pero no quiero verla. ¿Me entiendes? ¡Escóndela o volveré a tirarla!”

El resto del día, Anna lo pasa cosiendo algo debajo del árbol. Trata de que Robinsón vea cómo se pueden hacer trajes con las hojas de palmera y con las algas. El haihé observa atentamente desde su guarida. Pero por ese día es bastante, y Haihani se despide al caer la tarde.

Al día siguiente, Anna hace las tareas que ya van siendo habituales: pesca, orden de su cabaña y de la guarida de Robinsón. Obliga al haihé a que le deje entrar y a que le ayude a recoger desperdicios y demás basuras. De la pistola ya no hay ni rastro: Robinsón la debe tener escondida en algún lugar. Ese día, Haihani termina una especie de poncho para la lluvia, y se lo da al haihé: puede servirle también como manta para la noche.

Por la noche, Anna piensa que Robinsón no debe acostumbrarse a que ella haga lo que hacían los feganuhés. Aunque ya es bastante lo logrado en tan pocos días: terminar con la esclavitud de los feganuhés y puede decirse que con la guerra, ya que al menos el haihé no necesita de los hombrecillos. Pero también Robinsón debe trabajar. Tiene que enseñarle a pescar. Primero tiene que mejorar su aspecto, ya que apenas va vestido.

Ya de mañana, después de pescar, Anna no se pone sobre el traje de neopreno el pantalón y la camiseta de surf. Los sube a la guarida de Robinsón y, aunque supone que recordará cómo se emplean esas prendas, se las pone ella sobre su traje para explicárselo. Después se las deja, indicándole que debe deshacerse de los harapos que lleva y vestir esas prendas.

Aquella tarde, tras tomar algo de cena, Haihani deja antes de lo habitual la morada del haihé, para ver si así se anima a probarse las prendas de vestir. Lo que no sabe es cómo puede hacer para que se corte el pelo. Los feganuhés tampoco se lo cortan con mucha frecuencia: quizá una vez al año. Pero Raksaa-Robinsón sin duda está en posesión del récord de la cabellera más larga de las islas Fiji. Anna tiene algunos útiles de pesca cortantes, que en condiciones normales podrían servir para esta tarea. Y Robinsón tiene algún cuchillo. Pero la sola idea de acercarse al haihé con un arma blanca le produce escalofríos, así que este punto podrá esperar, piensa.

Con el nuevo día, Anna descubre que el haihé sigue vestido de harapos. De todos modos, decide continuar con su plan y convence a Robinsón para que baje a la playa: si no, esa mañana no tendrá comida. Por lo menos, debe ser espectador de las tareas de pesca, y Haihani confía en que no tarde mucho tiempo en tomar la red con sus propias manos.

Cuando tiene pescado suficiente, Anna pone la red con la pesca sobre su tabla y la deja flotando a unos metros de la playa. Aunque las olas rompen bastante más atrás, para que no arrastren la red, ella la mantiene atada a una cuerda que va soltando mientras se mete más adentro, e indica a Robinsón que recoja la tabla. Él da unos pasos en el agua, pero después vuelve a la playa. Gruñe y hace gestos de protesta. Haihani decide que lo mejor es no prestarle atención.

Robinsón vuelve a dar unos pasos en el agua, pero se detiene cuando le cubre las rodillas. Mete los brazos en el agua, como si así pudiera atraer la tabla, o como si tratara de nadar, pero la tabla está demasiado lejos, y atada. Así que se da media vuelta y desaparece camino de su guarida. Después de esperar un rato, Anna va a la playa. No hay rastro del haihé. Pensando en que tiene que conseguir que Robinsón se dé un baño, sube arriba.

Robinsón está sentado y gruñe cuando Haihani llega. Ella le insiste en que baje a la playa. Él gruñe y termina por levantarse amenazadoramente. Anna retrocede un par de pasos pero enseguida recuerda que no debe ceder. Él avanza haciendo gestos con los brazos. Se detiene y toma tierra del suelo: la arroja hacia Haihani, pero no sigue avanzando. Después se da media vuelta y se sienta.

Anna sigue de pie, con los brazos en jarras, y reprocha al haihé su pereza. Él sigue gruñendo y no le hace caso. Hay un rato de silencio, pero cuando Haihani quiere volver de nuevo a insistir, observa algo extraño. Robinsón está cabizbajo y gruñe entrecortadamente, en voz baja. En realidad, no está gruñendo. Está gimiendo. La sorpresa de Anna es mayúscula. No sabe qué hacer, tiene miedo de cómo pueda reaccionar él. Instintivamente, se va retirando poco a poco. Retrocede hasta la playa.

“Me he pasado”, piensa. “Le he tratado como a un animal, todo lo más como a un niño. Y no es un niño. Es una persona mayor. A pesar de su aspecto monstruoso, y de las cosas horribles que ha hecho, quizá no se merece ese trato”. Después de dar vueltas al asunto, decide llevarle el pescado. Lo deja sigilosamente bajo el árbol y se va. Él se da cuenta de su llegada, pero sigue cabizbajo, sin prestar atención.

De nuevo, la lección es suficiente para ese día, así que Haihani vuelve a su cabaña y esa tarde no visita al haihé. Reflexionando, piensa si no habrá llegado el momento de ponerse en contacto con los feganuhés. Le parece que todavía es pronto, y que aún no es posible proponer que los hombrecillos vuelvan a vivir a su isla. También para Robinsón sería demasiado: hay que actuar poco a poco.

Al día siguiente, Anna lleva pescado al haihé, y trabaja de nuevo en el orden de la guarida, que ya se va pareciendo más a una cabaña. Varias veces trata de trabar conversación con Robinsón, pero como siempre termina en un monólogo. Algunas veces parece que escucha, pero nunca responde a las preguntas. Tras la pausa de mediodía, trata de acercarlo de nuevo a la playa. Raksaa-Robinsón vuelve a observar las tareas de pesca, pero sin intervenir.

Al despedirse, Haihani le insiste en que se ponga el traje que tiene arriba. Cuando vuelve al día siguiente, descubre con sorpresa que el haihé lleva puestos los pantalones, y le felicita por ello. “Debería mostrar más entusiasmo por las cosas que hace bien. Sólo así conseguiré que siga avanzando”, piensa. Así que se fuerza bastante por mostrarse contenta por el nuevo aspecto de Robinsón, como si estuviera incluso elegante. En cambio, no puede notar la reacción del haihé, porque, con la cantidad de mugre que lleva en la cara, es casi imposible ver sus gestos.

Ese día, ambos bajan de nuevo a la playa a pescar. Anna tantea al haihé para ver si está dispuesto a mojarse, y ve que llega a meterse hasta la cintura. “Se ve que tal como iba vestido antes, no se fiaba de que sus harapos pudieran resistir un baño”. Le deja la tabla para que se apoye, confiando en que quizá así se anime a nadar. “Claro que, después de tanto tiempo sin hacerlo, debe tener hasta miedo al agua”.

Anna se extraña de que, con tan buen clima, a Robinsón no le guste bañarse. “¿Será pura pereza, después de que se acostumbró a que los feganuhés lo hicieran todo? No puede ser que no sepa nadar, nadie anda por estos mares sin saber nadar... Es extraño”. Haihani recuerda que debe animar al haihé, así que le jalea, aplaude y trata de darle ánimos para que siga avanzando.

Como cabía esperar, llega un momento en que Robinsón, con sus gestos toscos, voltea la tabla y cae al agua. Anna se lanza inmediatamente a nadar hacia donde está el haihé, pero comprueba que éste sabe nadar y, además, hace pie. Así que lo deja estar, y de nuevo le anima para que siga nadando. Sin embargo, él tiene suficiente, y se va andando hacia la playa, ayudándose con la tabla. Ella sigue mostrando contento, para que Raksaa-Robinsón no le tome miedo al agua... Como se hace con los niños.

En la playa, él sigue observando la tarea de pesca. Después, Haihani le muestra unas piedras suaves que los feganuhés utilizan para limpiar la ropa, y le sugiere que puede emplearlas para lavarse. Robinsón no vuelve al agua, pero en días sucesivos, se baña e incluso rasca algo la mugre que lleva encima. Anna ha conseguido también que se ponga la camiseta de surf, y le teje algunas prendas más para que las use en tierra firme.

El aspecto del haihé va mejorando con los sucesivos baños, aunque su cabellera sigue estando muy desarreglada. Anna consigue también que le acompañe, subido a la tabla, hasta las rocas de la costa donde se puede pescar, y que él mismo eche la red o ensarte algún pescado con un palo afilado. Pasadas un par de semanas, Anna puede decir que Robinsón sabe ya pescar y que está acostumbrado a trabajar todos los días y buscarse su propio sustento. Lo que no puede decir es si él disfruta con todo ello, porque sigue tan inexpresivo como siempre. Pero casi se aventuraría a decir que sí.

Haihani se plantea si no ha llegado por fin el momento de contactar con los feganuhés, y de que hagan las paces con Robinsón. Ya está a punto de llegar la segunda luna, el segundo mes desde su llegada a Salmafua. Incluso es posible que los feganuhés echen de menos los ataques de Raksaa y empiecen a preguntarse qué pasa.

Una mañana, decide plantear el asunto a Robinsón. Él no responde, pero parece comprender el mensaje y se muestra inquieto, hasta llega a gruñir. Anna le dice entonces que, si no quiere ir con ella a visitar a los feganuhés, puesto que ya puede pescar él solo, al menos irá ella: se ausentará quizá un par de días.

Haihani deja su tabla a Robinsón, para que pueda pescar, pero también para que tenga certeza de que va a volver. Así que decide ir por tierra: por fin podrá contemplar “por dentro” esta isla cuyos contornos, al menos por la costa este, conoce tan bien. No quiere perder tiempo, se despide de Robinsón y se pone en camino.

La isla no tiene particular belleza: claramente la costa y el arrecife son lo mejor de ella. Tras el montículo donde vive Robinsón, hay una llanura, que en algunos puntos llega a ser casi sólo playa. De nuevo hay una extensión más ancha, y por fin se llega a la costa norte, o más exactamente noroeste, ya que la isla es apaisada en sentido noroeste-sureste. Anna confirma su impresión de que la longitud de Salmafua no pasará de los tres kilómetros de noroeste a sureste, y de que la anchura rara vez pasa del kilómetro, dos como máximo. Como el sol está en su cénit, los feganuhés estarán reposando. Haihani no quiere sorprenderlos, y también ella necesita reposo, así que se tiende un rato en una sombra.

Al ver a los primeros feganuhés que andan pescando por la laguna, Anna sale a la playa y les hace señales. Ellos se acercan a saludarla. Reconoce a algunos, como al tostadito Kelehé, pero necesita que le recuerden sus nombres. No se olvida, en cambio, de Pulou, el gordito, pero al llegar al arrecife no está: ahora vive en Motu, como por lo visto pasa con los que no están capacitados para vivir en las duras condiciones del arrecife de Salmafua.

En la barrera se encuentra también con Mua. El recibimiento no es caluroso. Pero, afortunadamente, Haihani no se ve rechazada. Ella trata de explicar a los feganuhés que no hay peligro para ellos, y que pueden volver a vivir en la isla. No creen lo que dice. O al menos eso parece. Les dice que Raksaa sigue vivo, pero que no es peligroso, que no tiene su arma de fuego. “Esto es lo que no creen. No pueden creer que Raksaa no les odie. No se trata de que les odie o no, sino de que pueden vivir al margen de él. De esto es de lo que tengo que convencerles”.

Cae la tarde y los feganuhés se disponen a cenar. Anna les propone ir a la isla a comer. Pero no aceptan. “Se han acostumbrado tanto a vivir en el arrecife que ya no quieren volver”. Haihani insiste en que, al menos ella, irá a dormir a la isla. Pero los hombrecillos tampoco la siguen. Así que, al anochecer, se va nadando en solitario.

Antes del alba ya están los feganuhés en movimiento. Anna vuelve a nadar hasta el arrecife. Es inútil insistir en la explicación del día anterior. Los feganuhés siguen haciendo su vida normal, como si nada hubiera pasado. Haihani pide una entrevista con Mua y vuelve a repetir sus argumentos. No le pide que vayan a vivir con Raksaa, sino que vuelvan a Salmafua.

“No es una situación ideal, pero al menos ellos podrían vivir en la parte norte de la isla, toda la costa sería para ellos. A Robinsón tendrían que dejarle el montículo donde vive. Eso es todo”. De nuevo se encuentra con una negativa por parte de Mua. “¡Parece mentira! No se da cuenta de lo que le digo: ¡vuestra pesadilla ha terminado, vuestras familias pueden volver a Salmafua!”

Haihani se da cuenta de que, con su emoción por contar a los feganuhés lo sucedido con Raksaa-Robinsón, apenas presta atención a los gestos y argumentos del anciano. ¡Le parece tan evidente que pueden vivir en la isla! Por lo menos, que es mejor que el arrecife y que Motu. Pero Mua explica algo así como que el montículo donde vive Raksaa es para ellos tierra sagrada. Es el sitio donde deben vivir ellos.

“¿Será posible que prefiera que sus familias vivan en Motu sólo porque hay un pedazo de la isla que no es para ellos? Tendrán sus motivos, claro. Quizá tengan allí enterrados a sus antepasados, aunque yo no he visto rastro de... Sólo restos, alguna cueva donde parece que vivieron los feganuhés. ¿Pero es eso tan importante?”. Anna trata de ponerse en el lugar de Mua. “¿Y si fuera Raksaa quien viniera a vivir al norte de Salmafua?”

