(Croacia)
Sobre terroristas y soldados
Inpresiones de Eslavonia
Los croatas se han acostumbrado a no poder prever nada. En la ciudad de Vinkovci, en la fértil región de Eslavonia, cayeron grandes proyectiles sobre un aparcamiento. No provenían del cielo, sino del pueblo de Mirkovci. Allí dominaban los terroristas nacionalistas serbios, los chetniks. Aquí se han atrincherado e instalado los morteros que les ha cedido el Ejército Popular Yugoslavo.
¿Por qué precisamente en Mirkovci? Sus habitantes son serbios y así los chetniks se sienten en el lugar correcto. Probablemente la mayoría, quizá incluso la gran mayoría de la gente en Mirkovci, les apoya, y por el aire, desde el pueblo, no hay ni dos kilómetros hasta la ciudad de Vinkovci, habitada por croatas en su inmensa mayoría. Ahí los morteros pueden dar buen resultado, y esto es lo que han hecho. Las granadas fueron tan certeras que los croatas en Vinkovci creían que sólo soldados adiestrados del Ejército Popular Yugoslavo podían haber servido los tubos, pero no los chetniks, cuya habilidad es más bien disparar con fusiles desde escondrijos. El Ejército Popular no deja a sus chetniks sin atención. Les susministra lo que necesitan, también ametralladoras para Mirkovci. Probablemente el Ejército Popular ha traído también terroristas serbios desde Serbia y Bosnia para reforzar el bastión de Mirkovci. ¿Quién puede controlarlo? Nadie, ni siquiera la policía de la república de Croacia. Si quisiera registrar los vehículos del Ejército Popular Yugoslavo, inmediatamente habría disparos y los policías serían arrollados o quedarían muertos en la calle. No, el Ejército Popular es fiablemente serbio y anticroata.
Sin embargo, ahi excepciones. Un oficial subalterno del Ejército Popular, bosníaco de nacionalidad musulmana, protegió por su cuenta y riesgo a ochenta croatas de los chetniks serbios. Seguro que esto no le reportará ningún bien. Pero, en principio, los mandos del ejército sólo han destituido a su superior. A veces, el ejército aparenta ser neutral, mientras colabora con los terroristas serbios como si llevara completamente sobre sí el estado yugoslavo; pero quizá haya llegado también material para los chetniks de los alrededores por otros caminos. Vinkovci se encuentra cerca de la vía del tren de Belgrado a Zagreb. Así se puede descargar en la estación alguna que otra cosa de los trenes.
En realidad, las fuerzas armadas de la república de Croacia podrían terminar con los chetniks de Mirkovci tomando el pueblo, y parecen decididos a hacerlo. Lo tendrán más fácil todavía con otras bases de los terroristas serbios. Pero entonces los serbios de Mirkovci se pondrán en contacto por radio con el Ejército Popular Yugoslavo, y a su artillería, carros de combate y aviones tienen poco que oponer las fuerzas croatas. Los blindados del Ejército Popular mantienen constantemente atemorizados a los croatas en Eslavonia, pues ya han disparado frecuentemente a la población. Y los aviones del Ejército Popular ya han bombardeado Eslavonia. Ciertamente, de los quinientos hombres de una unidad del ejército en las proximidades de Vinkovci ya han desertado ochenta, pero esto no tiene por qué repetirse. El mando del ejército junta cada vez más unidades puramente serbias y en ellas habrá pocos desertores.
¿Qué quieren hacer la policía y la guardia nacional croatas en Mirkovci? Sobre todo coger a los cabecillas terroristas, algunas docenas, y destruir los morteros, o incluso cogerlos, pues así -como creen muchos croatas en Vinkovci- los habitantes serbios de Mirkovci se quedarán quietos, quizá incluso respiren con el final de la lucha eterna, el constante tiroteo, el peligro permanente. Otros croatas consideran que esto es una ilusión. Están convencidos de que en cada pueblo serbio al menos hay cien personas decididas a cualquier precio a utilizar la violencia contra los croatas. Sólo en los pequeños pueblos todavía hablan los serbios con los croatas.
¿Todos los croatas en Vinkovci temen al ejército? No todos. Algunos dicen: si el ejército golpea en nuestra ciudad entonces atacaremos sus cuarteles. ¿Cómo se haría esto? Los más listos querrían rodear Mirkovci y obligarles a entregarse. Pero la localidad tiene suministro propio de agua y un bloqueo de la electricidad afectaría también a varias localidades croatas. No todos los pueblos serbio en Eslavonia son como Mirkovci. Con los serbios asentados hace mucho tiempo, dicen los croatas, puede uno entenderse bien. Pero los que vinieron aquí desde Serbia y Bosnia al final de la segunda guerra mundial, a las granjas de los alemanes o suavos del Danubio huídos, expulsados o asesinados premeditadamente, estos nuevos serbios son en gran parte un pueblo peor, más violento, tan fanáticamente nacionalista como comunista. A algunos serbios que no quisieron tomar las armas del ejército les quemaron la casa. Los chetniks violaron a la hija de un sacerdote ortodoxo serbio que quería mantenerse fuera de la lucha criminal contra los croatas.
Al igual que en los alrededores de Vinkovci sucede hoy en la mayoría de los lugares de la región croata de Eslavonia. La gente vive en un constante miedo. ¿Qué pretenden los chetniks y el ejército de nosotros? El país está como desgarrado porque los chetniks mantienen bloqueadas las carreteras a su gusto. La gran ciudad eslavonia de Osijek sólo tiene dos accesos libres. De una localidad a la otra, la gente debe tomar desviaciones a veces miserables, sin asfaltar, porque si no caerá en poder de los chetniks, que disparan desde lejos a todo lo que se acerca a ellos. Muchos campos no pueden ser ni cultivados ni cosechados. Nadie sabe dónde han colocado ametralladoras los chetniks, dónde hay francotiradores.
Los chetniks están seguros de sí. Saben que el Ejército Popular Yugoslavo y la república de Serbia están detrás de ellos. No les importa nada ser odiados por los croatas y también en sus pueblos por los húngaros y ucranianos, aquí llamados rusianos. Quieren tomar en sus manos a esta Eslavonia mayoritariamente habitada por croatas y que siempre perteneció a Croacia y unirla por la violencia física con una Serbia que para ellos nunca será suficientemente grande. De la localidad de Borovo Selo ha huído la pequeña minoría croata. Ahora viven sus casi seis mil serbios como si no estuvieran en Croacia, sino en Serbia.
Según los croatas, en ninguna parte de Eslavonia hemos empezado con los disparos. Siempre empezaron los chetniks serbios. Los serbios en Eslavonia tienen armas ligeras y pesadas hasta la saciedad. De un pueblo croata con mil habitantes llega una delegación a la ciudad de Osijek y pide vehementemente a la autoridad cinco fusiles. Aquí hay guerra, dicen los croatas a los extranjeros en todas partes de Eslavonia. Por ahora, es una lucha desigual.
23 de julio de 1991.
Podemos llevarte y nadie sabrá dónde estás
Los chetniks en Banija
En la capital croata, a finales de julio de 1991cada uno va por su camino como si fuera un cálido verano más en la llanura panoniana. Sin embargo, quien hable con los zagrebenses, notará enseguida toda la amargura -en muchos, desesperación- que llevan dentro todo el día. ¿Cuánto durará todavía -dicen- este no saber en cada momento si el Ejército Popular Yugoslavo va a caer sobre nosotros, si vendrá con sus carros y aviones y desolará nuestra ciudad? La economía se paraliza, en este estado real de sitio -nunca formalmente declarado-, bajo cuya presión vive Croacia desde hace muchos meses. ¿Cómo puedo yo sacar adelante mujer e hijos con un sueldo miserable?, se preguntan los jóvenes. No sabemos más, dicen resignados los viejos que han tenido que abandonar el mínimo suelo necesario para su exisitencia. Los serbios nos quieren hundir en la miseria.
Los serbios son una multiplicidad de figuras. Destaca en primer lugar el Ejército Popular Yugoslavo, con sus generales serbios. Después, el estado serbio, amenazador vecino. Finalmente, las bandas de chetniks en Croacia.
Más que los habitantes de Zagreb, tienen que lidiar con estos tres los de la región llamada Banija, al sur de Zagreb. Quien vaya en coche desde la capital, a cincuenta o sesenta kilómetros, puede pensar que en estos contornos el pueblo se ha librado de lo más grave. En los cruces, la policía croata y la guardia nacional controlan sobre todo los camiones. Parece que aquí el gobierno de Zagreb es señor de la situación. Pero ¿por qué hay alineados en los puentes tantos jinetes españoles (1), de forma que con ellos se puede hacer una barricada en minutos? Si vienen los carros del Ejército Popular, queremos detenerlos, informan. Queremos, sí, pero ¿podemos? Los carros pesados destrozarían las estructuras de hierro como nada.
