Croacia
La cuestión croata
Durante decenios, los representantes de la autoridad en Yugoslavia desmintieron los problemas en la república de Croacia. No hay una cuestión croata, decían siempre. Los dirigentes de la Yugoslavia comunista nunca reconocieron que estuvieran justificadas las quejas croatas sobre la falta de igualdad tras la segunda guerra mundial, y sólo reconocieron a los croatas temporalmente, y además sólo formalmente y por supuesto sin intención de sacar consecuencias, que la Yugoslavia monárquica, entre las dos guerras mundiales, les había maltratado.
Mientras tanto, podría pensarse que aquélla es un pasado lejano, y que los croatas harían mejor en olvidarla. Pero a ojos de muchos croatas las imágenes de la Yugoslavia comunista y de la monárquica se parecen. Hacia el fin del la primera guerra mundial, el gobierno serbio exiliado había asegurado a los representantes croatas en el exilio, en un convenio al que se llegó en la isla griega de Corfú, que el estado común sureslavo que perseguían ambas partes sería un reino de pueblos eslavos del sur organizado federalmente, con igualdad de derechos. Lo que finalmente resultó bajo la presión de la prepontencia serbia fue un reino serbio ampliado con nuevas provincias, una de ellas Croacia: es decir, una Gran Serbia.
También los comunistas yugoslavos habían declarado durante la guerra que, al terminar ésta, su Yugoslavia sería una federación de pueblos con igualdad de derechos. Pero el estado de Tito vio la luz como dominio centralizado en Belgrado. Ciertamente ya no había una casa real serbia. El todopoderoso mariscal Tito no era serbio y la gente de su entorno procedía de otros pueblos. Sin embargo, el pueblo croata no dejaba de sentir la discriminación a la que estaba sometido por el hecho de que ya no proviniera sólo de la autoridad serbia.
En 1928 un diputado de tendencias panserbias mató a tiros en el parlamento de Belgrado a los principales políticos croatas. Hoy se sigue sospechando que actuó por encargo del rey Aleksandar, de la casa Karadjordjevic, o al menos por encargo del gobierno. Cuarenta y tres años después, en el otoño de 1971, Tito derrocó a los dirigentes comunistas de la rep de Croacia, que era populares porque se preocupaban de los intereses nacionales, en circunstancias humillantes. El lugar de la acción no fue en este caso Belgrado sino el palacio de caza de Tito Karadjordjevo -al elegir precisamente un lugar con este nombre el mariscal debía saber cuánto afectaba a los croatas-: nadie fue asesinado, por supuesto, sin embargo, algunos de los más importantes intelectuales croatas fueron a la cárcel.
El rey Aleksandar, tras los asesinatos en el parlamento, no sólo proclamó la dictadura, sino que dispuso también que la lengua del reino sería ahora el yugoslavo, lo que significaba, en realidad, como se demostró rápidamente, que la lengua estatal sería el serbio. Yugoslavia ya era una dictadura -del partido- desde 1945, por lo que Tito no tenía que introducir otra. Pero anuló con un nuevo centralismo el federalismo que se había desarrollado en la segunda mitad de los años sesenta. Hasta ese punto se repetía de nuevo el golpe de 1929. Ciertamente, la presión centralista se volvió a suavizar y en 1974 Yugoslavia recibió una Constitución estatal marcadamente federalista. La Constitución más importante, la del partido, conservó en los años setenta la mayor parte de las características federalistas que había recibido en 1969. Sin embargo, a pesar de todo el federalismo, permanecía cierta presión sobre Croacia. El golpe al los croatas en Karadjordjevo continúa determinando la realidad en esta república aún hoy.
Después de 1945, no se volvió a decretar el yugoslavo -nombre forzado e insensato- para la lengua. Sin embargo, a los croatas se les ha impuesto para su variante lingŸística, a la que siempre habían denominado croata el nombre de croatoserbio. De nada les valía que al serbio se le llamara serbocroata. La consecuencia de la nueva denominación fue que la variante lingŸística croata se vio sometida a presiones para adecuarla al serbio. El croata Bakaric, jefe del partido muerto en 1983, informaba hacia 1970 de cómo ocurrió todo esto y del papel que jugó la policía secreta. Lo más interesante en su exposición fue que él mismo, el más alto comunista de Croacia, tuvo que contemplar impotente cómo la central de Belgrado, de filiación panserbia -a pesar de su composición multinacional-, al menos hasta que en 1966, cayera el vicepresidente serbio y jefe de la policía secreta Rankovic, trató a los croatas sin contemplaciones.
En la antigua Yugoslavia monárquica el ejército fue un instrumento que aseguró la prepotencia serbia. En la Yugoslavia comunista, volvió a ser utilizado para mantener oprimidos, entre otros, a los croatas. En la primavera de 1971, el general serbio Jovanic, entonces comandante de la región militar de Zagreb, intentó intimidar con movimientos de tropas a los dirigentes reformistas nacionales croatas. Cuando Tito golpeó en el otoño, las unidades de Jovanic se situaron amenazadoramente alrededor de la capital croata. Tito dimitió poco después también a los dirigentes reformistas del partido en Serbia, reprochándoles su liberalismo. Sin embargo aquí no intervino el ejército.
16 de abril de 1984
El pecado original yugoslavo
Croacia en el Reino de los serbios, croatas y eslovenos
Cuando al final de la primera guerra mundial se derrumbó la monarquía de Habsburgo y los imperios alemán, ruso y turco cayeron por los suelos, muchos pueblos y grupos étnicos en la mitad este de Europa consiguieron la autodeterminación política. Utilizaron su adquisición con diferente talento. El destino les concedió sus favores también de forma diferente. También entre ellos eran diferentes las reflexiones y los sentimientos con que miraban hacia la salida en el otoño de 1918. De la liberación del dominio extranjero no surgió para todas las naciones la libertad nacional, sólo fue una suerte para algunas.
Sin embargo, ninguna ha sido tan desdichada en su existencia como la croata, como parte constitutiva del estado eslavo del sur, que vió la luz como Reino de los serbios, croatas y eslovenos, y que después se dió el nombre de Yugoslavia. Para los croatas, la existencia común con los serbios comenzó con una profunda decepción, que pronto se convirtió en rechazo y finalmente desembocó en una voluntad de separación. La disputa serbo-croata era una realidad fundamental del reino eslavo del sur. Contribuyó de forma determinante a que en la primavera de 1941, bajo los golpes de las fuerzas del eje, aquél se desintegrara inmediatamente. Esta antítesis, en definitiva el malestar de la nación croata, ha continuado en la Yugoslavia comunista, asemejándose las imágenes de ayer y de hoy. Aquí está la causa de que en todo el mundo se dude cada vez más que el estado multinacional de Yugoslavia pueda subsistir.
Al que tiene todo esto presente, puede parecerle extraño que en un principio los croatas se hubieran acercado anhelantes al estado común con los serbios (y los eslovenos), casi en un delirio de alegría. Podría pensarse que se habían unido dos naciones que no se conocían y que por eso tenían una respecto de la otra ideas tan alejadas de la realidad, de forma que la unión tuvo que fracasar.
Algo de eso hay, pero no todo es así. Ciertamente, los serbios sabían poco de los croatas. La parte principal de la nación serbia no vivió junto con los croatas, ni en su imperio medieval, ni después bajo el dominio turco, ni finalmente en su principado y reino en el siglo XIX y a principios del XX. El caso croata era diferente. Poseían experiencias con su pueblo vecino sureslavo, especialmente desde fines del siglo XVII, cuando decenas de miles de serbios abandonaron su patria, ocupada por los turcos, el Campo del Mirlo (Kosovo Polje) y se acogieron a la protección de Austria.
Aquellos serbios se asentaron en la Batschka y el Banato, pero también en algunas regiones de Croacia. El emperador vienés podía utilizar a los emigrantes como campesinos defensores de la frontera militar, el Confin, que había empezado a establecer en el siglo XVI para defenderse de los turcos. De esa forma, algunas regiones de Croacia recibieron una parte importante de población serbia: Lika, Kordun y Banja. Desde estos asentamientos los serbios emigraron después a Zagreb, la capital croata, donde muchos ascendieron hasta la burguesía culta y asentada.
La convivencia de ambos pueblos, mayoría croata y minoría serbia, cuya diferencia más importante era la religión, transcurrió sin complicaciones durante bastante tiempo. La primera gran sombra sobre sus relaciones apareció cuando, tras el acuerdo austro-húngaro de 1867, que colocó a Croacia bajo el dominio húngaro, los serbios en Croacia se llevaron bien con los indeseados señores húngaros. Eran madjarones, así llamaban los croatas a los habitantes de su país que se asociaban con los húngaros.
Sin embargo, los puntos comunes resultaron más fuertes. En Dalmacia, que pertenecía a la mitad imperial austríaca, se unieron justo tras el fin de siglo los políticos croatas y serbios, porque creían que sólo conjuntamente podrían conseguir la unificación de Dalmacia con la Croacia interior y con ello afirmarse frente a las prepontentes culturas alemana e italiana. La coalición se extendió rápidamente en Croacia interior. En el parlamento regional croata, el Sabor, surgió la Coalición croato-serbia, que fue la fracción más fuerte desde 1905 hasta el comienzo de la guerra.
También repercutió de forma contradictoria en la relación entre ambos pueblos la incorporación de la ya en 1878 ocupada Bosnia y Hercegovina a la monarquía de Habsburgo, en el otoño de 1908. Por una parte, los croatas vieron con desagrado que el reino serbio reclamara para sí Bosnia y Hercegovina, donde vivían serbios y croatas. por otra parte, muchos sentían un impulso de solidaridad con los hermanos eslavos del sur que protestaban contra la extensión territorial de austríacos y húngaros en medio del Balcán eslavo.
