El Campo del Mirlo

 

 

La disputa albano-yugoslava y su historia

 

Desde que los albaneses intentan defenderse contra la política de opresión serbia en el yugoslavo Campo del Mirlo, la relación entre Yugoslavia y Albania ha seguido empeorando, aunque en sus mejores tiempos no fue más que fría y comercial. Yugoslavia reprocha a Albania que haya promovido primero inquietud en el Kosovo, pero también en otros territorios de poblamiento de los albaneses yugoslavos, concretamente en Macedonia occidental y en Montenegro meridional, y que ahora intente atizar el fuego. En ambos casos, se trataría de una injerencia en asuntos internos de Yugoslavia. Tirana, por su parte, acusa a Belgrado de oprimir brutalmente a los albaneses en Yugoslavia y dice que oponerse a ello al menos protestando, es derecho, incluso deber, de Albania.

La disputa albano-yugoslava es antigua. Como nucleo, aparece una contraposición de intereses entre serbios y albaneses. El conflicto se remonta al tiempo en que el vecino eslavo de los albaneses no era Yugoslavia, sino Serbia, y junto con ella Montenegro, entonces todavía independiente aunque estrechamente unido con Serbia. Los montenegrinos son étnicamente una rama de los serbios. A principios de nuestro siglo despertó en los albaneses el sentimiento nacional. Buscaban separarse de los turcos, pues -junto con los macedonios- habían sido los últimos en permanecer bajo su dominio en los Balcanes. El objetivo era primero la autonomía, y poco a poco un mayor grado de independencia. Los levantamientos fueron reprimidos cruelmente por los turcos.

Pero mientras todavía los albaneses luchaban sin éxito contra los duros senores turcos, apareció una nueva preocupación. Temían que sus vecinos en los Balcanes -serbios, montenegrinos y griegos-, pudieran arrebatar al decadente imperio turco, que ahora chocaba con la potencia de una Italia joven y segura de sí, los territorios de población albanesa dominados por Turquía -concretamente, y sobre todo, la actual Albania, el Kosovo y Macedonia occidental-, y que pudieran incorporarlas al mismo tiempo a sus Estados. Con ello, simplemente, un dominio extranjero hubiera sustituido al otro.

Este temor frenaba la determinación de la pequena capa dirigente albanesa de entonces para separarse completamente de Turquía. Por eso, sus pensamientos giraban siempre en torno a ideas como autonomía, descentralización o reforma radical del orden imperial turco. El temor de los albaneses estaba justificado. En el ano 1912, se dividieron entre sí sus vecinos de los Balcanes, con acuerdos secretos, la parte del león del territorio de poblamiento albanés. Esto estaba sólo, por supuesto, en los papeles secretos.

Cuando en el mismo ano los turcos no pudieron dominar al movimiento de levantamiento albanés, no se pudo ya detener el conflicto internacional. Montenegro, Serbia, Grecia y, con ellos, Bulgaria, cayeron ahora en la primera guerra balcánica, junto con sus ejércitos, sobre Turquía. Los albaneses se contemplaron a sí mismos como ocasión, pero también como posible víctima. La temida partición del territorio de población albanesa pareció cada vez más cerca. Pronto los turcos fueron derrotados y los Estados vencedores exigieron de hecho la división de Albania. Los intereses de las grandes potencias a su vez estaban contrapuestos. Rusia propiciaba las exigencias de los reinos estrechamente unidos a ella, Serbia y Montenegro, mientras que Austria-Hungría y su companera, Alemania, querían mantener la influencia rusa alejada del Adriático, y por eso exigieron una Albania independiente que abarcara todos los territorios de población albanesa, con excepción de la cuna sur de Montenegro. El punto de vista de Viena fue hecho también propio por Roma, París y Londres.

Con gran disgusto de los Estados balcánicos fronterizos, especialmente de Serbia, una Conferencia Nacional declaró a Albania como independiente, aproximadamente a fines de 1912, en la ciudad de Vlora. Para impedir que la proclamación llegara a ser realidad, Serbia, Montenegro y Grecia ocuparon Albania, salvo un territorio residual. Entonces entraron en acción las grandes potencias que, en julio de 1913, en una conferencia en Londres, proclamaron a Albania como Estado independiente bajo su control. Pero fuera de este Estado permanecieron territorios con población albanesa: el Kosovo y Macedonia occidental. Ambos fueron concedidos a Serbia, así como el sur del Epiro meridional, sobre el que los griegos elevaron pretensiones. La parte sur de Montenegro, con las ciudades de Meinj, Bar y Kolasin, en las que vivían albaneses, ya había sido arrebatada a Turquía en el congreso de Berlín de 1878 y fue otorgada a Montenegro.

Así, la fundación del Estado albanés, cuyas fronteras no se han cambiado sustancialmente desde entonces, significó al mismo tiempo la división de la nación albana y la aparición de minorías albanesas en las proximidades de la madre patria.

La primera guerra mundial llevó a la parte norte y central de la Albania nuclear ahora fundada, naturalmente más sobre el papel que en realidad, al círculo de influencia de Austria-Hungría, donde gozó de una amplia autonomía, mientras que la parte sur fue ocupada por italianos y franceses. También los búlgaros ocuparon un pedazo de Albania con la ciudad de Elbasau. Al final de la guerra mundial, cuando Hungría tuvo que retirarse de los Balcanes, fue convertida totalmente en posesión de Italia.

El reino eslavo del sur -que después se denominó Yugoslavia- construido en 1918 alrededor del núcleo estatal de Serbia, quería a Albania como Estado independiente para impedir que allí se afincara otra potencia. Sin embargo, Belgrado exigía la separación de Albania de parcelas de territorio que tropas sureslavas mantuvieron ocupadas en el norte y oeste de Albania. Guerrilleros albaneses expulsaron temporalmente a estas tropas de ocupación más allá de la fronteras y buscaron más ampliamente provocar un levantamiento en el Kosovo con el objetivo de unir dicha provincia a Albania.

Cuando el presidente del gobierno Amet Zogu, un antiguo jefe tribal que apoyaba su poder en los grandes latifundistas, tuvo que doblegarse en 1924 ante un levantamiento armado de la oposición, encontró asilo en el reino sureslavo. Desde allí regresó al poder unos meses después, con apoyo de Belgrado . Zogu se contentó con la Albania de las fronteras de 1913 mientras que la oposición de izquierda burguesa, que tuvo a su vez que abandonar el país al regresar Zogu, exigía el establecimiento de un Estado albano que comprendiera a todos los albaneses.

