Eslovenia
El señor Wolf y el señor Volf, la señora Richter y la señora Rihtar
La relación con los alemanes
De todos los eslavos del sur los eslovenos, los más septentrionales, eran los que estaban más estrechamente unidos antiguamente con la europa central alemana. En Eslovenia, el alemán era la segunda lengua, y en las ciudades incluso la primera. Los intelectuales eslovenos estudiaban en Graz y en Viena. La Iglesia católica tenía su centro espiritual en Salzburgo. La pequeña comunidad luterana buscaba cobijo en las iglesias evangélicas fuera, en Alemania, ya que la reforma había llegado a Eslovenia desde Alemania. Muchos miembros de la burguesía eslovena escribían sus nombres en forma alemana. A través de los siglos hubo un proceso de germanización al que por supuesto contribuyó la administración austríaca dirigida desdeViena, pero que casi siempre se desarrolló de forma bastante pacífica y sin estruendo. Los eslovenos, un pueblo con bastante tendencia hacia el orden y la obediencia a la autoridad, se adecuaron a la supremacía y a la cultura alemanas.
Sin embargo, el deseo de encontrarse a sí mismos como nación, no se apagó entre los eslovenos ni siquiera en los tiempos álgidos de la asimilación. El renacimiento de la idea nacional en el siglo XIX, la aparición del yugoslavismo y del paneslavismo, las grietas en el edificio de la monarquía de Habsburgo, todo esto animaba también la conciencia nacional de los eslovenos. Cuando, al final de la primera guerra mundial Austria-Hungría se deshizo, ellos se volvieron casi anhelantes a la nueva Yugoslavia que nacía. Quisieron solventar muchos de sus atrasos. Rápidamente nació en Liubliana la primera universidad eslovena, y siguieron otras instituciones culturales. Los eslovenos quisieron ahora sacudirse no sólo la influencia cultural sino incluso la apariencia alemana que la nación ofrecía en muchos aspectos. Hubo una ola de reeslavización de los nombres eslovenos, que a lo largo del tiempo se habían adecuado al alemán en la grafía. Incluso nombres alemanes, todavía muy extendidos en Eslovenia, fueron eslovenizados. Así se transformó la familia Tirschowetz en familia Trsovec, del señor Wolf se hizo el señor Volf y de la señora Richter se hizo una señora Rihtar.
La minoría alemana -por ejemplo en el antiguo asentamiento alemán de Gottschee (en esloveno, Kocevje), en Krain, o en la antigua ciudad de Pettau (en esloveno, Ptuj), en la Estiria meridional-, no lo tuvo fácil para afirmarse ante una nación eslovena que todavía sentía álgidamente su emancipación. Sin embargo, habría podido sobrevivir como residuo. Su fin se selló en la segunda guerra mundial. Hitler colocó a la Estiria meridional eslovena en su Gran Alemania y dividió a los eslovenos en dos categorías: los que consideró dignos de ser germanizados, y los otros, a quienes quiso alejar hacia Croacia y Serbia desde la Estiria meridional por medio de la deportación. La guerra no le dejó ir muy lejos.
Tras la derrota de Hitler, los eslovenos prepararon, tal como hizo el estado yugoslavo en todo su territorio, un final violento para la minoría alemana. Después de esto, se eslovenizó de nuevo todo cuanto parecía alemán, de forma mucho más decidida que tras 1918. Hubo también esfuerzos para eslovenizar a la minoría húngara, que en su mayor parte no había sido expulsada de la tierra, en la cuña oriental de Eslovenia, la Prekmuria, que Hungría se había anexionado en 1941, a la caída de Yugoslavia. Sin embargo, no se llegó tan lejos. Aquí a los eslovenos no les movía una necesidad de autopurificación y liberación tan profunda como la que tenían frente a los alemanes.
El mejor sitio para seguir la pista de los cambios histórico-nacionales de la nación eslovena son los viejos cementerios de Estiria meridiona, Krain o Prekmuria. Las inscripciones de las tumbas de siglos pasados y del nuestro hablan de la respectiva corriente dominante. hablan también de la convivencia y asimilacion de pueblos y lenguas, de acercamientos y repentinas rupturas.
12 de septiembre de 1981
La estrella roja en Liubliana
Los eslovenos y el leninismo
El socialismo yugoslavo -el verdadero, no el de las exhibiciones-, pareció siempre más extraño en Eslovenia. No hay que suponer que las otras naciones del estado multinacional estuvieran destinadas a un orden leninista estatalinista o que su historia o su carácter fueran adecuados a él. Pero probablemente el dominio turco durante más de cuatrocientos años y la pertenencia al círculo cultural bizantino, ha hecho a serbios, montenegrinos y macedonios más receptivos hacia el despotismo oriental en que consiste -también hoy en algunos aspectos- el socialismo yugoslavo.
A la católica Croacia, que sólo fue rozada por el yugo turco, debía parecerle más lejano el orden soviético-comunista, como lógicamente también a los eslovenos, el más occidental de los pueblos de Yugoslavia. Quien después de la segunda guerra mundial fuera a Liubliana, Kranj o Maribor, observando a la gente y el aspecto de las ciudades, podría encontrar incluso grotesco chocar después con símbolos leninistas-titoístas: es decir, estrellas rojas, imágenes de Tito o carteles en viviendas anunciando una reunión de la Federación Socialista, organización de masas dirigida por el partido. Alguno intentaría frotarse los ojos para ver si así desaparecía el espejismo.
Claro que muchas intervenía, en el observador alemán, la ilusión. Todas las ciudades tienen un nombre tradicional alemán -Laibach, Krainburg, Marburg, por ejemplo, las tres antes citadas- y el aspecto de encontrarse situadas en la Carintia o Estiria austríacas. También a sus habitantes nos los podríamos imaginar perfectamente al otro lado, allende la frontera del norte. Se había creado la atmósfera de que aquí aún había una especie de Austria. Sin embargo los eslovenos volvieron la espalda a Austria en 1918. No sólo decididamente y con la pretensión de algo definitivo, sino incluso con un sentimiento de salvación nacional. ¿Se podría, por tanto, tres o cuatro decenios después, encuadrarlos con mirada perspicaz bajo la denominación Austria?
Había más razones que aconsejaban prudencia ante el juicio de que los eslovenos no tuvieran nada en común con el leninismo en su carácter. De las filas de los comunistas eslovenos han surgido algunos dogmáticos especialmente duros cuyas actividades, por su alto rango entre los dirigentes de Belgrado, tuvieron repercusión fatal para toda Yugoslavia. El esloveno Kidric arruinó la economía yugoslava, en la época de posguerra, con su política de industrialización ciega y fanática; el ideólogo Kardelj mantuvo durante decenios al estado, al orden estatal y social yugoslavo, en el leninismo, y reprimió cualquier desviación con dureza. Dolanc, que representó a Eslovenia en la presidencia colectiva yugoslava, pertenece a los jefes yugoslavos que impidieron al país en los años setenta y ochenta reformas en el campo del poder y el derecho.
Con todo, esto no constituye la parte más importante de la realidad. En Eslovenia hubo siempre jefes del partido reformistas, que buscaban el paso del socialismo despótico a uno democrático. El más importante de ellos fue Kavcic, jefe del gobierno esloveno a finales de los años sesenta y principios de los setenta, al que derrocaron en 1972 Tito y Kardelj. Murió en Liubliana en 1987, casi proscrito.
Pero sobre todo en Eslovenia el marxismo-leninismo no cuajó en amplias capas de la población. Los eslovenos permanecieron fieles a su religión. Se cuentan hoy entre los pueblos más católicos de Europa. Una gran parte de los intelectuales se mantuvo siempre alejada de la ideología estatal. Entre los jóvenes, se sentía un rechazo contra el fundamento totalitario del socialismo yugoslavo. No es casualidad que Eslovenia fuera el primer lugar donde la organización juvenil oficial no quiso participar en el ritual de la estafeta juvenil anual de toda Yugoslavia. Eslovenia conservó realmente en la Yugoslavia comunista su propia fisonomía.