Aquí aparecieron ya las consecuencias de una nueva versión de la conciencia nacional croata. El paneslavismo rondaba ya entonces por Europa oriental, y una especie de versión regional era el sentimiento de una comunidad eslava del sur. Precisamente sus antecedentes, en el siglo XIX, habían sido croatas: en su primera mitad, el ilirismo, al que hay que unir sobre todo el nombre del poeta Ljudevit Gaj; en la segunda mitad, el sureslavismo, (yugoslavismo), cuyo mayor inspirador fue el famoso obispo Josip Juraj Stroºmayer, en Djakovo.
En 1895 el ban (virrey) Khuen-Héderváry, una especie de gobernador húngaro en Croacia, había expulsado de la universidad de Zagreb a estudiantes con pretensiones nacionalistas. Muchos de ellos fueron a Praga, donde cayeron bajo la influencia del político y profesor Masaryk, quien les inculcó que croatas y serbios no eran pueblos emparentados, sino un sólo pueblo. Masaryk sabía poco de los eslavos del sur. Sus afirmaciones sobre ellos fueron aún más alocadas que su creencia de que checos y eslovacos eran una nación. En ambos casos, no se trataba de conocimientos científicos, sino del producto de la ideología paneslavista.
Los estudiantes volvieron de Praga a Zagreb y su provincia, extendiendo la nueva idea. Así, cada vez ganó más terreno en Croacia la idea de que croatas y serbios en la monarquía de Habsburgo, y quizá incluso más allá de sus fronteras, debían formar una comunidad política. Los conceptos yugoslavistas determinaron cada vez más el pensamiento de los intelectuales croatas y de la clase política. Las opiniones diferían en cuanto a la relación con la monarquía de Habsburgo. Radicalmente en su contra se decidieron los políticos croatas -a su cabeza el abogado Ante Trumbic y el periodista Frano Supilo (ambos procedentes de Dalmacia)- que poco después de la ruptura de las hostilidades se exiliaron, primero a Roma, y después -en 1915- a París y Londres. Allí, junto con otros exiliados serbios y eslovenos de Austria-Hungría formaron la Comisión Sureslava (Jugoslavenski Odbor), una especie de gobierno en el exilio de los eslavos del sur del imperio de Habsburgo. Su objetivo era la separación de Budapest y Viena, y la unión con Belgrado.
En 1917, Trumbic -mientras tanto Supilo había abandonado la Comisión, a la que acusaba de no enfrentarse con energía a las pretensiones dominadoras serbias- y Nikola Pasic concluyeron con el presidente del gobierno del reino de Serbia, en ese momento ocupado por las potencias centrales, en la isla griega de Corfú, un acuerdo en que se decía que serbios, croatas y eslovenos, que constituían un pueblo por su sangre, su lengua, sus sentimientos y su territorio, se unirían en un estado con igualdad de derechos, en una monarquía parlamentaria y democrática, a cuyo frente estaría la casa real serbia de los Karadjordjevic.
En Croacia, la mayoría de los políticos y sobre todo del pueblo estaba todavía lejos de tal giro. La mayoría de los croatas estaba unida a la monarquía de Habsburgo, al emperador de Viena; no tanto al gobierno húngaro, que les prescribía que el monarca de Habsburgo sólo lo era para ellos en cuanto rey de Hungría. La convivencia secular de austríacos y croatas en su defensa contra los turcos influyó en ello. Los croatas en el reino de Habsburgo, al contrario que los checos o los eslovenos, no tenían que temer por su identidad. Tenían en Zagreb una universidad rica en tradiciones, una Academia de Ciencias desde mediados del siglo XIX; su lengua no estaba acorralada por la alemana o la húngara ni siquiera de refilón. Por eso, los croatas lucharon en la primera guerra mundial por Austria-Hungría.
Sin embargo, hacia el final de la guerra se apagó la voluntad de lucha. Las listas de caídos y heridos fueron cada vez mayores y, además, en la patria se desplomaron las provisiones. Los croatas estaban cansados de la guerra. Sólo la mitad de los nuevos reclutas llegaba al frente. Los demás desertaban durante el camino. Aumentaban los pasados al enemigo.
Rápidamente el imperio de los Habsburgos fue hacia su fin y se desplomó. En Zagreb la gente iba cantando, como borracha, por la calle, hacia el monte Gric, donde tenían sus sedes el parlamento regional y el gobierno del país. No era una revolución: no había ya nada contra lo que los croatas pudieran levantarse. Pero en los pueblos los campesinos comenzaron a repartirse la tierra de los grandes terratenientes, a quienes consideraban parte constitutiva del anterior régimen.
No faltaron ni violentas pasiones ni esperanzas con miras amplias. Sin embargo, faltaba claridad y sobriedad. La situación favorecía, objetivamente por la geografía política y subjetivamente por los sentimientos de la gran mayoría del pueblo, una fuerte tendencia a la unión en un estado con el reino de Serbia.
Serbia había ganado la guerra junto con las potencias de la entente. Por contra, los croatas, en realidad, como parte constitutiva de Austria-Hungría, la habían perdido. Los alardes sobre la existencia y la política de la Comisión Sureslava de Londres, el ambiente de victoria en Zagreb y otras ciudades en octubre y noviembre de 1918, el prestigio de una revolución, todo disimulaba la inferioridad política de los croatas frente a la fuerza de los serbios, pero no la hacía desaparecer totalmente.
Además, los croatas también eran más débiles porque al fin de la guerra no tenían un estado propio que contraponer al reino serbio, bien cohesionado y activo. Los croatas habían exigido en la monarquía de Habsburgo una estatalidad que hacían remontar al reino medieval croata. Pero Austria, y después Hungría, no satisfacieron esta pretensión. Desde el acuerdo austro-húngaro de 1867 y el subacuerdo húngaro-croata de 1868, Croacia fue, con Eslavonia, una región autónoma en el reino húngaro, pero nada más. Ahora, a pesar de la caída de los Habsburgos, no consiguieron nada más. Las regiones habitadas por croatas que no estaban sometidas al rey de Hungría sino al emperador de Austria, sobre todo Dalmacia e Istria, no pudieron unirse por tanto a un estado croata preexistente y aumentar su peso.
En esa situación de inferioridad, habrían hecho falta políticos decididos, atrevidos y hábiles que aseguraran los intereses vitales de la nación croata. El lado serbio contaba con tales políticos, -sobre todo en el experimentado jefe del gobierno Pasic, y también en el príncipe regente Aleksandar-, que faltaban en el lado croata. Trumbic, de la Comisión Sureslava en Londres, era un soñador. Supilo, más realista, había perdido su influencia al retirarse de la Comisión de Londres. Entre los políticos croatas que habían permanecido en casa durante la guerra, apenas había talentos. Sólo sobresalía Stjepan Radic, jefe del Partido Campesino, pero aún no se contaba entre las figuras determinantes en Zagreb.
Nada aclara más la extraña debilidad y falta de políticos croatas en el otoño de 1918 que el que un serbio de Croacia, Svetozar Pribicevic, fuera el político más influyente y efectivo en Zagreb; algo que no extrañaba a los croatas. La coalición croato-serbia de preguerra en el parlamento regional de Zagreb, se había convertido en la Comisión Sureslava de Londres, y también prosiguió ahora con su idea y su praxis en los primeros movimientos de política de posguerra en Zagreb: ¿por qué no había de estar otro serbio al frente? Pribicevic, por su parte, era un incansable y hábil nacionalista serbio. Mientras que los políticos croatas soñaban con una comunidad croato-serbia basada en la igualdad de derechos, él trabajaba por una Serbia agrandada.
Los hechos transcurrieron conforme a estas malas circunstancias de los croatas. Ya en el año 1917, en las conversaciones con el gobierno serbio en el exilio, en Corfú, la Comisión Sureslava olvidó insistir en el federalismo, en la autonomía de Croacia en el nuevo estado común. Se dejó ganar más bien por el mito de un solo pueblo sureslavo. En el acuerdo se decía que una asamblea nacional constituyente determinaría, con una mayoría cualificada, el ordenamiento interior de la comunidad. Esto pareció suficiente garantía a los croatas.
En Zagreb, los políticos croatas no vieron que lo conveniente fuera fundar un estado croata, o un eventual estado común croato-esloveno, dotándole de todas las instituciones e instrumentos necesarios para conseguir el reconocimiento formal y práctico de la comunidad de estados.
Sólo tal estado croata podría haber negociado en pie de igualdad la unión con Serbia. Ciertamente el parlamento croata (Sabor) declaró el 29 de octubre de 1918 a Croacia, Eslovenia y Dalmacia como un estado independiente, pero quitando todo fundamento a su existencia, al añadir que la nueva organización entraría a formar parte en un nuevo estado de eslovenos, croatas y serbios, basado en la total igualdad de las tres etnias, y cuyo ordenamiento interno debía determinarlo, con mayoría cualificada, una asamblea constituyente. Una vez más no se hablaba para nada de federalismo o autonomía. El olvido croata de Corfú se repetía.
Tras esto, el Sabor entregó la autoridad suprema en Croacia a un Consejo Nacional, organismo fundado tres semanas antes, que tenía a su frente a un esloveno y aparecía representando a todos los croatas, serbios y eslovenos de los territorios de la antigua Austria-Hungría. Sin embargo, estos territorios no formaban un verdadero estado, sino que eran un conglomerado de la masa en quiebra del imperio de los Habsburgo. Y así el Consejo Nacional fue también un instrumento artificial y sin fuerza, sin base ni medios de poder. Constitucionalmente era un contrapeso menor al gobierno serbio.