Tampoco esta solución es posible. Los feganuhés necesitan la costa norte, porque desde ella salen para Motu. “¿Acaso está Motu siempre habitado? ¿Y no hay suficiente pesca en Salmafua?”. Haihani empieza a desesperarse, pensando que todos sus esfuerzos no van a servir de nada... Parece que la única solución es que Robinsón desaparezca de la isla. Los feganuhés no se conforman con que no les moleste o no saber nada de él: quieren saber que no vive junto a ellos.

“¿Qué pasó realmente entre los feganuhés y Robinsón?” Anna reflexiona y encuentra cierta lógica a lo que dice Mua: “¿Quién le asegura que yo voy a estar siempre en la isla para controlar a Robinsón? ¿No puede volver a las andadas? Al fin y al cabo, también al principio debía portarse bien. Mua está al cargo de todo su pueblo y no quiere comprometer su futuro. Quiere la isla para ellos y sólo para ellos. Pues así será”.

Haihani explica a Mua que le comprende: Raksaa tiene que irse de la isla. Pero, ¿cómo?, ¿hacia dónde? Mua señala hacia el este. “¿Cómo sabe que allí hay islas habitadas? Precisamente yo he venido del oeste, o del noroeste. ¿Cómo sabe que hay islas más cercanas en esa dirección?” De nuevo preguntas sin respuesta. Pero Raksaa necesitará un medio de transporte. ¿Estarían dispuestos los feganuhés a ayudarle? Mua da a entender a Anna que los feganuhés entregarían una canoa a Raksaa, incluso la triple canoa que emplean para ir a Motu, si es con la condición de que se vaya para no volver.

Haihani trata de conseguir que Mua empiece a traer sus gentes de Motu, de modo que la gran canoa quede libre. No. Primero tiene que confirmar la noticia de que Raksaa acepta irse, y sólo después empezará la repatriación. Eso significa mucho más tiempo hasta que la canoa esté disponible. Poco importa. Anna piensa que no costará mucho conseguir la conformidad de Raksaa. Al menos no será lo más difícil.

Ese mismo día, Haihani se pone en camino de regreso. Hace noche en medio de la isla, porque no quiere llegar donde vive Robinsón de noche. En el fondo, aún le tiene miedo: prefiere no llegar como de sorpresa, sino con la luz del día. Durante la noche, le parece oír a una lechuza. Por la mañana reemprende su camino. Ve algunos pájaros. Uno que le parece un kiwi, pero del tamaño de una gallina. Más tarde ve volar un pájaro de tamaño también mediano, con el cuerpo de color claro y las alas oscuras. A mitad de camino entre paloma y faisán. En todo caso, le resulta desconocido.

Cuando llega al montículo, Robinsón no está. Se lo encuentra abajo, pescando. Él responde a su saludo con un gesto. Parece que se alegra. Su gesto le traiciona, aunque más tarde vuelva a mostrarse distraído, casi apático. Anna le cuenta su conversación con Mua. Como siempre, parece que entiende lo que le dice, aunque no responde a las preguntas sobre si acepta irse de la isla. Agacha la cabeza. También eso delata que entiende, y Anna se lo reprocha.

Para no enojar a Robinsón, Haihani le insiste en que ella no es quien exige que se vaya de la isla. Es más, está sorprendida de lo bien que todo marcha. No le considera un monstruo. Pero los feganuhés tienen ciertos derechos sobre la isla. Esto le parece evidente. Y piensa que él debe ceder y volver al lugar de donde vino.

Robinsón sigue sin hacer caso, como si tuviera prisa por pescar. “Antes tan perezoso y ahora tan trabajador. ¡Cómo ha cambiado!”. Anna se da cuenta de que no debe tratar con dureza al haihé, pero al mismo tiempo se siente herida porque no le responda. “¿qué te trajo a esta maldita isla? ¡Respóndeme! ¿Qué te he hecho yo para que no me respondas? ¿Es que tienes que vivir enfrentado con todos? ¿De dónde vienes? ¿O de dónde te han echado? Porque algo tienes que haber hecho para terminar así”...

Haihani está llorando. Le parece que el mundo se le viene encima. Ni los feganuhés le entienden, ni Robinsón agradece lo que ella hace por él. Con la vista nublada por las lágrimas, mira al haihé y lo ve parado, mirando al suelo, dando la sensación de que no le afecta lo que a ella le pase. No puede aguantar más: “¡Desgraciado!, ¡quién me mandaba meterme en tus asuntos! ¡Lárgate... Raksaa!”

Pero es ella la que se marcha, ante la inactividad de Robinsón. Antes, entra en el agua para tomar su tabla. Pasa por delante de donde está él, sin mirarlo, y se va hacia su cabaña. A media tarde, el hambre es más fuerte que su desánimo, y se va un rato a pescar. Piensa que es injusta con el haihé. Debería tener más paciencia, y no llamarle Raksaa. Ahora todo puede echarse a perder. Incluso piensa que podría subir a llevarle pescado. Pero no lo hace: mañana será otro día, y tratará de comenzar como antes.

De regreso a su cabaña, Anna se dispone a dormir, con las ropas de hojas y algas tejidas por sí misma. El traje de neopreno, que usa habitualmente para pescar y que lleva puesto desde antes de salir para visitar a los feganuhés, es incómodo. Se acuesta cuando aún se ven las luces del crepúsculo, y al mismo tiempo brilla una gran luna: luna llena. Se cumplen dos meses de su llegada a Salmafua.

Entonces le sobrevienen negros pensamientos: va a morir en esta isla, y de nada servirá todo lo hecho. Los feganuhés son unos egoístas, incapaces de compartir su territorio. Constituyen una sociedad arcaica, cuya base es no permitir el contacto con nada distinto a ellos mismos, de modo que, si vive con ellos, no podrá salir de la isla. Y Robinsón es un salvaje, un raksaa, encarnación del mal, más desagradecido que los feganuhés, y que si es capaz de adquirir ciertas técnicas de supervivencia, parece no conservar ni rastro de humanidad.

Haihani vuelve a llorar de tristeza, al recordar a los suyos: ella no pertenece a esta isla inhóspita, donde el único alimento son los peces y hay que estar escondiéndose del sol. Y en el lugar al que pertenece, está ya muerta. ¿Qué misión tiene que cumplir en Salmafua? ¿Una misión inventada por los delfines? “¡Qué tontería! ¡Qué pueden saber unos animales irracionales de los problemas de los hombres! Los hombres, que también aquí se comportan irracionalmente”.

Su idílica visión de los enanitos feganuhés ya no existe: no son inocentes, sino aborígenes retrasados. Tampoco Robinsón tiene nada que ver con el mito del buen salvaje ni con el del colonizador occidental, a semejanza del Crusoe de Allan Poe, de quien hereda el nombre: es un hombre sin cultura, animalizado. Así que la misión de aunar los dos extremos de la isla es un imposible. Sencillamente imposible, porque ni Robinsón se quiere ir de la isla, ni los feganuhés quieren que él viva en Salmafua.

La situación es tan irracional que, con el caer de las sombras y con las lágrimas que nublan su vista, le parece estar en un mundo irreal. Pero sabe que aún queda un mundo real: el mundo de donde vino. Y hay una posibilidad de volver, ya que los feganuhés saben que es posible llegar a islas habitadas al este de Salmafua. “Tengo que reconocer mi fracaso, antes de volverme loca. Mañana mismo haré un gran acopio de pescado y me haré a la mar. A Robinsón le dejaré con su red, y para pescar que se las arregle nadando, o que busque una tabla. Será mejor que no me despida de él, y tampoco de los feganuhés. Cuanto antes me marche, mejor”.

Haihani se calma un poco, gracias a esta decisión. Parece encontrar una puerta a su callejón sin salida. Pero entonces vienen a su recuerdo las feganuhanis y sus hijos, que viven en Motu. Le duele el destino que les espera: para la mayoría, morir en Motu, esperando la desaparición física de Robinsón. Entonces todo volverá a ser como antes. Como antes, ya que parece imposible pensar en un progreso en la sociedad de los feganuhés... Tiene delante de sí la estampa de Vevehani y de Pulouhani, con sus hijos. Veve estará esperando su regreso. Pero nada más puede hacer por ellas. Nada más. Aunque quiere hacer más, no puede: es inútil. “¿Qué puedo hacer yo? ¿Qué puedo hacer yo?”, se repite, llorando desconsolada.

Entonces oye ruido por la parte del camino que lleva a la playa. No son pájaros, y no pueden ser animales grandes, que no hay en Salmafua. Sólo puede ser Robinsón... Un miedo tremendo le llena, cortando su tristeza y su lloro. Agarrotada por el susto, quiere creer que es una alucinación, y desea con todas sus fuerzas que el haihé vaya hacia la playa o hacia alguna otra parte. “Que no venga aquí”... Pero sigue oyendo los pasos, más cerca. Abre bien los ojos, aunque quisiera cerrarlos, para no ver. Por fin ve la figura de Robinsón, que en realidad es ahora la figura de Raksaa, junto a las maderas que forman la entrada de su cobijo, y casi tocando con la cabeza el toldillo.

Está decidida a salir corriendo en cuanto el haihé dé un paso más. Si sale hacia atrás, hacia la maleza, tropezará y no irá ninguna parte. Tendrá que abrirse paso. Sí, cerca de la caseta está su tabla, y con ella podrá echarse al lago y estará a salvo. Robinsón avanza lentamente, y entonces Haihani se levanta a toda prisa. El haihé la agarra fuertemente y dice: “¡Anna!” Pero ella casi no lo oye, da un fuerte grito y lo empuja. Los dos caen, tirando abajo las maderas que hacen de puerta y el toldillo de la cabaña. “¡Suéltame!”, grita ella, se incorpora y sale corriendo. Busca la tabla, sin dejar de gritar: “¡Desgraciado!, ¡Raksaa maldito!”. Entre sollozos, tantea la maleza para encontrar la tabla. Entonces oye a Robinsón:

—“Anna, ne t’en vas pas, reste avec moi, ne t’en vas pas!”

En su nerviosismo, Haihani no presta atención a lo que ha oído, encuentra su tabla y sigue en dirección a la playa. Robinsón corre tras ella:

—“¡Anna, no te vayas, quédate conmigo; no te vayas!”

Ella ha puesto ya pie en el agua, cuando se vuelve y mira a Robinsón, detenido una decena de metros más arriba:

—“No te vayas, por favor, Anna. Perdóname. Yo no quería hacerte daño. ¡No te vayas!”

Haihani respira hondo. “Ha hablado. Está hablando”. Como si adivinara, Robinsón responde:

—“Sí, soy yo. Puedo hablar. Siempre he podido hablar”.

—“¡Desgraciado! ¡Todo este tiempo me has estado tomando el pelo! ¡Me entendías y no has querido responderme! ¿Y qué pretendes ahora?”

—“Ahora no es el momento de hablar. Sólo quería pedirte perdón por mi comportamiento, y pedirte que no te vayas. El resto, si te quedas, te lo contaré mañana. Ahora no es el mejor momento. Pienso que tienes que descansar. Adiós. Hasta mañana”.

Sin esperar respuesta, Robinsón se da la vuelta y sube caminando muy lentamente. Anna se queda un rato inmóvil. Cuando está segura de que Robinsón no está, se acerca a la playa y se sienta. No sabe qué hacer. Sigue teniendo miedo de Robinsón, pero hay algo nuevo: habla. Y tiene algo que contarle. Quizá merezca la pena esperar al día siguiente. Después de un largo rato, Haihani vuelve a los restos de su cabaña y se echa a dormir. Tiene el presentimiento de que Robinsón va a volver, y eso la desvela. Pero Robinsón no vuelve, y por fin el sueño termina por vencerla.

 

III. OLIVIER

A la mañana siguiente, se despierta casi cuando es de día. Avanza muy despacio hacia el camino. Cuando llega a ver la playa, ve que Robinsón está pescando. Cuando la ve, se acerca a tierra:

—“Buenos días, Anna. Me alegro mucho de que sigas aquí. Gracias”.

Ella no responde.

—“En primer lugar, me presento: mi nombre es Olivier Lejannou. Soy natural de Tahití, como sabrás, capital de la Polinesia francesa. Como ayer te prometí, estoy dispuesto a contarte mi historia, o al menos la historia de por qué estoy en esta isla”.

Haihani asiente sin hablar.

—“Pero anoche hubo un malentendido y, bueno, tu cabaña quedó destruida. Así que te propongo que comas algo de pescado y te sientes, mientras yo trato de reparar la cabaña y de contarte la historia”.

De nuevo ella asiente, sin palabras. Se dirigen a la caseta, y Raksaa-Robinsón-Olivier va recomponiendo los palos caídos, mientras cuenta su historia. Se llama Olivier y es originario de Tahití, pero sitúa su relato en Futuna, otra isla de soberanía francesa en el Pacífico, separada de la Polinesia francesa. En el aeropuerto de Vele, al sur de Futuna, Olivier ofrece servicios de aerotaxi para turistas con un hidroavión de su propiedad.

Los negocios no van bien, y un amigo ornitólogo le propone trabajar para el gobierno de la islas Fiji. Se trata de visitar islas, con el fin de examinar las poblaciones de pájaros. El archipiélago de Fiji está al sur de Futuna, así que allí se desplaza Olivier con su amigo, Jean-René Ahnne. La principal dificultad del trabajo estriba en la existencia de pocos aeropuertos en las islas, y en la escasez de población: fuera de los aeropuertos, es difícil abastecerse de combustible, y en caso de quedarse sin combustible en una isla incomunicada, aunque esté poblada, pueden pasar meses hasta que llegue un barco para auxiliarles.

La ventaja de este trabajo es que supone unos ingresos seguros durante años. Lo cual es interesante, aunque no sean cantidades  grandes, ya que el gobierno de Fiji es pobre como ellos. Además, cuentan con un seguro de vida bastante elevado: un cierto consuelo, aunque tanto Olivier como Jean-René son solteros, y sus familias viven en Polinesia.