Esto son peligros para el futuro. Sin embargo, más importante que el futuro es para muchos miles de croatas en la Banija el presente, que les ha golpeado brutalmente. El terror serbio les ha expulsado de sus pueblos. Algunos se pudieron salvar en pueblos más seguros de los alrededores, en casas de parientes o conocidos. Éste o aquél ha encontrado un escondrijo en Zagreb. Pero cientos han huido a la ciudad de Petrinja, donde ahora les atienden la administración y el sacerdote católico, que hizo sonar la alarma cuando le faltaron los medios para alimentar a tanta gente, vestirla y mantenerla bajo un techo protector. Ahora están sentados y andan por ahí sin saber qué hacer, mirando llenos de una mezcla de abatimiento y esperanza a una delegación de organizaciones humanitarias llegada desde Zagreb para hacerse una idea de la precariedad con que se vive aquí y después pedir ayuda en el mundo. No pudieron llevarse nada consigo, pero la mayor catástrofe de sus vidas es haber tenido que abandonar el ganado. El ganado era todo para nosotros. No poseemos nada más. De ello hemos vivido hasta ahora y era nuestro único seguro de vejez. Quién habrá apacentado y abrevado las vacas desde que huimos? Todo se perderá. Sólo un par de viejos se ha quedado allí. Si volvemos nos llevarán los serbios o dispararán sobre nosotros.
Les ha costado mucho irse. Algunos aguantaron durante tres días, cuando su pueblo ya se encontraba bajo el fuego enemigo. Muchos hombres y mujeres no pueden contener las lágrimas por la tristeza y la rabia impotente. Algunos caen en sollozos desamparados.
Los observadores europeos del alto el fuego deberían mirar esto un momento. Han disparado los serbios de las unidades de chetniks nacionalistas que recibieron armas del ejército yugoslavo. También se disparó desde las casas de vecinos serbios, con los que los croatas habían convivido durante siglos sin conflictos.
¿Realmente sin conflictos? Sí, nos hemos contenido completamente, nos hemos tragado todo, nos hemos subordinado a los serbios, no nos hemos quejado nunca de que casi nunca encontraran los croatas puestos de trabajo en fábricas próximas o en la administración, por no hablar de la policía. A ningún serbio se le ha tocado un sólo pelo. Una vez, el 13 de julio de 1991, cuando las unidades de chetniks cayeron sobre nosotros bajo la protección del Ejército Popular Yugoslavo, se puso fin ya a la buena vecindad. Ya no éramos hombres para ellos. Y los sanitarios del Ejército Popular Yugoslavo negaban a los croatas los primeros auxilios. Nunca volveré a mi pueblo dice sollozando una mujer.
El párroco de Petrinja, mientras tanto, debe ocuparse de que los refugiados tengan a mediodía y por la noche algo de comer, de que se atienda a los enfermos. Antes estaba solo en su casa parroquial, ahora ha recibido visitas. Los párrocos de los pueblos de alrededor también se han refugiado en su casa. Visten de tal forma que no se les pueda reconocer. Por estos alrededores hoy es peligroso ser sacerdote católico. Los chetniks la tienen tomada con el clero católico. En la ciudad de Sisak, distante un buen trecho, el párroco fue asesinado. Los indicios permiten suponer un asesinato por encargo y con recompensa.
Un joven párroco huyó de su pueblo a finales de junio, cuando no tuvo más remedio. Serbios armados que se autodenominan milicia dispararon sobre la casa parroquial y destruyeron la iglesia. La policía croata, a la que llamó por teléfono, no vino. Le dijeron que el Ejército Popular Yugoslavo no les permitía investigar el asunto. Todos los habitantes del pueblo habían huído antes. El párroco llevaba viviendo tres semanas con su madre bloqueados en la casa parroquial. Llegaron los chetniks serbios, registraron dos veces la casa, lo revolvieron todo. El párroco tenía que admitir que había colocado una ametralladora en la torre de la iglesia. Yo no he hecho eso. Podemos llevarte y nadie sabrá dónde estás. ¿Entonces los croatas, los católicos, no tienen derecho a vivir aquí? No, no lo tienen. Después, una llamada telefónica anónima: Huya inmediatamente. Veinte minutos después, el párroco se encontraba con su madre en otro lugar donde la república de Croacia todavía es dueña de su propio suelo. Desde allí fueron a Petrinja.
Cuando los terroristas serbios apuntan hacia un pueblo, primero evacúan a los habitantes serbios, para tener libre el campo de tiro. Generalmente atacan entonces dos veces: por la mañana, sobrios; por la tarde, borrachos. Destruyen con cargas explosivas las casas de los croatas. El pueblo de Hrastovica, que puede considerarse suburbio de Petrinja, fue atacado con morteros proporcionados por el Ejército Popular Yugoslavo. No tenían buena puntería. Los días anteriores, el propio Ejército Popular había disparado con ametralladoras e hizo mejor puntería. Ahora el párroco de Hrastovica pernocta en Petrinja. Durante el día, asiste a la gente de su pueblo que todavía no ha huido. Muchos pueblos de alrededor han sido totalmente abandonados: todos los croatas se han ido. El párroco de Topusko no tiene ya contacto con el mundo exterior. Sólo se sabe que vive.
Otro párroco de pueblo informa de que el sábado 13 de julio hubo un tiroteo en Cuntic. El domingo llegaron con los chetniks serbios los carros de combate del Ejército Popular Yugoslavo y dispararon. La gente huyó. Una mujer se arrastró durante dos kilómetros a cuatro patas para salvarse.
Esto sucede a los croatas en la región de Banija. ¿Son allí todos los serbios violentos y crueles? No, algunos no desean el terror contra los croatas. Sin embargo, no se atreven a hablar con ellos. Algunos han huido con los croatas. Los chetniks serbios saben matar y a veces mutilan después a sus víctimas.
¿Es Petrinja -cuyos habitantes son mitad serbios, mitad croatas- una isla en medio de este mar? ¿Quién lo sabe? Los carros de combate de la guarnición militar apuntan sus cañones hora a la comisaría de policía croata, hora a la ciudad. Dan vueltas para intimidar a los croatas. Pero sólo cuando todos los serbios hayan desaparecido de Petrinja habrá llegado la hora de los croatas. Entre serbios y croatas hay una muralla de silencio. El párroco católico de Petrinja intenta hablar en la calle con los serbios, que le responden cortésmente. Pero sólo puede hablar del tiempo, del calor sobre todo. No quieren hablar de nada más con el clérigo croata.
24 de julio de 1991.
El peligro amenaza desde las colinas boscosas
Una nueva frontera en Sisak
Julio de 1991. La ciudad croata de Sisak, sesenta kilómetros al sureste de Zagreb tiene entre otras las siguientes riquezas materiales: una planta siderúrgica, una refinería de petróleo con sus correspondientes instalaciones de carga, una central térmica de petroleo. Estos son al mismo tiempo sus grandes peligros: si los terroristas chetniks serbios consiguen acertar a los tanques de petróleo, arderá toda el área industrial, y se acabó Sisak.
El peligro no amenaza sólo desde la ciudad. Allí los croatas son con mucho la mayoría, y los serbios procuran no hacerse notar. Probablemente muchos, incluso la mayoría, tienen armas en casa. Quizá más de uno durante la noche quisiera dar rienda suelta a sus ansias nacionalistas. Pero no llegaría muy lejos. Sisak está ciudadosamente vigilada por fuerzas de seguridad de la república de Croacia. La policía patrulla día y noche en el terreno en que se almacena mucho petróleo, crudo y refinado. Sin embargo, un par de kilómetros al sur de la ciudad, comienza una zona ligeramente montañosa, con una pequeña parte de bosque con cuestas y senderos incontrolables. Allí hay pueblos serbios. Desde ellos los chetniks podrían acercarse tanto a la zona industrial de Sisak que sus morteros alcanzarían los tanques de petróleo y la central térmica cercana.
Por eso el jefe de policía de Sisak se decidió a proteger la ciudad en sus alrededores. ¿Podríamos observar esta defensa de primera línea? Bueno, si es preciso. Es extraño lo estrecho que puede quedarse un amplio coche de policía si va lleno con todas las armas posibles de tal forma que se puedan coger pronto: aquí un subfusil, ahí una pistola, allá otras cosa. Alguno se divertiría si tras un frenazo repentino se escaparan algunos disparos.
Una rápida marcha a través de los suburbios, luego por el campo fértil. Hombres jóvenes con uniformes de camuflaje están sentados delante de un edificio de una planta, vistoso pero reconfortante. Es la escuela del pueblo de Komarevo. Está vacía, por las vacaciones de verano. Allí se alojan de momento los policías de reserva. Algunos realizan ahora su guardia, otros descansan. Cuentan algo, beben agua mineral y refrescos y observan a la visita. Desde las grandes ventanas de la escuela, la vista lleva a lo lejos hasta los grandes tanques de petróleo de Sisak. Al frente, hacia un terreno boscoso, la Þamarica, que se pierde en el horizonte. Allí se encuentra oculto el cuartel general de los chetniks serbios. ¿Dónde exactamente? En el llamado parque de los partisanos, que antiguamente fue puesto por los comunistas y que debía rememorar uno de sus hechos de guerra. Ahí hay un hotel que se han apropiado. En estos años no hay mucha diferencia entre el partisano y el chetnik.
Una pista de bolos perteneciente al hotel sirve hoy de campo de prisioneros para policías croatas, a los que se maltrata. Un serbio debe golpearles cada dos horas. Si no hay gritos de dolor de los croatas, el propio serbio es golpeado por su superior. Los que han sido liberados lo cuentan con todo detalle. El comandante es, al parecer, el serbio Boro Mikelic, anteriormente director de una gran fábrica en las proximidades y luego uno de los cabecillas de la nueva facción militar comunista en Yugoslavia. Su gente procede de los pueblos serbios de alrededor, pero también de los bloques de viviendas de trabajadores en Sisak, que son una reserva serbia, porque el pasado régimen comunista en Croacia casi sólo daba a los serbios los puestos de trabajo en las empresas industriales de Sisak. Esto era parte de la política panserbia de sometimiento y expansión que ahora quieren continuar los chetniks con otros medios: expulsar a los croatas por el terror, incendiar los pueblos vacíos y finalmente asentar a serbios. Alrededor de su cuartel general dominan un amplio terreno, en su mayor parte bosque. Son setenta kilómetros cuadrados.