No pudo ser de otra forma, y las conversaciones para la unificación se convirtieron en una farsa. El 1 de diciembre de 1918, en Belgrado, no se negoció de modo alguno, simplemente el príncipe regente Aleksandar proclamó el nuevo estado común. El dirigente que encabezaba la delegación del Consejo Nacional de Zagreb era el serbio Pribicevic, que trabajaba para el jefe del gobierno serbio Pasic y para el príncipe regente. En conceptos jurídicos se podría hablar de un contrato consigo mismo. No se determinó ninguna garantía para los croatas. No se dijo nada de la necesidad de una mayoría cualificada en la asamblea constituyente.
Así, los croatas, más que haber llegado al nuevo estado común con los serbios, habían caído dentro de él. Pronto se darían cuenta de que era una Gran Serbia. Serbios eran la dinastía y el control del ejército, de la diplomacia y de la administración. La reforma agraria y el sistema impositivo beneficiaban a los serbios. Las dos monedas, el dínar y la corona, se juntaron de tal forma que pagaran los croatas. Las reparaciones de las pontencias centrales se transformaron en inversiones para Serbia. En tal estado los croatas no podían sentirse como en casa, pero a finales de 1918 sus representantes no habían insistido en uno mejor o más soportable.
6 de mayo de 1989.
La oposición se prepara
En las tascas de Zagreb, la capital croata, la gente que se sienta consume poco: un refresco, una cerveza, un café; muchos sólo un vaso de agua mineral. Al que gasta más se le nota enseguida. La gente tiene dinero en el bolsillo, pero no vale nada. La fábrica de papel moneda yugoslava produce inflación a raudales. Los viejos dinares, con los que todavía muchos calculan, son sólo dinero en disolución homeopática; pero también hace falta dos millones de los nuevos para comprar una camisa, y cada día los monstruos de cifras son más fantasmagóricos.
El dinero metálico está fuera de curso. El suelo de la fuente en la plaza de la república, en plena ciudad, está cubierto de billetes. Ningún chaval de la calle piensa que valga la pena pescarlos. Los sueldos van por detras de los precios. Este año, algo menos que antes. Cada vez son más los habitantes de la ciudad que no pueden comprarse lo necesario para vivir. La autoridad croata busca aliviar las necesidades más apremiantes con un bloque de medidas sociales. Muchos habitantes de Zagreb han vivido durante mucho tiempo de unos ahorros que ahora se agotan. A algunos les ayudan sus parientes que viven en Alemania, Austria o Suiza. La palabra crisis está ya manida por el uso. En las librerías, todos los libros disponibles en las vitrinas la llevan en sus títulos: Los intelectuales ante la crisis.
Pero no es sólo en lo económico. También en política se dan presentimientos apocalípticos. Hasta ahora los comunistas se han agarrado firme y desesperadamente a su monopolio del poder. Sin embargo, ya hay gente animosa que fuda asociaciones políticas para convertirlas cuanto antes en partidos que se presentarán a las elecciones. El antiguo general partisano Tudjman -separado de los comunistas en los años setenta y perseguido por la justicia penal- ha fundado una agrupación de orientación nacional croata. Goldstein, editorialista y presidente de la comunidad judía de Zagreb, ha diseñado una más liberal-demócrata. Contarse públicamente entre los opositores ya no supone peligro de muerte, sino mérito. Los más prudentes predicen que el partido no sacará en elecciones libres ni el 10% de los votos.
Este año el día de todos los santos ha sido fiesta por primera vez. De nada habría servido a las autoridades del partido seguir negando al pueblo este día de fiesta. En cualquier caso, trabajadores y empleados habrían ido al cementerio. Sin embargo, ¿se vió el partido obligado a dejar nacer grupos de oposición o él mismo llegó a reconocer que el monopolio del poder por parte del partido ya no se adecúa a los tiempos? Varias cosas han contribuido a la apertura política en Zagreb y en toda Croacia: la ruptura liberal en la república vecina de Eslovenia, la política de opresión y conquista del régimen panserbio de Milosevic en el sur y en el centro de Yugoslavia, la perestroika en la Unión Soviética, la rápida despedida de Hungría y Polonia del comunismo, a lo que se añade ahora el cambio radical en la RDA.
Es difícil mantener a los croatas centroeuropeos en un sistema de elecciones aparentes, cuando incluso en la bizantina Rusia se practican elecciones libres. No menos difícil es mantener bajo tabú los crímenes colectivos de las autoridades comunistas de Tito, cuando en la Unión Soviética se abren las fosas comunes de la época de Stalin. No se les puede hacer plausible a los croatas que la democracia y la libertad no vayan con ellos y sí con los eslovenos, que igualmente viven en Yugoslavia, y con los húngaros y polacos, pertenecientes a la esfera de poder soviética. Pero sobre todo los dirigentes croatas necesitaban apoyarse en su pueblo si no querían convertirse en súbditos del déspota serbio Milosevic. A este pueblo, por ahora, no podrán aliviarle apenas las necesidades materiales, pero sí es posible aflojar los tornillos de la dictadura de partido.
Esto aún llevará tiempo. Jurídicamente, todos los grupos de oposición sólo preexisten. Su reconocimiento formal se va retrasando, y hasta que éste no se produzca, las asociaciones de Tudjman, Goldstein, Vladimir Veselica (que se ha separado de Tudjman) y otras no pueden actuar públicamente para conseguir prosélitos, no pueden publicar un periódico ni abrir una cuenta corriente. Y todo esto tampoco serviría de mucho si las autoridades establecieran para las elecciones de la primavera de 1990 procedimientos con los que la oposición sólo recibiera un par de escaños simbólicos.
Claro que el partido tiene que contar con que los grupos de partidos incitarían entonces al pueblo al boicot de las elecciones. Sería difícil dudar del éxito de tal proclama, después del 8 de octubre de 1989, cuando el grupo de Goldstein llamó a la población a reunirse en la plaza de la república en Zagreb y firmar pidiendo la restitución de la estatua de Jelacic, quitada por los comunistas. A pesar de la lluvia torrencial, se reunieron setenta mil personas. Un año antes, los autores de tal proclama y los fundadores de asociaciones opositoras hubieran ido a parar al juzgado. Hoy, en cambio, los dirigentes del estado y del partido en Croacia no quieren saber nada de procesos políticos. Las disposiciones penales estalinistas sobre los denominados delitos políticos, como propaganda para el enemigo o daño al prestigio de Yugoslavia, ya no se aplican. Pero todavía están en la ley. Sí, responden los funcionarios dirigentes, entre nosotros el desarrollo jurídico va detrás del político.
Estos hombre que todavía ostentan los más altos cargos del partido y del estado en la república de Croacia despiertan impresiones contrapuestas. Son discípulos políticos de la clase dirigente que en 1971-72, por voluntad de Tito, reprimió el movimiento nacional liberal de los croatas con métodos tardoestalinistas, pero se han distanciado de este pasado. La expansión de la política de sometimiento panserbia de Milosevic les ha alarmado. Sin embargo, no han querido llegar a dar enérgicos contragolpes. Parece que la mayoría de ellos está intentando adaptarse con el paso a un orden plural: algunos por convencimiento, otros por resignación.
Pero todavía quieren conservar lo más que se pueda del socialismo, que también en Yugoslavia es un dominio del partido, aunque adornado suntuosamente. Hablan de la dura suerte de la nación croata en los decenios posteriores a la guerra con un silencio difícil de interpretar. En Zagreb se les considera preferentemente como una autoridad transitoria, pero nadie sabe con certeza adónde conduce la transición.
1 de diciembre de 1989
Partisano, preso, reformador
Carreras políticas
I
Igual que hace veinte años. El político Marko Veselica viaja a través de Croacia y habla en reuniones. Las salas están llenas. Los oyentes participan. Pero algo ha cambiado. En los dos decenios transcurridos, Veselica ha conocido el comunismo como prisionero político. Ha dado la espalda a la fe marxista-leninista y se ha convertido al catolicismo. Hoy ya no pertenece al partido, sino a uno de los partidos que en la república yugoslava de Croacia han surgido como de la nada política. Se llama Partido Demócrata Croata.
Sin embargo, los discursos actuales de Veselica no se diferencian como la noche del día de aquellos que pronunció hacia 1970. También entonces luchaba por un orden en Yugoslavia donde la nación croata pudiera vivir con dignidad, sin represión y sin tendencias extrañas impuestas; por una existencia europea para su pueblo. Por eso fue a prisión.
La vida no le ha mimado. Sus padres eran sencillos y laboriosos católicos en Dalmacia. El padre iba a trabajar para los campesinos o en una fábrica de tejas, y él mismo tenía una parcelita de tierra. También la madre era empleada de la fábrica de tejas. Así, pudo comprarse una máquina de coser Singer que causó sensación en aquella época en su pueblecito dálmata. El padre de Veselica sirvió durante la guerra en el ejército del efímero Estado Independiente Croata. En 1944 se pasó con otros muchos a los partisanos. Cayó en octubre de 1944. El hijo, Marko, nacido en 1936, fue a la escuela superior e ingresó siendo joven en el partido. La propaganda era eficaz y la utopía comunista le atrajo. No confiaba en que la Iglesia erradicara la injusticia social del mundo. El joven de dieciocho años se encontró en 1954 en la facultad de Ciencias Económicas en Zagreb con una profesora de economía política llamada Savka Dabcevic-Kucar que le causó gran impresión por su inteligencia y por sus ideas marxistas vivificadoras y no dogmáticas. Por su parte, las dotes del joven Veselica le llamaron la atención a ella, que lo convirtió en su asistente pedagógico. El antisovietismo se entendía entonces por sí mismo. Poco a poco, Veselica se iba dando cuenta de la prepotencia serbia en Croacia, en toda Yugoslavia, pero de esto sí que no se podía hablar.