La parte que les asignan es la región este: partiendo de Laucala, el aeropuerto más oriental de la región norte del archipiélago, deben cruzar el paso de Nanuku y amerizar en Vanua-balavu, principal isla del grupo del grupo de Lau norte. En cada isla pasan aproximadamente una semana, hasta que Jean-René cuenta todas las especies e incluso ejemplares de pájaros existentes. En las islas pequeñas, pasan menos tiempo. Además, se da un fenómeno curioso, y es que conforme se avanza hacia el sur o el este, hay menos especies de pájaros. Para Olivier es curioso, pero no para Jean-René, que sabe de sobra que los pájaros de estas islas proceden del sureste asiático e Indonesia.

Cuando terminan el grupo de Lau norte, pasan a la isla de Cicia —a medio camino entre el grupo norte y el sur—, donde también hay aeropuerto. Llevan más de un año con este trabajo. Aunque oficialmente Fiji está compuesta por 333 islas, en realidad son más de 800. Y hay que visitar todo trozo de tierra donde pueda vivir un pájaro.

Visitando una isla al este de Cicia, Olivier y Jean-René se quedan sin combustible suficiente para el regreso. El percance es importante, ya que el gobierno de Fiji paga el combustible, pero no se hace cargo de las reparaciones de aeronaves ni de cualquier otro incidente. Así que, aparte de perder casi un mes hasta que llega un barco con combustible, los gastos se descuentan de sus sueldos.

Por fin se desplazan a Lakeba, capital del grupo Lau del sur. Aquí el trabajo es más difícil, ya que casi todas las islas están al sur de la principal, y en un radio de más de cien kilómetros, doscientos cincuenta si se incluyen las más alejadas. Además, las islas del sur están prohibidas para el turismo, y sólo rara vez son visitadas por barcos. Así que un accidente en alguna de ellas supondrían un grave percance.

Olivier y Jean-René empiezan su trabajo por el grupo más aislado: el de Ono-i-Lau. Después trabajan, 150 kilómetros al norte, en las islas en torno a Fulaga y Ogea. Tienen previsto repostar en el aeropuerto de Moala, una isla al oeste, para estudiar los pájaros de algunas de esas islas. Desde allí podrán volver a Lakeba y hacer el trabajo principal. Al ver la cara de despiste que pone Anna, Olivier se excusa y dice que procurará ir al grano.

Tras pasar un par de semanas en Ogea Driki, al sureste en el grupo Lau sur, se dan cuenta de tienen que emprender viaje de regreso, porque están muy justos de combustible: lo justo para recorrer los cien kilómetros que les separan de Lakeba. Calculan que no tienen ni para ir a Moala, algo más distante.

Para colmo, la radio hace tiempo que no funciona, y en todas estas islas no hay nadie que pueda repararla. La falta de radio no es problema para el amerizaje en Lakeba, ya que el hidroavión lógicamente no desciende sobre el aeropuerto, sino sobre un punto cercano en la costa. Pero si tienen algún percance, no podrán comunicarse. Y en Ogea Driki no hay tampoco radio. Así que piden a los lugareños que se acerquen a Ogea Levu, una isla más al norte, y traten de comunicar su plan de viaje a Lakeba. Ellos no pueden hacerlo, porque un amerizaje y un despegue de más equivale a no llegar a destino.

El día es nublado, así que para ahorrar combustible, Olivier sube a la altura máxima, por encima de las nubes, y pone el piloto automático nada más salir de Ogea. Después echa una mano a Jean-René ordenando los informes sobre pájaros, que se dejan en los aeropuertos para enviarlos a la capital, Suva, en la isla de Viti Levu.

Cuando calcula que puede volver a la conducción manual para iniciar el descenso, Olivier consulta el aparato GPS de posicionamiento y se lleva una sorpresa: están bastante más al oeste de Lakeba. Mira entonces el piloto automático y se da cuenta del error: en vez de marcar el aeropuerto de Lakeba, todavía indica el de Moala, originariamente previsto como destino, pero adonde no podrían llegar. Deben estar cerca de Totoya, una isla que carece de aeropuerto.

Olivier corrige inmediatamente los datos del piloto automático. Observa que el avión gira a estribor, es decir, a la derecha, hacia el noreste. Consulta los mapas y comprueba que sobrevuelan el mar de Koro. Entre ellos y Lakeba no hay ninguna isla donde puedan amerizar, ninguna isla habitada, sencillamente no hay ninguna isla. Además, el consumo de combustible ha sido mayor de lo esperado: seguramente hay alguna corriente de aire con la que no han contado.

Consulta el asunto con Jean-René y concluyen que incluso intentar llegar a Lakeba es peligroso. Es sencillamente imposible: el marcador de combustible no deja lugar a dudas. Intentarán amerizar en alguna parte, pero para ello tendrán que cambiar de ruta. En torno a Moala no hay más que dos islas: Totoya y Matuku. Es la parte con menos islas del mar de Koro, y por tanto resulta muy arriesgado. Volver hacia el sur no tiene sentido: se alejarían de Lakeba, y tampoco llegarían a ninguna isla. Sólo tiene sentido desviarse hacia el oeste, para amerizar en la isla habitada más cercana: Komo, uno 50 kilómetros al sureste de Lakeba. Desde allí podrán pedir auxilio.

De nuevo sus cálculos han sido demasiado optimistas y aún faltan veinte kilómetros hasta Komo, cuando el motor falla. Pierden altura rápidamente, mientras consultan los mapas para ver qué lugar pueden tomar como referencia para amerizar. Calculan que deben estar cerca de una isla llamada Olorua, y la buscan ansiosamente: cuando la encuentran, no hay alternativa. Gracias a Dios, con los últimos ronquidos del motor y planeando, consiguen aterrizar a poca distancia de la isla. Inmediatamente, anclan el hidroavión, para que no lo arrastren las corrientes.

Afortunadamente, Olorua está directamente al sur de Lakeba, y por tanto no muy alejada de las rutas que llevan a las islas del sur. No muy alejada. Pero no está en ninguna ruta, ya que es una isla deshabitada. Pasado un rato, Olivier echa la última lata de combustible de reserva que tiene, gracias a lo cual puede poner de nuevo en marcha el motor. Levan el ancla y buscan un hueco en el arrecife, pero como no lo hay, anclan el hidroavión lo más cerca que pueden, en un lugar a refugio de las olas, al sur de la isla.

—“De modo que Salmafua es Olorua”, dice Anna, interrumpiendo el relato de Olivier.

—“¿Cómo Salmafua? No conozco una isla con ese nombre”.

—“Salmafua es el nombre que dan los feganuhés a esta isla”.

—“¿Los feganuhés?”

—“Sí, los feganuhés son los enanos, los hombrecillos de la isla”.

—“¡Ah!”

Haihani descubre así que Olivier no sabe ni cómo se llaman los feganuhés ni el nombre que dan a la isla. Así que le pide que continúe su relato. Ya llegará el momento de contarle lo que ella sabe de la isla, y que él parece ignorar, a pesar de llevar tanto tiempo en Salmafua.

Olivier vuelve, de nuevo, al día en que llegó a Olorua, hace más de cuatro años. Como en cada isla, él y Jean-René desembarcan en un bote neumático, cargado con una tienda de campaña y provisiones. Además, llevan bengalas para hacer señales a los barcos o aviones que puedan pasar. Son conscientes de lo difícil de su situación: dependen de que los habitantes de Ogea den aviso de su plan de viaje a Lakeba. Y aún así...

Al poco de desembarcar, encuentran signos de presencia humana: pequeñas construcciones y restos de comida, como si alguien viviera allí. Se ponen inmediatamente a recorrer la isla. Encuentran más restos de construcciones, como pequeñas cabañas, madera almacenada... Incluso encuentran restos de pescado relativamente frescos. Pero no ven a nadie.

Jean-René propone cruzar hasta el otro extremo de la isla, pero Olivier no quiere. Tiene miedo: es extraño que nadie responda a sus llamadas. ¿Podría haber algún animal peligroso en la isla? Un animal de gran tamaño que coma pescado, es algo difícil de imaginar. El pescado podrían comerlo los pájaros. Pero ¿y las construcciones? ¿Son restos de una presencia humana anterior o tienen algo que ver con los restos de comida? A pesar del aspecto acogedor de la isla, Olivier piensa que estarán más seguros si van armados, así que propone a Jean-René tomar la pistola que llevan en el avión. Jean-René se queda en Olorua, instalando la tienda de campaña, mientras Olivier se acerca hasta el avión con el bote. Aunque él se siente culpable y pide disculpas, su amigo no le guarda rencor, incluso trata de consolarle diciendo que "estas cosas le pasan a cualquiera".

Ya en la primera noche, oyen pasar un avión, y ven sus luces, allá en lo alto. Lanzan un par de bengalas. Pero después reflexionan y se dan cuenta de que no tiene sentido mandar señales a un avión que seguramente realiza un vuelo intercontinental. En el mejor de los casos tendrá como punto de partida o llegada uno de los dos aeropuertos internacionales de Fiji: Nadi y Nausori, a ambos extremos de la isla de Viti Levu. Con suerte, puede que den parte del avistamiento de las señales a uno de estos aeropuertos, pero, volando tan alto, sería imposible que los localizaran. Así que es mejor guardar las señales para cuando aparezca un barco o un avión que vuele a menor altura.

Al día siguiente, los dos recorren la isla. Encuentran las mismas huellas de presencia humana. Y más restos de comida. Y maderas y piedras que parecen haber sido trabajadas. Pero por más que gritan, nadie responde a sus llamadas. Así pasan dos o tres días más, hasta que dan por recorrida la isla y deciden instalarse en el punto más alto, cercano al lugar donde está anclado el hidroavión.

—“Es decir, aquí mismo”, aclara Olivier.

Jean-René aprovechará el tiempo para hacer la observación de los pájaros de Olorua. Mientras tanto, Olivier se queda de guardia en la parte alta de la isla, teniendo a mano la pistola de señales. Además, Olivier tiene consigo la otra pistola, de la que no se separa ni cuando va al avión a por provisiones.

En una semana, Jean-René tiene completa la lista con las nueve especies de pájaros presentes en Olorua: hay entre ellos una de lechuzas y otra que tiene algo que ver con el martín pescador. Jean-René habla con tanto entusiasmo de los pájaros, que Olivier aún recuerda estos datos. “Me parece que podré hacer una tesis doctoral sobre los pájaros de esta isla”, dice Jean-René con buen humor. Es tan amante de la naturaleza que apenas sufre por la situación en que se encuentran.

—“En cambio, yo, yo soñaba con el día en que saldría de esta isla”. Olivier termina las reparaciones de la caseta de Anna, y se sienta frente a ella para continuar su relato.

Jean-René sigue haciendo sus excursiones. Suele volver por la noche, pero a veces se va hasta el otro extremo de la isla, llevándose provisiones. Cansado de buscar barcos inexistentes, y habiéndose leído todos los libros que hay en el avión, Olivier también explora su parte de la isla, en particular el montículo más elevado del sur. Un día encuentra una cueva que parece ser natural y que incluso quizá esté conectada con el mar. Baja hasta donde puede...

—“Y allí encontré... Bueno, encontré restos humanos, esqueletos”.

—“¿De los feganuhés?”, pregunta Anna.

—“Bien, yo en ese momento no sabía nada. Los examiné un poco, y pensé que se trataba de niños”.

Olivier recuerda entonces las historias de canibalismo tan corrientes en Oceanía. Piensa que puede tratarse de sacrificios humanos... En todo caso, tiene que advertir a Jean-René, que hace ya días que anda por el norte de la isla. Toma el revólver, con un par de cajas de munición y algo de comida, y se marcha. Es ya tarde y, antes de llegar al otro extremo de la isla, se le hace de noche. Jean-René no responde a sus llamadas. Pernocta por el camino, y al día siguiente llega hasta el norte.

Sigue sin encontrar rastro de su amigo, y su nerviosismo crece. Por fin, encuentra huellas en la playa. No son las huellas de su amigo, sino como huellas de animales, o como máximo de niños, y hay muchas. Entonces recuerda los restos que encontró en la cueva. ¿Será posible que se trate de una isla habitada sólo por niños? Trata de examinar mejor las huellas, y llega hasta un lugar donde la arena está muy revuelta. Hay varias grandes huellas, como de troncos de madera arrastrados, o canoas, piensa. Y por fin encuentra un rastro en el que parece haber... sangre.

—“¿Pretendes decir que los feganuhés mataron a tu amigo?”

—“Yo entonces no sabía nada. Sólo me pareció que aquello podía ser sangre. Y, efectivamente, seguí la huella en dirección a la isla y encontré sangre entre las plantas. Pero no encontré nada que perteneciera a Jean-René”.

Por el otro extremo, las huellas de la playa se pierden en el mar. Olivier da unos pasos en el agua. Ahí delante está el arrecife. Por un momento, piensa acercarse. Pero no lo hace. Tiene miedo. Sigue llamando a su amigo. Inútilmente. Se resiste a volver sin él. Pasa un par de días, medio escondiéndose entre la maleza. Ya ni se atreve a llamar a Jean-René. Por fin, obligado por el hambre, decide regresar al punto de partida.

Entonces, cuando quiere ir al avión para recargar provisiones, se encuentra con otra sorpresa: ya no están ni el bote, ni el avión. Incluso la tienda de campaña está destrozada, y todos los utensilios, hasta los libros, desparramados.

Al principio, piensa que se trata de una broma de Jean-René. Pero esa idea le dura poco: Jean-René no es esa clase de persona... Es un tipo pacífico, amante de la naturaleza, que ni en una isla desierta se siente incómodo. Aparte de eso, es absurdo pensar que trate de huir en el avión sin contar con él: el avión no tiene combustible y... Tampoco puede ser un arrebato de locura.