Ésta sólo fue tapada por una marcada disposición a encuadrarse exteriormente, que es tradicional en los eslovenos. Quizá se muestre en ella su origen eslavo-occidental, quizá también es consecuencia de la secular convivencia con los alemanes. Con su disciplina, su sentido del orden, su adelanto en cuanto a la civilización, los eslovenos tuvieron siembre en la Yugoslavia comunista la economía que mejor funcionaba, la mejor sanidad. Cuando Tito en 1980, ya viejo, tuvo que ser operado, no se puso en ningún momento en duda que esto debía realizarse en Liubliana. Eslovenia siempre aportó para la federación, en relación a su número de habitantes, la mayor cantidad de divisas. Por otra parte, cuando se separaron de Austria tras la primera guerra mundial, a los eslovenos les movía el miedo a disolverse en la cultura alemana, con la que ya estaban bastante asimilados. Los intelectuales de Liubliana hablaban más alemán que esloveno. El pequeño pueblo esloveno esperaba que un estado eslavo del sur garantízaría su existencia nacional. Hoy, este pueblo lo forman apenas dos millones. A esto se suma la agitación paneslavista que, con la desaparición de la monarquía de Habsburgo, se aprovechó de sus pueblos eslavos.
El rechazo de Austria volvió ciegos durante un tiempo a los eslovenos frente a los peligros que les acechaban en el gran reino de Belgrado. Ahora tuvieron su universidad, una academia de ciencias y mucho más. Pero ya en 1929 el rey Aleksandar, de la casa serbia de los Karadjordjevic (1) -al proclamar la dictadura-, declaró a la lengua serbia como oficial de todo el estado. La antigua Yugoslavia era una gran Serbia. Los eslovenos intentaron colaborar lealmente con los serbios. Korosec, el político esloveno más importante de la época, sacerdote, fue durante mucho tiempo ministro del interior en el gobierno de Belgrado, y sin embargo no se le ahorró pasar bastante tiempo internado en la isla de Rab.
En la Yugoslavia comunista todo debía ser mejor. Igualdad y estado federal eran entonces los principios en boga. Sin embargo, ahora los eslovenos temen de nuevo por su existencia nacional, pues en Belgrado no terminan los intentos de imponer a otros pueblos la lengua serbia, su cultura e historia, y también la forma de vida, con cualquier excusa. La voluntad de autoafirmación nacional repercute fuertemente en la protesta eslovena contra la versión de Belgrado del socialismo.
En este socialismo hubo siempre muchas cosas difícilmente soportables para los eslovenos. Pero en los últimos años hay algo que se les ha hecho verdaderamente insoportable: les duele que en Yugoslavia, cada vez más gente va a la cárcel por una palabra que disgusta a las autoridades del partido. Los dirigentes eslovenos dicen abiertamente que en su república no hay lugar para normas penales que sometan a la jurisdicción penal las simples manifestaciones de opinión política. Los eslovenos no quieren seguir ligados a un reglamento establecido por celosos colectivistas sin sentido económico, que mantienen reducido el tamaño de las empresas de agricultura y artesanía. Están ya hartos de las múltiples limitaciones sobre el mercado en el interior y sobre el comercio económico con Occidente.
La enemistad del partido yugoslavo hacia la religión se presenta cada vez de forma más grotesca. Cerca de la escuela que estaba junto a la iglesia del pueblo esloveno de San Benito -bajo la dominación comunista sólo se podía llamar Benedikt-, estaba escrito con grandes letras: el hombre alcanza la felicidad por sí mismo. Ya hubo activistas ateos en Eslovenia entre las dos guerras mundiales: por ejemplo, entre los intelectuales de Liubliana. Sin embargo, la autoridad del partido de Tito se ha reservado la estupidez de mantener día tras día ante la vista de un pueblo católico tal consigna. A los eslovenos les ha parecido natural que el arzobispo de Liubliana, Þustar, pudiera hablar en navidades en la radio. Ninguna de las otras repúblicas se había permitido hasta ahora tal concesión a los creyentes.
La población eslovena está cada vez menos dispuesta a soportar que la matanza secreta y cruel del ejército partisano comunista al final de la guerra, de la que fueron víctimas doce mil eslovenos anticomunistas del ejército de los Domobrancen, sea acallada o que incluso sea considerada como un hecho meritorio.
Pero sobre todo ya no hay quien convenza a los eslovenos de que deben considerar prestigioso o incluso alabar a un gobierno del partido socialista democrático autogestionario, aunque en algunos lugares haya dado claramente marcha atrás. En 1980, el jefe del partido, Dolanc, se dirigió amenazoramente contra los grupos que afirman que en Yugoslavia no hay democracia. Tales discursos tienen también su parte de culpa en que cada vez más eslovenos identifiquen a la democracia yugoslava, no sólo mentalmente, con la mona que se viste de seda.
En su cargo de la central de Belgrado, el esloveno Dolanc se ha alejado de la realidad. Al darse cuenta de la potencia que tiene la voluntad transformadora en su república patria, intentó adecuarse a ella algo midiendo sus palabras. Sin embargo, ya no le sirvió para ganar apoyo en Eslovenia.
7 de mayo de1988
(1) Hijos de Jorge el moreno. Kara, en turco-mongol, negro.
Visita indeseada
Prohibición de una marcha serbia en Ljubljana
A principios de diciembre de 1989, cientos de miles de serbios quisieron a llegar a la capital Eslovena desde su república situada en el sureste de Yugoslavia e instruir a los eslvenos con una manifestación. ¿Instruir sobre qué?
Sobre la política de opresión de los dirigentes de la república de Serbia contra los albaneses en el Campo del Mirlo subyugoslavo (Kosovo), que es una región autónoma dentro de la república de Serbia. En Eslovenia, no sólo rechazan esta política, sino que la condenan. Los representantes políticos de Eslovenia, incluso en los órganos federales yugoslavos, han protestado contra ella. Los periódicos eslovenos y las emisoras de televisión se quejan abiertamente de la arbitrariedad de la policía y de la justicia penal en el Campo del Mirlo.
Los dirigentes serbios, con el presidente de la república MiloseviC a la cabeza, y con ellos una gran parte del pueblo serbio, hoy probablemente la mayoría, lo ve de forma contraria: en el Campo del Mirlo, cuna histórica de la nación serbia, los albaneses han oprimido a los serbios con presiones demográficas y de otro tipo, de modo que ahora son una minoría cada vez más reducida. En estas fantasías serbias que ahora tratan de imponer físicamente a los eslovenos no se ve que los albaneses en el Kosovo hayan sido tratados durante decenios por los serbios -tanto por los monárquicos como por los comunistas yugoslavos- como una población de menor rango. Lo que les importa no es explicar la verdad.
La dirección serbia, bajo Milosevic, ya ha sometido políticamente -con la correspondiente ayuda de masas fanáticas transportadas al efecto- la región autónoma de Voivodina y la república de Montenegro. En la república de Bosnia y Hercegovina, la policía serbia, con métodos de servicios secretos, se ha intentado imponer políticamente. Los amenazadores comandos móviles de Milosevic están a la orden del día en las regiones habitadas por serbios en la república de Croacia.
Los eslovenos en su república se preguntan cuándo les tocará a ellos el turno. Eslovenia se ha separado en los últimos dos años de la variante yugoslava del tardoestalinismo. Por su cuenta, sin ningún apoyo sensible y contra la constante oposición sobre todo de Serbia y de sus nuevas dependencias, así como frente a la presión y amenazas del Ejército Yugoslavo, de orientación panserbia y mayoritariamente dirigido por generales serbios. En ninguna otra parte de Yugoslavia hay hoy tanta libertad política, justicia y participación popular como en Eslovenia. En ninguna otra parte se toman más en serio las reformas económicas que en Eslovenia, que hasta 1918 perteneció a Austria, es de formación católica y siempre fue la región más desarrollada de Yugoslavia en economía y civilización, seguida de Croacia.
Los eslovenos no quieren que les paren en su carrera europea. Condicionan su permanencia en el estado multinacional yugoslavo a que no se les imponga una política desde la presidencia de Belgrado con violencia, amenazas o con decisiones mayoritarias que ellos sienten como no europeas.