En 1959 terminó la licenciatura. Al año siguiente Veselica comenzó como ayudante de la profesora Dabcevic-Kucar, que le dirigió la tesis y el doctorado. Desde 1967 fue profesor en la Universidad de Zagreb, pero también diputado en el parlamento yugoslavo en Belgrado, representando a la capital republicana croata, Zagreb. Tuvo que compartir la ciencia con la política. Entretanto, la señora Dabcevic-Kucar llegó a ser jefa del gobierno croata. Ahora pudo percibir cómo los dirigentes comunistas serbios intentaban hacer fracasar cualquier reforma del orden político económico yugoslavo, profundamente anclado en el leninismo y el estalinismo. Así se convirtió en una precursora de la lucha por los derechos de la nación croata, de un federalismo que mereciera tal nombre. Veselica la apoyaba en la Universidad, en el parlamento central de Belgrado, y también en la dirección de la organización sindical croata, donde él luchaba contra el primer hombre, el serbio de filiación estalinista Baltic. En esto siempre podía contar Veselica con el profesor Djodan, de la facultad de Derecho, que, como él, se había lanzado a la política. Ambos se comportaron en los años de la primera revolución croata de 1968 a 1971 a veces como gemelos políticos. Conjuntamente, transformaron la organización del partido en la Universidad de Zagreb en sentido reformista croata.
Pero esto no lo aceptaron los centralistas de Zagreb y los estalinistas como Bilic, Baltic o la señora Planinc. En 1968 ya intentaron detener a Veselica y a Djodan. Ambos tenían gran culpa de que en 1970 el movimiento reformista croata, bajo los dirigentes de partido señora Dabcevic-Kucar y Tripalo mantuviera firmemente la organización del partido en su república, apoyada por la gran mayoría de los intelectuales y del pueblo croata. El golpe estalinista de Tito contra los croatas en diciembre de 1971 puso fin al movimiento reformista de Zagreb. Sin embargo, ya en julio, la dirección croata, presionada por la central de Belgrado y los centralistas en Zagreb, había tenido que sacrificar a Marko Veselica. Fue expulsado del partido. Baltic alejó a su enemigo también de la dirección del sindicato.
El 11 de enero de 1972 Veselica fue detenido. Algunos compañeros de reclusión, bajo amenazas, declararon contra él lo que se quiso oir de ellos. En noviembre, la sentencia: seis años de prisión. Durante cuatro años, Veselica estuvo recluido en Stara Gradiska, junto al Sava, con criminales. La comida era indigna de seres humanos. Cada dos meses podía recibir un paquete y cada cuatro semanas su mujer podía hablar con él en presencia de un vigilante.
Cuando en 1977 fue liberado, no tenía trabajo. Su mujer y su hermano Vlado se ocuparon de él. Finalmente, pudo trabajar en una empresa eslovena de material de construcción. Pero esto sólo duró dos años. En 1981 los jefes políticos de Croacia le mandaron detener por segunda vez. Otra vez le cayeron siete años de prisión. Veselica aguantó en prisión tres huelgas de hambre. Le operaron en el hospital militar. El médico fue después vejado por haberse esforzado. Organizaciones humanitarias en el extranjero intercedieron por el preso político, que estaba sometido a prisión de aislamiento y no pudo recibir durante mucho tiempo ningún paquete. En 1986, el presidium estatal de la república de Croacia ordenó la libertad condicional de Veselica. Sólo a principios de 1990 le dieron el pasaporte.
Tampoco esta vez encontró trabajo. Sin embargo, volvió de nuevo a la política. El historiador Tudjman, general de partisanos durante la guerra, más tarde disidente y perseguido, había fundado la Comunidad Democrática Croata. En ella participó Marko Veselica. Sin embargo, la unión no duró mucho tiempo. A Veselica le parecía que Tudjman conducía la asociación autocráticamente y con algo de mentalidad de partisano. Hoy Marko Veselica pertenece a la dirección del Partido Demócrata Croata, a cuyo frente está su hermano Vlado. Se basan en los derechos humanos y en la concepción humanista cristiana, aunque no se consideran exclusivamente católicos. Aquí está bien cobijado Marko Veselica, que ya en su primer año de prisión se convirtió en un católico practicante.
Pero para él no es más importante el partido que la Asociación Croata de Presos Políticos, que acaba de cofundar, o el Club Croata para la Democracia en Europa Central, que él mismo dirige. Siempre hubo algo de ajetreado en este hombre, y la inactividad forzosa del largo tiempo de prisión le ha convertido todavía en más maquinador. Marko Veselica quiere hacer todo lo posible para que tenga éxito la segunda ruptura croata con el leninismo-estalinismo. Savka Dabcevic-Kucar, derrocada en 1971, le contempla con interés desde su retiro.
II
Cuando Franjo Tudjman era un héroe juvenil nadie hubiera pensado que la mayoría de los croatas de su república yugoslava le elegiría un día. No sólo porque entonces, en la segunda mitad de los años cuarenta y cincuenta, no se pudiera pensar en elecciones libres en la dictadura comunista de Tito sino porque en aquella época gente como Tudjman poco podía esperar de su pueblo. El joven, nacido en 1922 en la region de Zagorje -la parte de Croacia entre la capital y la vecina república de Eslovenia, de donde también era Tito- se había pasado, con 19 años, del ejército del recién nacido -bajo la protección de las potencias del Eje- Estado Independiente Croata, a los partisanos comunistas, entre los que rápidamente ascendió a oficial. Hacia tales héroes, el pueblo croata, cuya mayoría veía en los partisanos, y en general en los comunistas, una plaga, tenía poco aprecio. Tudjman permaneció en el ejército hasta 1961. Después, lo abandonó, con el rango de general de brigada, y se dedicó a la ciencia histórica. En 1961 ya era catedrático, incluso antes del doctorado. Es fácil imaginarse cómo sentó esto a los historiadores de Zagreb que habían obtenido su cátedra por la vía ordinaria.
Pero desde entonces Tudjman no dió más alegrías al régimen. Como director del Instituto para la historia del movimiento obrero en Croacia, en un palacio de ensueño sobre el monte Gric, tuvo acceso a documentos de los que se desprendía que la dirección comunista había intentado someter al pueblo croata con manipulaciones de la historia. Así, del comunista Tito se hacía un nacionalista croata. En la primavera de 1967 firmó, como todos cuantos tenían cargo y nombre en la vida cultural de Zagreb, la famosa declaración sobre la lengua croata, que tuvo como resultado en la dirección de Belgrado un acceso de ira y en numerosas fábricas yugoslavas causó espontáneas resoluciones de protesta de trabajadores que no conocían el texto. Ahora la cosa fue rápidamente hacia abajo para Tudjman. En 1967 perdió su carnet del partido, después, uno tras otro, todos sus cargos. Ingresó en prisión en 1971, y de nuevo diez años después. Su caso era desagradable para las autoridades comunistas, porque hasta la gente tonta de Occidente, que fuera de esto les comía en la mano, no podía creer que el jefe de partisanos se hubiera podido convertir en un fascista. Organizaciones humanitarias en el mundo occidental se pusieron a favor del perseguido Tudjman, al menos desde que enfermó gravemente en prisión. En Croacia, en cambio, algunos decían que al jefe de partisanos esto no le venía mal, porque así experimentaba cómo trataban los comunistas a sus enemigos.
Sin embargo, cuando fundó a principios de 1989 su Asociación Democrática Croata, recibió muchos apoyos. Algunos compañeros, sin embargo, se separaron pronto de él, porque decían que mandaba mucho: Tudjman actúa siempre como un general. Pero ahora la mayoría de los croatas ha dado su voto a ese partido. ¿Por qué? Tudjman fue el que más violentamente atacó a los comunistas, el que más lejos llegó en la formulación de los intereses nacionales croatas. Con ello satisfizo al ambiente dominante en el pueblo, pero quizá también ha causado más impresión con su lenguaje sencillo y directo a la gente que los políticos de los demás partidos democráticos.
Febrero y abril de 1990.
Las primeras elecciones libres en la república de Croacia
Los eslovenos han sido la primera nación del estado multinacional yugoslavo en librarse del despotismo oriental que llevaba el bonito nombre de socialismo autogestionario. La república de Eslovenia introdujo las libertades políticas dentro de sus fronteras cuando en las otras repúblicas la mera exigencia oral de ellas era castigada. Y la dirección eslovena fue la primera que se opuso a la política nacionalista de sometimiento del panserbio Milosevic. Nadie podrá nunca reducir el mérito de rompeolas que la nación eslovena se ha ganado en Yugoslavia.
Los croatas, en su república, vinieron después. Que sus elecciones libres tuvieran lugar dos semanas después de las de Eslovenia, no caracteriza exactamente la distancia de forma matemática, pero la simboliza. Sin embargo, quien les diga despectivamente que, a pesar de todo, llegaron al orden libre como segundos, se comporta de forma injusta, puesto que los croatas lo tuvieron bajo el dominio comunista especialmente difícil. Sobre ellos recayó la venganza después de la segunda guerra mundial, porque en 1941 pensaron que había llegado la oportunidad de separarse del reino yugoslavo, que en realidad era un reino panserbio que les había maltratado. Pagaron por el estado propio que erigieron los políticos croatas bajo la protección de las fuerzas del Eje. Pagaron también por los sangrientos excesos de los croatas de extrema derecha, con los que la gran mayoría del pueblo croata no tenía nada que ver.