¿Pueden las fuerzas de policía croatas tomar este cuartel? Si lo intentaran, los chetniks, alarmados desde los pueblos de alrededor, se pondrían en contacto radiofónico con el ejército y éste les enviaría probablemente carros de combate y quizá también aviones, armas de las que carece la policía croata. El Ejército Popular Yugoslavo abastece a los chetniks en los arrabales y los pueblos serbios de los alrededores de todo lo que les hace falta. Justamente hace un par de horas en el pueblo de Bestrma, unos kilómetros al frente de aquí descargaron armas, también morteros.
Los carros de combate y vehículos del Ejército Popular Yugoslavo se pasean a veces junto a los puestos de defensa croata en Komarevo de forma ostentosa. Los policías croatas se han acostumbrado a esta estrategia psicológica. También a que los chetniks les hagan saber que a ellos nada se les escapa. Apenas ha bajado la visita de Sisak se oye por la frecuencia de los chetniks en el aparato de radio: dos coches ha llegado al puesto de Komarevo, pero no sabemos quién va dentro. Segundos después la emisora local confirma la comunicación al ejército. Da igual. Ésta es la primera línea defensiva de Sisak. Si los chetniks pudieran bombardear con morteros desde este monte los depósitos de combustible y se incendiaran, todo habría acabado. Mientras estamos aquí arriba, nos disparan ocasionalmente con armas automáticas, pero no nos perturba. Devolvemos el fuego y vuelve a haber tranquilidad durante un rato, dicen los croatas.
Antiguamente, los alrededores de la región de Sisak pertenecían a la frontera militar, el Confín, que Austria había erigido como primera línea defensiva contra los turcos. Aquí vinieron a principios del siglo XVIII serbios de Bosnia. Entraban como campesinos-defensores al servicio del emperador, quien no podía intuir que, apenas tres siglos después, los croatas en Sisak iban a necesitar un pequeño y nuevo Confin contra los descendientes de los serbios del antiguo y gran Confín.
26 de julio de 1991.
Antes, uno de los pueblos más bonitos de Europa
El frente de los lagos de Plitvitze
¿Hay un lugar en Europa más encantador que los lagos de Plitvitze, en las cercanías del pueblecito croata de Slunj? Son dieciséis lagos. ¿Pero, quién se preocuparía de contarlos después de ver su agua tan verde? A este agua van a parar las cascadas, la mayor de las cuales bulle bajo el pueblo de Plitvitze, situado sobre alturas que ofrecen a los lagos su profundo lecho. Turistas de todos lados venían año tras año aquí y admiraban esta maravilla de la naturaleza. Naturalmente, sólo podían alojarse en una pequeña zona, para que la orilla boscosa de los lagos no sufriera, ni los propios lagos. Por eso sólo se construyeron tres hoteles juntos, no lejos de la carretera que va de Karlovac a través de Croacia hasta Zadar, en el Adriático.
Todavía están ahí las casas como hermanas que se quieren, pero que no se quieren molestar. Sin embargo, ya no albergan huéspedes, no son hoteles. Esto viene de que a esta región, cuyo nombre oficial esparque nacional de los lagos de Plitvitze, sólo le queda medio kilómetro cuadrado dentro de Europa.
¿Cómo así? Por Pascua, entraron unidades de los terroristas chetniks serbios en el parque nacional croata. La policía croata intentó rechazarlos y quedó bloqueada en inferioridad numérica. Entonces apareció el Ejército Popular Yugoslavo para separar a los contendientes y proteger a unos de otros, según decía. Desde entonces están separados por medio, pero sólo los chetniks están protegidos para poseer lo que han tomado por la fuerza, que es la mayoría del parque nacional de Plitvitze.
La república de Croacia sólo conservó la pequeña parte que había conseguido reconsquistar inmediatamente y mantuvo desde entonces. A pesar de todo, en ella estaban dos de los tres hoteles de Plitvitze. Sin embargo, llego el día en que el Ejército Popular Yugoslavo le quitó a la policía croata el hotel Bellevue. Desde entonces está vacío, como el hotel Jezero (lago), que los croatas habían perdido al principio, pero que ahora está en una especie de tierra de nadie. De vez en cuando un policía croata se dirige, para conservar este estatuto incierto, con el arma en la mano hasta la puerta de cristal de la casa clausurada. Dentro ve entonces, además del desorden ocasionado por los chetniks en la sala, el gran oso disecado que antes saludaba a los huéspedes del hotel.
Aparte de esto, la frontera entre el territorio del Ejército Popular Yugoslavo y el de la policía croata no está determinada por un papel escrito, sino por la experiencia y el instinto que dice a los policías croatas hasta dónde pueden poner sus pies sin ser ametrallados por los soldados del Ejército Popular. También deben protegerse de los chetniks. Los terroristas también patrullan el terreno a su gusto, animados por el Ejército Popular Yugoslavo. Tienen su cuartel en la localidad de Titova Korenica, situada a diez kilómetros y habitada por serbios. Nadie sabe exactamente lo que allí hacen bajo la tutela del ejército. Así, los policías croatas se encuentran rodeados por dos anillos: uno yugoslavo-panserbio y otro chetnik-panserbio. El Ejército Popular Yugoslavo nos protege como el gato al ratón, dice un policía croata. En el pequeño terreno croata hay una esquina de la orilla del lago. Los policías croatas ni siquiera pueden verlo, ni mucho menos la Isla del Amor, que aparece debajo, no lejos de la orilla, donde ya no hay nada que amar. A los lagos de Plitvitze sólo llegan los chetniks, que cogen menos truchas con cañas que con redes. Tengan cuidado, dice el jefe de policía croata, tomando su subfusil con ambas manos, este camino ya no nos pertenece, quédense sobre la hierba. ¿Qué puede pasar? De todo.
Los carros de combate del ejército dirigen sus cañones día y noche hacia la comisaría de policía croata. Desde ese terreno croata nadie sale sin peligro hacia las regiones dominadas por Croacia, lo mismo que nadie regresa sin peligro. Todos deben pasar por el puesto de control del Ejército Popular Yugoslavo a la entrada. Los soldados tienen órdenes cambiantes, lo mismo que su ánimo. También todo el que quiera acercarse a la comisaría de policía croata tiene que pasar por kilómetros de territorio dominado por los chetniks, que ellos denominan región autónoma serbia de Krajina. Estos chetniks no tienen ánimo cambiante, sino siempre el mismo odio hacia los croatas, que se cumple para muchos humillándolos y expulsándolos, y para no pocos matándolos. Cuando quiera el Ejército Popular Yugoslavo, ninguno de nosotros saldrá de aquí durante semanas, dice el jefe de policía croata.
Todo es difícil. Los transportes de alimentos son retenidos por el ejército, con la excusa de que la policía croata no se los ha notificado a tiempo. Las personas sólo pueden salir al campo en los coches de policía azules con el letrero Milicija. El servicio es agotador para los policías croatas, generalmente jóvenes. Entre los árboles, sin apenas protección, miran a ver si el ejército interviene. Deben estar constantemente en máxima alerta. Un paso en falso puede tener terribles consecuencias. Los soldados y oficiales del Ejército Popular Yugoslavo, por contra, arriesgan poco. Son señores pretenciosos, que se comportan como déspotas no europeos.
Dos de los hoteles del parque nacional de Plitvitze están derrumbándose: el Bellevue, que el Ejército Popular ha tomado a la policía croata, y el Jezero, en tierra de nadie. El ejército no utiliza las casas. Parece que el agua ya se cuela por los tejados. En cambio, la policía cuida el hotel Plitvitze y lo usa como alojamiento, en la medida de sus posibilidades en estas circunstancias bélicas. Un policía riega todos los días las plantas verdes en las macetas de toda la casa. Los muchachos sólo se atreven a tocar una melodía al piano.
Fantasmagóricamente intacta hasta el final se encuentra la tienda del hotel, el Shop, con sus cursiladas: objetos de cristal y cintas de música, jerseys caros y vestidos, muñecas y animales de juguete. No falta ni una botella de Slivovitz de Plitvitze. Una revista croata trae en la portada una foto del arzobispo de Zagreb, cardenal Kuharic. Los periódicos llevan la fecha del 30 y 31 de marzo. Entonces llegaron los chetniks serbios. Desde entonces, Europa ya no tiene los lagos de Plitvitze.
30 de julio de 1991.
¿Quién ayuda a Croacia?
Exigencias a Occidente
Hace tiempo encontraron degollados en un pueblo de la Krajina croata, donde se había combatido, a ocho croatas que habían caído prisioneros de los serbios. Poco después les ocurrió lo mismo a cinco campesinos croatas que querían regresar a su pueblo abandonado, para dar de comer y abrevar su ganado. Los chetniks serbios los mataron, los traspasaron a bayonetazos, a algunos les sacaron los ojos y a uno el corazón.