La connivencia del régimen de Belgrado con Zogu, que predispuso a las fuerzas de la izquierda burguesa en Albania contra Yugoslavia, no ganó a nadie en Yugoslavia para la causa albanesa. Un incidente en el ano 1927, en el que Belgrado se dejó atrapar en una actividad de gentes sin escrúpulos en medio del gobierno albanés, destruyó entonces la simpatía que todavía Zogu podría haber albergado hacia Yugoslavia a causa de su estancia en el exilio en Belgrado. Una vez aún buscó Zogu -autoproclamado en 1928 rey de los albaneses-, cuyo país caía cada vez más en la esfera de influencia de la Italia que se extendía por el Adriático, ayuda en Belgrado. En su acuciante necesidad pidió en 1933 ser admitido en la pequena entente formada por Checoslovaquia, Yugoslavia y Rumanía, apoyada en Francia. Sin embargo Belgrado se opuso. En 1938 rechazó la petición de Zogu de un tratado de amistad con Yugoslavia.

Con mirada retrospectiva, esta política aparece como corta de miras. Se explica por el hecho de que Yugoslavia era llevada entonces de aquí para allá con deseos y objetivos contrapuestos. Por una parte, mantener alejada a Albania de la esfera de influencia de otras potencias y conservarla en este sentido como Estado tapón, y por otra parte, quizá esperar el día en que poder repartírsela con Grecia. En tercer lugar, mantener las mejores relaciones posibles con la Italia imperialista.

Albania, que no encontró ayuda en niguna parte, cayó finalmente en abril de 1939 víctima de un ejército de ocupación italiano que, por supuesto, apenas encontró resistencia. Entonces Italia estableció en Albania un protectorado al que después pertenecieron también la casi totalidad del territorio de los albaneses en Yugoslavia y Grecia, después de que Alemania a principios de 1941 venciera también a ambos países.

El partido comunista de Albania fue fundado a finales de 1941 bajo la dirección de funcionarios comunistas yugoslavos y bajo su inspección permaneció durante bastante tiempo. Tito, que quería agrandar territorialmente la Yugoslavia de preguerra y no quería bajo ningún precio reducirla, consideró el irredentismo albanés como un peligro. Quiso impedir que los comunistas albaneses tuvieran conexiones con el Kosovo, con Macedonia occidental y con Montenegro meridional y limitó por eso su ámbito de actuación a las fronteras de la Albania de 1913.

El partido comunista de Albania tenía instrucciones estrictas de omitir todo aquello que pudiera confluir con el anhelo, extendido entre los albaneses, de una gran Albania para todos los albanos . Esto entorpecía de antemano al partido, que tenía ya la situación especialmente difícil cuando, tras la capitulación de Italia en 1943, Alemania ocupó Albania y, para ganar un auxiliar contra el Ejército Popular Yugoslavo, estableció una gran Albania que incluía Kosovo y Macedonia occidental, y gozaba en una cierta medida de independencia o autonomía. Con ello se ganó a una gran parte de la población, probablemente a la mayoría.

Los funcionarios partisanos yugoslavos trataron a los albaneses desde el principio desde arriba, de forma dominadora. Frente a la Albania comunista de posguerra, Yugoslavia se comportó como un senor superior. Al lado del jefe del partido, Enver Hodscha, colocado al fundarse en 1941 a instancias de los instructores yugoslavos, se encontraba el alto funcionario del Estado y del partido Dsodse, que vigilaba, sirviéndose de la policía secreta a sus órdenes, que la voluntad de Belgrado fuera seguida en todas partes. Claro que Yugoslavia ayudó a Albania a rechazar las exigencias territoriales de Grecia, apoyadas en Occidente sobre todo por Inglaterra. Pero fuera de eso no tuvo ninguna consideración con los intereses de Albania.

Como la Unión Soviética en los países dominados de Europa oriental, así fundó Yugoslavia en la Albania dirigida por ellos empresas económicas mixtas en las cuales sólo en apariencia los albaneses dirigían, junto a los yugoslavos, de forma igualitaria. A través de una red de tratados -sobre todos los terrenos posibles de la vida, entre ellos un tratado de amistad y ayuda recíproca-, Albania fue uniéndose a Yugoslavia. Se impuso a Albania una unión monetaria y aduanera. Los ejércitos de ambos Estados debían colocarse bajo un alto mando unificado, lo que hubiera significado la subordinación del ejército albanés al yugoslavo. Todo apuntaba hacia la pretensión yugoslava de incorporarse Albania como séptima república.

Cuando Stalin en el verano de 1948 condenó a Tito, Enver Hodscha vio llegada la hora de separarse de la tutoría opresora. Albania se volvió hacia la Unión Soviética, situada en la intranquilizante lejanía, se colocó bajo su protección y se convirtió con ello en un opositor de Yugoslavia. Cuando en 1960 cambió la protección soviética por la todavía más lejana de China, permaneció sin modificaciones la enemistad con Yugoslavia. Nada fundamental ha cambiado desde que en 1977 Albania volvió la espalda a China y anduvo su propio camino. Desde fines de los anos sesenta sólo ha habido pequenas mejoras, generalmente de ambiente, entre ambos Estados. Con la cuestión del Kosovo, todo ha desaparecido.

9 de octubre de 1981.

 

Protestas en el Campo del Mirlo

La primavera de 1981

 

La intranquilidad de los albaneses en el Kosovo al sur de Yugoslavia, el Campo del Mirlo, se diferencia en algunas cosas de otros conflictos nacionales que hasta el momento había vivido Yugoslavia. Varias cosas contribuyen a la peculiaridad del caso. El que los albaneses representen el único grupo no eslavo de peso en Yugoslavia (los húngaros, que sobre todo viven en Voivodina, son mucho más débiles numéricamente, y parecen además haber sido absorvidos como grupo nacional por los serbios). También el que sean mayoritariamente mahometanos y su madre patria nacional, la Albania dirigida por Enver Hodscha, se sienta legitimada y capaz de fortalecer el sentimiento nacional y la confianza en sí mismos de los hermanos más allá de las fronteras. Sin embargo, los métodos con que los líderes yugoslavos buscaron terminar con el asunto se diferencian poco de aquellos con que dominaron en pasadas décadas en otras partes ciertos movimientos nacionalistas. Hay un esquema, según el cual en la Yugoslavia comunista los pueblos levantiscos son llevados siempre a la situación deseada y considerada como normal por la autoridad central. A ello se ha atenido Belgrado también ahora en el Kosovo.