En el terror con que el régimen de Tito asoló a Croacia, confluían varios motivos políticos. Los serbios querían castigar a los croatas por su traición al reino. Los panserbios y los comunistas quisieron extirpar de ellos no sólo todo separatismo, sino también que se ocuparan de sus intereses y derechos nacionales, que adoptaran una postura fuerte frente al poder central de Belgrado y finalmente su fidelidad a la Iglesia católica. En las fosas comunes de aquel tiempo, a las que se seguirá ahora la pista, no están enterrados sobre todo fascistas, como difundió la propaganda yugoslavo-comunista aceptada de buenas a primeras en Occidente, sino nacionalistas croatas, católicos y soldados de las fuerzas armadas regulares del efímero Estado Croata. Y, además, miembros de las capas sociales consideradas por las autoridades de Tito, de filiación estalinista, como enemigos de clase.
Las matanzas fueron el cruel preludio de una represión permanente. Se reglamentó a los croatas su historia y su lengua, desfigurándolas. La vigilancia de la policía secreta impedía inquietudes nacionales. Buena parte de los intelectuales -clérigos incluidos- fue a parar en prisión, donde muchos perecieron.
Los croatas nunca fueron apoyados en su precaria situación. Sus autoridades comunistas en Zagreb se componían, por mayoría aplastante, de gente que se incardinaba incondicionalmente en el régimen. Muchos habían participado en las matanzas contra su propio pueblo. Otros dependían tanto de sus puestos y privilegios o de Tito, sucedáneo de Dios para ellos, que no tenían valor para decir siquiera una palabra contra la injusticia. En la primavera croata, de 1969 a 1971, por primera vez una dirección croata se ocupó de su pueblo. Tito los expulsó airado. La consiguiente nueva represión, que duró años, no se ha olvidado en Croacia. Así se explica que, en algunos sitios, les fuera difícil a los recién surgidos partidos democráticos encontrar gente dispuesta a presentarse como candidato.
Tras las primeras elecciones libres, la nación croata tendrá una política representativa, ya no determinada por extraños. Ciertamente, la mayoría de los dirigentes de lo que hasta ahora era la oposición y a partir de ahora será el gobierno, ha pertenecido alguna vez al partido comunista, pero la mayor parte de ellos sufrió después alguna vez bajo el comunismo y todos se separaron de él.
Una de sus primeras tareas consistirá en librar a la nación de la carga de la mentira impuesta y del silencio forzoso. Los croatas tienen que protestar por las matanzas, deben hablar libremente de lo que han sufrido, y poder estudiar su historia sin cortes. Habrá que sacar a la luz pública la matanza de Bleiburg, también la transgresión del derecho en el simulacro de proceso contra el cardenal Stepinac y en muchísimos otros.
Pero también el presente debe mejorar. Croacia necesita leyes liberales, una justicia independiente, una administración imparcial. Necesita igualmente un orden económico que ponga fin a la descomposición de la industria y de la agricultura. A tal obra de transformación en la república de Croacia, como en la eslovena, le amenazan las presiones centralistas de Belgrado. Quizá incluso la intervención del ejército, de filiación panserbia y leninista. Por eso cabe esperar que los nuevos dirigentes croatas, junto con los eslovenos, exigirán la rápida trasnformación de la federación yugoslava en una confederación que garantice la autodeterminación de los estados miembros.
Para superar todo esto se necesitan en Zagreb dirigentes libres de dos males hereditarios croatas: la tendencia autodestructiva de pelear entre sí y la disipación en grandes fantasías que sólo tienen una repercusión la realidad: que impiden organizarla.
26 de abril de 1990
No podíamos hablar de eso
La matanza del Jazovka
Algo detrás del pequeño pueblo de Sosice paramos el coche en una sombra bajo árboles y matorrales. Hace calor en este día de agosto en la región de colinas de ãumberak, que comienza un buen trecho al oeste de Zagreb y llega hasta la frontera eslovena. Desde la estrecha carretera de asfalto un agreste sendero conduce con muchas curvas hacia arriba de la montaña. Después de doscientos pasos se alcanza el objetivo: el Jazovka.
Una abertura oval poco mayor de un metro, entre las raíces de un árbol, permite mirar un oscuro vacío. Nadie puede ver desde aquí arriba lo que hay abajo. El Jazovka tiene una profundidad aproximada de cuarenta metros. Hace siete semanas se deslizó en ella por cuerdas una expedición del periódico de Zagreb Vjesnik. Allí abajo encontraron, con sus lámparas de carburo, huesos, esqueletos y cráneos, amontonados en el suelo. Formaban una capa comprimida de diez metros de grosor, en una cámara en la que el Jazovka parece terminar tras una curva. Eran tantos huesos que los espeleólogos no quisieron hacer después suposiciones sobre en número de muertos que había.
No hubieran salido nunca en su expedición de reconocimiento si un viejo no hubiera estrujado su memoria. En Zagreb vive el octogenario Branko Mulic. Él sabe por qué hay huesos en el Jazovka. Mulic luchó con los comunistas partisanos en la guerra y tras la victoria ingresó en la policía política, la OZN. Un día le encargaron que se llevara a prisioneros heridos, ustachas y soldados del ejército regular del recién desaparecido Estado Independiente Croata, de un hospital de Zagreb con un autobús y camiones. ¿Adónde? Le dijeron que a otro hospital. Sin embargo, unos mandos que iban en un jeep llevaron la carga hacia el ãumberak. La columna llegó finalmente a Sosice. Siguieron un poco más arriba por la montaña y descargaron a los heridos, llevándolos al Jazovka. Dos partisanos comunistas estaban a derecha e izquierda del agujero en la tierra. Uno tras otro, dispararon en la cabeza a los prisioneros, empujándolos al abismo.
Así lo contó Mulic. Si le creemos, él sólo vivió una de estas matanzas en el Jazovka. La experiencia le afectó tanto que pidió a sus superiores que no le volvieran a mandar a uno de estos viajes. Estuvo a punto de suicidarse durante varias semanas. Durante cuarenta y cinco años, sólo contó lo sucedido a su mujer y a su hermana.
¿De cuantos hoy viven, sólo el viejo Branko Mulic sabe lo que ocurrió en mayo y junio de 1945, al final de la guerra en el Jazovka? No nos permiten hablar sobre eso dice un campesino de unos sesenta años, en la taberna de Sosice. El que dijera una palabra quizá acabaría siendo llevado al Jazovka. Tampoco podíamos aproximarnos a la cueva. Eran malos tiempos, cuando los comunistas nos tenían a todos en su mano, eran crueles. El hombre está alterado. Su compañero de mesa escucha pero no dice palabra y se marcha después de un rato. Delante, sobre el mostrador, cuelga un Tito desvaído por la luz. Hace poco fueron las elecciones en Croacia, donde los comunistas han perdido el poder.
Sin embargo, el testimonio del anciano Branko Mulic ha llevado a que otros testigos hablen. Así se ha podido escuchar y leer que durante semanas los camiones llegaban al Jazovka y que no provenían sólo de Zagreb, sino también de otras ciudades croatas, por ejemplo de Karlovac, de Rijeka y de Split. A muchas de las víctimas las condenaba a muerte en los aledaños un tribunal mediante un procedimiento relámpago. No sólo hubo prisioneros uniformados, sino también paisanos, incluso monjas y niños cayeron en el Jazovka. Entre ellos habría prisioneros de guerra alemanes, ya que algunos campesinos oyeron hablar alemán desde el Jazovka.
Muchas de las víctimas, según informa un testigo, tenían que tumbarse en el suelo. Después les disparaban en la nuca, aunque a la mayoría los tiraban vivos a la gruta. Otro testigo informa de que los prisioneros eran atados por parejas con alambre. Esto lo confirmó el equipo de Vjesnik, que encontró en la cueva huesos con alambre firmemente incrustado.
Todos los que fueron llevados al Jazovka habrán muerto, dice la gente, recordando los rumores de la época. No todos. Un persona habla de un tal Janko Visosevic que dirigió su pistola hacia él, pero entonces uno se interpuso diciendo: déjale, es paisano mío. Le cogió y le sacó fuera de la cueva. El testigo no pudo reconocer a su salvador, ni siquiera hoy le conoce. Las víctimas parecen haberse resignado con su destino. Los campesinos oían en los campos de los alrededores gritos de miedo y oraciones. Sin embargo, se dice que uno lanzó consigo en la cueva al partisano que le quería fusilar. Cuentan de un prisionero que en el viaje al Jazovka disparó al conductor, y todos los que iban en el autobús fueron fusilados allí mismo.
Durante cierto tiempo hubo fotografías dispersas por los alrededores. Los partisanos cogían a los prisioneros todos sus documentos y fotos, pero parece que lo hacían a toda prisa. También se supone que algunos prisioneros, de camino al Jazovka, lanzaban alguna fotografía para que alguien pudiera encontrarla y llevarla a sus familiares como prueba de su muerte.
¿Cuánta gente mataron los comunistas en el Jazovka? Hay versiones contradictorias. La gente de Vjesnik calcula que en la cueva habría más de mil metros cúbicos de huesos. Sin embargo, por profesionalidad, no quieren deducir de ello un número de muertos. Si es cierto lo que dicen los testigo de que los vehículos fueron al Jazovka durante semanas, podrían llegar a ser decenas de miles.
Una testigo informa que los arbustos que estaban sobre la cueva se secaron por el hedor de los cadáveres. Esta consecuencia de las matanzas debió ser desagradable para los comunistas. Cuando el Jazovka cumplió su servicio, cerraron la abertura con una plancha de cemento. Pero este trabajo no lo sabían hacer tan bien: la plancha se resquebrajó y rompió, precipitándose a la cueva con los muertos. Hoy la abertura es seguramente más pequeña que en mayo de 1945. Un haya ha extendido sobre ella sus raíces, en las que se ha acumulado tierra. En el árbol hay coronas con cintas que dicen: En memoria de las víctimas croatas del terror, a los caídos por la patria croata, a los soldados croatas. En el suelo hay pegada mucha cera de las velas que los visitantes han encendido en las últimas semanas junto a la boca del Jazovka. De día hay un policía ante el Jazovka; de noche, dos.