—“Así que sólo me quedaba concluir que no había sido él y que, efectivamente, había alguien más en la isla”.

—“No puedo creerte, los feganuhés no habrían matado a una persona”.

—“Yo entonces no hacía más que reprocharme mi cobardía: si alguien había atacado a mi compañero, debía salir en su defensa. Pero me sentía impotente. Temía por mi propia vida y no me atrevía a buscarlo... Le abandoné. Nunca pude tener pruebas de que lo hubieran matado. Pero es lo único que pudo suceder”.

El relato se corta, porque Olivier está acongojado. Llora. Entrecortadamente, como tragándose su dolor. Y después abiertamente.

—“¿Te das cuenta de lo que es no tener nadie en quien confiar? Estar solo... Tanto tiempo”.

—“Me doy cuenta. O trato de hacerlo. Vamos, cuéntame cómo contactaste con los feganuhés”, dice Anna, que empieza a dudar si Olivier está en su sano juicio, o si, por el contrario, toma a los feganuhés por autores de algo que a ella le parece imposible.

—“Cayeron sobre mí. Una noche que estaba durmiendo cerca de aquí, cerca de la playa. Me desperté asustado por el ruido, y recibí los golpes de piedras, y golpes punzantes. Como llevaba siempre a mi lado la pistola, hice algunos disparos, y salieron todos corriendo. Huyeron. Pero yo les perseguí, aguantándome el dolor de las heridas. Les vi irse en sus canoas. No todos cabían en las canoas: algunos tuvieron que nadar o ir por tierra. Así que descubrí que vivían al norte, en el arrecife. Al día siguiente asalté su guarida. En realidad, no tuve que buscar mucho: todo el arrecife estaba lleno de ellos. Había mujeres y niños. Todos eran pigmeos, enanitos. Ya los conoces. Entonces no me cupo duda de que eran ellos quienes habían matado a Jean-René, y quienes habían desamarrado el avión...”

—“Y a partir de ahí empezó vuestra guerra”.

—“¿De qué guerra me hablas?... Estás de su parte. No lo digo bien. Yo no he pretendido enfrentarme a ellos. Pero no he tenido más remedio. Yo sólo quiero salir de esta isla, y ellos quieren matarme. ¿No te das cuenta de eso?”

—“Y tú, ¿acaso no los matas a ellos?”

—“Yo no he matado a ningún pigmeo. Puedes creerme. Al menos, no que yo sepa”.

—“¿Y esos huesos, los huesos que había junto a tu cabaña?”

—“Eso eran restos de los esqueletos de la cueva. Saqué algunos. Después me vine a vivir a la playa. Cuando me atacaron, volví arriba porque es un sitio más seguro, puedes controlar mejor... Pero de los huesos no volví a ocuparme”.

—“¿Y los feganuhés que tenías esclavizados?”

—“¿Qué es esto, un interrogatorio?”

—“Perdón. Yo... Tengo otra visión. La que me han dado los feganuhés...”

—“Pues cuenta, cuenta qué te han dicho ellos. ¿Y desde cuando sabes su lenguaje?”

—“No lo sé. En realidad, puede que haya interpretado mal lo que han dicho...”

Anna le cuenta lo que sabe: que dispara contra ellos —recuerda la escena de Mua explicándole que Raksaa tiene un arma de fuego—, la huida de las mujeres y los niños a Motu, y los ataques al arrecife para hacer prisioneros.

—“Es cierto. Puede que te haya mentido, o simplemente olvidado. La primera vez que fui al arrecife, presa del pánico, disparé a algunos. Y quizá los maté. No lo sé. Estaba tan nervioso. Vi que tenían pescado. Y tenía tanta hambre, que durante un tiempo iba al arrecife para robarles. Yo no podía aprender a pescar. Además, son unos peces tan pequeños, que necesitaría todo el día para pescarlos. Así que forcé a algunos a que vinieran conmigo”.

—“Y les rompías una pierna para que no escaparan”.

—“Sí. Lo reconozco. Pero la cosa no es tan sencilla como te imaginas. Ellos trataron de atacarme varias veces por la noche. Así que no encontré más solución que... Les daba un golpe en el tobillo con una piedra: es una lesión que puede durar un tiempo. Es posible que toda la vida. Pero no tuve más remedio”.

Anna hace un gesto de desaprobación con la cabeza.

—“No te pido que bendigas todo lo que he hecho. Pero créeme: yo quiero salir de esta isla. Te insisto en que, a no ser en la primera ocasión, no he matado a ninguno de ellos. Incluso a los prisioneros, cuando enfermaban o los veía muy decaídos, los devolvía al arrecife. Y ellos me enviaban otros de refresco, prácticamente sin forzarles”.

—“Prácticamente”.

—“Si no quieres, no me creas. Como puedes comprender, si yo no tenía a nadie que pescara para mí, iba a robarles. Pero ellos mismos se organizaron, de modo que me mandaban gente. Preferían eso a un asalto por sorpresa. Naturalmente que alguna vez disparé para asustarles. Pero disparaba al aire, o a una roca. En cuatro años, no he gastado las dos cajas de balas que tenía: y cada caja tiene cincuenta balas...”

—“Bien. Gracias por contarme tu historia. Siento de veras... Todo eso. Yo no soy tu juez. Y yo también quiero salir de esta isla. Aunque hay cosas que me cuesta creer. Pero no es el momento... Ahora puedes salir de la isla. Ellos están dispuestos a darte su mejor canoa”.

—“¿Estás loca? ¿Salir de aquí en una canoa? Es muy arriesgado: yo ya pensé en robarles una canoa. Pero estoy medio paralítico, precisamente porque ellos me atacaron. Ellos me condenaron a vivir aquí. Además, sus canoas son enanas ¿Y sabes adónde me podría llevar el mar? Estaría perdido, a no ser que el mar me llevara hacia el este, hacia Komo, que está a unos quince kilómetros. ¿Y cómo sé yo que puedo lograrlo?”

—“Existe una forma. No te preocupes por eso”.

Anna le explica entonces su llegada a Salmafua y los viajes de los feganuhés a Motu. Si los delfines les arrastran hacia el este, es seguro que podrán llegar a Komo. Sólo hace falta que él consienta en irse, algo que hace inmediatamente. Después de cenar, sin más dilación, Haihani se despide de Olivier y le explica que al día siguiente irá a comunicar su decisión a los feganuhés. Puede tardar bastantes días en volver, ya que los feganuhés quieren repatriar a sus familias de Motu antes de poner la gran canoa a disposición del haihé. Pase lo que pase, le pide que no se acerque al norte de la isla, donde están los feganuhés.

De madrugada, Anna toma su tabla y marcha hacia el norte. Los feganuhés, o al menos Mua, reciben la noticia con un punto de incredulidad. Haihani se pregunta si Mua no imagina todo lo que le ha contado Olivier. A ella misma le vienen dudas acerca de si la sabiduría y prudencia de Mua no serán un mero cálculo para mantener intacto el sistema que él mismo preside. “¿Será posible que haya preferido enviar a la esclavitud a sus congéneres con tal de no luchar contra Olivier abiertamente, o incluso de intentar una negociación”... Pero prefiere eludir también esas dudas: tampoco le corresponde juzgar a los feganuhés. Bastante habrá logrado si termina con esta guerra no declarada.

Entonces piensa en sus amigas feganuhanis de Motu, y en sus hijos. “¡Qué alegría si pueden regresar a Salmafua! Esto es lo que importa, que vivan en paz con sus familias, y que puedan olvidar todo lo pasado”. Su alegría es grande cuando, por fin, Mua confirma la oferta de la canoa para Raksaa, y ordena que comience la repatriación de las feganuhanis. Pero ese día no hay ni rastro de delfines, y Mua no permite que se salga al mar sin esa ayuda.

Al día siguiente, por fin aparecen algunos delfines, y Anna pide permiso a Mua para contactarlos. Una vez obtenido, se lanza al mar y llega rápidamente donde están los anasis. Mientras tanto, los feganuhés botan la canoa. Está en marcha el primer viaje de repatriación, el que Anna espera que sea su último viaje a Motu. La canoa grande lleva atadas otras tres menores, que los feganuhés utilizan normalmente para pescar. Haihani se alegra de ver que ponen todo su empeño para conseguir cuanto antes el regreso de sus familias.

Al llegar a Motu, todos reciben con júbilo la noticia. Todos quieren ser los primeros en regresar a Salmafua. Pero se organiza un riguroso turno, y son los más pequeños, con sus madres, los primeros en viajar. Para el caso de que se interrumpiera el puente marítimo entre la isla y el atolón, es importante que quienes queden sepan valerse por sí mismos.

Para Anna, la mayor alegría es reencontrarse con Vevehani, con Pulouhani y sus familias. También está allí Pulou, que todavía cojea. Haihani está tan contenta que casi olvida los puntos negros de la historia. Pero, en los ratos de soledad en Motu, o entre una travesía y otra, se dice que no puede irse sin saber la verdad sobre el compañero de Olivier. Mira a los feganuhés y le cuesta pensar que puedan ser unos asesinos.

Los anasis parecen haber comprendido qué pretenden los feganuhés. En todo caso, éstos se aseguran de que siempre haya alguna canoa en el mar, para no romper el contacto con los delfines. Sólo por la noche se despiden de ellos. Al día siguiente, siguen allí, y puede repetirse la operación. Y así un día tras otro, una interminable semana, hasta que Motu queda desierto.

Pasadas las primeras emociones del reencuentro, las familias empiezan a instalarse en Salmafua. Anna ha explicado a Mua que pueden ocupar todo el terreno que quieran, ya que Raksaa no se moverá de su playa. Pero Mua da órdenes estrictas de no avanzar más de lo imprescindible. La mayor parte de los feganuhés se queda incluso en el arrecife.

Aunque tiene oportunidad para hacerlo, decididamente Haihani no se atreve a preguntarle a Mua sobre la existencia de un segundo haihé. “Podría echarlo todo a perder”, piensa. Pero también piensa que no se atreve porque intuye que lo que afirma Olivier puede ser cierto. Se acerca el momento de su partida. “Al menos con Vevehani tengo que hablar de ello”.

Los feganuhés cenan y dejan lista la gran canoa para que Anna pueda partir. Es tarde y van a empezar los cánticos. Esos cánticos cargados de melancolía que ahora, supone Haihani, tendrán un aire más alegre. Cuando encuentra a Vevehani, está recogiendo hojas de palmera para renovar el vestuario de su familia. Se sientan a charlar y Anna menciona el asunto del segundo haihé.

—“Igkai, igkai. Igkai muna”.

Haihani recuerda bien que igkai es una negación. Pero muna es la lengua: Vevehani no niega la existencia de un segundo haihé, sino que no quiere hablar de ello. Haihani insiste, pero Vevehani agacha la cabeza. Los feganuhés empiezan sus cánticos y todos los que están en la isla se van rápidamente al arrecife. También Vevehani se levanta, y sin mirar a Anna, se dirige a la playa.

—“¡Veve!”

La feganuhani se detiene, pero no levanta la mirada. Haihani se acerca a ella, se agacha y levanta el mentón de su amiga con la mano. Le sonríe, luego la levanta el alto y la abraza. Vevehani está tan sorprendida que no reacciona, pero también termina por abrazarse a Anna. Después ambas corren juntas y nadan hasta el arrecife. Allí, en medio de los cánticos, Mua hace entrega de la gran canoa. El cántico se detiene y todos se inclinan para saludar a la haihani.

Anna repite “noaia”, y los feganuhés también “noaia” y “noai”. Es la última despedida. Ella se acerca a las personas que más conoce: Pulou y Veve y sus familias. Besa a sus hijos, y a otros pequeñines que se acercan a saludarla. Siente un escalofrío difícil de describir: casi palpa el afecto de todos. Lo agradece y piensa que, pase lo que pase, o más bien al margen de lo pasado, los niños merecen vivir en paz. La justicia es importante. Pero ella no es juez. En realidad, quién es un hombre para juzgar a otro distinto por algo que él mismo habría sido capaz de hacer. Así que se abraza con fuerza a los pequeñines y desea sinceramente que puedan ser felices, ellos y sus familias. Todos en Salmafua.

Cae el sol y la luz de la luna es insuficiente, pero Haihani conoce bien el camino. Los feganuhés entonan una nueva canción, una canción que a ella le resulta nueva. Supone que es una canción alegre. O quizá una canción de despedida. Sí, oye cómo dicen “noai”. También ella lo repite, mientras se aleja.

Le cuesta reponerse de la emoción. En realidad, quisiera grabarla en su corazón, y repasa los últimos acontecimientos en su memoria. La figura de Jean-René, el compañero de Olivier, ya no le inquieta. "De algún modo se ha hecho justicia", piensa. "Sea cual haya sido su destino, él estaría contento viendo que los feganuhés pueden vivir en paz y que Olivier puede regresar a su mundo. Sí, el estaría contento. Seguramente estará contento”.

Cuando llega al sureste de Salmafua, Anna supone que Olivier estará durmiendo, y piensa que será mejor esperar al día siguiente para presentarse. No, ahora no le teme. Pero es tarde, y está cansada. Además, no hay prisa por irse. Tienen que esperar a los delfines. “¿Adónde nos llevarán los anasis? ¿Cómo sabrán que ya no quiero ir a Motu?”

Al llegar a la playa, Haihani se sorprende de ver a Olivier. Él se pone en pie y la saluda. Le ayuda a sacar del agua la gran canoa, para dejarla varada en la playa.

—“Seguramente has tenido un día agotador. Lo mejor será descansar y que mañana me cuentes...”