Parece normal que el mando trajera en primer lugar unidades de policía serbia cuando en Pristina, la capital de la provincia autónoma del Kosovo- dentro de la república de Serbia-, se manifestaron los estudiantes en la calle y produjeron disturbios. Así, se ha hecho hasta ahora siempre que bullía el Kosovo. Pero la policía serbia es conocida porque sacude despreocupadamente. Ni siquiera se plantea muchos problemas con sus propios compatriotas en la más estrecha Serbia, por tanto menos con los albaneses en el Campo del Mirlo, y menos si allí estallan grandes disturbios. Esto se debe a que el conflicto en el Kosovo sea una protesta de los albaneses contra los serbios. En tal situación, el envío de policía serbia debía aumentar aún más la presión en la olla. La gente sensata en Belgrado parece haberlo reconocido rápidamente. Pronto se enviaron tropas de policía mixta de todas las naciones de Yugoslavia al Campo del Mirlo. Esto contribuyó probablemente a contener el incendio.

Como siempre, esta vez también el Ejército Yugoslavo, junto con la policía, bloqueó el foco de disturbios, llegando tan lejos que la provincia de Kosovo fue separada herméticamente del resto de Yugoslavia y por supuesto también de Albania. Durante semanas, no pudieron pisar el Campo del Mirlo ni los extranjeros ni los nacionales sin una autorización especial. El ejército también había cumplido durante la represión del movimiento nacional croata en diciembre de 1971 una importante tarea. En aquel entonces rodeó Zagreb y la aisló de las regiones croatas adyacentes, hasta que la policía impuso el orden en la capital. Con ello se vuelve a demostrar que las fuerzas armadas yugoslavas tienen una misión de política interior del mismo volumen que la de defender el Estado contra un ataque proveniente de fuera.

Después de la revuelta de Pristina, cayeron los altos funcionarios del partido y del Estado de la provincia autónoma del Kosovo, si eran albaneses, uno tras otro. A unos se les obligó a pasar al retiro, a otros se les empujó a puestos secundarios. En todo caso, desaparecen del ámbito de observación de la población. El tabú bizantino alrededor de ellos continúa existiendo con un resultado extrano: mientras estuvieron arriba, nadie podía decir ni siquiera una palabra malsonante sobre ellos. Ahora que han caído, tienen que aparecer a ojos del pueblo como seres inhumanos. En parte fueron sustituídos por funcionarios que habían representado al Kosovo en los anos sesenta, ya sea en Pristina, ya sea en las instituciones estatatales y centrales del partido en Belgrado. Entonces habían gozado estos hombres de un escaso prestigio entre los albaneses del Kosovo. Se les reprochaba que defendían poco al grupo étnico albanés y que tenían más en cuenta los intereses de Belgrado, los del Estado central yugoslavo y los de la república de Serbia, cuya capital es igualmente Belgrado.

Esto no era quizá totalmente correcto. La toma de decisiones en las alturas de Yugoslavia está tan protegida frente a la mirada del pueblo que, con frecuencia, en éste están extendidas opiniones equivocadas acerca de lo que quiere un dirigente, de lo que pretende o de lo que intenta evitar. Quizá los representantes del Kosovo de los anos sesenta que ocuparon puestos de escasa influencia o de poca relevancia en los anos setenta se hayan transformado interiormente en ese tiempo. No es un argumento válido contra ello el que Belgrado ahora haya vuelto a llamar a alguno de ellos para puestos importantes. Alguien debe al fin y al cabo ocupar los puestos directivos en Pristina y, puesto que Belgrado quiere mantener en la jerarquía de la provincia del Kosovo, al menos exteriormente, la proporcionalidad nacional, necesita para la mayoría de estos puestos miembros del grupo étnico albanés, que comprende en el Kosovo más de tres cuartos de la población.

Sin embargo, sean como fueren los nuevos funcionarios en Pristina, con la caída de los antiguos ordenada por la central de Belgrado, el partido yugoslavo ha apartado nuevamente a unos dirigentes regionales que en el Estado multinacional representaron los intereses de un pueblo de tal manera que este pueblo les prestó por ello un cierto reconocimiento. En Croacia, Eslovenia y Serbia, en Voivodina y en Macedonia, realizó lo mismo o algo similar hace diez anos. Puesto que en Yugoslavia la población no ha ocupado ninguna posición de poder en unas elecciones verdaderas, tampoco tiene ningún dirigente del partido o del Estado una legitimación formal democrática. Sin embargo, ocurre que los dirigentes de una de las ocho regiones -seis repúblicas y dos provincias autónomas- al ocuparse con tesón de los asuntos de la región y de la nación que vive en ella, alcanzan prestigio y son aceptados por ella como sus representantes, claro que, en algún caso concreto puede ser dudoso, puesto que no hay un procedimiento previsto que pueda determinarlo de forma fiable.

Así fue seguramente hacia 1970 en Eslovenia y Croacia, en Serbia y Macedonia, y así fue de nuevo en Serbia otra vez hacia la mitad de los anos setenta. A primera vista parece extrano que en el partido yugoslavo se vaya reduciendo cada vez más aquello de lo que todo partido comunista en el poder carece dolorosamente: la aceptación popular. Sin embargo, los comunistas yugoslavos, como partido leninista, tienen también constantemente miedo a hacerse dependientes del pueblo, ya que el leninismo es un dominio de la élite de un partido de cuadros sobre el pueblo. A ello se anade además, en la multinacional Yugoslavia, la preocupación de los dirigentes por que al apoyarse las direcciones regionales de forma populista en sus respectivas naciones, las repúblicas y provincias entre ellas puedan volver a caer en nuevos conflictos. Conflictos entre los dirigentes de los Estados miembros ya hay de todos modos en la federación yugoslava. Sin embargo, pueden solucionarse en caso de necesidad más fácilmente a través de una orden central, o al menos pueden suavizarse en tanto en cuanto no esté implicada la población.