El cruel contenido de la cueva debe ahora ser investigado judicialmente, así como el crimen que lo produjo. La fiscalía y los tribunales pueden atenerse en sus primeras investigaciones a la documentación que el Vjesnik de Zagreb ha publicado sobre el crimen que lleva el nombre de Jazovka.
Quizá la justicia también encuentre en el proceso oportunidad de seguir la pista de dos croatas para los que el Jazovka, incluso decenios después, se convirtió en fatal. El sacerdote croata Krunoslav Draganovic fue secuestrado en 1967 en Italia, donde vivía en el exilio, por desconocidos que lo llevaron a Yugoslavia. Él conocía las matanzas en el Jazovka, había escrito sobre ello públicamente y trabajaba en un libro que debía describir los pormenores de las matanzas de croatas a manos de comunistas yugoslavos: entre ellas, los crímenes del Jazovka. El Vaticano intercedió por el secuestrado Draganovic y el sacerdote vivió hasta su muerte en 1983 internado en un monasterio en Bosnia. No salió tan bien librado el periodista croata exiliado Bruno Busic, que planeaba hacer algo parecido a lo de Draganovic. Unos desconocidos lo mataron en 1978 en París.
14 de agosto de 1990
Alegría tranquila
Zagreb tras el dominio comunista y antes de la guerra
Zagreb, agosto de 1990: en estos días desaparecen las estrellas de cinco puntas de las gorras de los policías. En su lugar aparece el ajedrezado rojo y blanco del escudo nacional croata. Hace tiempo que no se ven en la capital croata ni la bandera yugoslava con la estrella roja, ni la roja bandera del partido. Se pone a la venta en Zagreb el escudo croata, así como la bandera nacional, hojas adornadas con el texto del himno croata, imágenes del virrey croata y generalísimo del ejército imperial austríaco Jelacic, así como otros símbolos nacionales.
En el edificio del parlamento y del gobierno, en el monte Gric, frente a la iglesia de San Marcos, decorada con esculturas del maestro Mestrovic, ya no están el Sabor (asamblea) de la República Socialista de Croacia y el Consejo Ejecutivo de la República Socialista de Croacia. El nuevo poder estatal surgido de las elecciones no quiere saber nada de un socialismo que se ha borrado también de la Constitución. A este socialismo pertenecían como partes necesarias constitutivas las denominaciones de los órganos constitucionales cuya complejidad difícilmente superable era una característica de la ideología yugo-comunista elaborada sobre todo por el maestro de escuela Kardelj.
Ahora, Croacia es gobernada por un gobierno cuyos cargos ya no tienen denominaciones trasnochadas como miembro del comité ejecutivo, secretario de la república, presidente del comité de la república, sino que se llaman ministros. A su frente está el jefe de gobierno. Ya no hay Presidium de la República Socialista de Croacia ni presidente de este Presidium, sino el presidente de la república de Croacia. En las instituciones públicas y establecimientos la gente ya no se llama camarada, sino señor. Nadie quería seguir siendo un camarada.
En la plaza de la república se prepara, tras una valla de madera alta y consistente, la reposición del monumento a Jelacic, que era una espina desde el punto de vista de la ideología histórica comunista, por lo que una noche del año 1947 había sido ocultamente retirada. Pero el virrey volverá a estar en su pedestal con su espada dirigida a Hungría.(1) Es probable que la plaza lleve también su nombre.
¿Han desparecido ahora todos los símbolos del pasado dominio comunista en la capital croata? Las cosas no van tan deprisa. En muchas oficinas se ven todavía las placas con los antiguos nombres de las autoridades. En el edificio oficial del jefe del estado, se ha mantenido un gran Lenin de bronce. El presidente Tudjman -conocido historiador que fuera comunista en sus años jóvenes, en la madurez se hizo no comunista y últimamente anticomunista- tiene demasiado quehacer para dedicarse a atacar al fundador del sovietismo, convertido ahora en metal. Las calles tienen todavía sus antiguos nombres, algunos especialmente pesados, como el de la calle de las brigadas proletarias. Esta carga no pesará por mucho tiempo: el parlamento de la ciudad, recién elegido, en el que la Comunidad Democrática Croata de Tudjman tiene mayoría absoluta, introducirá muchos del tiempo precomunista y quizá nuevos. Algún lugar de la ciudad podría adoptar el nombre de una víctima de la violencia comunista.
Pero no se va a exagerar en esto y no cabe esperar un movimiento político iconoclasta. Los habitantes de Zagreb dirigen su atención a otras cosas. Se interesan por cuestiones privadas y profesionales. La desaparición de la autoridad, la ideología y el lenguaje comunistas en primavera les ha dejado respirar tranquilos, pero no les ha colocado en un éxtasis duradero. Algunos no acaban de creerse que esto haya pasado para siempre. ¿No arrancaron ya hace casi dos decenios unos dirigentes croatas nacionalistas a Croacia del impuesto dominio panserbio y bolchevique? Y entonces Tito hizo dar vueltas a sus carros de combate alrededor de Zagreb y los jefes croatas fueron expulsados de sus cargos. Todo fue peor que antes, porque a la anterior presión comunista se añadió una persecución brutal de todos los croatas nacionalistas, que duró muchos años.
Hoy la gente está aliviada pero no excitada. Los habitantes de Zagreb, sin alterar sensiblemente su estado de ánimo, pasan junto a los jóvenes que en la plaza de la república dirigen violentas palabras a los comunistas y panserbios, ofreciendo toda clase de folletos en venta. Esto era distinto en los primeros días tras la victoria electoral de los partidos liberales. Sin embargo, hace tiempo que se han consumido las escasas existencias de sensación de triunfo.
Ya no se ve siquiera ímpetu de desquite. Los jefes comunistas de antes, no sólo los moderados de los últimos años, sino los despóticos de los decenios anteriores, pueden ir sin miedo por la calle. Nadie les amenaza en sus casas de los barrios residenciales acomodados de Zagreb. Jakov Blaãevic, que en 1946 fue acusador en el simulacro de proceso estalinista contra el arzobispo de Zagreb Stepinac, y después fue durante muchos años uno de los altos cargos del partido en Croacia, presenta públicamente sus excusas, que prueban su completa incapacidad de entender las cosas. Pero nadie le ha tocado un pelo.
15 de agosto de 1990
La Comunidad Democrática Croata y su oposición
Partidos en Croacia
En Croacia, la Comunidad Democrática Croata (HDZ), será durante bastante tiempo la fuerza política determinante. Tiene amplias mayorías en el Sabor, el parlamento croata, y en la mayoría de las representaciones comunales. En muchos lugares incluso mayoría de dos tercios. Sólo algunas regiones costeras son diferentes. Así en Istria o el puerto de Rijeka, donde los comunistas, que ahora han cambiado de nombre, tuvieron éxito.
En una mirada a las organizaciones políticas, la HDZ parece más poderosa de lo que es tras contar los votos. Esto proviene de la ley electoral establecida por los comunistas con la ilusoria esperanza de poder así mantener su poder más allá de las elecciones libres. Ahora pagan el error -no sólo en el Sabor- con una representación proporcionalmente menor.
HDZ no duda de que las elecciones organizadas por los comunistas en la primavera de 1990 fueran libres. Pero hace ver que hubo hechos extraños. En las mesas donde sólo se presentaban comunistas, su partido recibió de forma curiosa muchos votos. Así sucedió en muchos pueblos en los que no se encontró a nadie que se manifestara también con los hechos por uno de los nuevos partidos. El miedo a los comunistas, que habían aterrorizado a Croacia durante cuatro decenios y medio parece también haberse reflejado en el resultado de las elecciones. ¿No se vengarán los comunistas por una derrota?, se preguntaba la gente, sobre todo en el campo. En las ciudades había más confianza. Por eso podrá lograrse que HDZ en las próximas elecciones, cuando el gobierno comunista sólo sea un mal recuerdo, obtenga resultados aún mejores.
HDZ tiene poco que temer a corto plazo del resto de los partidos democráticos, que se enfrentaron a ella en las elecciones en coalición. A la oposición democrática en el Sabor le faltan políticos que puedan medirse en talento político, y sobre todo en capacidad de dirección, con el fundador y presidente de HDZ, el jefe del estado croata, Franjo Tudjman. La oposición democrática tiene también poco que oponer a las ideas políticas de Tudjman. Durante la campaña electoral le habían reprochado su tono nacional demasiado agudo; sin embargo su lenguaje coincidió con el ambiente popular y ganó las elecciones. Hoy lleva a cabo una política opuesta al centralismo de Belgrado, la república de Serbia y la minoría serbia en Croacia, así como a los derrotados comunistas croatas. En tal política, la capacidad de decisión nacional se mezcla con la capacidad de compromiso y prudencia de tal modo que la oposición democrática encuentra pocas oportunidades para ataques convincentes. Tudjman encuentra quejas contra su prudencia dentro de su propio partido, una de cuyas alas exige que Croacia deje de negociar con Belgrado e inmediatamente se separe de Yugoslavia. La afimación de los partidos democráticos según la cual Tudjman se inclina, frente a ellos y en general, a gobernar con métodos autoritarios, tiene poco eco en el pueblo, en el que domina la idea de que en este tiempo peligroso necesita tener al frente un hombre con una extraordinaria fuerza directiva. Más resonancias encuentra el reproche de que Tudjman haya tomado consigo en el gobierno demasiados antiguos comunistas. El presidente y su partido responden a esto que todos son políticos que se separaron del comunismo como buenos croatas ya hace decenios. Para cercenar el aparato de poder comunista se necesita gente que lo conozca por dentro. La discusión gira sobre todo en torno al ministro del interior, Boljkovac, que en los años cincuenta y sesenta actuó en puestos directivos de la policía secreta. Aumenta el número de los croatas que reconoce que Boljkovac ha transformado la policía de Croacia, que hasta la primavera se componía en su gran mayoría de serbios de filiación centralista y leninista, y que en poco tiempo se ha transformado en una organización leal al nuevo orden. Expulsiones, jubilaciones y un rápido periodo de formación para jóvenes croatas fueron los medios. Se reprocha a la HDZ que tenga pocos políticos experimentados. Esta es una deficiencia inevitable que comparte con el resto de partidos democráticos. Tras cuatro decenios y medio de comunismo, ¿cómo podrían aparecer de golpe guías demócratas a espuertas?