—“Sí”. Parece que Olivier hubiera adivinado su pensamiento. “Gracias”, alcanza todavía a decirle antes de ver cómo se pierde en el camino hacia su cabaña. Está sorprendida: “uno nunca termina de conocer a las personas. Se diría que Olivier es todo un caballero. ¿Quién lo diría si viera su aspecto a plena luz del día?”

Y una nueva sorpresa le espera al día siguiente, cuando se presenta Olivier. Al principio le cuesta reconocerlo: es su figura y su voz, pero... Tiene el pelo corto, la barba también recortada, el vestido bien compuesto. Anna descubre que podría ser hasta guapo.

—“Como ves, he aprovechado tu ausencia para hacer un poco de aseo”.

Haihani no sabe qué contestar. Sonríe. Después le cuenta a grandes rasgos lo sucedido. De la historia —del silencio— sobre Jean-René no dice nada. Le propone que pesque la mayor cantidad de peces que pueda, mientras ella sale fuera del arrecife a buscar a los delfines. Primero come algo y se lleva pescado en la red, puesto que piensa estar todo el día fuera.

La búsqueda es infructuosa. Sólo al final del día ve algún delfín, pero no localiza un grupo numeroso, y además es ya demasiado tarde: no quiere arriesgarse a que les arrastren de noche. Quiere ver claramente qué rumbo siguen, por si es equivocado. Así que regresa a la isla.

Le expone a Olivier su plan: preparar todo para salir de madrugada, con la tabla y la canoa, a buscar a los delfines, puesto que parece haberlos en las cercanías. Ella irá en la tabla y él en la canoa, ambas irán atadas, pero separadas unos metros. En ambas habrá un cabo terminado en maderas, para que puedan arrastrarlas los anasis. El acopio de pescado parece suficiente. Olivier está conforme y ambos toman la que podría ser su última cena en Salmafua-Olorua.

—“Olivier. Hay algo que quisiera preguntarte. ¿Cómo es posible que los feganuhés...? ¿Cómo es que nadie los ha visto antes? ¿Y cómo es que son enanos? ¿De dónde vienen?”

—“Es algo que me he preguntado muchas veces. No estoy seguro de que no haya en otras partes individuos como ellos, pero me parece que las dos cosas van unidas: he llegado a la conclusión de que son enanos precisamente porque nunca han entrado en contacto con otras gentes”.

—“Algo así como que se han ido achatando...”

—“Algo así”.

—“Pero entonces, ¿por qué se achatan ellos y no los que viven en otras islas?”

—“Vamos por partes: yo pienso que nadie se achata. Eso me recuerda a las teorías que defienden que las personas de raza nilótico-somalíes de África, los llamados tutsis, son altos porque comen carne, y el resto, los bantúes, llamados hutus, son bajitos porque comen legumbres... No, esto no es posible. Pero pienso que en esta isla la degeneración de una raza por endogamia —por casarse individuos muy parecidos, familiares entre sí— ha llevado a este enanismo tan exagerado. Eso sólo es posible si no hay comunicación con otras gentes. Y pienso que eso se ha convertido en el secreto de su supervivencia”.

—“Cómo puede ser el secreto de su supervivencia, si son más débiles”.

—“Cierto. En condiciones normales, los que se consideran razas puras están condenándose a sí mismos a la degeneración, sobre todo si son pueblos poco numerosos. Aparecen defectos hereditarios y se perpetúan. Por eso digo que no es que se hayan achatado: las personas no se achatan, pero los hijos sí pueden tener defectos genéticos, y si se casan los hijos entre sí, los defectos se heredan y se multiplican. Y pienso que es el secreto de su supervivencia porque, lo que en otro lugar los habría destinado a ser marginados, aquí les permite ser señores de un espacio más pequeño”.

—“Porque nunca ha habido hombres normales en Salmafua”.

—“Puede que hubiera hombres normales en Olorua. Puede que los antepasados de los feganuhés fueran unos pocos hombres normales”.

—“Quiero decir que nunca han venido hombres normales a ocupar la isla”.

—“Eso tampoco es cierto. Tú y yo somos hombres normales. Y si a nuestro regreso contáramos lo que pasa aquí, la historia de los feganuhés habría terminado. Jean-René era también un hombre normal.

—“Sigues pensado que lo mataron?”

—“¿Cómo te explicas si no la fosa con los huesos?”

—“¿Qué tiene que ver la fosa con la muerte de Jean-René?”

—“No lo sé. Ya te digo que sólo son cosas que se me han ocurrido. No hace falta que te cuente todas las ideas que han pasado por mi cerebro en todo este tiempo”.

—“Por favor”.

—“Bien. Conoces algo la historia de Polinesia, o de Oceanía, o como quieras llamarlo. Aquí había multitud de pequeños pueblos, muchas veces enfrentados entre sí hasta exterminarse. Y de paso eran caníbales, porque aquí hay poca carne comestible aparte de la de los hombres, y de ese pescado repugnante... En esta isla, como en tantas otras, pudo haber también divisiones, y una pequeña guerra civil, o varias... Y el resultado es siempre que un pequeño grupo sobrevive... Y ahí viene esa historia de la degeneración a partir de un grupo pequeño originario. Es posible que esa fosa contenga restos de enemigos. Incluso, una vez formada la sociedad de los enanitos más o menos como es hoy, puede seguir teniendo su función: ahí pueden ir a parar individuos particularmente degenerados, puede ser un lugar de sacrificios humanos...”

—“¿Sacrificios humanos? ¡Tú te has vuelto loco! ¿Te imaginas que los feganuhés pueden matarse unos a otros?”

—“Matarse unos a otros no, porque saben adónde lleva eso. Pero, por lo que yo he visto, su sociedad no podría mantenerse si no existieran sacrificios humanos. Y una forma de sacrificio humano es, por ejemplo, la pena de muerte. Un hombre condenado a muerte es como un individuo degenerado que se sacrifica para mantener el orden de la sociedad. El orden que no debe alterarse si no quiere llegarse a la guerra civil. No lo he visto, pero no me cabe duda de que hay sacrificios humanos entre estos enanos. Y en esa categoría entran también los enemigos, cualquier persona llegada a la isla, que supone una amenaza de muerte para ellos. Ellos saben muy bien que existen personas grandes, y temen como a la muerte su posible llegada a la isla. Lo de Jean-René fue un sacrificio humano, y yo estaba destinado a lo mismo”.

—“Un momento. A mí no me mataron. Y podrían haberlo hecho”.

—“A ti no te mataron. Cierto. Pero no eras un individuo aislado que llegaba a la isla. En el momento en que llegaste, podías ser para ellos la solución. Tú podías conseguir que yo saliera de la isla: no porque yo no quisiera salir, sino porque yo no sabía cómo salir. Y por cierto, que sigo sin estar muy convencido del sistema, pero si tú dices que esos delfines son tan buenos navegantes... Yo comprendo el cariño que les tienes, pero no dudo de que eso es lo que pretendían. Incluso podría ser que tú consiguieras convencerme para que tratara de convivir con ellos y, en un descuido, nos mataran a los dos. En el peor de los casos, si nada resultara, siempre podrían encontrar el momento de matarte a ti. No tenían mucho que perder con intentarlo”.

—“¡Que los feganuhés pensaban matarme a mí! No puedo ni imaginármelo”.

—“Lágrimas de cocodrilo. Créeme. Lo primero es lo primero, y si estuvieran dispuestos a convivir, hace tiempo que tendrían que haberlo echo. Ahora no tienen opción: si quieren sobrevivir, tienen que liquidar a los individuos aberrantes. No digo que la situación no tenga salida, pero yo personalmente no sé qué salida puede tener. Si algún día llego a la civilización, no diré ni palabra sobre esto enanitos. Claro que es posible que, por culpa de ello, si otro hombre cae en esta isla, vaya a parar a sus manos y muera. Pero eso es muy poco probable. Y en cambio, si desembarcaran aquí los hombres grandes, la muerte de los enanos sería un hecho. Como ves, los comprendo, no sé si mejor que tú, pero los comprendo. Ellos no son agresivos si se dan cuenta que no se trata de una ocupación permanente: un yate que viene a hacer turismo. Incluso nosotros, si hubiéramos pasado una semana mirando pájaros. Cuando mataron a Jean-René estaba ya claro que no había otra forma de hacernos salir de esta isla. No había más puerta que la que lleva a la vida eterna...”

—“¿Bromeas?”

—“En cierto modo sí. De algún modo hay que morir. Pero si no me crees, piensa por ejemplo en los hombrecillos que yo tenía a mi servicio. Es una aparente contradicción, porque me ayudaban a sobrevivir y al mismo tiempo arriesgaban sus vidas. Pero ¿qué hacían realmente?”.

—“Se sacrificaban por los demás”.

—“Sí y no. A lo mejor subjetivamente sí. Pero en realidad venían mandados por su jefe, o por sus jefes si es que hay más de uno. No venían de propia voluntad, pero ya te digo que yo no los cazaba. Al contrario, ellos trataban de cazarme a mí, varias veces me atacaron, y por eso tuve que hacer lo que hice... No intento justificarme, pero es cierto. Quizá si me hubieran matado habrían conseguido ascender a jefes... Ellos venían con miedo a mí. Pero hay algo a lo que temían más. Temen más a su jefe, porque saben que el jefe puede sacrificarlos. El jefe es para ellos algo más sagrado que la propia vida”.

—“A mí me dio una vez la sensación de que lo que era para ellos sagrado era este montículo”.

—“¿Sí?”

—“Sí. El jefe no quería renunciar por nada del mundo a esta parte de la isla”.

—“Lo que no querían era admitirme en la isla. En ninguna parte. Sería reconocer su derrota, y el principio del fin para la autoridad del jefe. A lo mejor precisamente este montículo, y la cueva, representa la autoridad del jefe, de lo que él puede hacer”.

—“Me cuesta imaginar que puedan ser tan crueles. Son buena gente”.

—“No estoy diciendo que sean peores que nosotros. No digo que tú y que yo. Todas las sociedades tienen algo sagrado. Las nuestra también”.

—“Desvarías. ¿Me estás hablando de los emperadores romanos, que se creían dioses?”

—“No, no. Es una idea equivocada. Como es equivocado pensar que los enanos de Olorua están más atrasados que nuestras sociedades. Nuestras sociedades tienen dioses, y sacrificios humanos. Eso no depende de que exista o no la pena de muerte. Nuestras sociedades sacrifican, en nombre de la libertad, a las personas incompetentes y a todos los que resultan molestos. A los niños antes de nacer. A los viejos antes de morir. A las familias en nombre del trabajo. En nombre de la diversión o del placer se cometen muchos más sacrificios humanos que en los circos romanos. Pero es posible que tengas razón. Quizá mis pensamientos han llegado muy lejos en estos años de soledad. No obstante, pienso que, lo mismo que es posible alcanzar la felicidad en nuestras sociedades, es posible para los enanos aquí, aunque su sociedad tenga rasgos crueles. En realidad, me parece que deben existir pocas sociedades que tengan un sólo dios, y que son aún menos las que adoran al Dios verdadero, si es que las hay”.

—“Pienso que en nuestras sociedades cada uno es libre de adorar al dios que quiera”.

—“Sí y no. La libertad es siempre relativa. Pero siempre hay algo de sagrado en la sociedad. Y no me parece mal. Yo no soy comunista. Ya que me preguntaste aquella vez si sabía lo que era una cruz. Sí, lo sé. Soy cristiano y sé que para los cristianos la cruz es un símbolo sagrado. Precisamente cada sociedad tiene algo sagrado porque es una sociedad compuesta por hombres, y el hombre es algo sagrado. O debería serlo. Cada persona es una imagen de Dios. Una imagen más real que una cruz de madera. Y por eso es sagrada la sociedad: porque debe proteger a cada persona. Eso es lo sagrado, y no lo que tantas veces se presenta...”

—“¿Qué se presenta?”

—“Tienes razón. Estoy desvariando. Todo esto no te interesa”.

—“Sí me interesa. Sigue”.

—“No. Tú me habías preguntado qué pensaba de los feganuhés, como tú les llamas. No qué pensaba de la vida”.

—“Bueno. ¿Y qué piensas de la vida?”

—“¿Y qué piensas tú? Cuenta tú quién eres. Sólo sé que te gustan los delfines. Que estabas en la isla de Gau... ¿Y qué pasó antes? ¿O quieres que lo adivine? Porque hasta ahora he adivinado que eres una chica muy valiente, capaz de salirse con la suya, deportista, y guapa...”

—“¿Todo eso sabes? Gracias por el piropo. Pero no. En estos dos, casi tres meses que llevo aquí, me he dado cuenta de que no soy como pensaba ser. Tampoco he pensado mucho. Han pasado tantas cosas. Pero pienso que he aprendido a tener una responsabilidad, y a diferenciar la imaginación de la realidad: no todo lo que pienso se puede hacer. Yo también me equivoco. Y las personas no son siempre lo que parecen por su aspecto externo”.

—“¿Las personas como Raksaa?”

—“¿Sabías que te llamaban así?”

—“Sí, y también sabía que llaman Salmafua a la isla. Pero no me podía dejar vencer tan fácilmente. Ellos son enanos, la isla se llama Olorua y yo me llamo Olivier”.

—“¡Ja, ja! Tú también eres un hombre de carácter. Pues sí. Es difícil hacer juicios. Es peligroso. Pero dime una cosa: ¿por qué me atacaste la primera vez?”

—“No lo sé. De verdad. No te equivocabas al pensar que yo era un salvaje. El hombre es también un misterio, y lo mismo puede salir a relucir la imagen de Dios que... No digo que llevemos la imagen del diablo. Pero podemos ser diablos. Yo también. No digo que lo era y que ya no lo soy. Es algo que puede pasar. Fue una bestialidad”.