También recuerda antiguas imágenes el que ahora en el Kosovo la justicia penal trabaje a todo trapo. Esta vez hay realmente hechos criminales que condenar, puesto que en las manifestaciones en Pristina se llegó a la violencia. En cambio, en Croacia, a principios de los anos setenta, no había nada de esto. Los que entonces fueron condenados lo fueron todos a causa de declaraciones políticas que no gustaron. Ahora en el Kosovo parece también que una parte de las condenas de prisión y reclusión castigan puros delitos de expresión (actividad contrarrevolucionaria se dice, por ejemplo). Sin embargo, las condenas penales son sólo una parte de las reacciones dominadoras. Después de los disturbios en Pristina fue cerrada allí la universidad durante un tiempo indeterminado. Algo parecido sólo se había dado hasta ahora en los disturbios estudiantiles de Belgrado en el verano de 1968. Y en todo el Kosovo se prohibieron durante largo tiempo todos los actos deportivos públicos: también era la primera vez que las autoridades habían acudido a este medio tras unos disturbios.

Lo que convierte en tan explosiva la cuestión del Kosovo es un aspecto por el que ésta aparece también como caso único, comparable sólo con anteriores disturbios igualmente en el grupo étnico albanés en Yugoslavia. El Estado central había reprochado al movimiento reformista croata el separatismo, es decir, el intento de formar un Estado independiente croata. Contra los movimientos políticos en Eslovenia, Macedonia y Serbia, la dirección central del partido les reprochaba hasta el momento sólo el que se estaban desviando. Nunca apareció el reproche del separatismo. En cambio, los albaneses son el único grupo étnico en Yugoslavia que en el poder central está bajo sospecha de desear la unión con un Estado extranjero, es decir, Albania. por eso se condena ahora tan duramente, como indiscutible, la exigencia presente en las manifestaciones de Kosovo, y que después se vuelto a oír, de que se otorgue a la provincia autónoma el estatuto de república. Un Kosovo erigido en república, es decir, totalmente separado de la república de Serbia, sería, así lo temen en Belgrado los dirigentes centrales y serbios, el paso previo a la unión con la vecina Albania.

Y todavía llega más lejos el temor: precisamente al considerar que el Kosovo no solamente se uniría a Albania, sino que, por este camino, Macedonia occidental, habitada mayoritariamente por albaneses, con las ciudades de Tetovo, Gostivar y Debar, se sumaría a ello, y quizá también la parte sur de Montenegro, donde viven muchos albaneses, por ejemplo en Stari Bar. En los anos setenta se podía discutir tranquilamente con funcionarios yugoslavos del partido la cuestión de si el estatuto de república para Kosovo y sus albaneses no sería lo mejor y si la cada vez más (desde 1967) enriquecida autonomía de la provincia no llevaría de una forma natural imparable a su independencia frente a Serbia, de modo que llegaría el día en que la erección en república fuera una mera formalidad. Esto ahora en Yugoslavia es asunto que durante mucho tiempo no merecerá la pena plantearse.

Tampoco se habla públicamente ahora en Yugoslavia sobre las razones histórico-políticas de los disturbios entre los albaneses en Kosovo. Con ello, los dirigentes continúan otra tradición de la Yugoslavia comunista: la de que los disturbios nacionales no pueden hacerse inteligibles nunca sobre la base de anteriores procesos. Sólo tienen una prehistoria en tanto en cuanto pueden aparecer en ellos vestigios del fascismo. Así descalificó el partido el movimiento nacional croata hacia 1970. Así se condenaron finalmente las sugerencias de Eslovenia, desagradables para la voluntad del partido y de Belgrado, y así han encuadrado los dirigentes todos los disturbios entre los albaneses en el Kosovo y en Macedonia.

No quieren oir ni palabra sobre el hecho de que los albaneses, primero en el reino yugoslavo y luego en la Yugoslavia comunista, fueron tratados durante decenios como ciudadanos de menor rango y derecho. El jefe de la policía secreta y viepresidente Rankovic, un nacionalista serbio, había visto su misión especial en el mantenimiento de los albaneses reprimidos con brutalidad. Cuando Rankovic cayó en 1966, comenzó para los albaneses en Yugoslavia un tiempo mejor. No sólo porque fuera cesando paulatinamente la represión: el aparato del Estado y del partido en el Kosovo fue pasando pronto y mayoritariamente a manos albanesas. Las instituciones culturales crecieron, así la universidad en Pristina, las editoriales, la emisora Pristina con sus programas de radio y televisión en albanés. La federación yugoslava le dió al Kosovo dotaciones regulares del presupuesto estatal y el Kosovo recibió de las repúblicas más desarrolladas cada vez más de los fondos federales almacenados por aquéllas -con muchos murmullos- para las regiones subdesarrolladas.

Los albaneses en el Kosovo ganaron una fuerte seguridad en sí mismos, que se transmitió a los albaneses en Macedonia. Su alta cota de natalidad, la mayor en Europa, hizo que el porcentaje de los albaneses en la población del Kosovo aumentara rápidamente. Pronto serán el 80%. La de los serbios disminuiría con el mismo ritmo. Los albaneses se sentían ahora fuertes y se lo hicieron notar a los serbios. Decenas de miles de miembros de la minoría serbia en el Kosovo se sentían oprimidos por los albaneses que ahora se mantenían estrechamente unidos entre ellos avanzando, y cuya lengua ilírica y religión islámica ya les era por demás extrana. Se sentían oprimidos en su suelo patrio natal, pues el Campo del Mirlo era la tierra originaria del reino serbio medieval. Desde el final de los anos sesenta emigraron desde el Kosovo los serbios hacia la denominada más estrecha Serbia, la república de Serbia sin la región autónoma del Kosovo porque en el Kosovo ya no veían ningún futuro para sí mismos, o incluso porque ya no se sentían seguros allí. En Yugoslavia, evidentemente, no se permitió hablar abiertamente de esto durante un decenio.

Sin embargo, con su auge, los albaneses no han olvidado los malos tiempos anteriores. Las naciones tienen una memoria duradera, pero sobre ello el partido yugoslavo tampoco quiere saber nada.