Los eslovenos no eludirían discutir con los serbios incluso sobre los sucesos del Kosovo. Creen que no son ellos quienes tendrían algo que disimular tratándose del Campo del Mirlo. Sin embargo, los dirigentes eslovenos, de acuerdo con el pueblo, ven detrás del anuncio de las visitas masivas para el próximo viernes algo distinto a un deseo serio de conversación. Tienen razones para temer que el fin de esta avalancha de invitados indeseados sea en realidad producir hechos violentos de gran repercusión, con los que el Ejército yugoslavo tendría una excusa para intervenir en Eslovenia y llevar a cabo una normalización política, tal como el ejército soviético hizo en 1968 en Checoslovaquia.
Esto significaría la reaparición del estado de opresión, de sometimiento a la voluntad de los dirigentes serbios, que así serían señores de toda Yugoslavia. No es seguro que las fuerzas armadas estén dispuestas a tal acción. Hay generales, también serbios, que no quieren ver al ejército inmiscuido en tal aventura.
Ante la duda, los dirigentes eslovenos han decidido prohibir la entrada en su país a las columnas de Milosevic. El camino de los serbios hacia Eslovenia pasa por Croacia. Hasta ahora no se puede saber cómo se comportarían los dirigentes croatas ante la eventualidad de esa marcha de los serbios a través de su república. En Croacia se mira la política europea de los eslovenos con mucha simpatía, a la que ocasionalmente también se mezclan envidia y resignación. Los líderes politicos de la república de Croacia van por detrás de los deseos de su pueblo. Sin embargo, no quieren nada con el imperialismo panserbio y el despotismo, que lleva el nombre de Milosevic.
30 de noviembre de 1989
Más que un nuevo microestado
Posibilidades de Eslovenia en una Europa libre
Incluso después de la declaración de independencia del parlamento en Ljubljana (Liubliana), Eslovenia no se ha separado totalmente de Yugoslavia. Todavía no es un sujeto del derecho y la diplomacia internacionales. La declaración de Liubliana contiene la propuesta a las otras repúblicas yugoslavas de disolver la federación mediante conversaciones y acuerdos. Pero Eslovenia evidentemente no quiere esperar indefinidamente el día en que estas conversaciones de separación concluyan. Se empeñará en conversaciones dirigidas a este fin, y si éstas se fueran dilantando cada vez más en el tiempo, previsiblemente Eslovenia declararía extinguidos todos los vínculos juridicoestatales con Yugoslavia, tratando a ésta y a alguna de la repúblicas como estados extranjeros. Esto podría ser ya antes del final de este año.
En opinión de Liubliana, esto debería traer consigo el reconocimiento de Eslovenia por parte de la comunidad de estados como uno de sus miembros. No habría ningún motivo para negárselo. Eslovenia cumple todas las condiciones de un estado independiente: tiene un territorio claramente delimitado, un pueblo que quiere ser soberano, un poder estatal efectivo en su territorio, puesto que ha sido elegido y querido por el pueblo. Todavía hay en Eslovenia unidades del Ejército Popular Yugoslavo. Eslovenia exigirá a Belgrado su retirada inmediata. Las eventuales amenazas de violencia por parte de la presidencia serbia de Belgrado contra Eslovenia no pondrían en tela de juicio su soberanía. Serían contrarias al derecho internacional y deberían acarrearle sanciones de las Naciones Unidas, que tendría que aceptar a Eslovenia en el círculo de sus miembros. Los países del mundo tendrían que reconocer a Eslovenia como estado.
¿Está Eslovenia capacitada interiormente para subsistir como estado independiente? El país tiene, aunque no un ejército, sí sin embargo fuerzas de defensa que desde hace más de un año disuaden al Ejército Popular Yugoslavo de sus amenazas de invasión. La policía y la defensa territorial apoyadas por toda la nación tendrían posibilidades -no sólo en las regiones alpinas- de oponerse a una agresión del Ejército Popular Yugoslavo, de tal forma que éste, después de grandes pérdidas, debería retirarse. Eslovenia se vería favorecida en este caso porque no tiene frontera común con Serbia, al estar entre ambas Croacia, que igualmente está preparada para un golpe de fuerza del Ejército Popular comunista y que no toleraría, en interés de su propia seguridad, una invasión hacia Eslovenia a través de su propio territorio.
Las instituciones civiles de Eslovenia están bien asentadas y funcionan. De todas las repúblicas de la Yugoslavia en descomposición, Eslovenia tienen la mejor administración. Se han conservado las tradiciones administrativas austríacas ssorprendentemente no sólo a través del reino sudeslavo de la época de entreguerras, sino también a través de la época comunista. La justicia ya se había reglamentado en el sentido de un estado de derecho antes de las primeras elecciones libres en la primavera de 1990. Eslovenia fue la primera de las repúblicas que interrumpió los procesos políticos.
El pais podrá establecer un servicio diplomático. A su disposición se pondrá una serie de eslovenos que trabajaron en el ministerio de asuntos exteriores yugoslavo. Junto con gente de talento de otras profesiones, constituirían una dotación suficiente. De todos modos, la pequeña Eslovenia sólo establecerá embajadas y consulados en algunos estado escogidos.
¿Podrá existir Eslovenia económicamente? Los escépticos en el país y fuera de él quieren hacer pensar que la industria eslovena tiene en Yugoslavia un mercado para sus productos, cuya sustitución no será fácil de encontrar. Llaman la atención también sobre el hecho de que la economía eslovena, incluida la infraestructura civilizadora, así como el tráfico y la transmisión de noticias, ciertamente estuvo a la cabeza de Yugoslavia, pero que no ha podido alcanzar en muchos aspectos el nivel occidental.
Sin embargo, el mercado yugoslavo ha desparecido para Eslovenia, desde que se vio sometida al bloqueo económico serbio, que disminuyó fuertemente la venta de bienes industriales eslovenos en Serbia, aunque no la llevara hasta el colapso. En Serbia algunas empresas de industria y comercio violan el embargo. Además, las exportaciones relativamente fáciles al mercado yugoslavo son peligrosas para Eslovenia puesto que coartan las energías modernizadoras. Eslovenia podría recuperar su atraso técnico económico frente a los países occidentales en poco tiempo con su tradición industrial, su bien extendido sistema de educación y su población trabajadora y celosa de la puntualidad. Esto será más fácil cuando tenga moneda propia y no esté expuesta ya a las manipulaciones serbias, a las presiones secretas y a la ilícita impresión de dinero para fines serbios y a cuenta de las otras repúblicas; cuando pueda disponer sola de las divisas que produce, cuando no tenga que contribuir a pagar lo que queda del estado yugoslavo al servicio sólo de Serbia, primordialmente el Ejército Popular Yugoslavo.
Eslovenia será un pequeño estado. Con todo, es seis veces mayor que Luxemburgo, y por su número de habitantes -unos dos millones- no pertenece a los estados enanos. Es una comunidad bien organizada, con un pueblo de reconocida capacidad, que se considera una nación y quiere asociarse independientemente a la Europa libre. Habría que abrirle esa puerta a Eslovenia.
22 de febrero de 1991
Un pueblo con rostro propio
Sentido económico, conciencia nacional y religiosidad en Eslovenia
Ocurra lo que ocurra con la Yugoslavia que se está desintegrando, Eslovenia, la república más septentrional, será independiente. Quizá, se establezcan en el marco de una débil cofederación algunos vínculos con los otros estados que surjan de la descomposición, pero esto no cambiaría nada en la independencia de Eslovenia. ¿Qué estado es ese que va a presentarse como novato en el sureste de Europa central? ¿Qué nación es la que ha conseguido crear ese estado, luchando, en pocos años?