—“¿Y por qué no me atacaste después?”

—“¿Por qué? Tampoco lo sé. En realidad... No sé. Pienso que es mejor no hablar de esto”.

—“Hablas de todo, de la vida y de la muerte. Eres capaz de juzgar a nuestra sociedad y a la de ellos, pero de ti mismo no sabes hablar. Es curioso”.

—“Quizá. Pienso que hay cosas que es mejor olvidar. O repararlas. Pedir perdón: perdóname, Anna, por favor”.

—“Pero qué dices, hombre. No tengo que perdonarte. Si supieras lo que he pensado de ti, tú también tendrías que perdonarme”.

—“Con mucho gusto. Y no hace falta que me lo digas. Ya me lo imagino”.

—“Me parece que es muy tarde. Y mañana nos espera mucho trabajo”.

—“Sí. Tienes razón. Es mejor irse a descansar”.

Ninguno de los dos parece tener prisa por levantarse. Con un suspiro y una palabra de despedida, Haihani es la primera en levantarse. Olivier se levanta también:

—“Espera. Quiero decirte algo. Quizá mañana, con las prisas por salir, no me atreva a decírtelo. Pedir perdón no es suficiente. Has hecho por mí mucho más de lo que debías. Para mí el mundo acababa en el arrecife. Sobre todo, desde que..., desde que no puedo andar y nadar bien, perdí la esperanza de salir con vida de aquí. Te debo la vida, y quizá más que la vida: la esperanza. ¡Gracias!”

—“De nada. Quiero decir, gracias a ti. Yo también, casi sin darme cuenta, he aprendido mucho. Y es gracias a ti. Y gracias a ellos, ¿no? Buenas noches, Olivier”.

—“Buenas noches”.

Anna piensa que va flotando hasta su cabaña. Demasiadas emociones para un solo día. Vuelve a pensar en los feganuhés. Pero la conversación con Olivier permanece con mucha más fuerza en su memoria. “Las impresiones no son lo importante”, piensa. Ella misma ha dicho que hay en Salmafua mucho que aprender. “Y de emociones no se vive. Tienen algo de irreal. ¿Qué hubiera pasado si me llega a decir: te quiero? Habría resultado emocionante. Emocionante pero irreal. Yo creo que me ha dicho que me quiere. Con un perdón, un gracias, o un buenas noches. Eso puede ser también un te quiero. Y puede que más verdadero”.

“Y yo”, sigue meditando, ya en su lecho, “¿no le habré dicho que le quiero? ¿O no le quiero? ¿O he hecho todo eso por un desconocido sin quererlo? Es curioso: ahora me parece evidente que le quiero. No es quizá lo que estaba pensando al hacerme la pregunta. Pero, también esto es una forma de decir: te quiero. Y lo hice sin querer: no sin querer hacerlo, pero sin querer decir: te quiero. Una no termina de aprender. He aprendido a querer a una persona a la que tenía miedo, y a la que no quería querer... No es un amor producto de la atracción, al contrario... Pero es amor, no cabe duda”.

Antes de rendirse al sueño, Anna puede tener aún un recuerdo para su familia, a la que piensa ver pronto. Y para el buen Dios, del que ha hablado Olivier. Y le pide que les eche una mano también mañana. Un pequeño empujoncito, de la mano de los anasis.

Aún no ha salido el sol cuando ambos coinciden de nuevo en la playa. Anna ha metido en su red peces, no tiene cosas personales que llevar. Olivier trae un cuchillo y la pistola, y le pregunta a Anna qué hace con el arma de fuego. Él opina que deben llevarla, porque quizá la necesiten para llamar la atención de algún barco. Pero también trae la pistola de señales, y Haihani propone enterrar la otra pistola en alguna parte, con la munición, y llevarse sólo la de señales.

Olivier acepta y entierra el arma. Luego pide a Anna que guarde algunos documentos de él en la bolsa donde lleva el silbato. Anna piensa que es mejor que los lleve él, “por si pasa algo”: para eso tiene un bolsillo en la camisa. Aunque no sea impermeable, algo quedará de los papeles: “es mejor que cada uno lleve sus documentos”. Por último, Olivier le da un libro, o más bien los restos de un libro: “es lo único que tengo. No es de valor, pero quiero que tengas un recuerdo mío. Por si pasa algo”. Ella mira un poco el libro: es una obra de Julio Verne, en francés. “Gracias”, dice, y lo guarda en la bolsa que lleva atada a la cintura.

Ha llegado la hora de la verdad, y cada uno empuja su embarcación —ella la tabla de surf, él la canoa— hacia el arrecife. Olivier nada en verdad con dificultad, pero se nota menos cuando sube a la canoa y rema. También ella tiene un remo. Subidos al arrecife, observan el mar, hasta que ven a los delfines.

—“¡Gracias a Dios, están ahí!”

Anna pide a Olivier que se suba a la canoa, y ella la empujará fuera de las olas. La tabla puede quedar suelta, no se va a hundir. Él obedece, y la maniobra tiene éxito. Después ella sube a la tabla y va remando en dirección a los delfines. Utiliza su silbato para atraer su atención. Cuando por fin consigue que se acerquen y muerdan los cabos con las maderas, no puede reprimir su alegría:

—“¡Hurra!”

¿Cómo hacer saber a los delfines que ya no quieren saber nada con esta isla? Al principio, los anasis se mueven en dirección este, alejándose del arrecife. Pero enseguida toman dirección norte. “Nos llevan a Motu. No puede ser”. Claro que si, llegados a Motu, no les hacen soltar los cabos, los delfines pueden comprender que quieren ir a otra parte y posiblemente les lleven a una isla habitada. Posiblemente.

Anna no quiere que les vean los feganuhés. Aunque tampoco sería una mala despedida. Así pueden comprobar que su Raksaa ha abandonado la isla. Y así sucede. Al pasar por el norte de la isla, Anna toca el silbato y hace gestos a los feganuhés. Algunos responden, pero no todos. ¿Será que no la ven? Mira hacia atrás y ve a Olivier: también él está saludando a los feganuhés. Agita las manos, aunque no grita. “A lo mejor eso les tiene asustados. Pero es bonito. Que vean que no les odia”. Luego dirige una sonrisa a Olivier, y como no sabe si la ve, le hace un gesto con el pulgar levantado.

Tal como había previsto, los anasis les llevan a Motu. Aún a cierta distancia del atolón, Anna toca el silbato, con sonidos audibles y con ultrasonidos. Hace señales de peligro, pidiendo auxilio. Espera que así comprendan que sigue necesitándolos, y que no suelten los cabos. Si emitiera sonidos de alegría, podrían darse por despedidos. Insiste en los silbidos, y los delfines siguen arrastrándoles en dirección norte. Entonces pregunta a Olivier:

—“¡Qué hay en dirección norte!”

—“¡Lakeba!”

—“¿Qué?”

—“¡Lakeba! ¡La isla del aeropuerto!”

—“¡Y a qué distancia!”

—“¡Más de cuarenta kilómetros!”

—“Dios mío, qué lejos. Venga, muchachos, hay que cambiar de rumbo...”

Sigue emitiendo los mismos sonidos. Aunque empieza a temer que los delfines suelten los cabos por sentirse incómodos, o por interpretar que lo peligroso es que les estén remolcando. Pero entonces, toda la manada va girando hacia la derecha, rumbo al este. Anna deja de emitir pitidos. Es más, emite pitidos de alegría, y espera que los interpreten como una felicitación.

“¡Hurra! ¿A qué distancia está...?”

—“¿Komo? ¡Quince kilómetros! ¡Veinte si nos llevan a Moce, que es más grande!”

Así que el viaje es aún largo. Anna calcula que tardarán tres o cuatro horas, ya que la canoa es muy pesada. Ellos reman para ayudar. Con las prisas, el viaje se hace muy corto, a diferencia del primer viaje, el viaje desde Gau: un viaje con destino desconocido. El cielo está cubierto: mejor, así el sol no los deshidratará. Con la emoción, ni se le pasa por la cabeza la idea de comer.

Por fin ven tierra. El primero en verla es Olivier. Se ve que conoce las islas, y que está acostumbrado a buscarlas. No han visto ningún barco. Ni rastro. Tampoco de aviones. Es realmente una zona abandonada. Fértil y al mismo tiempo desértica. El fin del mundo, pero ahora un nuevo principio del mundo. Anna vuelve a pensar en su familia. En los feganuhés. Y en Olivier, que está ahí mismo.

Vuelve la vista... Y Olivier no está. Está, pero lejos: “¡la cuerda está suelta!” Grita. Olivier la ve, y también grita algo que ella no oye. Piensa en soltarse de los delfines. Pero es muy peligroso: está aún muy lejos de tierra, y no sabe si hay corrientes que pudieran arrastrarla... Además ve que los delfines siguen arrastrando la canoa. La manada sigue unida. La ruptura de la cuerda es un problema menor.

Pero la tabla es más liviana que la canoa. Y los delfines la llevan a ella mucho más deprisa. Prefiere dejarlo así. “Nos encontraremos en la isla”. Sin embargo, no se queda tranquila. “¿Y si hubiera un arrecife? Con lo mal que nada Olivier... Confío en que saldrá adelante. Después de lo que ha pasado en Salmafua, o en Olorua, esto es sólo un último trago”. Esta palabra le resulta molesta. “No se va a ahogar, saldrá adelante. ¡Dios mío, por favor, ayúdale!”.

Anna avista unos islotes al sur de su posición: parece ser un atolón. Los delfines rodean la isla por el norte. Mientras tanto, ha perdido de vista completamente a Olivier. “Está detrás de las olas. Las olas no se lo han tragado. Los anasis siguen tirando de la canoa”. Se da cuenta de que lo dice para autoconvencerse. Pero hay algo mejor: “la canoa es resistente. Ha hecho decenas, si no cientos, de viajes a Motu. Incluso sin los delfines Olivier podría llegar a la isla”. Esto es realmente cierto y tranquilizador.

Están llegando al arrecife, y la isla sigue estando lejos, muy lejos del arrecife. En la parte norte, el arrecife está descompuesto. Hay islotes separados, y anchas aberturas entre ellos. Quizá hechas por los hombres, o de forma natural. Sea como fuere, llega la hora de soltarse de los delfines, y así lo hace Anna. Aún tiene tiempo para despedirse con pitidos de alegría.

Tras pasar la barrera, Anna espera la llegada de la canoa. El tiempo se le hace ahora eterno. Desde el agua no puede ver nada. Y subir a los islotes, que son escollos coralinos, es peligroso. Es posible además que Olivier cruce la barrera por un punto que los propios arrecifes le oculten, y que no lo vea entrar en la isla. Por otra parte, la isla está lejos. Si llega ella primero, será más fácil verlo venir. Pero entonces no podrá ayudarle si tiene problemas en el arrecife.

Por fin se decide a subir a un islote. Se hace algunos rasguños, y está a punto de perder la tabla. Pero, como está atada, puede recuperarla. Recoge la cuerda usada para arrastrar la canoa: puede recogerla casi entera, más de cinco metros. Está rota por el lado de la canoa. Es lógico: la canoa es más pesada, y en algún tirón más fuerte, habrá roto la cuerda. Anna se encarama arriba, pero no ve nada. Unas veces mira hacia el exterior, y otras hacia el interior, por si Olivier pasa la barrera.

Nada. El tiempo se sigue haciendo eterno. “Seguramente, aún falta tiempo para que llegue. Navega bastante más despacio”. Para combatir el nerviosismo, Anna se decide a comer. Un poco de pescado, que espera sea el último. O al menos, espera que en la isla haya mejores pescados... Y cocinados, a poder ser.

Otra vez a esperar. Y de nuevo lo mismo. Una ola tras de otra, y ni rastro de la canoa. “No puede ser que se haya hundido. Seguro que ha pasado”. Pero tampoco en el lago interior hay nada. Hay olas, menores que las del mar, pero no es un lago tan tranquilo y cristalino como el de Olorua...

Anna se dice que tiene que tener paciencia y esperar. Pero ya ha pasado más de una hora, probablemente dos. Tiempo más que suficiente. “¿Lo habrán llevado a la otra isla? ¿Habrá pasado sin que lo haya visto? No sé. ¡Ni pensar que se haya ahogado! Pero yo aquí no puedo hacer nada más. Esperaré en la isla”.

El último tramo, el que debería ser más alegre, es en realidad triste. Anna piensa de nuevo en su familia, y se alegra por momentos. Pero piensa más en Olivier, y eso la acongoja. “No puedo hacer nada. ¿Por qué es tan grande el mar? ¡Qué tontería! El mar es como es. Qué le vamos a hacer...”

Por fin llega a la costa. Hay un pequeño puerto con algunas embarcaciones. Pero no se ve a nadie. “Seguramente, también estos haihés duermen la siesta”. Prefiere no tomar tierra por la parte de las barcas. Como si no quisiera que la vieran. Cuando ve el fondo bajo, desciende de la tabla. Corre hasta el borde y mira al cielo: “¡Gracias a Dios! De verdad, ¡gracias! Pero ahora, ¡tiene que llegar Olivier!”

Sentada sobre las rocas, mira al arrecife. Nada. Al cabo de un rato, ve algo. Pero la emoción se pasa enseguida: es una vela. Un barco que viene a puerto. Y de nuevo nada. Mientras tanto, en el puerto, junto al que hay una población —en realidad, unas cuantas casetas—, la gente se pone en movimiento. Al ver a Anna, todos se acercan a curiosear.

Ella piensa en preguntar por la canoa... Pero entonces tendrá que explicar de dónde procede esa canoa. Su historia ya es bastante complicada, y si menciona a Olivier... Tendrá que descubrir el secreto de Salmafua. “Y Olivier no quería que se supiera. Pues si el no lo quiere, yo tampoco. Pero entonces no puedo mencionar a Olivier. Tengo que inventar otra historia...”