13 de agosto de 1981.

 

La reacción

Política de Belgrado tras los disturbios

 

Seguramente no hay ninguna receta sencilla para una verdadera normalización en el Kosovo después de los disturbios de la primavera de 1981. La preocupación de los dirigentes en Belgrado es comprensible. El predominio albanés aumenta rápidamente a causa del alto índice de natalidad de los albanos. La confianza de los albaneses del Kosovo en sí mismos y sobre todo el carácter indomable de la juventud aumenta. A ello contribuye la proximidad del Estado albanés. Todo esto hace difícil cualquier política de pacificación en el Campo del Mirlo. Pero la política ahora realizada por Belgrado presenta algunas deficiencias de principio que hacen aparecer su éxito como dudoso.

Así, Belgrado quiere hacer valer ahora con mayor fuerza los derechos de Serbia sobre el Kosovo y los derechos de los serbios en el Kosovo. La emigración de los serbios en el Campo del Mirlo, que está en marcha desde hace un decenio y medio, debe ser detenida a cualquier precio. El campo del Mirlo pertenece al terreno patrio histórico de la nación serbia. Aquí tuvo temporalmente su centro el reino medieval de los nemánjidas y en Pec erigió el zar sebio Dusan el patriarcado de los serbios y griegos, que después se desintegraría. La catedral de Pec, los monasterios de Gracanica y Decani, los lugares en memoria de la batalla del Campo del Mirlo (1389), son santuarios históricos y religiosos de los serbios. Y ahora parece como si ni siquiera se pudiera mantener una minoría de población serbia en el Campo del Mirlo.

Esta perspectiva intranquiliza , con razón, a los serbios. Sin embargo, es difícil sustentar con el recurso a la historia la política con que aquí pretenden preservarse. Los serbios, antiguos habitantes del Campo del Mirlo, abandonaron su patria después de la victoria de los turcos en la batalla de 1389. En varias oleadas, huyeron hacia el norte, bajo la protección del imperio de los Habsburgos. Atrás sólo quedó una minoría. En las regiones que quedaron desabitadas o escasamente pobladas, aparecieron los albaneses. ¿Cómo se quiere hoy, siglos después, justificar que el Kosovo no sea ante todo tierra de los albaneses? Los serbios en el Campo del Mirlo difícilmente pueden exigir algo más que el estatuto de minoría.

Pero entonces también deben aprender albanés, que para los eslavos es una lengua extrana, difícil de aprender. Belgrado quiere ahorrar esta tarea a los serbios del Campo del Mirlo. El lema de esta campana dice: ya basta de que los serbios se vean obligados a estudiar albanés mientras que los albaneses se van librando de aprender la lengua serbia. Parecería más sensato exigir que así como los serbios aprenden albanés, los albaneses aprendan serbio.

Podría exigirse el conocimiento de la lengua serbia a los albaneses por el hecho de que el serbio, junto con el croata, tan parecido a él, es la lengua de la mayoría de la población en Yugoslavia. En Belgrado anaden otro argumento. El serbio es también la lengua principal en la república de Serbia, de la que Kosovo forma parte constitutiva. Claro que se argumenta con una pertenencia que los albaneses del Kosovo rechazan. La exigencia de una república propia del Kosovo en la federación yugoslava fue una de las consignas más frecuentes en los disturbios de la primavera de 1981. Belgrado no sólo la rechaza vivamente, sino que la considera implanteable. Hoy día quien la eleva en el Kosovo va a la cárcel enseguida.

Las razones son claras: en Belgrado se teme que el Kosovo, una vez erigido en república, pueda independizarse o tener tan amplia autonomía que la separación de Yugoslavia y la unión con Albania se aproximen peligrosamente. Es cierto que el Campo del Mirlo marchó por su cuenta en los anos setenta. Pero precisamente entonces, muchos políticos yugoslavos consideraron que las tendencias particularistas del Kosovo se podían detener y dirigir mejor hacia una vía ordenada erigiendo la provincia en república. No era nada extraordinario hablar sobre ello incluso públicamente y, en todo caso, estaba permitido. Pero ahora, desde abril de 1981, se considera delito de Estado.

Se pueden debatir los pros y contras de una república del Kosovo. Hay que tener siempre en cuenta el peligro de la separación. Pero si llega el día en que los albaneses del Kosovo quieran abandonar la federacion yugoslava a cualquier precio, lo importante no será si el Campo del Mirlo tenía que haber sido una república o una región autónoma dentro de Serbia. Tal diferencia simplemente se ha disipado desde que la nueva constitución yugoslava de 1974 nombró expresamente al Kosovo, junto con la provincia autónoma de Voivodina -también perteneciente a Serbia- como elemento constitutivo de la federación yugoslava y no sólo de la república de Serbia. Ciertamente, hay que considerar el hecho de que una república de Kosovo tendría gran fuerza de atracción sobre los albaneses de Macedonia occidental y del sur de Montenegro. Entonces cobraría fuerza el viejo y siempre reprimido anhelo de unificación en una república de todos los territorios de poblamiento albanés en Yugoslavia.

Para Yugoslavia, la ventaja del estatuto de república en Kosovo radicaría sobre todo en que entonces los albaneses del Campo del Mirlo ya no podrían sentirse oprimidos por los serbios, con los cuales tienen tradicionalmente malas relaciones, con razón o sin ella.

Que ya no se pueda hablar sobre una república de Kosovo en Yugoslavia, y mucho menos exigirla, crea en el Campo del Mirlo una tranquilidad sólo aparente, lo mismo que las abundantes condenas penales draconianas o incluso bárbaras, en su mayoría contra jóvenes albaneses, por actividad contra el Estado, que suele consistir en meras manifestaciones orales o escritas. Seguramente tampoco contribuye a la paz en el Campo del Mirlo, tras los disturbios de la primavera de 1981, la depuración de los dirigentes del partido, en la que el jefe del partido, Mahmut Bakali, perdió todos sus cargos.

El equipo de Bakali gozaba entre los albaneses de gran prestigio. Puede ser que estos políticos dieran demasiada rienda suelta a las pretensiones nacionalistas de los albaneses. Sin embargo, el Kosovo tiene ahora unos dirigentes que están bastante alejados del pueblo, que poco han podido conseguir de éste, y que quizá ni siquiera estén suficientemente informados sobre lo que piensa y siente hoy.