Los eslovenos gozan entre sus vecinos de fama como trabajadores, ahorradores, formales y fiables. Todo dice que en su estado las cosas marchan realmente bien. Nadie tiene que temer de Eslovenia una gestión financiera irresponsable. Eslovenia ha contribuido muy desproporcionadamente a los ingresos y también a la entrada de divisas en el estado yugoslavo. Los eslovenos saben tratar con dinero, tan cuidadosamente que en otros países de Yugoslavia a veces se les llama avaros. Raramente ocurre que un esloveno despilfarre su dinero por ansias de grandeza como es costumbre extendida en los Balcanes. Los bancos eslovenos han conseguido, incluso en la época comunista, buenos resultados gracias a su capacidad de gestión. La laboriosidad y el talento organizativo de los eslovenos suavizó en su república las catastróficas consecuencias económicas del régimen comunista. Donde mejor funciona todavía el socialismo es en Eslovenia, confesaban a veces en pasados decenios aquellos comunistas de otras repúblicas yugoslavas que no se dejaron enturbiar el sentido de la realidad ni por la ideología leninista ni por los sentimientos nacionalistas.
A los eslovenos incluso se les ha atribuido una inclinación hacia el socialismo. Esto no deja de tener algo de sentido. Los eslovenos tienen la lacra de que de su pueblo hayan procedido algunos dogmáticos comunistas especialmente cegados. Mencionaremos aquí sobre todo a Boris Kidric, que dirigió la política de loca industrialización y de estatalización en los primeros años después de la segunda guerra mundial, y a Edvard Kardelj, un hombre culto pero limitado, que se afirmó durante decenios como el principal ideólogo de Belgrado, aunque mucha gente quiso ocupar siempre tal puesto. Por otra parte, también los demás pueblos de Yugoslavia tuvieron sus dogmáticos yugo-comunistas. Entre los eslovenos habría actuado como fuerza motriz el impulso propio de su pueblo para ejercitar cualquier actividad sistemática y coherentemente.
También se les atribuye a los eslovenos haber sido sumisos bajo el régimen comunista. También allí hay algo de verdad. Los eslovenos no son revolucionarios. Obedecen durante mucho tiempo, incluso a una autoridad indeseada. Sin embargo, cuando es demasiado para ellos, entonces se oponen con pasión y no temen ningún sacrificio. Esto lo notó la Iglesia católica durante la Reforma luterana que, inspirada y apoyada por Alemania (Primo½ Trubar, el gran reformador esloveno y fundador de la lengua escrita eslovena, murió en el exilio alemán como párroco en Derendinga, cerca de Tubinga) actuó con especial energía. Ciertamente, finalmente triunfó, dirigida por los Habsburgos, la Contrarreforma. Sin embargo, cuando en la Eslovenia austríaca no había ya sacerdotes ni iglesias protestantes, muchos eslovenos se pasaban los domingos a la región de Prekmurje, habitada mayoritariamente por eslovenos, en territorio allende el Mur, donde bajo la tolerante autoridad regional húngara los luteranos podían todavía celebrar servicios religiosos. Los levantamientos de campesinos eslovenos en el siglo XVI no tuvieron nada que envidiar en cuanto a violencia a los demás de Europa. También cuando la Alemania nacional-socialista germanizó y persiguió a la nación eslovena, chocó con una oposición organizada y decidida, en la que se encontraron eslovenos de distintos campos políticos. Y ya en 1968, aproximadamente al mismo tiempo que los croatas, comenzaron importantes comunistas eslovenos, y a la cabeza de ellos su primer ministro Kavcic, a defenderse contra la política de dominación serbo-comunista de la presidencia de Belgrado.
Como en Eslovenia reinó la tranquilidad durante mucho tiempo, el mundo perdió de vista en algún momento que los eslovenos se sentían especialmente lejos del comunismo. En primer lugar porque son un pueblo ejemplarmente católico. Iglesias tan visitadas como en Eslovenia sólo se encuentran hoy, en Europa, en Polonia e Irlanda. El clericalismo político, que antes existía mucho en Eslovenia -en cambio, poco en Croacia-, tenía base en el pueblo. Anton Korosec, un sacerdote católico, fue en el tiempo de entreguerras el político esloveno más relevante del reino de Yugoslavia. Entre los intelectuales eslovenos en los años veinte y treinta llevaban la batuta los católicos más que los librepensadores. En la universidad de Liubliana, en la época comunista, un católico tenía más posibilidades de ser catedrático que en la de Zagreb. Los comunistas escribían en los pueblos eslovenos con grandes letras consignas ateas en edificios públicos, pero esto les sirvió de poco.
Lo que más seguía uniendo a los eslovenos con el estado comunista de Belgrado al principio era la preocupación por su existencia como nación. Son un pequeño pueblo, dos millones, y su tierra, que reúne costa marítima, cumbres alpinas, suave tierra de colinas y la llanura panoniana, está rodeada al norte y al oeste por dos poderosas culturas: la alemana o austriaca y la italiana. El miedo a ser absorvidos por ambas está firmemente asentado en Eslovenia. Por eso se volvieron después de la primera guerra mundial casi con salvaje decisión hacia el reino panserbio de Yugoslavia, y permanecieron sumisos a pesar de las duras decepciones. Cuando en la segunda guerra mundial Alemania e Italia se repartieron Eslovenia, los eslovenos se vieron cofirmados en su yugoslavismo, que por cierto ya en 1918 se había inspirado en el paneslavismo.
La dominación comunista fue para Eslovenia desde el principio una desoladora desgracia. Claro que algunos de entre ellos se dejaron convencer durante algún tiempo de que el estado de Tito ganaría para Yugoslavia las tierras al este de Trieste. En los años sesenta creció en Eslovenia el descontento hacia el poder centralista, el temor de que que imperialismo serbio aplastara a la cultura eslovena. Los eslovenos tuvieron que ganarse con esfuerzo un programa de televisión en su propia lengua. En la interpretación histórica de la central de Belgrado, aparecían como un apéndice sureslavo. Mientras tanto, ellos mismo retomaron conciencia de que étnicamente y por su lengua no son eslavos del sur, sino que más bien pertenecen al grupo étnico eslavo-occidental. Con una voluntad de hierro han defendido en el tiempo comunista su particularidad nacional.
Cada vez más gente duda que ésta a la larga se pueda asegurar, pero lo que parece cierto es que en la nueva gestión económica socialista balcánica de Belgrado, todos los intentos de Eslovenia por alcanzar un nivel económico centroeuropeo están condenados al fracaso. ¿De qué les servíría a los eslovenos tener la mayor productividad laboral y las fábricas más modernas si les estaba prohibida una organización económica eficiente, y si los beneficios obtenidos en gran parte tenían que dirigirlos al estado central y a las retrasadas repúblicas meridionales?
Los eslovenos son llamados a menudo en Yugoslavia nuestros alemanes. En esto confluyen el reconocimiento de su capacidad y el rechazo de su peculiaridad. Tal caracterización despierta en ellos una mezcla de pensamientos y sentimientos, pues su relación con el mundo alemán es traumática. Los eslovenos vivieron durante siglos protegidos por señores alemanes: los francos primero y luego los Habsburgos de Austria. Esto les libró de algunos males, aunque no por ejemplo del asalto turco.
Sin embargo, en esta existencia de súbditos no pudieron llegar a la estatalidad. Puesto que la nación no podía vivir en un propio estado, vivió en su lengua. Pero los que más hablaron esloveno a través de los siglos fueron los campesinos, los siervos y las doncellas de servicio. En 1631 anotaba el obispo de Liubliana: el pueblo sencillo habla el dialecto de Kranj, las autoridades hablan alemán y los hombres cultos en su mayor parte, italiano. A finales del siglo XVIII y en la primera mital del XIX despertó la conciencia lingŸística de los eslovenos. Sin embargo, este movimiento chocó contra uno contrapuesto: con la industrialización y el aumento de las poblaciones urbanas, y con ello de la burguesía, el alemán amplió aún más su posición dominante. Cuando el regente de Napoleón, Mariscal Marmont, en la efímera Provincia Ilírica francesa, ordenó hacia 1810 que el esloveno fuera la lengua escolar, no había profesores que pudieran enseñarlo. El más famoso poeta esloveno, el romántico France Preseren, escribió en la primera mitad del siglo pasado en la lengua de una minoría cultural. Durante la época austríaca, los eslovenos no tuvieron universidad. Sus jóvenes intelectuales estudiaban sobre todo en Graz y Viena, también en Zagreb y Praga. Numerosos eslovenos llegaron lejos en la administración vienesa, pero generalmente cortaban de esa forma sus últimos vínculos con la nación eslovena. El partido popular esloveno, católico y conservador, pertenecía, junto con formaciones croatas a las fuerzas que querían conseguir igualdad y garantía de una existencia nacional para los eslavos del sur en la monarquía bicéfala de Habsburgo. En 1917 su jefe, Korosec, comenzó a volver la espalda a Austria.