Llegan los primeros habitantes de la isla. Son melanesios, morenitos... “Como los feganuhés”. Naturalmente, no son enanos. Algunos chapurrean el inglés, y le preguntan cómo se llama, de dónde viene... Ella dice su nombre, pero no que viene de Gau, lo que resultaría inverosímil, y tampoco de Olorua: dice que lleva unos días perdida, navegando sobre su tabla.

Los niños se acercan curiosos y la examinan. Ella les sonríe. Miran los peces que lleva en la red. Ella piensa que una red de algas es comprometedora: les da los peces a los niños, que se van muy contentos. Luego, como quien no quiere la cosa, tira la red en un lugar apartado y se dirige al embarcadero.

Allí empiezan de nuevo los interrogatorios. Anna repite que lleva unos días perdida, y que tiene mucha hambre. De esta forma no miente, aunque no diga toda la verdad: si dice que lleva tres meses perdida, resultará peor que mentir. Los lugareños son muy hospitalarios, y le ofrecen comida: es pescado, pero está cocinado. También le ofrecen grog, la bebida típica de Fiji, hecha con raíces de kava. Ella lo agradece, pero la rechaza, y pide que no lo tomen a mal: después de varios días en el mar, lo que quiere es descansar.

También pregunta si sería posible llamar a su familia. Le explican que no hay ningún teléfono en la isla. Hay una radio en una localidad más al norte, con la que se puede comunicar con Lakeba. Ella pide que la lleven allí. Lo de la localidad es un eufemismo, ya que no hay ninguna casa que merezca ese nombre: todo son chozas de un solo piso, generalmente sin división de habitaciones, o con una especie de mampara para separarlas. Y así viven todos. Incluso el jefe del poblado, en cuya cabaña está la radio.

El jefe pone en marcha la radio, un trasto bastante anticuado. Después de un rato, consigue contacto con Lakeba. Pasa otro rato hasta que al otro lado se presenta alguien que habla bien inglés. No es la  policía, pero es alguien que parece dispuesto a acercarse al aeropuerto, o a la oficina de correos, ya que a Anna no le queda muy claro si existe diferencia entre ambas. En todo caso, es alguien que puede conectar con las autoridades en la capital, Suva.

Anna le dice su nombre y las circunstancias de su desaparición, que supone conocerá la policía. De hecho, le sorprende que en Lakeba no les suene su caso. Su interlocutor ni siquiera pide más detalles, como si fuera lo más normal del mundo que una persona vaya de una parte a otra del archipiélago montada en una tabla de surf. Como si fuera cosa habitual.

“Hasta cierto punto es mejor así: cuanto menos me pregunten, mejor”, piensa. Después pide que envíen, desde Lakeba o desde donde sea posible, un telegrama a sus padres, diciendo simplemente que está viva y que se pondrá en contacto con ellos lo antes posible. Deletrea la dirección y hace que el operador de Lakeba se la repita, hasta asegurarse de que la ha escrito correctamente.

Termina la conexión y los habitantes de Komo, que es efectivamente la isla donde ha ido a parar, la invitan a cenar. Pescado, como era de esperar, pero que, cocinado, parece cosa distinta a lo que ya le resulta habitual. Los melanesios parecen gente alegre. Sonríen continuamente y son muy curiosos. Pero, afortunadamente, no saben mucho inglés, así que no piden muchos detalles. Además, parecen interesados en atosigar a Anna con su hospitalidad. De nuevo sale a la palestra el grog, y esta vez, Anna no puede negarse a beber, aunque está a punto de vomitar por el sabor agrio de la bebida.

Después los fijianos traen una televisión. “¡Noticias! Ni se me había ocurrido pensar qué pasa por el mundo. ¿Y hay corriente eléctrica aquí?”. Corriente hay, pero producida por un grupo electrógeno que se enciende al caer la tarde, y que alumbra igualmente algunas bombillas en las cabañas. Pero televisión no hay: lo que hay es un aparato de vídeo. Los fijianos son apasionados del deporte. En concreto del rugby: y más en concreto de “su rugby”. En el aparato, proyectan dos partidos de rugby del mundial de 1999: Fiji contra Namibia y Fiji contra Canadá. Los dos partidos, ganados por los isleños con un rotundo 67-18 y un menos aplastante 38-22.

Durante aquella noche que parece interminable, ven varias veces cada partido. Los fijianos arrean a su equipo como si el partido se estuviera jugando en ese momento. “Es increíble, y eso que deben haberlos visto cientos de veces”, piensa Anna. Con entusiasmo, los lugareños le repiten los nombres de los jugadores, incluso detienen el aparato de vídeo para que los vea bien, y le piden que repita los nombres. Hay uno que no se le olvida: Lasagavibau. Parece ser el héroe nacional: Lasagavibau para arriba y Lasagavibau para abajo, hasta perder el conocimiento.

Cuando ya se ha hecho realmente tan tarde que Anna piensa que en cualquier momento verá la luz del amanecer, e incluso algunos fijianos están ya dormidos, termina un enésimo partido y el jefe del poblado se levanta y despide al resto de sus congéneres. Todos se despiden, y ella, que ya decía “noai” o “noaia”, ve que aquí el lenguaje de los feganuhés no suena a nada. Aquí se da las gracias con “vinaka”, como en la capital. Pero también entienden el inglés.

Luego, el jefe del poblado muestra a Anna su habitación: es una parte —no puede definirse como “un aparte”, porque sólo una mamparilla la separa del resto— de la misma habitación donde está la televisión, y donde vive el jefe con su familia. Ni siquiera hay una cama, sino una especie de lecho acondicionado con algunos tejidos y esterillas. No es muy diferente a su caseta de Olorua, pero resulta acogedor.

Anna ha aprendido a no tener prisa, así que no se extraña de que al día siguiente no pase nada nuevo. Como ella es la novedad, el jefe del poblado se pasa el día hablando por radio con Lakeba. Pero no hay realmente nada nuevo: en Suva ya conocen la noticia, y en Lakeba esperan respuesta. Por la tarde, en cuanto los pescadores regresan de su tarea, hay una nueva cena para la invitada y una nueva sesión de rugby. Con los mismos partidos. Anna tiene que hacer esfuerzos para no mostrarse aburrida. Trata de sonreír y corear los nombres de los jugadores, como si fuera la primera vez que los oye. Esta vez, sin embargo, la sesión dura menos. También los fijianos tienen sueño, y ven los partidos sólo dos o tres veces.

Al día siguiente, tras el desayuno, comienza de nuevo la sesión de radio. Pero esta vez hay algo nuevo: desde Lakeba anuncian que saldrá un avión para buscar a Anna. El despegue del avión es seguido desde Komo al igual que los partidos de rugby. Parece como si el jefe del poblado quisiera hacer ver su autoridad al interesarse por todos los detalles del vuelo. Casi parece que tiene que autorizar el despegue. En cuanto llega la noticia del despegue del hidroavión, todos bajan al puerto.

Allí está congregada toda la gente: seguramente toda la población de la isla. La orilla está llena de hombres, mujeres y niños. Como si los fueran a recoger a todos. Al poco rato, se oye el rugido del aparato, que ameriza dentro del enorme lago interior de la isla. Después sigue deslizándose hasta acercarse a la costa. Todo en medio de los aplausos de los lugareños. “¿Quién sabe cuánto hace que no ven un avión? Algunos quizá no lo hayan visto nunca”. Algunos pescadores salen en canoas y se acercan al aparato. Los niños están en primera fila viendo la escena; los pequeños, en brazos de sus madres.

Los del aparato no prestan atención al recibimiento. Un par de personas bajan a tierra. Cada una sube a una de las canoas que se acercan al avión. Al llegar a tierra, preguntan por Anna. Como si no fuera evidente quién es. Uno de los recién llegados es de raza melanesia, y después de hablar con el jefe, interroga a Anna. Le pregunta su nombre y repite, medio preguntando, medio afirmando, los detalles de la historia cien veces transmitida por radio, como para confirmarlos.

Enseguida entra en escena el segundo personaje, que es un médico. Aunque Anna no nota mucho la diferencia al principio, éste es de raza india. Le pregunta sobre su salud y la ausculta someramente. Para los lugareños es otro espectáculo. Todos imitan los gestos del médico o de Anna. Abren la boca ampliamente, toquetean el estetoscopio hasta que el médico los espanta a manotazos. Por último, el médico da a Anna una pastilla contra el mareo y se disponen a volver al aparato.

Ella se despide de todos, que agitan sus manos: “vinaka, vinaka”, dice Anna. Cada uno de los tres va en una canoa, con un pescador. En otra canoa va el jefe, como si tuviera que dar permiso para el despegue. En el aparato está el piloto, y nadie más. Tienen la deferencia de dejar que Anna se siente junto al piloto, para ver el paisaje. Desde el agua, el jefe de la isla da la orden de despegue. El piloto, que ya había vuelto a encender el motor, no le presta mucha atención.

El hidroavión apunta hacia el fondo del lago y emprende su carrera. En un espacio que a Anna le parece brevísimo, despega y se eleva bruscamente. Ella teme que vayan a caer, y se agarra al asiento. Pero enseguida se estabiliza el aparato. El piloto la mira con una sonrisa y pregunta: “¿Todo bien?”. Ella responde que sí, y se siente un poco ridícula.

En ese momento, piensa en Olivier. “¿Dónde estará? ¿Habrá sobrevivido? Seguro que sí... Espero que sí”. El piloto... Seguro que lo conoce. Pero no puede preguntarle por él. Lo echaría todo a perder. “Además, el piloto no puede saber nada de él. Si hubiera dado señales de vida, lo habrían dicho por radio. Y habrían venido a buscarle a él también. Es extraño que no se haya presentado. Pero no puede ser que se haya ahogado. No puede ser”.

Mientras llegan a Lakeba, el piloto se presenta: se llama Robin Whippy. Le explica a Anna que ellos sólo harán una parada técnica. El policía y el médico bajarán, y ellos seguirán viaje hacia Viti Levu. En el aeropuerto de Nausori están esperándole sus padres. “¡Qué sorpresa!” El piloto felicita a Anna y le aconseja que descanse, ya que el aparato no es muy cómodo.

El amerizaje en Lakeba es de una brusquedad inesperada para Anna. Aunque lleva amarrado el cinturón de seguridad, no puede evitar agarrarse al asiento. El aparato ni siquiera necesita repostar, ya que lleva combustible suficiente, y el viaje hasta la capital es de poco más de 200 kilómetros. Al avión suben cuatro funcionarios del gobierno, a los que el médico y el policía entregan unos informes. También introducen correo. La operación dura más de una hora. Anna ya está impaciente. Despegan de nuevo.

En poco más de una hora amerizan en Viti Levu. Anna da las gracias al piloto, a quien da sus señas, pidiéndole que si puede le escriba... para que ella pueda mandar una postal y saludos a los habitantes de Komo. El piloto parece no sospechar nada extraño de la petición, e incluso le da su tarjeta de visita: “para la próxima vez que vuelva a Fiji”. Lo dice con una sonrisa, como si estuviera convencido de que no va a volver nunca.

En la bahía de Suva, los recoge una motora y los lleva a puerto. Allí le espera un coche de policía, en el que irá a la comisaría. De sus padres, de momento no le dicen nada. Allí la someten a un nuevo interrogatorio sobre su identidad y por primera vez oye la cifra exacta de los días pasados desde su desaparición: 74. Le preguntan por los datos de la empresa organizadora de su viaje, de los participantes, y comprueban que concuerdan. Le preguntan si quiere hacer alguna denuncia contra alguien. Ella bromea interiormente, pensando si podrá hacer una denuncia contra el mar, o contra los delfines, o contra el pescado de los arrecifes, por su mal sabor. O contra el gobierno de Fiji, por no instalar teléfonos en las islas de Lau sur... O contra los habitantes de Komo, por torturarla con partidos de rugby. Pero no, no tiene ninguna denuncia que hacer.

Entonces, los policías que la interrogan, pasan al contraataque. Sugieren que Anna es responsable de su propia desaparición, por negligencia. La historia del arrastre a cargo de unos delfines, es poco verosímil. ¿Acaso puede pensarse que unos delfines pueden maniatar a una persona, o arrastrarla contra su voluntad? Ella tiene una idea genial, y recuerda la manía, casi enfermedad, que hay en los Estados Unidos, de denunciarlo todo.

—“¿Es esto una acusación? En ese caso no hablaré mientras no sea en presencia de mi abogado. Por mi parte, pienso que podría acusar al gobierno de las islas Fiji porque no ha puesto en todos los lugares de acceso a las costas carteles que digan: dejarse arrastrar por los delfines puede ser peligroso. El gobierno no se hace cargo de ninguna responsabilidad en caso de que usted no siga este consejo. Ni siquiera hay carteles que digan: si usted se baña, el riesgo corre por su cuenta. Podría pedir una indemnización por esto. Nadie me había advertido”.

Los policías fijianos se miran uno al otro, sin decir palabra. Luego empiezan a hablar en fijiano. Mientras tanto, Anna trata de recordar algún conocido del que pueda decir que es su abogado, y que viva a muchos miles de kilómetros de distancia, para que se complique la cosa. Cuando terminan su careo, los policías le proponen que firme un papel en el que diga que no tiene ninguna reclamación contra el gobierno de las islas Fiji y que está dispuesta a abandonar el país sin que tenga pendiente ninguna denuncia contra nadie por lo ocurrido durante su estancia en el archipiélago. Por su parte, ellos le entregarán un documento oficial en el que la policía confirma que no existe ninguna denuncia pendiente contra ella en Fiji. Ella mira el papel y dice estar dispuesto a firmarlo.