Por fin se entiende en Belgrado hasta qué punto las deformaciones sociales han contribuido a los desórdenes nacionales en el Kosovo. Se invirtió demasiado dinero de las cajas de la Federación y de la república de Serbia, pero también de empresas de las regiones económicamente desarrolladas del norte de Yugoslavia, en grandes empresas de energía y de obtención de materias primas. Esto creó pocos puestos de trabajo. De hecho, las inversiones hubieran debido dirigirse hacia la pequena y mediana empresa. Pero la política económica dictada por Belgrado se opone a este cambio: no se permiten empresas de agricultura privada mayores de un determinado tamano, ni siquiera se ayuda a las pequenas empresas privadas agrarias para una economización racional y que siempre se crean problemas a la pequena industria, cuyo desarrollo es muy necesario. Si los dirigentes del partido yugoslavo estuvieran relacionados con pequenas economías privadas sin convulsiones, empresas que no pueden hacer peligrar el socialismo aun siendo mejor tratadas por el Estado: así se habría podido evitar en el Kosovo este opresivo paro que tanto contribuye a las explosiones nacionalistas.

Desgraciadamente, los dirigentes yugoslavos han querido dar importancia esencial en la aparición de los disturbios en el Campo del Mirlo a una presunta inmiscusión del vecino Estado albanés. Esto no se corresponde con la realidad y desvía hacia fuera energías que dentro, en Belgrado, serían necesarias para resolver los problemas en el Campo del Mirlo, tarea en cualquier caso nada fácil.

Sin embargo, en vez de buscar soluciones, los dirigentes de Belgrado enredan cada vez más la madeja, presionados por los políticos que hoy mandan en Serbia. òltimamente se llega incluso a discutir a los albaneses su presunta procedencia ilírica. Ahora se dice que serían más bien de origen tracio que ilírico. Esto contradice no sólo los hallazgos de historiadores, etnólogos y lingŸístas, sino también la máxima, practicada habitualmente de distintos modos, según la cual en Yugoslavia cada pueblo dibuja la imagen de su propia historia. Ahora los serbios quieren imponer de golpe a los albaneses de dónde proceden. Esto calentará la sangre y alejará no sólo de la república de Serbia, sino de todo el conjunto yugoslavo, a más de un albanés del Kosovo dispuesto a colaborar con los serbios.

Pero también habría que reinterpretar mediante el silencio la historia reciente del Kosovo. òltimamente, en los textos del partido en Belgrado, sólo aparecen alusiones inocuas al terror en el Kosovo bajo el dominio de Rankovic, es decir en el tiempo desde el final de la guerra hasta 1966. Ni siquiera sobre la represión de los albaneses del Kosovo -primero en el reino serbio y después de 1918 en el yugoslavo-, se habla de otra forma que con formalidades vacías. Esto puede llevar fácilmente a los albaneses en Yugoslavia -en el Campo del Mirlo, en Macedonia y en Montenegro- cada vez más a un profundo pesimismo, al alejamiento y al rechazo.

7 de julio de 1982

 

El legado del príncipe Lázaro

Las pretensiones serbias y su historia

 

Del Campo del Mirlo subyugoslavo, el Kosovo, llegan sin interrupción noticias que no se adecúan con la nueva imagen de la Europa oriental. Hablan de estado de excepción y de toque de queda; de tropas de policía que disparan a las masas que protestan; de muertos, de nuevas y crecientes detenciones y procesos políticos. ¿Está acaso predestinado el Campo del Mirlo a ser el último bastión del despotismo en Europa?

Pensemos en la dominación del SED en Alemania oriental o en el régimen tardoestalinista en Checoslovaquia. Ambos buscaban asegurar su supervivencia mediante el empleo fantasmagórico de medios de poder. Ambos se han desplomado rápidamente a finales del ano pasado. ¿No debería haber pasado también el tiempo de la opresión en el Kosovo yugoslavo? Sin embargo, lo que de lejos parece semejante aparece como totalmente diferente al observarlo más de cerca. En Hungría, Polonia, Checoslovaquia y la RDA fue oprimida respectivamente una nación (o su mayoría o una parte de ella) por mandatarios que pertenecían a la misma nación. Honecker es tan alemán como los alemanes que al grito de nosotros somos el pueblo se manifestaban por las calles. Jakes no es menos checo que los antiguos disidentes que, a la cabeza de masas populares consiguieron su dimisión. En Hungría y en Polonia los políticos que gobiernan tienen en común con sus predecesores ya caídos la pertenencia étnica y cultural, sepáreles lo que les separe.

Pero en el Campo del Mirlo un grupo étnico es sometido por la clase dirigente de otro pueblo: los albaneses por la clase estatal y del partido serbia en Belgrado, así como por sus subordinados en Pristina, la capital de la provincia del Kosovo. Claro que lo que se pide es democracia y libertad. Pero este conflicto está incardinado en otro nacional en el que están, frente a frente, un grupo fuerte en medios de poder y otro grupo étnico lingüístico débil políticamente. Cuando los albaneses en el Campo del Mirlo exigen libertad, se refieren primeramente a que la clase dominadora serbia debería cesar, voluntariamente o por la fuerza, de subyugarles como comunidad nacional. Democracia es para ellos en primer lugar que en el Campo del Mirlo los albaneses se autogobiernen y autoadministren.

El carácter nacional del conflicto en el Campo del Mirlo determina también el comportamiento, la conciencia y los sentimientos de la clase mandataria serbia, que cree llevar a cabo con su política de dominación en el Kosovo una misión nacional. Eso les da la certeza de actuar correctamente.

La certeza de su legitimidad nacional es insuperable. No proviene sólo de la misma clase dominadora sino de su profundo consenso con la nación. La mayoría de los serbios, cuando lo dicen, considera su misión nacional contener, acordonar a los albaneses en el Campo del Mirlo y mantenerlos bajo control. Esto no se puede explicar con intereses políticos de mayor o menor corto plazo. La política de opresión serbia contra los albaneses se fundamenta en un mito que lleva el nombre de Kosovo. Los serbios no han olvidado nunca que su ejército, bajo el príncipe Lázaro en 1389, fuera vencido por los turcos en el Campo del Mirlo y que, como consecuencia de la dominación turca en esa región, cuna de la cultura y del Estado serbio en la Edad Media, una gran parte de la población serbia emigrara del Campo del Mirlo y que allí se asentaran los albaneses.