Los chetniks serbios no podrían llevar a cabo su guerra contra Croacia si no tuvieran como aliado al Ejército Popular Yugoslavo, de filiación y dirección panserbia, que durante meses ha suministrado armas y municiones a los chetniks, ha transportado unidades de chetniks y escudado sus ataques. Pero ahora se presenta abiertamente como agresor. Si la república liberal de Croacia sólo tuviera que ocuparse de los chetniks, hace tiempo que habría terminado con el terror en su suelo. La policía croata habría acabado con los chetniks. Sin embargo, contra el Ejército Popular Yugoslavo, con su artillería, carros y aviones, no tiene nada que oponer, pues el mundo occidental impide a Croacia los suministros de armas y además se enorgullece de ello. Occidente indica a Croacia (y Eslovenia) que deben llevar a cabo negociaciones con el estado yugoslavo y con la república de Serbia, que son lo mismo cuando se trata de la guerra contra Croacia.
Pero el poder panserbio de Belgrado no deja que se hable seriamente con él. En el Ejército Popular Yugoslavo tiene el instrumento para doblegar a Croacia, para desmoronarla, para agotarla y para destruirla como estado. Durante muchos meses, el presidente croata Tudjman ha negociado con la dirección panserbia: el presidente Serbio Milosevic y los jefes del ejército serbio. Con estas concesiones ha traspasado la frontera de la autohumillación, rozando la frontera de la autoinmolación.
No se ha conseguido nada con eso. La parte serbia retardaba, ponía siempre nuevas exigencias y no quería comprometerse en nada que fuera aceptable para Croacia. Así seguirá siendo en el futuro, porque es la parte más fuerte. El poder serbio -los chetniks, el Ejército Popular Yugoslavo, la república de Serbia- no quiere dejarse convencer para desistir de su guerra de conquista y exterminio, que está teniendo lugar exclusivamente en el terreno del más débil, de Croacia, y que va reduciendo cada vez más a esta república en un territorio residual alrededor de la capital, Zagreb. Los chetniks dicen que Croacia debe ocupar cuanto alcance la vista desde las torres de la catedral de Zagreb. En su prepotencia ilimitada, considerarían prueba de su grandeza de corazón cada trozo de suelo que les dejen a los croatas.
El mundo civilizado no debería soportar inactivamente esto por más tiempo. Ésta es la opinión de todos los factores políticos en Alemania: el canciller Kohl, el ministro de exteriores Genscher, el presidente del SPD Engholm. Sus respectivos partidos están tras ellos. En varios países occidentales, como Francia e Italia, la opinión pública se aproxima cada vez más a este punto de vista. Sin embargo, los gobiernos les siguen dubitativamente, y eso en el mejor de los casos. La dirección política y el pueblo de algunos países occidentales cierran los ojos ante la acción de exterminio contra el pueblo croata. Hay diferentes motivos, que encontramos en la historia y en el presente. El arco se extiende desde los comprensibles, aunque no justificables -por ejemplo, antiguas conexiones con Serbia, preocupación por salvar el orden de la Europa sudoriental determinado tras la primera guerra mundial en los tratados de Saint-Germain y Trianon- hasta los infantiles e irresponsables: por ejemplo, aversión al ministro alemán de exteriores.
Bonn se encuentra por el momento bastante sólo en su exigencia de admitir lo antes posible en la comunidad de estados a la amenazada Eslovenia y la acuciada Croacia. El gobierno federal teme dar un paso casi en solitario. ¿Por qué? Si decretase el reconocimiento, probablemente le seguirían otros gobiernos. La opinión pública lo exigiría, al menos ahora que las repúblicas bálticas han conseguido su independencia y que el poder serbio no puede contar ya con el apoyo político y el suministro de armas desde Moscú. La salvaje protesta que se puede esperar desde Serbia tras el reconocimiento no tiene por qué impresionar a Bonn. Ya ahora Alemania sólo recibe ofensas desde allí. Y si la política de sometimiento serbia, que tiene caracteres de genocidio, amenaza visiblemente con fracasar, más gente entre los dirigentes de Belgrado reflexionará sobriamente sobre cuánto rechazo mundial se puede permitir Serbia.
Junto al reconocimiento deben aparecer sanciones económicas contra Belgrado y ayuda ecca para Croacia y Eslovenia. ¿Pero y si, a pesar de todo esto el Ejército Popular Yugoslavo y los chetniks continúan su cruel guerra contra Croacia? Entonces sería inevitable que el mundo civilizado enviara tropas a Yugoslavia para terminar con la agresión y las matanzas. Francia ha comenzado a reflexionar sobre tal paso. París querría salvar así a Yugoslavia. Pero Yugoslavia no es digna de conservarse. A quien hay que conservar es al pueblo croata y a su país.
27 de agosto de 1991.
La amenaza de destrucción
Hasta octubre de 1991 las fuerzas serbias, Ejército Popular Yugoslavo y unidades de chetniks, han conseguido apoderarse de más de un tercio de Croacia. Esto no satisface al parecer a los dirigentes serbios, políticos como Milosevic y generales como Kadijevic y Adzic. Quieren dejar a Croacia por los suelos con otra campaña bélica, y después podrían tomar lo que quisieran del territorio de su derrotado y odiado enemigo.
Contra la máquina bélica serbia los croatas se defienden con una resistencia encomiable. Han sufrido una derrota militar tras otra, pero no se han dejado desanimar. Sin embargo es cada vez más dudoso que puedan resistir durante más tiempo la superioridad abrumadora serbia.
Croacia habría tenido buenas perspectivas para afirmarse frente al asalto dominador serbio de haber dispuesto de modernos sistemas de armas, pues la valentía del Ejército Popular serbio y de los chetniks no llega muy lejos. El ejército ha conseguido todos sus éxitos con la superioridad técnico-material. Los chetniks operan siempre bajo la protección del ejército, sin gran riesgo. La voluntad de proteger la libertad y la dignidad da a un pueblo acuciado más fuerza que la voluntad de sometimiento del atacante.
Sin embargo, Croacia no ha encontrado modo de salir de su inferioridad. Las fábricas de armas en la antigua Yugoslavia se encuentran sobre todo en suelo serbio. Así lo quiso siempre el Ejército Popular Yugoslavo. Las industrias de armamento en Croacia siempre han estado vigiladas fuertemente por unidades del Ejército Popular Yugoslavo. Los estado occidentales han impedido el suministro de carros de combate, cañones, aviones o misiles antiaéreos desde el extranjero. Ni siquiera han querido dejar que llegaran a los oprimidos croatas las armas de fuego individuales o la munición. Cada vez que vuelven a reforzar el embargo de armas contra Yugoslavia, lo hacen como si llevaran a cabo una gran obra moral. Sin embargo, la moral consiste en que Occidente ha hecho imposible que el pueblo croata se defienda eficazmente contra el ejército serbio, que posee armas de todo tipo en abundancia. Así, los croatas se encontraban, frente a los carros, cañones y aviones serbios, por así decirlo, con las manos desnudas.
Si el mundo libre hubiera actuado conscientemente, debería entonces haber ayudado con medios militares a una Croacia que lucha por su existencia. Pero esto lo sigue rechazando hoy. Condena por tanto a un agredido a una situación no muy lejana a la indefensión y contempla después, con los brazos cruzados, cómo muere éste. Ciertamente habría sido difícil para los estados occidentales apoyar militarmente a Croacia, fuera del modo que fuera, en la medida en que negaran a Croacia, como a Eslovenia, el reconocimiento. Ninguno de los motivos de este no que los políticos occidentales manifestaron en los meses pasados tenía contenido.
En vez de reconocer a Croacia (y también a Eslovenia) y ayudarles, los estados occidentales llevaron a cabo un bailoteo de conferencias. Todas estaban condenadas de antemano al fracaso, porque era necesario el acuerdo del atacante, Serbia, para cualquier medida que llevara ayuda a la atacada Croacia. Aquélla se presentaba además al mundo de dos formas: por una parte abiertamente como república de Serbia, y por otra disfrazada como Yugoslavia, que hace ya mucho tiempo sólo existe en cuanto cáscara para el poder conquistador y represor serbio y hasta ahora comunista.
Frente al mundo civilizado, Serbia se ha dejado llevar en cada caso sólo a concesiones aparentes. Prestó su acuerdo a compromisos de alto el fuego con la intención de romperlos en cuanto le conviniera. Serbia concedió generosamente que pudieran apostarse observadores occidentales desarmados en suelo croata y esloveno. Observadores que observaban poco y que no podían impedir nada, ni la destrucción de ciudades y pueblos croatas, ni las bestiales crueldades de los chetniks serbios sobre soldados y civiles croatas prisioneros. Ahora deben ponerse en movimiento las Naciones Unidas. Pero ahí al menos China con su poder de veto podría proteger al agresor serbio. Pero quizá no se llegue ni siquiera a esto.
Con su política irresponsable, la gran mayoría de los gobiernos europeos ha conseguido que la Croacia libre esté a punto de desplomarse y que el pueblo croata esté expuesto a la arbitrariedad de los déspotas serbios uniformados y de paisano. Sin embargo, los políticos occidentales que ahora pensaran que al menos habrá tranquilidad, añadirían una estupidez más a las muchas deshonrosas. Bosnia y Hercegovina ya está expuesta al zarpazo serbio. Macedonia se siente amenazada. El grupo étnico albanés en el Kosovo teme que Serbia pase ahora de la represión al genocidio. Los húngaros oprimidos en Voivodina buscan protección en el gobierno de Budapest. Y nadie debería esperar que el pueblo croata se vaya a someter a la violencia Serbia. Los que han dejado en la estacada a Croacia ha preparado el terreno para un nuevo derramamiento de sangre.