—“¿Eso es todo? ¿Qué pasará después de firmarlo? ¿Quién correrá con los gastos de mi repatriación?”

Los policías le explican que el gobierno no tiene nada previsto para estos casos, y que negociarlo supondría una pérdida de tiempo. Por otra parte, sus padres están esperándola en el aeropuerto de Nausori, y seguramente tienen también un pasaje para ella. Un último punto: le preguntan si estaría dispuesta ha hacer declaraciones a la prensa. Hay algunos periodistas locales que se han enterado de la noticia y querrían entrevistarla, si fuera posible. Le enseñan un periódico del día, en el que sale su caso en primera plana, con fotografía y todo.

La idea le resulta atractiva. Pero eso puede complicar las cosas: los periodistas pueden preguntar más de la cuenta, y ella misma no está segura de que su historia sea verosímil. De los feganuhés y de Olivier no puede hablar. Mejor no. Así que responde:

—“No sólo no estoy dispuesta a hablar con ningún periodista, sino que exijo que en la declaración de la policía se incluya este derecho. Si no mantienen alejados de mí a los periodistas, denunciaré al gobierno de Fiji por los cargos que antes he dicho, más el de atentado contra la intimidad de las personas”.

Los dos policías vuelven a hablar en fijiano. Hacen una llamada por teléfono y leen la exigencia que ha hecho Anna. Después le explican que aceptan lo que pide, pero que hará falta tiempo hasta que se redacte un nuevo documento.

—“¿Y no podrían escribirlo ustedes a mano sobre ese mismo documento, poniendo sus firmas sobre el anexo?”

Los policías vuelven a discutir, y de nuevo hacen una llamada por teléfono. Después hablan de nuevo entre sí:

—“Podríamos hacerlo, con una condición”.

—“¿Cuál?”

Los policías vuelven a hablar entre sí. Discuten sobre quién debe decírselo. Por fin vuelve a hablar el que lleva la voz cantante:

—“Mire: querríamos que nos firmara un autógrafo. Basta con su nombre. Es para nuestros hijos, ¿sabe?”

—“Bien. Con mucho gusto”.

Los policías vuelven a hablar entre sí, como susurrando, en fijiano. El que hace de jefe parece meterle prisa al otro. Éste hurga en una cartera y saca unos papeles.

—“Mire: hemos hecho unas fotocopias del diario de hoy, donde sale su foto. Pensábamos que podría firmarlas. ¿Sabe...?”

—“Es para sus hijos. Sí claro”.

Los policías sonríen ampliamente, y le pasan los papeles. Ella pregunta los nombres de sus hijos, también de sus mujeres, y el de ellos mismos. Al final firma todas las fotocopias que traen, que son veinte: además de los hijos, los dos policías y sus mujeres, se pueden incluir los padres de los policías y algunos hermanos. A todos les dedica Anna un cordial saludo.

Terminada la ceremonia, el jefe manda al otro policía que prepare el coche. Mientras tanto, viene un fotógrafo oficial que hace unas fotos a Anna. El policía le explica que es necesario, para el archivo de la policía. A estas alturas, teniendo en sus manos el documento que la libera de todo cargo, a Anna ya no le importa. Termina haciéndose un par de fotos con el policía, y otra con el fotógrafo, hecha por el policía. Cuando llega el segundo agente, también se fotografía con Anna, y después los dos agentes juntos con ella. Sólo falta que el fotógrafo ponga la cámara en automático para estampar una foto de grupo. Afortunadamente, ya no es necesario.

Por fin salen en un coche hacia el aeropuerto. Cuando llegan, hay un par de fotógrafos que disparan sus cámaras, pero los policías cumplen su palabra y les impiden que la entrevisten. Enseguida aparecen sus padres, y se dan un gran abrazo. De nuevo les acosa un par de periodistas. Uno pregunta:

—“¿Qué siente en este momento?”

Ella está a punto de responder algo, pero prefiere sonreír, y abrazarse de nuevo a sus padres. Enseguida llegan de nuevo los policías y apartan a los periodistas. Ella se lo agradece.

Todavía tienen que esperar un par de horas hasta la salida de su avión. Mientras, esperan en una sala para personajes, donde no hay nadie. Pero enseguida llega un responsable de las líneas aéreas. Trae algunos regalos típicos de Fiji, y pregunta algunos detalles de la historia: está particularmente interesado por el asunto de los delfines. Después llega nada menos que el jefe del aeropuerto, y pregunta más o menos lo mismo. Más tarde hay una llamada de teléfono: es el primer ministro de Fiji, quien le felicita por haber sido recuperada sana y salva, y se felicita a sí mismo por la eficaz actuación de su policía. Ella agradece la llamada, confirma la eficacia de las fuerzas del orden, y manda un saludo cordial para todos los habitantes de Fiji, muy especialmente para los de Komo.

Después hay una llamada de la televisión, y otras de dos diarios. Incluso hay una llamada desde los Estados Unidos. Pero a todos les responde amablemente que no va a hacer declaraciones a la prensa. Sobre su declaración, pueden preguntar a la policía de Fiji, que ha actuado ejemplarmente, dice, subrayando la última frase. El resultado de todo esto es que Anna apenas puede hablar con sus padres.

En el avión, que es de nuevo un Boeing 747 de Air Pacific, sucede lo mismo. Primero es la tripulación, y luego los pasajeros, quienes vienen a preguntarle. Algunos se acercan y le hacen una foto sin pedir permiso. Pero Anna decide, y les explica a sus padres, que es mejor dejar las cosas así: “Vamos a dejarles hacer. Es normal que la gente sea curiosa. Hasta cierto punto están en su derecho, y si eso les pone contentos, ¿por qué no darles ese gusto? Mientras no nos agobien, haremos un poco el payaso. Tampoco va a durar mucho todo esto”.

Así que de forma natural, se va corriendo la voz de que Anna deja que la fotografíen. Lo que más quiere la gente son fotos de ella con sus padres, y luego fotos individuales con ella. Las azafatas terminan haciendo de servicio de orden, para que la gente no se aglomere. “El viaje dura diez horas. Hay tiempo para todos”. Al final, termina habiendo fotos de grupo, y el capitán tiene que advertir de que, por favor, procuren situarse en el centro del aparato y que no estén demasiado apretados. La gente ha empezado también a preguntarle, pero ella deja claro que no tiene nada que contar, y pide a las azafatas que se lo digan a la gente. Al final, también el capitán tiene que advertir por megafonía de que por favor, hagan fotos, pero no pregunten a la pasajera que estuvo tres meses en el mar por su historia.

“Tres meses en el mar. En realidad fueron dos y medio”, piensa Anna. Pero la frase queda así. Y todo depende de la forma de contar, ya que desde mediados de un mes hasta finales del segundo mes siguiente, pueden ser tres. Poco importa eso.

Aunque sus padres tampoco preguntan durante el viaje, llegados a casa la cosa es diferente. Y esta curiosidad sí que está dispuesta a satisfacerla. Pero hasta cierto punto. Sus padres, sus hermanos y sus amigos, tienen derecho a saber más. Pero hay algo que queda entre ellos, los feganuhés, Olivier... y los delfines. Elabora una historia que habla del paso por once islotes, sin decir a nadie que sólo cuatro islotes son diferentes. No miente, ya que Olorua también puede considerarse un islote: la primera estancia son dos días en el primer islote (el arrecife de Olorua). Luego un mes en un atolón (Motu), arrastrada también por los delfines. Luego la arrastran a un tercer islote (el arrecife de Olorua, es igual al primer islote, pero distinto al segundo, así que es otro). Luego llega por sus propios medios al cuarto islote: esto es Olorua, aunque el nombre no lo dice. Es un islote con plantas, pero sigue comiendo pescado, como siempre. De nuevo llega por sus propios medios al quinto islote: el arrecife de Olorua, cuando va a advertir a los feganuhés de que Olivier está dispuesto a irse. De nuevo, por sus propios medios, llega a un sexto islote, con vegetación, que es de nuevo Olorua. Otra vez por sus propios medios, al séptimo (el arrecife), y arrastrada por los delfines, a un atolón, octavo islote, donde pasa una semana (es de nuevo Motu). Los delfines la arrastran después al noveno (el arrecife de Olorua, por quinta y última vez). Luego va de nuevo por sus propios medios a un décimo islote con vegetación (Olorua por tercera y última vez). Y por fin, los delfines la llevan hasta Komo.

En total, son once islotes, según la lista detallada que ella misma elabora durante el viaje en el avión, incluyendo el tiempo de estancia en cada sitio. Sobre la situación geográfica de cada lugar, no tiene ni idea, pero para despistar, dice que su línea de movimiento va de oeste a este y luego de norte a sur. Lo cual se corresponde en esencia con un viaje directo entre Gau y Komo, de noroeste a sureste. Sus oyentes quedan contentos, y el arrastre a cargo de los delfines queda como punto más pintoresco. Pero ante quienes lo dudan, Anna está dispuesta a defenderlo a capa y espada, ya que es algo ciertísimo.

Desde el primer momento, Anna trata de saber qué ha sido de Olivier, consultando la prensa electrónica de Fiji. Pero no hay ninguna noticia. Tampoco el piloto del viaje de Komo a Viti Levu da señales de vida. Por lo menos, Anna quiere encontrar algo sobre la desaparición de Olivier y de su compañero. Así que consulta el archivo electrónico de un diario de Fiji. Tarda tiempo, pero por fin encuentra algo sobre el hallazgo de un hidroavión del censo de pájaros en el este de Fiji.

La noticia, una nota en portada, dice poco. Poco, pero muy extraño: “Encontrado un hidroavión accidentado. Un hidroavión al que se suponía realizando un censo de pájaros en las islas del grupo de Lau sur fue hallado ayer en el norte de Namuka-i-Lau. Dentro del hidroavión, se encontraba el cuerpo del ornitólogo  Jean-René Ahnne. Por el avanzado estado de descomposición del cadáver, se supone que el accidente pudo ocurrir hace un mes. No hay rastro del piloto,  Olivier Lejannou”.

Las fechas cuadran y también los nombres: “Olivier no me mintió”, piensa Anna. Pero la sombra de una duda le asalta. “¿Cómo es posible que encontraran el cuerpo de Jean-René en el avión?” Así que sigue buscando. Antes mira un mapa de Fiji: Namuka-i-Lau está al sur de Olorua. “Resulta extraño que el avión no encallara en Komo”. No es imposible: nada es imposible en el mar... Pero también se pregunta Anna si es cierta la historia del amerizaje en Olorua. “¿Quizá hay una isla más al sur y Olorua no es Salmafua?”

En el diario del día siguiente, aparece una noticia de un periodista enviado por el periódico a Namuka-i-Lau: “La tragedia del hidroavión. La policía cree que el piloto asesinó a su compañero”. Anna se queda de piedra: “No puede ser, ¡mentira!”. Pero sigue leyendo:

“La autopsia del cuerpo del ornitólogo determinó que falleció tras ser agredido por arma blanca. El número de heridas no ha podido ser determinado, dado el estado de descomposición del cuerpo, pero según el doctor que realizó la autopsia, el cuerpo estaba literalmente cubierto de heridas. Incluso faltaban partes sustanciales del cuerpo, seguramente a causa de la carroñería de las aves, ya que las puertas del aparato estaban abiertas.”

“El cuerpo de Jean-René Ahnne yacía en el centro del aeroplano. El aparato estaba en buen estado, pero sin combustible, y faltaban algunos documentos, así como todo el equipo de salvamento, balsa neumática y tienda de campaña incluidas. La policía empezó a sospechar que el piloto, el también francés polinesio Olivier Lejannou, podría ser el autor del crimen, y que habría abandonado el aparato después de cometerlo.”

“Las informaciones aportadas por la población de Ogea Driki, la última isla visitada durante la realización del censo, explican por qué ha sucedido tanto tiempo desde que ocurrió el accidente hasta que se encontró el avión: la radio del aeroplano se había estropeado, y los dos tripulantes no pudieron advertir al aeropuerto de Lakeba sobre su plan de viaje. Por otra parte, dado el tiempo que empleaban en su trabajo, y la posibilidad de obtener combustible en almacenes de las islas, su tardanza no resultó extraña en Lakeba: de hecho, la última vez que recalaron en el aeropuerto fue hace tres meses.”

“Robin Whippy, piloto de aerotaxi en Lakeba, informa de que el aparato accidentado ya se había quedado sin combustible, tiempo atrás, en su anterior base, Cicia. En opinión de Whippy, Lejannou no tomaba suficientes precauciones al emprender sus viajes. Su avión era anticuado, y la radio no era de fiar. Arriesgaba mucho con el combustible: era el típico caso de piloto oportunista, poco competente, que trata de aprovechar el escaso control que sobre los aparatos hay en Fiji: quería hacer mucho dinero en poco tiempo, e invirtiendo poco. Es normal que el ornitólogo no estuviera de acuerdo con ese sistema, y no me extrañaría que, al quedarse de nuevo sin combustible, surgiera una grave disputa entre los dos”.

“¿Es posible que hayan sido atacados por piratas? El jefe de la investigación ríe al oír nuestra pregunta. ¿Piratas? Por favor, no estamos en el Mar de China. Si no recuerdo mal, el último caso de piratería en el Mar de Koro tuvo lugar hace unos cincuenta años. El caso está claro, muchacho. Lo único que nos falta es el culpable. O, en su caso, lo que quede de él.”

“La policía de Fiji ha cursado ya la pertinente orden de detención internacional contra el sospechoso Olivier Lejannou. Se ruega encarecidamente a cualquier persona que tenga cualquier pista sobre su paradero, que la ponga en conocimiento de la policía de Fiji o de Interpol.”

17.1.2001

A mi sobrina Viki

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