En el comprensible delirio nacional que se adueñó de ellos en 1918, los eslovenos se volvieron ciegamente contra todo lo austríaco, contra todo lo alemán. Los alemanes en Eslovenia, por ejemplo en Liubliana o en la vieja isla lingŸística rural de Gottschee, tuvieron que sufrir todo tipo de postergaciones y vejaciones. Muchos tuvieron que abandonar el país y marcharse a la Austria nuclear. Los filósofos, teólogos, escritores y artistas eslovenos se orientaban en los años veinte y treinta hacia Francia, lo que frecuentemente llevaba en sí algo manifiestamente antialemán. Todo esto continuó después de la segunda guerra mundial bajo los signos bolcheviques. Sin embargo, desde hace ya decenios, los eslovenos buscan reencontrarse con el mundo alemán. Austria les es familiar, tienen grandes esperanzas en Alemania y quieren pertenecer a Europa como pueblo con sus propios caracteres.
16 de abril de 1991
La puerta hacia la libertad
La separación del estado opresor yugoslavo
Eslovenia y Croacia se han declarado independientes. Pero con esto todavía no son dos nuevos estados independientes en todo el sentido de la palabra, dos nuevos miembros de la comunidad mundial de estados. Las declaraciones de Lubliana y Zagreb permanecen alejadas todavía un trecho de tal objetivo, en cuanto al contenido y al efecto. Lo único que se puede decir hoy es que las repúblicas de Eslovenia y Croacia han comenzado su separación del estado yugoslavo y quieren continuarla decididamente. Ambas repúblicas anuncian, con palabras prudentemente escogidas, una intención cuyo cumplimiento prevén sólo en un futuro próximo.
Tales declaraciones han sido ya efectuadas repetidas veces por los órganos constitucionales de Croacia y de Eslovenia, desde que ambas repúblicas se liberaron del comunismo el año pasado, se volvieron hacia la democracia y eligieron unos dirigentes políticos que se correspondieran con su voluntad libertadora. En ambas repúblicas el pueblo, en referenda, se ha pronunciado con una mayoría abrumadora por la independencia. Croatas y eslovenos esperan con una creciente aunque dominada impaciencia el día en que aquélla se haga realidad. Algunos reprochan a su parlamento y a su gobierno que se muevan en el camino hacia el objetivo de una forma dubitativa y como arrastrándose.
Sin embargo, hasta ahora no se podía ir más deprisa. Cuando un pueblo quiere abandonar el estado en que hasta ese momento había estado unido con otros pueblos, siempre choca con obstáculos. Éstos son especialmente altos cuando, como en el caso de Yugoslavia, ese estado fue durante bastante tiempo una dictadura totalitaria, y cuando en él un pueblo se arroga la pretensión de ser el que sobresale y el que dirige en el estado, es decir, el señor. Croatas y eslovenos estaban dispuestos a soportar sacrificios para conseguir rápidamente la independencia. Habrían cedido sus valores patrimoniales a las repúblicas de Serbia y Montenegro, que serían las que constituirían, posiblemente, después de la descomposición, el estado yugoslavo. Valores cuya reclamación realmente hubiera estado justificada.
Sin embargo, no consiguieron pagar el rescate. El Ejército Popular Yugoslavo, dirigido y controlado por los serbios, intentó bloquearles el camino hacia la independencia con constantes amenazas y repetidas agresiones violentas. En Croacia, la minoría serbia comenzó una lucha terrorista apoyándose en la república de Serbia y en el Ejército Popular Yugoslavo. Los restos del aparato estatal civil yugoslavo contribuyeron a su manera. El gobierno yugoslavo de Belgrado no ha cumplido ninguna de sus misiones. No ha impedido a Serbia ni el saqueo de la caja federal ni la represión sangrienta de los albaneses en el Kosovo, ni de los musulmanes en el Sand½ak. Inactivo, vio cómo el Ejército Popular Yugoslavo se arrogaba el dominio sohre todo el estado. Sin embargo, cuando avistaba la posibilidad de colocar una piedra en el camino a Croacia y Eslovenia, inmediatamente intervenía. El jefe del gobierno yugoslavo, Markovic, lucha con denuedo por Yugoslavia y por su existencia política, puesto que si Yugoslavia deja de existir su carrera ha terminado.
Las república liberales de Croacia y Eslovenia habrían tenido que temer menos al Ejército Popular Yugoslavo serbio comunista si el mundo libre les hubiera apoyado. Pero en lugar de esto los gobiernos de los estados occidentales, como igualmente la CE, buscan mantener atadas ambas naciones al estado yugoslavo. Con ello Occidente se ha convertido en un cómplice en la acción de las fuerzas estalinistas de la Unión Soviética. El ejército soviÉtico y el KGB guardan las espaldas siempre que pueden al decadente poder central yugoslavo.
¿Qué ha movido a tantos políticos occidentales a tamaña estupidez? Posiblemente, un conocimiento superficial de la historia y del presente del estado yugoslavo. A ello se une la tendencia a conservar lo existente. Esto se muestra en consignas apropiadas a la ligera. Por ejemplo la que dice: hay que evitar una balcanización; cuando en realidad la actual Yugoslavia es un estado hecho balcanismo, del que varios pueblos finalmente quieren escapar. Siempre vuelve a aparecer la palabra atomización estatal, como si no debiera ser fomentada como si lo importante fuera el tamaño de un estado y no el cómo se comporta respecto al derecho, a la dignidad humana y a la libertad. Algún día conoceremos más exactamente lo que aquí subyacía.
Pero esta política no tiene futuro, porque se aleja cada vez más de la realidad. Croacia y Eslovenia no quieren permanecer en un estado que les oprime y explota. Si se marchan, Macedonia y Bosnia y Hercegovina también buscarán la salida de esta federación impuesta. Ambas están a disgusto en Yugoslavia, ninguna de las dos desea bajo ningún concepto permanecer en solitario con Serbia. Y ninguno de los pueblos no serbios de Yugoslavia quiere cargar por más tiempo con la responsabilidad de que Serbia maltrate de forma tan bárbara al grupo étnico albanés en el Kosovo y de que se amontonen las protestas de organizaciones para la protección de los derechos humanos.
Eslovenia y Croacia tienen todavía que recorrer un camino hasta la independencia real. Deben prepararse para la violencia de los militares. Ya crepitan de nuevo las cadenas de los carros de combate y los gobiernos occidentales se irán separando sólo lentamente de sus falsas orientaciones. Todo esto sin embargo lo soportarán croatas y eslovenos porque quieren finalmente vivir en dignidad y libertad.
27 de junio de 1991
Días oscuros
La irrupción del Ejército Popular Yugoslavo
28 de junio de 1991. El comandante en jefe de la quinta región militar yugoslava ha comunicado al presidente de Eslovenia que tiene la orden de ocupar todos los pasos fronterizos de las fronteras estatales de Yugoslavia. La orden se cumplirá incondicionalmente. No hay por qué dudar de tal voluntad en el Ejército Popular comunista yugoslavo. Pero ¿quién dio la orden? La presidencia colectiva yugoslava no. Ésta no puede actuar desde hace tiempo a causa del sabotaje serbio. El gobierno central yugoslavo en Belgrado igualmente tampoco: se pasó totalmente por encima de él. El parlamento central yugoslavo exhortó al ejército de forma algo indeterminada para que evitara la descomposición del estado. Sin embargo, a esta cámara -que no procede de unas elecciones libres, sino que está trasnochada, como toda la Yugoslavia dominada por los comunistas-, la constitución de Yugoslavia no le da ninguna competencia para emplear el ejército.