4 de octubre de 1991.
El polvorín a las puertas de casa
¿Qué cabría esperar tras una victoria serbia?
Serbia ha preparado a conciencia su plan de guerra y quizá consiga totalmente o en buena parte su objetivo bélico. Pero los generales y políticos de Belgrado han reflexionado poco sobre lo que vendrá después: qué consecuencias producirá en Serbia su propia guerra. Al parecer, no se han planteado que las dificultades que pasará Serbia a consecuencia de la campaña de conquista y destrucción contra Croacia -comoquiera que termine-, puedan desembocar en una catástrofe.
Si el Ejército Popular comunista serbio consigue someter totalmente a Croacia, se encontrará ante la cuestión de cómo comportarse ante el contrincante vencido. En Croacia faltarán las más elementales condiciones de vida: agua y electricidad, alimentos y medicinas. Serbia, en cuanto fuerza de ocupación no será capaz de remediar las carencias, porque está bastante atrasada en cuanto a civilización y está al borde de la ruina económica.
Hasta hace poco, Serbia vivía en buena parte del trabajo de los pueblos croata y esloveno. Sin dinero de Zagreb y Liubliana, por ejemplo, no hubiera podido armar a su Ejército Popular.
Si, en una Croacia vencida, la gente muriera en masa por el hambre y las epidemias, el mundo civilizado no podrá menos que enviar ayuda al país agredido y martirizado al que abandonó. Los países civilizados verán allí mismo entonces el daño que Serbia ha producido con su agresión. Esto pondrá en contra -tarde- a millones contra el agresor.
A ello contribuirá el régimen de ocupación serbio. Todo indica que, tras una guerra victoriosa, las fuerzas armadas serbias continuarían con sus crueldades. Fácilmente eso podría ser demasiado para la opinión pública occidental y quizá incluso para los hombres de estado occidentales. Serbia se encontrará entonces bajo la presión de posibles sanciones, pues quizá algún que otro político occidental recuerde sus palabras acerca de que la agresión de Serbia no debía ser recompensada.
Posiblemente, la guerra termine mientras tanto de forma que Serbia ocupe grandes partes del estado atacado, dejando sólo una Croacia residual. Centenares de miles de croatas se encontrarían así, en un país devastado bajo dominio serbio, amenazados por el hambre y las enfermedades.
En cualquiera de los dos casos, es de temer que Serbia vacíe regiones en Dalmacia, en la Krajina croata, en Eslavonia, con una deportación masiva de su población croata en favor de los asentamientos serbios. Los ríos humanos que de esta forma se pondrían en marcha deben poner sobre aviso al mundo civilizado: no sólo para ayudarles, sino para intervenir impidiendo tal acción.
Pero, ante todo, los croatas se defenderían de la tiranía serbia. No soportarían sin resistencia ni la extinción ni la amputación de su estado. En las regiones ocupadas, habría una oposición no sólo pasiva, sino también activa, que recibiría apoyo, al menos moral, desde el restante estado croata.
Cuando Serbia tomara represalias sangrientas, serían de esperar los pasos de la comunidad internacional. Al mundo occidental le están dando ya cada vez más remordimientos por su inmoral negación de ayuda a una Croacia atacada por sorpresa. Quizá los remordimientos de conciencia lleguen demasiado tarde para ayudar en la guerra, pero después se convertirían en realidades políticas.
Cuando termine la guerra, sea cual fuere la cantidad de territorio croata que Serbia se quedara y el número de croatas expulsados, en la nación croata subsistente Serbia será considerada por bastante tiempo un enemigo acérrimo. También se ha enemistado con Eslovenia por las amenazas, el bloqueo económico y la agresión militar. Las comunicaciones de Serbia con Europa pasan por Croacia y Eslovenia, lo que pone en manos de ambas naciones un instrumento político.
Con su política de opresión hacia el medio millón de húngaros en Voivodina, Serbia ha puesto en su contra también a la nación húngara, de la que ya es hoy vecina inmediata, y lo será en una frontera más amplia si se incorpora las partes que reclama de la región croata de Eslavonia. Serbia tendría un altercado con Bulgaria si, dejándose llevar por sus apetencias, volviera a coger la república (ex yugoslava) de Macedonia. Sofía considera a los macedonios una rama de la nación búlgara y no contemplaría inactiva cómo Serbia se adueña de Macedonia.
Tras una victoria bélica serbia sobre Croacia, posiblemente madurará en los dirigentes serbios la decisión de acabar con el Kosovo. La población albanesa de allí debería contar entonces con que la brutal opresión a que desde hace tiempo se ven expuestos aumente hasta la violencia genocida. Serbia intentaría quizá expulsar hacia Albania a los albaneses del Campo del Mirlo mediante el terror. Puesto que esta población albanesa ya no tiene nada que perder, habría en el Kosovo un espantoso derramamiento de sangre. El estado albanés, que, quitándose de encima el comunismo, en los últimos meses se está haciendo capaz de actuar en el mundo, no aceptaría un genocidio en Kosovo.
Cabe temer algo parecido si, tras esa victoria bélica de Serbia sobre Croacia, le toca el turno -como avisan muchos- de golpear con violencia a la república de Bosnia y Hercegovina, quedándose con regiones de la misma. Entonces lucharían los musulmanes bosníacos, junto con los croatas de la república de Bosnia y Hercegovina. Podrían contar con dinero y armas de varios países islámicos.
Una Serbia imperialista y agresiva sólo encontraría simpatías entre sus vecinos en Rumanía y quizá también en Grecia. Poco de lo que necesita (apoyo económico y político, intercambio técnico) puede esperar, empero, de esos países. En la Europa central y occidental, Serbia no podrá contar con nadie. Los países occidentales han abandonado a Eslovenia y Croacia, pero ya no quieren tener nada en absoluto que ver con el brutal agresor serbio. Sobre el rostro de una Serbia militarmente victoriosa soplaría un viento glacial. Pero si Serbia fracasa con su guerra de conquista contra Croacia, seguramente se hundirá política y económicamente desde dentro.
8 de octubre de 1991
Si reinaran el derecho y la moral
Alegato por una política exterior occidental responsable
Los gobiernos del mundo occidental se han alejado tanto en sus palabras y en la realidad de las necesidades de la desaparecida Yugoslavia, que sería bueno imaginarse alguna vez qué aspecto hubiera tenido una política realista y responsable. Los estados occidentales, no sólo la Comunidad Europea, sino todos los estados libres del comunismo, incluída Norteamérica, deberían finalmente reconocer a Eslovenia y Croacia. Parece una mala broma que el ministro de exteriores del inexistente estado yugoslavo tenga acceso a las cancillerías de los estados y a las organizaciones internacionales, que incluso sea invitado a ellas, y en cambio el ministro de exteriores de Croacia, que no sólo ha declarado su independencia, sino que la defiende con terribles sacrificios, encuentre cerradas las puertas de la OTAN en Bruselas. El ministro austríaco de exteriores, Mock, ha dejado entrever hace unos días que Eslovenia y Croacia habrían sido reconocidas hace tiempo ya si algunos estados hubieran sido capaces de dar el primer paso.
Eso no quiere decir nada, porque en todas partes falta razón y valor. Pero ahora habría que recuperar deprisa lo que no se hizo en favor de la martirizada Croacia. Las declaraciones definitivas de independencia de las repúblicas liberales, sin condiciones ni plazo, dan ocasión para ello, y desde la primavera hay suficiente motivo.
A Croacia y Eslovenia, una vez reconocidas, el mundo libre debería suministrarles rápidamente las armas necesarias. Al menos habría que conceder que el gobierno croata las adquiriera por sí mismo en el mundo libre. Habría que dejar inmediatamente sin efecto las decisiones por las que también se bloquea a ambos estados atacados el suministro de armas. Esto tendría un efecto moderador en la guerra. Serbia sólo puede llevar a cabo su guerra porque Croacia tiene poco que oponer a los carros de combate y nada a los aviones. Bajo fuertes golpes de las fuerzas de defensa croatas el ejército serbio se retiraría, como lo hizo de Eslovenia cuando perdió una tras otra las unidades de carros y su plan de destruir el país desde el aire no se pudo ejecutar. Una Croacia suficientemente armada podría defender su frontera con Serbia. Sin embargo, sería algo deseable, ante esta guerra en Europa, que los estados occidentales participaran en la protección de esa frontera.
A Serbia no se le debería permitir retirarse de su guerra de agresión como si no hubiera pasado nada. Es un estado incivilizado que en los conflictos políticos utiliza la amenaza y la violencia, sólo entiende el lenguaje de la fuerza. Si el Ejército Popular permanece más o menos intacto, es de temer que los dirigentes de Belgrado, en otro momento y quizá en otro lugar, empiecen una nueva guerra. Nadie puede dudar que las fuerzas armadas en el interior del estado serbio siguen participando en represiones sangrientas de pueblos.