Hoy HDZ es más un movimiento popular que un partido; un conglomerado que mantienen unido Tudjman y la misión histórica de dirigir a Croacia desde el extravío comunista y panserbio. Unos predicen para el partido del gobierno que se descompondrá en pocos años, cuando hayan desaparecido la presión y el peligro para Croacia. Detrás está la idea de que el actual sistema de partidos croata no se corresponde con la multiplicidad de las corrientes sociales y espirituales. Realmente el panorama de partidos en Croacia aparece curiosamente pobre. Faltan formaciones relevantes de tipo liberal, socialdemócrata y democristiano. Las organizaciones cristianodemócratas no tienen ninguna tradición en Croacia. En el reino yugoslavo había un pequeño partido que se llamaba cristiano, de filiación clerical pero que ni siquiera encontró base en la Iglesia católica, que quiso permanecer fuera de la política. Los cristianos demócratas croatas de hoy quieren suplir esa carencia. Sin embargo, no pueden por el momento desplegarse porque la HDZ, a la que ha votado la mayoría de los croatas católicos, pretende para sí la representación de las ideas democristianas.
En el tiempo de entreguerras, la mayoría de los católicos croatas votaron al Partido Campesino Croata de Stjepan Radic, que aunque ha renacido tiene lleva una existencia marginal. Al parecer, HDZ quiere ser heredera del partido campesino. Si esto se cumple, el Partido Cristianodemócrata Croata, dirigido interinamente hoy por el profesor Ivan Cesar, difícilmente llegará a conseguir algo. Un partido socialdemócrata se encontrará en la Croacia liberada con grandes impedimentos, en tanto en cuanto tenga mala prensa todo lo que huela -aunque sea poco- a marxismo. Con el tiempo, del partido comunista transformado podría salir un partido socialdemócrata. El liberalismo político adolece en Croacia de debilidad histórica, como ocurre en Austria. Constantemente surgen nuevos partidos, pero es dudoso que alguno de ellos tenga fuerza vital.
22 de agosto de 1990
El terror del Ejército Popular
Una tarde en la ciudad de Virovitica
En una tarde de febrero salieron de Zagreb dos líderes de Comunidad Democrática Croata (HDZ), partido que en las primeras elecciones libres en la república de Croacia, en la primavera de 1990 ganó aproximadamente el 40% de los votos y la mayoría absoluta en el parlamento croata, y que obtuvo parecidos resultados en la mayoría de las representaciones municipales y provinciales. Querían visitar a los jefes del partido en Virovitica, un ciudad rural en la histórica región croata de Eslavonia, no lejos de la frontera húngara. En Virovitica el Ejército Popular Yugoslavo serbo-comunista, representado por el servicio de contraespionaje denominado KOS, detuvo hace unos días a tres dirigentes políticos locales importantes, miembros de HDZ. Durante el pesado viaje por ciento cincuenta kilómetros de carretera deslizante, bajo continuas nevadas, los dos viajeros provenientes de Zagreb se imaginaban que les recibirían con alivio, quizá incluso con alegría.
En los primeros minutos en la pequeña sala se dieron cuenta de su error. Habían ido a parar a una caldera de brujas en la que bullían la desesperación y la ira. Los treinta políticos locales de HDZ están tan alterados que incluso reprochan a los visitantes de la capital su retraso. Escuchan, con rostros reservados, las palabras inaugurales del secretario general. Después no se pueden reprimir. Uno tras otro sueltan lo que les altera. Ya no se puede tranquilizar al pueblo. Cuando a la gente le queman los nervios no se puede controlar la situación. Desde hace días vivimos como en un manicomio. No se pueden imaginar lo que está pasando aquí. Y el gobierno croata no se inmuta. Nadie en Zagreb se ocupa de nosotros. Sólo después de diecisiete días han venido aquí. Suena cínicamente el gracias que dirige uno de ellos a los visitantes de la capital.
¿Qué está pasando en Virovitica? De los informes, más bien arrojados con amargura que manifestados, se puede componer la siguiente imagen: el 25 de enero de 1991, el KOS detuvo al jefe de la provincia de Virovitica. Cuando el hombre, llamado Habijanac, salía de su casa temprano hacia su coche, se le echaron encima dos civiles. Habijanac se defendió. Entonces saltaron ocho hombres uniformados. Entre los diez le metieron en un coche. Todo se hizo tan deprisa que el conductor del KOS por poco no atropella a una mujer y un niño. Fuera de la ciudad le metieron en un helicóptero militar. Después de tres días, el raptado llamó por teléfono desde la prisión del Ejército Popular Yugoslavo en Zagreb. A otro de los consejeros provinciales le pasó lo mismo en el mismo día. Sólo pudo dar señales de vida tras once días. El 6 de febrero le tocó al vicepresidente provincial de HDZ. Un cuarto logró evitar la detención. ¿De qué se les acusa? De sublevación armada. ¿Cómo? ¿Son los croatas quienes emplean la violencia en Virovitica?
Hace tiempo que pasan otras cosas además de las detenciones. El KOS serbio-comunista aterroriza a la gente registrando casas y citándoles. Se apostan amenzadoramente delante de las casas de la gente de HDZ. Helicóteros del ejército atemorizan a la población con vuelos rasantes. Oficiales serbios se pasan por las empresas y declaran con voz tajante que esto sólo es el principio, lo que queda por llegar será terrible, los croatas aquí tendrán algo que experimentar. Muchos de estos croatas ya no trabajan porque no quieren abandonar su casa. Por las noches no duermen, esperando un comando de detención. En algunas familias marido y mujer se reparten el servicio de guardia, sentándose por turnos de cuatro horas con la pistola en la mesa tras la puerta de la casa. Ninguno quiere dejarse llevar. Si el KOS viene, dispararán. Quieren hacernos picadillo, uno tras otro, pero esto se acabó.
Detrás de los militares y de su KOS, que se ha convertido en una todopoderosa y arrogante policía secreta, están los serbios del distrito de Virovitica, 17% de la población. No se puede hablar con ellos, porque amenazan. Están seguros de ganar, dice uno de los políticos locales de HDZ. Quieren separar de Croacia Virovitica y otros distritos de Eslavonia, y unirse a Serbia. ¿Son agresivos todos los serbios? Un médico que vive desde hace mucho tiempo en un pueblo de mayoría serbia hasta ahora ha podido llevarse bien con los campesinos serbios. Si un loco de nosotros te quiere hacer algo, te protegeremos. Pero si nos pasa algo, estás en nuestras manos, te tenemos. Esto es lo que ocurre hoy con los vecinos de un pueblo de mayoría serbia.
Los serbios, tanto militares como civiles, se comportan como dominadores. Esto siempre se había podido intuir, pero ahora ha aumentado mucho. El KOS, oficiales del ejército y periodistas de Belgrado, según se escucha entre los croatas reunidos, han difundido que los serbios han sido amenazados por fascistas croatas. Después de esto, los oficiales del ejército se llevaron a sus mujeres y niños del distrito de Virovitica a Serbia. Patrullas de civiles armados serbios pululaban por los alrededores. El ejército repartió camiones cargados de armas al grupo étnico serbio. Los croatas tienen que vérselas aquí con un ejército serbio. Antes estaban acantonados en las guarniciones de Virovitica y alrededores reclutas croatas y eslovenos, a los que ahora los mandos del ejército han llevado a Serbia. A los soldados de nacionalidad albanesa, en los que se confía menos, los han reunido y aislado en las proximidades.
Para protegerse del KOS más de un croata no va nunca por la calle sin un arma bajo la cazadora. Cuando van en coche, cambian constantemente de camino. Pasan la noche a menudo con parientes o conocidos. También han acudido a la opinión pública. Tras las primeras detenciones, el Presidium del distrito se reunió y pidió ayuda a Zagreb. Los partido croatas, HDZ y otros, se unieron. Ante el edificio del consejo del distrito se agolparon el 25 de enero tres mil croatas en una protesta. Hasta hoy, cincuenta mil firmas respaldan el texto en que se exige la liberación de los detenidos, a los que se llama desaparecidos.