En la conciencia nacional e histórica del pueblo serbio, el Kosovo es tierra serbia. Lo que ocurrió allí después de 1389 viola, desde el punto de vista serbio, su derecho histórico. En su opinión, también lo contradice el que a lo largo de los últimos trescientos anos los albaneses se hayan convertido en la mayoría de la población en el Campo del Mirlo. La mitología determina la relación de los serbios con el Campo del Mirlo y también el lenguaje con el que hablan de ello: siempre se trata de heroismo, honor, tierra sagrada, derecho sagrado, sangre; vencer y morir. Daremos nuestra vida, pero el Kosovo, nunca. Tales expresiones se oyen a menudo en Serbia. Los escritores serbios contribuyen a tal misticismo y la Iglesia ortodoxa serbia, que se considera administradora de la historia serbia, vigila el legado del príncipe Lázaro.

A un pueblo que tiene una comprensión de su derecho nacional tan profundamente enraizada se le hace difícil conceder que está cometiendo una injusticia con otro pueblo. Desde que los albaneses, en los momentos previos a la primera guerra mundial, cayeron bajo el dominio serbio, han pasado por pocos tiempos buenos. El reino de Yugoslavia los trató como seres humanos de valor inferior y el Estado multinacional gobernado por los comunistas continuó esta práctica. Sólo en los anos setenta pudo el grupo étnico albanés desplegar su existencia nacional. Sin embargo, sólo parece haber entre los serbios una pequena minoría que aconseje a su nación hoy un replanteamiento y reconsideración en el Campo del Mirlo.

Insistiendo en reprimir al grupo étnico albanés, Serbia -y con ella también el Estado federal yugoslavo, que deja actuar a la voluntad serbia, incluso contribuye a ejecutarla- se mantiene lejos de la corriente determinante de nuestro tiempo. Europa ya no acepta un dominio por la violencia, aunque su fuerza surja de ideologías o de mitos.

2 de marzo de 1990

 

La reciente política de expulsión

Detenciones, malos tratos, fusilamientos

 

El 11 de marzo de 1981, estudiantes albaneses protestaban en Pristina, la capital de la provincia yugoslava del Campo del Mirlo. Su disgusto se había desatado ante la calidad de la comida en los comedores universitarios y de los alojamientos. Sin embargo, rápidamente la manifestación pasó al campo político. Exigían que el el Kosovo recibiera el estatuto de república yugoslava. Los disturbios se trasladaron a otras ciudades del Campo del Mirlo y al conjunto del grupo étnico albanés, que es mayoría en la provincia. Se prolongaron durante semanas.

Después de una corta espera, la policía serbia actuó en abril de 1981 de forma brutal. Los cálculos sobre cuántos albaneses murieron oscilan entre cincuenta y varios centenares. A la protesta reprimida le sucedieron procesos contra miles de albaneses del Kosovo. La justicia serbia no pudo probarle a ninguno de ellos delitos de homicidio. Sin embargo, hubo penas de diez y quince anos de reclusión mayor, incluso para adolescentes.

Desde entonces, la república de Serbia dirige -apoyada en el Estado yugoslavo, que se ha convertido en un instrumento en sus manos-, una acción de opresión en el Kosovo cuyo objetivo es, manifiestamente, hacer perder la dignidad al millón y tres cuartos de albaneses de allí, maltratándolos de forma que abandonen sus patria. Ésta es una nueva fase de la política serbia de deportación, que, con el dominio de Belgrado, apareció en 1912 en el Campo del Mirlo, y que hasta los anos cincuenta obligó por la violencia a cientos de miles de albaneses a emigrar hasta Turquía.

La república de Serbia se sirve en parte de medios políticos. Ya le ha quitado al Campo del Mirlo la autonomía garantizada en la Constitución yugoslava. Ha erradicado el parlamento y el gobierno kosovares, que mayorítariamente se componían de albaneses, y ejerce la autoridad estatal en el Kosovo a través de un comisario serbio. Ha alejado a todos los albaneses de los cargos importantes públicos, ha despedido a todos los policías albaneses. Ha destruido el sistema escolar albanés y ha quitado a los albaneses sus periódicos, su radio y su televisión. En estas semanas se está serbizando la universidad de Pristina. Serbia ha reducido a los albaneses en el Campo del Mirlo al estatuto de pueblo colonial.

Sin embargo, no hay muchos pueblos coloniales que hayan sido oprimidos por sus senores coloniales, con medios físicos, tan brutalmente como lo han sido los albaneses en el Kosovo varias veces durante su obligada pertenencia al Estado serbio y yugoslavo, y ahora otra vez desde hace diez anos. Miembros del comité internacional de Helsinki para los derechos humanos han esclarecido que órganos de seguridad serbios dispararon sobre albaneses con ametralladoras pesadas y que utilizaron balas dum-dum, prohibidas por la comunidad internacional. Hay indicios de que la policía serbia mató a muchos albaneses por la espalda con disparos en la cabeza y que también disparó a muchos albaneses en la espalda cuando evidentemente huían. Sólo en enero y febrero de 1990, la policía serbia fusiló a noventa albaneses en manifestaciones. El propio gobierno yugoslavo lo ha admitido, tras muchos intentos de ocultarlo. Probablemente la verdadera cifra sea mucho mayor.

Numerosos presos preventivos han sido apaleados. Al menos doscientos cuarenta y cinco albaneses, la mayoría de ellos intelectuales, fueron sometidos en 1989 a aislamiento. Éste es un tipo de castigo que ni siquiera está previsto en el código penal serbio. Muchos de los aislados fueron maltratados por la policía con punetazos y patadas hasta perder el conocimiento. Se calcula que decenas de miles de albaneses han pasado por las cárceles desde abril de 1981 como presos políticos. Sólo entre 1981 y 1985, fueron condenados 3.344 albaneses por actividad nacionalista y enemiga. En el verano de 1988 la Asociación de Pueblos Amenazados conocía el nombre de 474 presos políticos albaneses. Nadie puede calcular los desconocidos. Los procedimientos burlaban las normas de cualquier Estado de derecho. Los detenidos no podían presentar ningún recurso a la detención, porque se les negaban los medios para escribir.