El ministro de exteriores luxemburgués Poos trae a colación ahora el precedente de Kuwait. Esto nos lleva en la dirección correcta. Al agresor serbio, peligroso para la comunidad, habría que someterlo igual que a Irak a un deber de desarme que le hiciera incapaz de atacar, y que estuviera sometido al correspondiente control. Puesto que Serbia dispone de una extensa industria de armamento, no bastaría una prohibición de importar armas si se quiere garantizar que cumpla. El Consejo de Seguridad debería tomar todas las decisiones necesarias.
Para el mantenimiento de la paz, habría que superar las condiciones de la guerra. Los generales serbios determinantes, pero igualmente los dirigentes políticos de la república de Serbia son presuntos criminales de guerra. Han desplegado una guerra de agresión contra Eslovenia y Croacia, con tácticas de exterminio contra la población civil croata y destrucción de instalaciones civiles de importancia vital, incluida la desolación de bienes culturales. Pero también han tutelado las crueldades bestiales cometidas por las unidades de chetniks equipadas y arropadas por el ejército serbio. Habría que investigar también si el propio ejército a torturado o asesinado a croatas.
El mundo civilizado tendría que estudiar también qué vías llevan al objetivo de colocar ante un tribunal a personas sobre las que recae una importante sospecha. Serbia debería comprometerse y en caso necesario ser obligada a reparar a Croacia materialmente por las desolaciones y a Eslovenia por las destrucciones causadas. A Irak las Naciones Unidas le han obligado a tales reparaciones en Kuwait. Las familias croatas que han perdido a su padre deberían recibir un sustento de Serbia.
Así debería ser si reinaran el derecho y la moral. Por supuesto, no reinan. Los gobiernos del mundo occidental, en el caso de Serbia, no se han atenido ni siquiera a lo que sería mera cuestión de oportunidad. Ahora están experimentando a dónde les han llevado sus cortas miras y su huida de la responsabilidad: a una carnicería para el pueblo croata. Esto no eran luchas. Fue una guerra, la primera en Europa desde 1945. Nadie sabe si termina ahora o si arrasará Croacia con un nuevo rebrote. No sería mucho exigir que los estados occidentales hicieran lo más urgente para no negar durante más tiempo a Croacia y a Eslovenia lo que necesitan para su superviviencia, para un mínimo de existencia por así decirlo: reconocimiento y medios con que defenderse.
11 de octubre de 1991.
Un país desolado
Consecuencias de la guerra de agresión serbia
Las consecuencias de la cruel guerra en Croacia son imprevisibles. Sólo más tarde sabremos cuántos muertos tendrá que lamentar Croacia. Hoy el gobierno en Zagreb da cifras evidentemente muy inferiores para que el martirizado pueblo croata no deje hundir su valor en la desesperación. Cientos de miles de croatas han abandonado sus pueblos y ciudades y se encuentran frente a un mal invierno como refugiados sin medios.
Inmensas son también las pérdidas materiales que Croacia ha sufrido. Sólo Croacia, porque sólo ahí hay guerra. En el país del atacante, Serbia, reina una profunda paz sin peligro. El turismo, sector económico dominante en la región de Dalmacia, ha sido destruido por mucho tiempo. La industria está por los suelos. Las fábricas eran los primeros objetivos de los aviones y cañones serbios. En los pueblos, se ha perdido el ganado. Los aperos en las granjas se han quemado. Dentro de poco el mundo occidental tendrá una nueva carga sobre sí: proteger al pueblo croata del hambre y las epidemias.
Las fábricas y conducciones de electricidad se pueden reconstruir, pero las innumerables iglesias y otros monumentos culturales que ha destruido la maquinaria bélica serbia seguirán perdidos. Croacia, lanzada por la guerra a la más extrema pobreza, sólo podrá recuperar algunas de las construcciones culturales dañadas. La ayuda occidental deberá dirigirse sobre todo hacia población en estado de necesidad. Hay que esperar que después de los cañones serbios, la descomposición realice su obra destructiva.
Quizá a algún político europeo le sean indiferentes Croacia y los croatas. Ninguno podrá pasar por alto sin interés ante el hecho de que esta guerra ha destruido las últimas posibilidades de convivencia entre croatas y serbios en una unión de cualquier tipo. ¿Quién puede pensar seriamente que la nación croata agredida por Serbia, devastada por la guerra y torturada con bestiales crueldades, acepte todavía una federación de estados sureslavos con Serbia. La idea de un nuevo estado federal sería el colmo de la pérdida del sentido de la realidad. Los políticos europeos que se aferran a la idea de un estado yugoslavo mantenido pierden con cada día de guerra una parte de la ya injustificable razón de esa idea. Parece casi increíble que durante tanto tiempo no se hayan dado cuenta de nada de esto.
Ahora también se convierte en inmensamente difícil la convivencia de croatas y serbios en las regiones de Croacia con mezcla nacional, independientemente de que Serbia consiga anexionarse estos territorios o de que permanezcan en la república de Croacia. ¿Cómo podrán confiar los croatas en sus vecinos serbios de pueblo o de barrio en la ciudad, si éstos, desde un cielo despejado, sin que nadie les hubiera tocado un pelo, dispararon sobre ellos? Los escépticos hablan ya de que tiene que producirse un cambio de población. Pero ¿puede volver a aceptar Europa tales movimientos de pueblos que conservan también algo de inhumano, algo de deportación, aunque se hayan preparado bien y se ejecuten con tacto. Ha prestado un mal servicio a la protección necesaria de las minorías en la descompuesta Yugoslavia quien no ayudó a los croatas y dejó vía libre a la guerra serbia.
Pero ha surgido aún más daño. Serbia, a la que Occidente no marcó límites, veja a los húngaros en Voivodina. Este grupo étnico intentará por tanto escapar del dominio serbio. De Bosnia y Hercegovina Serbia está recortando territorios que quiere un día incorporarse. A los croatas y musulmanes, en conjunto mayoría en la república, Belgrado les hace ver que tienen que aceptar esto. En caso de oposición, el ejército serbio se ocupará de ellos. Por eso, Bosnia y Hercegovina tiene poco futuro como país trinacional.
Macedonia ha sabido de esta manera lo que puede esperar de Serbia, que no ha dejado nunca de considerar a la república del sur como una parte de sí misma que tiene que recuperar. Así, Macedonia, como antes Bosnia y Hercegovina se ha declarado independiente. Entre los albaneses en el Kosovo, la táctica serbia, sin impedimentos, ha consolidado el convencimiento de que para ellos no hay sitio para vivir en un estado serbio o dominado por serbios.
Los políticos occidentales que en los pasados meses dejaron que siguiera su curso durante más y más tiempo la guerra serbia contra Croacia, no han entregado sólo a un pueblo casi indefenso a una brutal violencia conquistadora. Han hecho aumentar inconmensurablemente en toda una región europea la confianza en la violencia, la voluntad de responder con violencia a la violencia, también el deseo de vengarse por la violencia sufrida. Actuaron así por una ignorancia delictiva. Son fantasmagóricas las tonterías conmovedoras que hubo que oír, por el desconocimiento que llevan en sí, de algunos ministros europeos occidentales de exteriores en el verano y otoño de este año sobre los sucesos y necesidades en la que fuera Yugoslavia. Decir que nos encontramos ante una incapacidad muy grande es quedarse muy corto. ¿Tan poco dotado no puede ser quien ha llegado a ministro de exteriores? La explicación se encuentra en otra parte. Negaban saberlo porque querían empecinarse en sus errores delictivos y en su cómoda inacción.
31 de octubre de 1991.
La lucha del bolchevismo contra la democracia
Una conversación con el físico croata Ivan Supek
¿Por qué Serbia lleva a cabo una guerra contra Croacia? "Por varios motivos. Serbia quiere conquistar tierra croata, desea establecer su imperialismo en una base económica croata. A esto se añade que la nación serbia vivió bajo los turcos y por eso recibió una orientación antioccidental. Pero Occidente para los serbios lo simbolizaban en primer lugar los croatas. Al fin y al cabo esta guerra es una lucha del bolchevismo, que todavía gobierna en Serbia, contra la democracia."
Así lo ve el profesor croata Ivan Supek, uno de los más conocidos físicos de su país. Estudió con Heisenberg en Leipzig, fundó después de la guerra en Zagreb el Instituto físico Ruger Boskovic, que pronto se convirtió en una famosa institución de investigación. En la primavera de Croacia, que siguió a la de Praga, fue el primer rector no comunista de la Universidad de Zagreb, y quedó excluido por los comunistas, durante dos decenios, de todas las instituciones públicas tras la represión violenta de fines de 1971.
Ivan Supek explica la crueldad de la estrategia serbia porque en la nación serbia, bajo el dominio turco, el sentido de humanidad y justicia se aminoró. 'La historia aclara mucho de la actual guerra", dice Supek. "Los serbios tomarían con gusto Dubrovnik, llamada la Atenas serbia, aunque la cuidad nunca fue serbia ni ortodoxa, sino siempre católica. Quieren tener Dubrovnik a cualquier precio. De ahí el asedio". Esto no es nada nuevo: "en 1771 apareció el almirante ruso Orlov con su flota ante Dubrovnik exigiendo en primer lugar dinero, y en segundo, la construcción de una iglesia ortodoxa. Dinero no tenían, dijeron los padres de la ciudad. Una iglesia ortodoxa no la querían tener en Dubrovnik, temiendo que entonces vinieran a la ciudad los serbios, y con ellos los turcos. Dubrovnik habría salido entonces del círculo cultural europeo".