Los dirigentes serbios, con su forma oriental de entender el derecho y el estado, han roto, manipulando la Constitución federal, lo que todavía subsistía de ella en el mundo de la realidad. Las dos repúblicas liberales en el norte de la hasta ahora Yugoslavia quieren retirarse de esta federación impuesta. Y puesto que ahora en las instituciones centrales de Belgrado ni siquiera pueden llevar a cabo negociaciones dentro de las vías constitucionales para la separación, sus representantes se retiran de ahí antes de lo que tenían previsto. Pero incluso aunque estas negociaciones fueran posibles, ¿cómo podrían los croatas amenazados por el ataque llevar a cabo conversaciones constitucionales con la vertiente política de la fuerza agresora?
Occidente ofrece una lamentable imagen. El gobierno norteamericano habla como si la violencia en Yugoslavia partiera de eslovenos y croatas. El presidente de la comisión de la CE clama por la estabilidad en los Balcanes. Se equivoca claramente al apostar por la continuidad de la existencia de una Yugoslavia que desde su fundación ha sido una prisión de pueblos. En Alemania, sólo un par de políticos de la Unión Cristianodemócrata exige que el gobierno modifique su política respecto a Yugoslavia. Hemos dejado a la pequeña Austria que al menos ponga en movimiento el mecanismo de la Conferencia para la Seguridad y Cooperación en Europa. Son días oscuros en Europa.
1 de julio de 1991. El Ejército Popular Yugoslavo no fue tan efectivo en el combate como sus generales comunistas habían imaginado. Ni siquiera en la guerra basta la mera brutalidad. Pero, sin embargo, hizo valer su aplastante superioridad técnico-armamentístisca. A esto se atienen las condiciones serbias para un alto el fuego. El ejército exige sobre todo el control físico en las fronteras de Eslovenia hacia Italia y Austria. Si el estado de Belgrado consigue esto, habrá cortado entonces las conexiones más importantes de Eslovenia, y al mismo tiempo de Croacia, con el exterior.
Como si la inferioridad de las repúblicas liberales no fuera suficientemente grande, la CE ha conseguido poner más contra las cuerdas a Croacia y Eslovenia con su acción mediadora. Sobre ellos recae pesadamente la presión de aceptar una regulación provisional que no les daría nada y les quitaría mucho. Tendrán que esperar tres meses antes de que entren en vigor sus declaraciones de independencia. Si ambos gobiernos aceptan, se arriesgan a perder el apoyo de sus pueblos, que hoy quieren pertenecer a la Yugoslavia comunista tanto como los checoslovacos por ejemplo a la Alemania nacional socialista en la época del protectorado del Reich sobre Bohemia y Moravia. Además, con ello despiertan en el mundo la duda de hasta qué punto hay que tomar en serio sus declaraciones. ¿Qué recibirían ambas república según las ideas de los ministros de exteriores occidentales? En primer lugar, habría que poner a un croata a la cabeza de la presidencia colectiva yugoslava. Sin embargo, hace tiempo que esta organización ya no significa nada, y su presidente no tiene nada que decir en absoluto. La creencia de que podría hacer valer su autoridad sobre el Ejército Popular Yugoslavo no tiene ninguna base. En segundo lugar, el Ejército Popular Yugoslavo se retiraría a sus cuarteles sobre el territorio de la república de Eslovenia. Desde ahí, los carros de combate necesitan sólo media hora para alcanzar las arterias de tráfico de las ciudades eslovenas.
Los gobiernos de Europa occidental están desorientados. Esto también proviene de que se apoyan en los jefes de gobierno y ministros de exteriores yugoslavos, para quienes el mantenimiento del estado yugoslavo aeuropeo es vital; por eso nadie en Eslovenia y Croacia confía en ellos.
2 de julio de 1991. Los montones de escombros en Yugoslavia son consecuencia de una voluntad de dominio brutal de los políticos y generales serbios, pero también de un fracaso estrepitoso del mundo occidental. Tan febrilmente se habían atenido los hombres de estado al error de que Yugoslavia puede y debe seguir existiendo que tampoco pudieron librarse de él cuando su contradicción con la realidad apareció clara como el día.
En su obcecación, se volvieron incapaces para realizar una política correcta. Con su falsa política han animado al poder serbio comunista, que se autodenomina Yugoslavia, para el ataque militar. En un momento en que convenía apoyar ostensiblemente a las dos repúblicas liberales de Eslovenia y Croacia, y con ello apagar las ganas de agresión de Belgrado, la CE se ocupó de dar más dinero al estado de Belgrado. Y los gobiernos occidentales se andaban todavía con componendas de forma cada vez más llamativa con el gobierno federal de Belgrado, al servicio de Serbia. Parecían enamorados del jefe de gobierno Markovic, del ministro de exteriores Loncar. En cambio, a los representantes de las repúblicas liberales de Eslovenia y Croacia los trataban casi con desdén.
Ni siquiera una vez atacada Eslovenia estuvieron dispuestos los tres ministros de exteriores de la CE encargados -de Michelis, Van der Broek y Poos- a encontrarse con el presidente esloveno, Kucan, en Lubliana. En vez de eso, tuvo que viajar hasta ellos hacia Zagreb, arriesgando su vida, a través de un territorio ocupado por el Ejército Popular Yugoslavo y su servicio secreto KOS, semejante al KGB.
Ya por su composición, esta troika daba la impresión de ser resultado de un juego maligno. El ministro de asuntos exteriores italiano había dado cada vez más muestras ante todo el mundo, con nuevos discursos sobre la necesidad de conservar la unidad de Yugoslavia, de que le faltaba capacidad para entender lo que ocurría en el descompuesto estado de Belgrado. El ministro de asuntos exteriores de Luxemburgo consideraba misión principal suya impedir el separatismo en Yugoslavia. Al ministro de exteriores neerlandés no se le conocía la más mínima disponibilidad para comprender la voluntad de las naciones croata y eslovena de vivir en dignidad y libertad.
Estos eran, pues, los hombres de estado que en nombre de la CE debían encontrar en Yugoslavia unas reglas orientadas hacia la realidad y la justicia. Bastaba con eso para que la propuesta de mediación de la troika tuviera como resultado el fortalecimiento del belicoso estado de Belgrado, debilitando a Eslovenia, que se defendía desesperadamente.
No olvidemos, sin embargo, la parte de Alemania en esta política errónea. El ministro de exteriores, Genscher, se contaba entre los más enconados defensores de la unidad de Yugoslavia, incluso cuando ya hacía tiempo que era evidente que precisamente esa unidad del estado opresor dificultaba la libertad de los pueblos y la paz en una región de Europa.
4 de julio de 1991. Desde hace unos días corre el rumor de un golpe militar en Yugoslavia. Los generales habrían quitado el poder de las manos a los políticos. Sin embargo, ni los políticos habían determinado en solitario las cosas antes, en el estado opresor de Belgrado, ni ahora las determinan sólo los generales. El descompuesto poder estatal yugoslavo es desde hace años una unión de los dirigentes políticos de la república serbia, Milosevic, Jovic, y los generales más importantes del Ejército Popular Yugoslavo. Todos son de nacionalidad serbia, de filiación panserbia y comunistas.
El complejo militar serbio-bolchevique conduce desde la primavera de 1990, cuando las repúblicas de Eslovenia y Croacia se separaron del comunismo e intentaron sustraerse al dominio panserbio, una desesperada lucha para el mantenimiento de Yugoslavia como una especie de propiedad. Para ello se sirve sobre todo de la violencia física y de amenazas. En el interior de este organismo se han trasladado de vez en cuando los pesos y las funciones. A veces era Milosevic el más poderoso entre los dirigentes, después de nuevo este o aquel general. Unas veces impulsaban los políticos de Belgrado la política de represión con un nuevo golpe hacia delante; otras, los generales de Belgrado. Sin embargo, siempre era la misma organización de poder la que estaba detrás de todo. Hoy, en la organización del poder de Belgrado, el general Adzic lleva el peso más decisivo. Sin embargo, sigue estando, como hasta ahora, en alianza con la república de Serbia. Quizá mañana vuelva a llevar la batuta un político serbio.