Los representantes de veinte distritos de Eslavonia se reunieron anunciando que si el KOS detiene a algún croata más exigirán la dimisión del ministro del interior en Zagreb. En su indignación, les daba igual que este ministro también tuviera que protegerse a sí mismo del KOS. Están pensando enviar un convoy pacífico de doscientos o trescientos coches a Zagreb, con la exigencia de que se libere y mande a casa inmediatamente a los detenidos de Virovitica. Los dos invitados de Zagreb experimentan esa tarde una manifestación de indignación impotente. Comparten sus vivencias con el KOS, así al menos lo piensan y dicen los reunidos, firmemente convencidos de que la policía secreta del Ejército está escuchando esta reunión, como todas las demás reuniones croatas en Virovitica. Pero ¿cómo continuará el asunto? Los croatas dicen: estamos por una convivencia pacífica. A ningún serbio aquí, sea hombre del KOS, oficial o paisano, se le ha tocado siquiera un pelo. Nosotros nos tragamos nuestro enfado cada día, permanecemos tranquilos, alguna vez terminará esta locura. Esto lo dicen sin creerlo, puesto que lo que les está ocurriendo ahora es un nuevo punto álgido en la precaria situación que ya viene durando cuatro decenios y medio. Desde el fin de la guerra son objeto de la represión serbia, así ocurre en Eslavonia incluso más que en cualquier otra parte del país. Tito, utilizando en su estado a una nación contra otra, responsabilizó a los serbios de mantener su dominio sobre los croatas. A la muerte del déspota comunista, la cosa cambió poco, hasta que hace un año los croatas se sacudieron el comunismo y con ello también la vigilancia serbia. Sin embargo, en Virovitica la liberación ha permanecido parada. Aquí los croatas contienen la respiración temiendo por su vida y su integridad. Saben que no pueden protegerse a sí mismos y por eso exigen de los visitantes de Zagreb que les manden inmediatamente doscientos Specijalci, policías especiales. En vano les expone el secretario general que la HDZ es un partido y que sobre las operaciones de la policía quien tiene que decidir es el gobierno, en particular el ministro del interior, a quien HDZ sólo puede proponer medidas. El secretario general prefiere no decir algo más: que los Specijalci, a los que se aferran tantas esperanzas en estos meses en todas partes de Croacia, no tienen doscientos hombres disponibles. Son una unidad estacionada en Zagreb, con gente escogida y formada, pensada para tipos especiales de criminalidad. Los políticos locales de HDZ aquí reunidos han dicho ya todo lo que les oprime y altera. No quieren hablar ni oir hablar de ninguna otra cosa. Se levantan y abandonan callados la pequeña sala. Sólo dos dejan que les pregunten más cosas en el pasillo. El último que abandona la casa mira alrededor dubitativo. Lleva diecisiete horas de pie y ahora quisiera dormir. ¿Dónde? Lo decidirá por el camino.
19 de febrero de 1991.
Esperanzas de una separación pacífica
Quien llegue hoy a Zagreb se sentirá ante todo como en la capital de un estado independiente. Arriba, en el monte Gric, el presidente Tudjman realiza las tareas de un jefe de estado superior al gobierno. Debate y decide leyes y declaraciones contra el parlamento, el Sabor, cuyo presidente es Domljan. En el mismo edificio trabaja el gobierno, cuyo jefe es Manolic. El ministro de exteriores Golem tiene su sede oficial en las proximidades.
Cada vez más policías de la ciudad llevan en la gorra el ajedrezado rojiblanco croata en lugar de la estrella comunista. La radio y la televisión dan la impresión de estar en un estado croata independiente. En casi ninguna parte aparece ya la palabra Yugoslavia. Incluso la Academia de las Ciencias y Artes, que había recibido el adjetivo yugoslava en el siglo pasado, cuando parte de los intelectuales croatas cayó en el fatal sueño sureslavo, ha sido adjetivada ahora de croata. Sólo el dinero, flojo papel inflacionista, lleva todavía el nombre Yugoslavia.
Sin embargo, hay extraños agujeros abiertos en este peculiar estado. El ministro de defensa, Þpegelj, sólo puede abandonar su oficina protegido por acompañantes fuertemente armados. A menudo pasa día y noche en el ministerio. Una vez fuera, cambia de residencia. Siempre cambia su ruta, pues el Ejército Popular serbo-comunista ha dictado contra él una orden de detención advirtiendo que la cumplirá. ¿Por qué el Ejército Popular ha echado el ojo precisamente a Þpegelj, un ministro militar sin militares? Croacia sólo tiene fuerzas de policía, a las órdenes del ministro del interior, Boljkovac. Lo único que ha hecho el ministro de defensa, desde su acceso al cargo en agosto pasado, es elaborar planes para un futuro ejército croata, que se erigiría el día en que Croacia se separara en toda regla del estado yugoslavo. Esto ya disgusta a los generales de Belgrado. Þpegelj atrae su odio porque antes de todo esto, hasta su pase a la reserva, tuvo el rango de comandante en jefe de la quinta región militar yugoslava, que comprendía Croacia y Eslovenia. A sus ojos es un traidor.
En cambio, el croata Þpegelj considera que su deber es servir a Croacia. En ello le refuerzan sus experiencias con el Ej
ército Popular Yugoslavo panserbio, donde notó cada vez más desconfianza y rechazo desde que tuvo opiniones políticas o militares que no se adecuaban a la política panserbia. En Zagreb, se puede oir que el ejército quiere también detener al ministro del interior, Boljkovac. Él mismo lo considera posible y se prepara. Al parecer, los militares de Belgrado, su servicio secreto KOS, tienen una lista con nombres de personalidades croatas que antes o después desearían tener bajo su poder. Esto no es improbable: el KOS ha ocupado en Yugoslavia el lugar de la policía secreta UDBA, que se ha descompuesto cuando la mayoría de las repúblicas se han encaminado hacia la democracia. Antiguamente, por ejemplo, había en la UDBA, en Zagreb, una lista de croatas que había que deportar o matar en caso de alarma. Puesto que el KOS se considera sucesor del la UDBA en sus funciones, hay que suponer que también tienen una lista como esa.En Virovitica, Eslavonia, cerca de la frontera húngara, el KOS se comporta como una fuerza de ocupación. En Knin, por su parte, en el interior de Dalmacia, el ejército ha apoyado el levantamiento abierto de los serbios que la habitan contra el gobierno croata. El ejército y la dirección de la república de Serbia, su aliada, lo justificaron afirmando que en Croacia se practica un separatismo que viola la Constitución yugoslava, según cuya voluntad y texto Yugoslavia debería ser el estado de un partido comunista. Mientras tanto, las elecciones libres han llevado a que varias repúblicas sean gobernadas por no comunistas, incluso por anticomunistas. Así pues, Yugoslavia ni siquiera se compone en su mayoría de repúblicas socialistas. En varias se está liquidando la propiedad socialista.
Dos de ellas, Eslovenia y Croacia, han denunciado su pertenencia al estado yugoslavo, comunicando a Belgrado que quieren abandonar la federación yugoslava dentro de este año. Eslovenia quiere vivir en el futuro sin ninguna conexión con Yugoslavia. Croacia, en cambio, estaría dispuesta a ingresar en una federación de estados soberanos que se fundara en el territorio de la actual Yugoslavia. Bosnia-Hercegovina y Macedonia no quieren permanecer solas con Serbia en una Yugoslavia residual.
Si al Ejército Yugoslavo y a la dirección serbia en Belgrado les interesase de verdad la Constitución yugoslava, deberían abalanzarse sobre Eslovenia. Pero, al contrario, ambas dan a entender bajo cuerda a esta república que no tendrían nada contra su separación. La nación eslovena, que les resulta especialmente extraña, no creen poder mantenerla unida ni siquiera por la fuerza. Croacia, en cambio, debe ser obligada a cualquier precio a volver bajo el dominio serbo-comunista.
Hoy es raro encontrar un sólo croata que quiera tener que ver algo con Yugoslavia. Tampoco quieren saber nada los croatas de una confederación a la que pertenezca Serbia. Los dirigentes que lidera Tudjman son más cuidadosos. Piensan que, a pesar de todo podría haber unos pocos intereses comunes de los pueblos que viven en la actual Yugoslavia, y quizá para ello la forma de organización adecuada sería una confederación compuesta de estados independientes con competencias y misiones claramente delimitadas. Quieren también evitar el reproche de no haberlo intentado todo para conservar algo de vida común con Serbia.
Sin embargo Serbia y el ejército rechazan la idea de la confederación. Insisten en un estado yugoslavo que debe ser aún más centralista de lo que era el actualmente descompuesto. Las negociaciones sobre ello entre Zagreb y Belgrado se van extendiendo en el tiempo y han sido hasta ahora estériles. Croacia no esperará mucho tiempo más. Quizá no más allá del verano. Si Eslovenia abandona antes el estado yugoslavo, como ha anunciado, es probable que Croacia se le una.
¿Golpeará entonces con su fuerza el Ejército Popular Yugoslavo contra Croacia? Esta pregunta es omnipresente en estas semanas en Zagreb. Todos consideran a los generales serbios capaces de un golpe de fuerza. A fin de cuentas, ya colaboraron hace dos decenios en un sometimiento de los croatas. También los dirigentes croatas están preparados para todo. Sin embargo, hay que tener en cuenta que desde 1971 las cosas han cambiado. Tito y Breznev ya no están, el bloque soviético ha desaparecido, el comunismo se ha resquebrajado. También cada vez los estados occidentales miran con mayor interés y simpatía a las repúblicas liberales, ante todo Croacia y Eslovenia. Serbia se halla económicamente por los suelos. El ejército apenas pagar a sus oficiales, desde que varias repúblicas han recortado sus contribuciones militares.
Como sus dirigentes, también el pueblo croata confía en una separación pacífica de Serbia, de Yugoslavia. Sin embargo, tan grande como esta esperanza es la disposición de defenderse contra la violencia. Si tiene que ser así, dispararemos día y noche dicen sin dudar los jóvenes de Zagreb. Y a la pregunta sobre con qué dispararían, por ejemplo contra carros de combate, algunos sacuden los hombros, pero otros ponen cara de complicidad.
23 de febrero de 1991.
(1) Aunque es casi un lugar común decir que ahora ha sido orientada hacia Belgrado, lo cierto es que apunta hacia el sur-suroeste, es decir, simplemente ya no apunta hacia Budapest.