¿Están los croatas agotados por la larga guerra? "No, todavía no. Podemos resistir si la guerra termina en navidades." ¿Y si no? Entonces las consecuencias serían terribles. La guerra se extendería a Bosnia y Hercegovina, Serbia amenazaría a los estados vecinos de la antigua Yugoslavia. "Por eso es urgente que la comunidad de estados reconozca y apoye a Croacia y Eslovenia y que tome todas las medidas necesarias contra el agresor, Serbia." Supek cree que Croacia, junto con Eslovenia, debería haber emprendido la lucha contra el Ejército Popular Yugoslavo, cuando éste atacó Eslovenia. Entonces se hubiera podido romper la energía del ataque serbio. Pero ahí perdieron su oportunidad los dirigentes croatas. Ahora serbia mantiene ocupado un tercio de Croacia. "Pero no entregaremos nada de esto. Ni siquiera el territorio de mayoría serbia alrededor de Knin, porque a través de esa región cruzan las comunicaciones de Croacia interior hacia Dalmacia."
Ivan Supek hace una prospectiva del futuro después de la guerra. "Croatas y serbios deberían vivir conjuntamente como en los territorios étnicamente mixtos de la república de Croacia. ¿Pero podrán convivir todavía allí los croatas con sus vecinos serbios que de repente un día les agredieron sin causa, les dispararon, expulsaron de su casa y su granja y además mataron cruelmente a muchos croatas." Iván Supek recuerda que muchos serbios en Croacia habrían participado a disgusto en esta guerra brutal contra los croatas. Alguno incluso quiso mantenerse al margen, por lo que lo maltrataron las bandas serbias.
En ningún caso, dice Ivan Supek, debe llegarse a acciones de trasplante de pueblos. No se puede realizar un cambio de población. Eso sería continuar la política inhumana de deportaciones del tiempo de la segunda posguerra mundial. "Los serbios en Croacia recibirán una autonomía que se les ha ofrecido ya hace tiempo. Los croatas en Serbia, por ejemplo en la Batschka, deben tener igualmente los derechos de una minoría nacional. Si hiciera falta, la comunidad internacional debería imponerlo. El tiempo de la soberanía absoluta ya ha pasado. Los derechos humanos, la paz, la protección del medio ambiente, exigirán renuncias a la soberanía. Unas fuerzas comunes del mundo civilizado deberían garantizar la protección de estos bienes superiores contra estados que se comportan como locos, como Serbia en estos meses."
2 de noviembre de 1991.
Oscuras perspectivas
Tras la caída de Vukovar
Vukovar no pudo aguantar por más tiempo la prepotente máquina de guerra serbia. Se habla hoy de una ciudad heroica. A los defensores no les importaban los hechos heroicos, sino defenderse contra una violencia criminal. Ahora lo más importante es salvar a todos los croatas supervivientes de Vukovar, tanto civiles como soldados. Pues quien cae en manos de los conquistadores serbios corre el riesgo de ser torturado o asesinado. Por eso es importante que Serbia no imponga su pretensión de que los supervivientes sean llevados primero a un territorio serbio allende el Danubio. Allí podría apoderarse de ellos una de las bandas asesinas que pertenecen a las fuerzas armadas serbias. Desde el punto de vista militar, la caída de Vukovar supone un golpe para Croacia. El ejército serbio tiene ahora las manos más libres para ataques sobre otras ciudades: sobre todo Osijek y Vinkovci están en peligro. Sin embargo, las cosecuencias políticas tienen mayor peso. Serbia se acerca cada vez más a su objetivo bélico fundamental. La ganancia de terreno conseguido con violencia sanguinaria se redondea. Pronto el estado de Belgrado tendrá toda la parte que quiere anexionarse para siempre de la región croata de Eslavonia. Los habitantes croatas en la ciudad o en el campo han huído, o les han expulsado o matado. Ahora puede comenzar el asentamiento serbio. Más de un tercio de Croacia ya ha sido ocupada por la Serbia comunista. La república agredida no podrá recuperar nada de esto. Le faltan armas y Occidente rompe en júbilo cada vez que es capturado un transporte de armas para Croacia. Los políticos de Europa occidental ya hablan de territorios que deberán permanecer en Serbia. Pero si la agresión se recompensa, entonces el ansia de conquista de este tipo de pueblo dominador no tendrá ya detención. Primero le podría tocar el turno a Bosnia y Hercegovina, cuya mayoría de población de musulmanes y croatas es una espina en el ojo de Serbia. La república de Macedonia tendría que temer entonces por su existencia y los albaneses del Kosovo por su vida.
Pero ya han pasado los tiempos en que pueblos europeos se sometieran a un poder bárbaro. Llegará el día en que se unan las naciones martirizadas por Serbia contra el agresor. Entonces volverá a correr la sangre. Vukovar inaugura oscuras persepectivas.
19 de noviembre de 1991.
Abandonados por los pueblos
Reacciones a la catástrofe croata
Los políticos del mundo occidental, a la vista de la guerra serbia contra Croacia, han fracasado vergonzosamente. Pero ¿qué ocurre con el pueblo? No quiso tomar nota de que esta guerra es una lucha aniquiladora contra una nación en Europa, la considera más bien como un proceso inexplicable en una remota región del mundo.
Pero aquí el lugar y las víctimas no están tan alejadas. Millones de personas de todos los países de Europa central y occidental han pasado en los últimos decenios sus vacaciones en Croacia, donde han conocido a croatas, han adquirido conocimientos y a veces amistades. Millones de hombres en Europa central y occidental tienen contacto diario con los croatas, que trabajan aquí como ingenieros, médicos, comerciantes. Especialmente tupida es la red de tales relaciones en Alemania, donde viven, lejos de su patria, más croatas que en cualquier otro país europeo.
¿No debería haber barrido la protesta como una tempestad a través del continente cuando el Ejército Popular serbio, con sus carros, cañones y aviones, atacó a las defensas croatas o al menos cuando los conquistadores serbios bombardearon las ciudades croatas, sus hospitales e iglesias, cuando maltrataron a civiles y soldados croatas cruelmente? ¿No deberían los pueblos en Europa occidental haber llenado de reproches a sus respectivos gobiernos, a causa de su inactividad? ¿No deberían haber acusado a sus gobernantes por no prestar ayuda y haberles amenazado con no elegirles en la siguiente ocasión?
Nada de eso sucedió. Los pueblos, como sus políticos, miraban a otra parte. En ningún sitio un partido ha perdido unas elecciones por su política yugoslava. En ningún sitio se ha abandonado o amenazado con abandonar el partido a causa de Croacia. En ningún sitio ha dimitido ningún político a causa de Croacia.
Especialmente notable fue la larga ausencia de solidaridad eclesiástica. Los croatas se cuentan entre las columnas de la Iglesia católica en el mundo. Hay en Alemania, pero también en otros países, comunidades católicas croatas, cuya vida está entrelazada con las comunidades eclesiales alemanas. Sin embargo, durante meses esperaron en vano que se mencionara al sufrido pueblo croata en los sermones, peticiones y mensajes pastorales de los obispos. Sólo en el otoño despertaron algunos cuarteles de la Alemania católica.
Varias causas de la insensibilidad son comunes a las naciones occidentales. Se encuentran por todas partes, en diferente medida. Las ansias de paz han dominado de tal manera a los hombres que ya no quieren ni percibir una guerra. El derecho a vivir sin armas ha eclipsado el deber de asistir a un pueblo indefenso, que lucha con las armas por su vida. En este camino erróneo, los alemanes marchan a la cabeza. Esto ha viciado la política de Bonn respecto a Croacia. Alemania, junto con Austria, ha exigido con la máxima decisión que el mundo libre apoyara a los croatas, pero cuando se comenzaba a hablar de tropas, Kohl y Genscher hacían gestos negativos. Alemania no podría enviar soldados ni siquiera en una tropa pacificadora de los cascos azules, y por tanto mucho menos en una unidad combatiente para proteger a Croacia y Eslovenia. La Ley Fundamental, la razón de estado, la voluntad del pueblo, lo prohibirían.
Ya es hora de que sobre todo las iglesias reflexionen sobre si al propagar estas ideas de paz no han traspasado la frontera de una ideología pacifista que entrega al débil a la fuerza del fuerte. Una canción muy cantada en las iglesias dice: He desprotegido al que se encontraba desvalido, sólo he buscado lo que me era útil. Los pueblos occidentales tienen motivos para aplicarse este verso, como no los tenían desde hace mucho.
También contribuye a esto la pereza para pensar. Todavía hoy mucha gente discute, incluso entre la burguesía culta, en sus debates sobre Yugoslavia, con viejos lemas de tasca como la desmembración allí abajo no puede conducir a nada bueno. El ciudadano de a pie alemán, italiano, británico o francés, quería a Yugoslavia, aunque fuera un estado de terror. Se tapaba los oídos cuando alguien le explicaba que la represión en la cárcel de los pueblos yugoslavos amenazaba a la paz en toda una región europea. Librarse de tales errores voluntarios es difícil.