Desde esta central reciben las brigadas de carros de combate y los escuadrones aéreos sus órdenes, y no del grupo de gentes denominado en Belgrado gobierno yugoslavo, que, por contraste, no tiene nada que decir. La presidencia colectiva yugoslava, ya hace tiempo sin esencia, tampoco tiene nada que decir. Los señores serbios han permitido ahora al croata Mesic, de forma muy generosa, que se ponga a su frente. Los pueblos maltratados en la hasta ahora Yugoslavia, están en manos de señores serbios, de los cuales algunos llevan uniforme, otros traje de paisano. Aunque los uniformados se retiraran por algún tiempo a un segundo plano, para eslovenos y croatas nada habría mejorado.
6 de julio de 1991. Cada día que permanecen atados al estado de Belgrado aumenta el peligro para los eslovenos. La presidencia colectiva yugoslava, un instrumento de Serbia, da a los eslovenos un ultimátum tras otro. Deben retirar las barricadas de las calles. Entonces el Ejército Popular Yugoslavo tendría vía libre para el próximo ataque. Eslovenia debe también entregar la soberanía de las fronteras con Italia e Hungría al yugoestado serbio. Si esto se hiciera así, Croacia y Eslovenia se verían aisladas del mundo libre. Entonces, en caso de un nuevo ataque exitoso del Ejército Popular Yugoslavo ni siquiera podrían salvarse en suelo occidental los que son buscados por el KGB yugoslavo, denominado KOS. Y si los eslovenos ya no controlan la frontera, los gobiernos occidentales podrían decir que la república de Lubliana no reúne los requisitos del derecho internacional para la independencia.
Los eslovenos sólo pueden esperar trampas de la presidencia colectiva de Belgrado. Harían bien en abandonarla. Sólo se puede explicar que Croacia vuelva a participar en ella por el miedo a la violencia. Está sentada como un hombre de bien burgués en medio de los incendiarios. Algún alivio parece venir ahora de fuera. Los estados occidentales buscan dar apoyar a varios organismos internacionales en su exigencia de que el Ejército Yugoslavo no pueda seguir utilizando la violencia. Pero, ¿cómo se podrá vivir -una vida dura, en la frontera de las guerras-, si el estado de Belgrado prolonga con presiones y amenazas la situación actual y de esta forma destruye completamente la economía en Eslovenia y Croacia, debilita a la población y hace incapaces de actuar a ambas repúblicas? Entonces los gobiernos occidentales podrían decir que la cosa no va con ellos. El principal asunto es que no se dispare desde los carros de combate.
Toda la actividad diplomática occidental tendría sentido sólo si su objetivo es dar rápidamente independencia y seguridad a eslovenos y croatas. Por debajo de esto, lo único que se hace es proporcionar al estado comunista de Belgrado y a su Ejército Popular Yugoslavo tiempo, posibilidades de represión y a los dirigentes políticos occidentales excusas para una vuelta a la antigua y falsa política.
8 de julio de 1991. El ataque de los generales panserbios a Eslovenia ha costado la vida a sesenta hombres. Un absurdo especial de esta guerra es la muerte del soldado Florini Kosumi. Pertenecía al grupo étnico albanés del Kosovo, que ha sido tratado por el estado serbio de manera brutal y humillante. Ahora tuvo que ir a una guerra que llevaba a cabo Serbia para reprimir a otro pueblo en la cárcel étnica de Yugoslavia. Los albaneses del Kosovo están amargados por esta víctima que sus opresores les han obligado a sacrificar. Nadie en el mundo puede creer que se les pueda mantener todavía mucho tiempo en el estado serbio: lo abandonarán en cuanto puedan. En Albania, que ha dado la espalda al estalinismo, tienen ahora un intercesor que podrá hacer ver sus necesidades ante las organizaciones internacionales, también ante las Naciones Unidas. Habrá que acusar allí a Yugoslavia como estado enemigo de los derechos humanos, al igual que se hizo con Sudáfrica. Pero ya hace tiempo que los Estados Unidos y la CE motu proprio debían haber negado todo tipo de apoyo al estado de Belgrado, que maltrata en su territorio a los albaneses.
9 de julio de 1991. El acuerdo de Brioni, conseguido por mediación de la CE, aminora a corto plazo el peligro físico para Eslovenia, pero también es una carga para la pequeña república amante de la libertad. Si la presidencia colectiva yugoslava posee la completa autoridad dispositiva sobre el ejército, entonces ésta estará en manos de Serbia, que se ha hecho con la posición dominante en la presidencia a través de manipulaciones y amenazas. Los eslovenos conservan el control de los pasos fronterizos, pero en cambio la seguridad de las fronteras volverá en los próximos tres meses a manos del ejército. El Ejército Popular Yugoslavo lo tendría por tanto fácil para arrebatar a la policía eslovena el control de las fronteras. Las negociaciones sobre el futuro de Yugoslavia, que deben comenzar el próximo 1 de agosto, se extenderán posiblemente durante mucho tiempo e inútilmente, como las que hasta ahora se han llevado a cabo. Si Serbia no quiere, no se podrá realizar nada, y entonces Eslovenia permanecerá atrapada en el estado opresor yugoslavo, al que quiere abandonar lo más rápidamente posible. Por eso ahora han retirado sus diputados del parlamento yugoslavo, dirigido por Serbia. Las intenciones de Croacia en cambio son más difíciles de reconocer, puesto que el croata Mesic se encuentra a la cabeza de la presidencia colectiva yugoslava.
10 de julio de 1991. Los ministros de exteriores de la CE han impuesto a la acuciada Eslovenia, una tras otra, las condiciones de Belgrado. Quizá ahora se satisfagan con el hecho de que el Ejército Yugoslavo se haya retirado a los cuarteles. Pero Eslovenia tiene que estar preparada para el próximo golpe. En Croacia, el Ejército Popular continúa marchando para llevar refuerzos y armas a los francotiradores serbios. Y así podría suceder que Croacia cayera en la más aguda necesidad y los estados occidentales pasaran por encima de ello sin mirar siquiera. Para ambas repúblicas amenazadas tiene importancia vital que el ejército comunista se retire de ellas. El camino más seguro para ello sería el reconocimiento formal de Croacia y de Eslovenia en el mundo occidental. Sin embargo, la mayoría de los gobiernos de la CE están todavía agarrados a sus antiguos errores sobre Yugoslavia. El gobierno de Bonn, tanto su canciller como su ministro de exteriores, acaban de separarse de tales errores y merecen por tanto apoyo.
11 de julio de 1991. Los estados de la CE quieren enviar observadores a Yugoslavia para supervisar el alto el fuego. El estado de Belgrado, de tendencia panserbia, tendrá finalmente que aceptarlo. No puede permitirse alterar con otro no al mundo civilizado. Los observadores irán desarmados. Podrán evitar la violencia cuando sean suficientemente numerosos y cuando la misión de observación sea suficientemente amplia. No se trata sólo de saber si el Ejército Yugoslavo se mantiene en sus cuarteles en suelo esloveno y croata. El ministro del interior esloveno ha hecho notar que el Ejército Popular refuerza sus unidades en Eslovenia; también hay que prestar atención a esto. Y ¿qué pasa con el terror que siguen practicando en bastantes regiones croatas cada vez más comandos serbios con apoyo del Ejército Popular? Precisamente acaban de saquear y arrasar completamente un pueblo croata. Pero al público occidental se le convence en muchos medios de comunicación de que en Yugoslavia reina la paz, el ejército no hace disparar a sus carros ni lanzar bombas a sus aviones. Esto complace a los políticos y generales en Belgrado.
12 de julio de 1991. El ministro de exteriores Genscher considera buena noticia que el parlamento esloveno haya aceptado el compromiso de Brioni. Pero este acuerdo grava unilateralmente sobre Eslovenia. Someterse a él era para la pequeña república agredida el menor de dos males. Por tanto, no es oportuno sentir alivio. El peligro para Eslovenia se ha reducido sólo un poco. Los generales serbios llegan hasta el límite de las posibilidades lingŸísticas con sus manifestaciones de voluntad de exterminio. Tiene razón Genscher cuando dice que la CE no podría actuar durante más tiempo de forma directa si en Yugoslavia se impusiera la fuerza militar. Pero sería entonces cuando realmente empezaría el trabajo, habría que colocar bajo presión de sanciones al estado de Belgrado. Si se reconoce como estados a Eslovenia y Croacia, el Consejo de Serguridad de las Naciones Unidas podría enviarles sus fuerzas armadas como ayuda. Pero el reconocimiento aparece para la mayoría de los ministros de exteriores occidentales todavía como un crimen de lesa majestad. Genscher, que después de la agresión sobre Eslovenia lo tomó en consideración, se encontró bastante solo e incluso bajo recelos. ¿Cuándo sabrá Occidente hacerse cargo de su responsabilidad?
Por qué Zagreb permaneció inactiva
Croacia y la penetración en Eslovenia
¿Por qué atacó el Ejército Popular Yugoslavo panserbio precisamente a Eslovenia? ¿No se situaba Croacia como primer objetivo de ataque en su programa? Los generales serbios y los políticos serbios aliados con ellos saben que a Eslovenia ya no se la puede retener en el estado opresor de Belgrado, o al menos lo intuyen. Quizá algunos de ellos se pueden imaginar en caso de necesidad una Yugoslavia dominada por ellos sin la pequeña república del extremo, Eslovenia.
Muchos serbios incluso se sentirían aliviados si los eslovenos -de carácter para ellos extraño, puesto que no tienen nada de balcánicos y sus miradas y palabras les parecen a menudo presuntuosas-, no siguieran en el estado yugoslavo. No, tiene que ser una habitación con ducha y baño, como las que hay en nuestra tierra, Eslovenia. Dijo, después de dudar una eslovena en la recepción de un hotel en una pequeña ciudad serbia. Había que ver la cara de los serbios que estaban allí y del personal de servicio. Habría que haber oído sus observaciones al respecto para saber lo mucho que altera a los serbios una vivencia como ésta.
De todas formas, todos los serbios sentirían la marcha de Eslovenia como un golpe económico, puesto que es la más productiva de las repúblicas yugoslavas, tiene la infraestructura industrial más moderna y la mayor productividad laboral. Proporcionalmente, produce muchísimas divisas, sin embargo, hace mucho que los eslovenos reducen sus pagos a Belgrado. Y no se puede recoger bien el dinero de Liubliana con carros de combate.
Frente a esto, el imperialismo serbio hasta ahora ha querido mantener a Croacia firmemente, a cualquier precio. Sin Croacia, Yugoslavia sería un torso. Los líderes serbios, y con ellos la mayor parte del pueblo están mucho más irritados por la voluntad independentista croata que por la eslovena. Durante cuatro decenios y medio los nacionalistas serbios han apoyado las consignas comunistas de Tito con todas sus fuerzas para oprimir a los croatas con la policía secreta y los vigilantes de prisiones, de forma que no se les volviera a ocurrir la idea de separarse del estado yugoslavo. ¿Y ahora todo esto habrá sido en vano? Los dirigentes panserbios y su séquito quizá podrían consolarse de la pérdida de la fuerza económica eslovena. Pero si también la economía de Croacia se hiciera independiente dejaría a la mucho menos desarrollada Serbia con problemas insuperables.
Y, sin embargo, a finales de junio, el Ejército Popular Yugoslavo no ha golpeado en Croacia, sino en Eslovenia. Puede haber encontrado un pretexto en que la declaración de independencia eslovena del 25 de junio hiciera resonar más categóricamente la separación de Yugoslavia que el documento de independencia croata del mismo día. Pero las razones hay que buscarlas en otra parte. Los líderes panserbios temían no poder seguir manteniendo a Eslovenia y Croacia en el estado yugoslavo si perdían el dominio físico de las fronteras hacia Italia y Austria. También pensaban que con una exitosa acción disciplinaria frente a los eslovenos podría intimidar al mismo tiempo a los croatas: a los dirigentes políticos y al pueblo. El golpe contra Eslovenia debía ser igualmente un golpe contra Croacia.
¿No era natural ahora que Croacia apoyara militarmente a una Eslovenia en lucha? Pronto se dieron cuenta los eslovenos de que no podían contar con eso. Las columnas acorazadas del ejército se dirigieron sin impedimentos desde Serbia, a través de Croacia, hacia Eslovenia. También los aviones yugoslavos habrían atacado a Eslovenia desde aeropuertos situados en suelo croata. Las fuerzas armadas de la república de Croacia no se movieron. Los dirigentes de Zagreb declararon que estaban considerando una movilización parcial. Sólo los alterados habitantes de Zagreb se colocaron frente a los carros de Belgrado.
Los dirigentes croatas pueden hacer valer argumentos para su inactividad. Puesto que el Ejército Popular Yugoslavo sólo atacó Eslovenia, una participación croata en la defensa frente a la agresión hubiera podido llevar tras de sí en Occidente el reproche de que Croacia es belicosa. Esto es insensato, pero el gobierno de Zagreb no tenía menos experiencias que el de Liubliana sobre la incapacidad de los políticos occidentales para reconocer la realidad de la descompuesta Yugoslavia.
Ante todo los dirigentes croatas podían temer que el terror de los comandos serbios apoyados por el Ejército Popular en regiones croatas donde se asientan serbios podría degenerar en una guerra de exterminio si Croacia apoyara a Eslovenia. Hasta ahora el gobierno de Zagreb sólo ha podido proteger insuficientemente a los croatas en la Krajina y algunos lugares de Eslavonia de los comandos terroristas serbios y del Ejército Yugoslavo. Evidentemente, temía dejar a esta población totalmente bajo el poder serbio. Eslovenia no tiene tal problema porque allí no hay ningún asentamiento de población serbia.
Probablemente, también haya movido a los dirigentes croatas a esta inactividad el que desde mayo de 1990 llevan a cabo conversaciones con el objetivo de trazar de nuevo las fronteras entre las tres repúblicas de Serbia, Croacia y Bosnia-Hercegovina, de forma que permanezcan pocos serbios fuera de Serbia y croatas fuera de Croacia. Un acuerdo sobre ello finalmente desembocaría en una disolución sin violencia de Yugoslavia. Zagreb no habría querido poner en peligro estas conversaciones. El gobierno croata, bajo el presidente Tudjman buscaba así ahorrar a su pueblo que en el camino hacia la independencia fuera sometido por el Ejército Popular Yugoslavo en una acción sangrienta.
Muchos eslovenos no se cierran a tales reflexiones, pero se preguntan por qué Croacia no se ha puesto a su lado al menos con un paso simbólico. El que los eslovenos se sientan abandonados por los croatas en su lucha contra el poder serbo-comunista de Belgrado gravará sobre las relaciones entre ambos pueblos. De todos modos, ya habían vivido alguna que otra decepción entre ellos. En el reino de Yugoslavia, los croatas tomaron a mal a los eslovenos que durante mucho tiempo se apoyaran en los serbios, con lo que éstos consolidaron su dominio. En la Yugoslavia comunista, los croatas, como también otros pueblos, se sintieron especialmente maltratados por algunos dogmáticos eslovenos. En 1971, los movimientos de libertad croata y esloveno no actuaron conjuntamente. Entonces, los croatas reprochaban a los eslovenos que, por cálculos económicos, no hubieran apoyado a Croacia.
Desde que se han librado del comunismo, ambos pueblos se han aproximado más que nunca. Las recientes barreras entre ambos se podrán erradicar, ya que los eslovenos saben que al menos en el pueblo croata había una gran disposición para detener a los carros de Belgrado en su camino a Eslovenia. No les es tan fácil andar por caminos rectos a los pueblos que han estado oprimidos físicamente durante mucho tiempo, o que han sido amenazados, como a los libres.
15 de julio de 1991