En algunos estados europeos han ofrecido la base para una política anticroata ideas pasadas de moda sobre un propio interés nacional, a veces extendidas en la opinión pública. Algunos italianos no pueden pasar por alto que después de la segunda guerra mundial Istria pasara a Eslovenia y Fiume (Rijeka) y Zara (Zadar) a Croacia. Ahora se frotan las manos al contemplar la miseria croata, como algunos alemanes se alegraron cuando en agosto de 1968 la Unión Soviética humilló a los checos. En Francia y Gran Bretaña, parte de los intelectuales están todavía anclados en el nuevo orden dispuesto para Europa centrooriental en 1919 y 1920, pensado sobre todo para castigar y mantener postradas a Alemania, Austria y Hungría. El estado panserbio de Belgrado era uno de los pilares de este sistema. Asimismo, en Holanda los sentimientos antialemanes se reflejan en la política del ministro de Asuntos Exteriores Van der Broek.
Indiferencia, pereza intelectual, mala voluntad. Por ello, aumentan en los cementerios de Croacia las filas de tumbas y el país es desolado. Es una vergüenza para Europa, para todo el mundo civilizado.
16 de noviembre de 1991.
Lo absurdo en lugar de la política
¿Cuánto durará todavía la guerra de conquista serbia contra Croacia? Termine como termine, no podrá añadirse nada nuevo realmente a todo lo absurdo que ante esta catástrofe ha cometido la política occidental. En las cancillerías de los estados se deben haber consumido ya las existencias de ideas insensatas sobre el trato con la antigua Yugoslavia.
Empezaron con la idea necia de que el estado de Belgrado debía conservarse. Así hablaban los dirigentes occidentales todavía en el verano de 1991, cuando todo el mundo podía ya darse cuenta desde hacía tiempo de que Yugoslavia se había transformado en una Gran Serbia y de que todo intento de mantener la comunidad opresora haría más fácil para Serbia su política de conquista y destrucción. Atrapados en este error, los jefes de gobierno y ministros de exteriores europeos occidentales hablaban de que Yugoslavia sólo podría ingresar en la CE unida.
Tan ciegamente se aferraba a Yugoslavia la comunidad de estados occidental, que seguía considerando a esta estructura como su principal corresponsal cuando ya no existía. A pesar de todo, la CE negoció con los órganos estatales yugoslavos, que hacía tiempo ya que o no tenían esencia o se habían convertido en instrumentos de Serbia. Así resultó que Croacia, devastada por la guerra, se encontró en las conversaciones de paz preparadas por la CE al agresor en doble figura: como Serbia y como Yugoslavia. El colmo de lo grotesco era que la CE se comportó durante meses como si Yugoslavia fuera un tercero neutral entre las dos partes en conflicto bélico.
Los gobiernos occidentales se dieron cuenta demasiado tarde de que Croacia no sólo se las tenía que ver con una Serbia levantisca en su territorio estatal, sino sobre todo con el Ejército Popular Yugoslavo, de filiación serbia, la segunda entre las fuerzas armadas convencionales más poderosas de Europa. Sobre el suelo croata retumbó la primera guerra en Europa desde 1945, pero Occidente no la veía. A fines de julio habló un ministro de exteriores europeo occidental de escaramuzas. Todavía a principios de agosto declaraba que no hay ni habrá una guerra entre Serbia y Croacia. Entonces hacía ya tiempo que el ejército serbio había conquistado grandes extensiones de Croacia.
A la vista de esta agresión, la comunidad de estados occidentales podría haber hecho dos cosas: o enfrentarse a Serbia con una fuerza armada y obligarle a un alto el fuego y a la retirada, o suministrar a la república de Croacia las armas necesarias para la defensa. No sucedió ninguna de las dos cosas. Ningún gobierno occidental quiso ni siquiera pensar en una intervención militar para proteger a la agredida Croacia o para restablecer la paz, aunque Occidente había emprendido recientemente tal acción contra Irak, concluyéndola con éxito y gran autocomplacencia. Los croatas sacan la consecuencia de que su pecado debe consistir en que su país no tenga campos petrolíferos como los de Irak.
Occidente eludió también dar armas a los croatas, que con ellas no se hubieran encontrado indefensos frente a la máquina bélica serbia. Pero no le bastó con esto. Con férrea severidad, los estados occidentales vigilan que el suministro de armas no alcance a Croacia. Una especie de griterío triunfal suena cada vez que, en Alemania o Italia, una autoridad comunica que ha vuelto a detener una carga con armas destinadas a Croacia. Es como si un asesino en plena calle se dirigiera a alguien con un cuchillo y la policía observara y vigilara para que nadie pudiera ayudar a la víctima.
Finalmente, los gobiernos occidentales quisieron enviar a Croacia tropas de pacificación. Los soldados de paz deberían encontrarse ya con la paz establecida. Sólo cuando dominara el armisticio irían los hombres del casco azul, decían las Naciones Unidas. Pero no hubo armisticio, porque el ejército serbio quería seguir conquistando y veía que nadie se lo iba a impedir. Por tanto, no hubo ni siquiera tropas de pacificación.
La pasividad respecto a Serbia acabó por resultar inaceptable incluso a los gobiernos occidentales. Aún a fines de junio habían autorizado un crédito de 1.500 millones para la serbioyugoslavia: dinero para un agresor. Pero después se decidieron a adoptar sanciones económicas; no sólo contra Serbia, sino contra todas las repúblicas de la antigua Yugoslavia.
Así resultó que Europa occidental sancionó tanto al agredido que defiende su vida como al cruel agresor. Croacia tuvo incluso suerte de que la mayoría de los países de la CE quisieran cuidar a Serbia, con lo que las sanciones de la CE fueron bastante suaves. Sólo Alemania estaba dispuesta a tomar medidas sensibles contra Serbia.
Las fuerzas armadas serbias habían destruido y ocupado ya un tercio de Croacia, y matado a mil croatas. Y todavía se hablaba en bastantes capitales occidentales de no precipitar las cosas. Resultaría atrevido un político que dijera: si esto sigue así durante mucho más tiempo, tendremos que pensar seriamente en los pasos que habría que tomar en consideración.
La CE se tomaba tiempo sin fin. Siempre se inventaba otra conferencia sin sentido, otra precondición incumplible, otro plazo más tardío. Los croatas, en cambio, confiaban deseperadamente que Occidente les asistiera en su desgracia. No podían comprender que tantos dirigentes en los que habían confiado creyeran con evidencia que lo absurdo puede ser una política razonable.
18 de diciembre de 1991.
Reconocidos
Como ningún otro estado, Alemania, tras unos despistes iniciales, se ha preocupado de Croacia y Eslovenia, ambas víctimas de la agresión serbia. Esto no fue fácil. El canciller Kohl y el ministro de exteriores Genscher tuvieron que soportar, por parte de los gobiernos aliados, no sólo descortesía, sino también enfado y a veces incluso odio. Ahora el gobierno alemán ha sido el primero en reconocer a Croacia y Eslovenia. Otros le seguirán. Sólo a partir del 15 de enero habrá relaciones diplomáticas. No tienen sentido tantas escisiones y retrasos. Sin embargo, la mayoría en la CE lo quería así. Se esforzaron de todas las maneras posibles, desde que Serbia comenzara a disparar en primavera, por ayudar al agresor y dañar al agredido, por humillar a los políticos croatas y eslovenos y animar a los serbios. Todavía hace poco que Lord Carrington daba la mano al presidente serbio Milosevic, ante las cámaras de televisión, con una simpatía exagerada. Era como si se volvieran a encontrar viejos amigos. Al presidente croata Tudjman, en cambio, lo trató con frialdad. Los enviados eslovenos y croatas abandonaron respetivamente Bruselas y La Haya indignados por la animosidad que ahí encontraron.
Eslovenia pudo rechazar el ataque serbio. Croacia se desangra por mil heridas. ¿Alguien la curará? Tan lejos no hemos llegado. La guerra sigue: el ejército serbio bombardea con su artillería pesada y con sus fuerzas aéreas las ciudades croatas. Nadie sabe lo que les espera aún a los croatas si Occidente no detiene de una vez por todas al estado serbio aeuropeo. Quizá la guerra se extienda más todavía. El vecino de Croacia, Bosnia y Hercegovina, teme convertirse en la próxima víctima de la agresión. Aquí se encuentra al enemigo en el propio país. Bosnia bulle de armas y tropas serbias. Llena de temor, pide al mundo su reconocimiento. Macedonia, en el sur, hace lo mismo por el mismo motivo.
En estas fiestas de Navidad los croatas están de luto por los muertos que murieron defendiéndoles o por los prisioneros que han sido cruelmente mutilados, por sus regiones devastadas y perdidas por mucho tiempo. Pero en la mayor de las miserias, todavía dan su confianza a un mundo occidental que no se la merece.
24 de diciembre de 1991.
Epílogo
Al principio de este libro se habla de los oscuros prolegómenos de la primera guerra que tiene lugar en Europa desde 1945. Aquel artículo fue escrito para la Frankfurter Allgemeine Zeitung, como los demás textos, que proceden de los últimos doce años y reflejan un desarrollo que va desde la muerte de Tito, en la primavera de 1980, hasta el reconocimiento diplomático de Croacia y Eslovenia por parte de Alemania a finales de 1991.
"Las naciones tienen una memoria duradera", escribe el autor en agosto de 1981, haciendo referencia con ello al pasado. Es fácil predecir, por supuesto, que esta idea también es válida para el futuro, después de todo lo que les han hecho, sobre todo a los croatas, en esta guerra a las puertas de nuestra casa.
Deutsche Verlags-Anstalt
Stuttgart, fines de enero de 1992.
(1) Obstáculos antitanques, en forma de aspas con puntas afiladas