Lo mismo puede decirse de las sentencias. La mayoría son una burla de la cultura jurídica europea. Se corresponden más bien con las tradiciones orientales del Estado serbio. Un historiador albanés recibió catorce anos de prisión por un libro sobre la historia de Albania. Un reportero de la radio fue condenado a once anos de prisión por presunta infracción del principio de la fraternidad y unidad. Chicos de dieciocho anos recibían cinco o siete anos de prisión mayor porque habían participado en una manifestación. Profesores de la Universidad de Pristina firmaron un manifiesto en el que se exigía que la antigua constitución del Kosovo continuara en vigor y fueron sometidos por ello, sin sentencia, a aislamiento en prisión.

En marzo de 1990 enfermaron repentinamente en el Campo del Mirlo más de mil ninos albaneses, sobre todo escolares, por un grave envenenamiento. Los médicos serbios encargados por los mandatarios serbios de investigar la causa afirmaron que no pudieron determinar nada. Se sospecha que la policía secreta serbia intentó matar a los ninos con el veneno. Esto cuadraría con los intentos serbios de reducir el grupo étnico albanés en el Campo del Mirlo. En este sentido, en Serbia cada vez se exige más que se establezca sobre los albaneses un control de la natalidad.

La política de opresión en el Kosovo recibía nuevas sugerencias desde Serbia. Una masa fanatizada gritaba en Belgrado a fines de febrero de 1990: Detened a Azem Vlasi (según otros informes: colgad a Azem Vlasi). Se referían al destituido presidente de la organización del partido comunista en el Campo del Mirlo, que en 1981 se había mostrado tan sumiso al dominio serbio que los albaneses, llenos de desprecio, se separaron de él y que, sin embargo, después, cuando la sangrienta violencia contra su pueblo parecía interminable, se atrevió a protestar. El caudillo serbio Milosevic respondió a la turbulenta masa: Toda la gente que está detrás de la contrarrevolución albanesa del Kosovo será detenida sin consideración a su posición. Eso lo garantizo yo en nombre de los líderes serbios. La garantía resultó fiable. Al día siguiente Vlasi fue detenido. Sin embargo, los deseos más amplios de la masa de Belgrado quedaron incumplidos. Las quejas desde Occidente y también desde dentro de Yugoslavia fueron cada vez más intensas. Vlasi permaneció un ano en prisión preventiva. Después la justicia serbia le dejó en libertad.

Serbia maltrata a un grupo étnico. Yugoslavia, que se ha convertido en un aparato de los políticos y generales panserbios, oculta el crimen. Pero los gobiernos occidentales mantuvieron con esta Yugoslavia buenas relaciones apenas empanadas hasta la agresión sobre Eslovenia. El ministro yugoslavo de asuntos exteriores, Loncar, que encubre la política de opresión panserbia en el extranjero, recibió respeto e incluso amistad de Occidente. La CE quería dar de nuevo dinero a Yugoslavia, por tanto a la fuerza opresora serbia. Sólo la agresión del Ejército Popular Yugoslavo la mantiene de momento alejada de esto. Incluso antes de producirse este ataque, las cajas occidentales no les habrían dado ni una sola peseta si los Estados occidentales y sus organizaciones internacionales hubieran advertido, reprobando y castigando con sanciones a Yugoslavia, que el régimen de Belgrado asola desde hace anos a un pueblo en el Campo del Mirlo con un terror sangriento.

17 de julio de 1991

 

La expulsión de los arnautas

Ideas serbias acerca del Campo del Mirlo

 

La cruel guerra que lleva a cabo Serbia contra Croacia debe abrir el camino a un objetivo político: expulsar de grandes partes de Croacia a la población croata, caso de que todavía fuera necesario, asentando allí serbios. La primera guerra en Europa desde 1945 forma parte de una política serbia de asentamientos que comenzó en el último cuarto del pasado siglo, fue practicada en gran medidad en el reino yugoslavo del período de entreguerras, y continuada después de la segunda guerra mundial.

Víctimas de esta política nacional imperialista que siempre se ha servido de la violencia, eran y son varios pueblos, en primer lugar los albaneses. Cuando Serbia, en las guerras balcánicas de 1912-1913 hubo ganado Vardar-Macedonia y el Campo del Mirlo, expulsó de algunos pequenos territorios a los albaneses, procurándose espacio para colonos serbios. Esta política quiso proseguirla con renovada fuerza el reino eslavo del sur, nacido a finales de 1918, que en realidad era una gran Serbia. Los resultados quedaron por detrás de las expectativas de muchos representantes del panserbismo, esto es, de la corte, de los dirigentes del partido radical -el más fuerte en Serbia-, del ejército, de la administración, de la Iglesia ortodoxa serbia y de la burguesía económica e intelectual.

¿A qué imputaban la ausencia de un éxito rotundo? ¿Cuáles eran sus motivos y objetivos? Esto lo ha expuesto con una claridad insuperable el historiador Vasa Cubrilovic en su disertación sobre la deportación de los arnautas (los albaneses), pronunciada en marzo de 1937 en el Club Serbio de la Cultura, en Belgrado. Cubrilovic no era sólo historiador, sino que él mismo tiene un lugar en la historia. Pertenecía al grupo de jóvenes serbios que el 28 de junio de 1914 asesinó en Sarajevo al heredero del trono austro-húngaro, archiduque Francisco Fernando. Por este hecho, que contribuyó a la explosión de la guerra, se convirtió entre los serbios en un héroe nacional. Entre los intelectuales serbios, goza todavía hoy del mayor respeto, incluso admiración. Quizá tiene también que ver con ello que el texto de su disertación se conserve en el Instituto de historia militar del Ejército Popular Yugoslavo en Belgrado. Cubrilovic fue durante decenios profesor de historia en la universidad de Belgrado. Murió el ano pasado.

En su disertación, el profesor trae a colación en primer lugar que Serbia ya a finales del pasado siglo o a principios de éste había limpiado radicalmente de albaneses la parte del territorio de poblamiento albanés -que forma una cuna entre el sur de Serbia y Vardar-Macedonia- que le tocó en 1913. El reino yugoslavo, desde 1918, hubiera debido destruir, según su opinión, la parte restante de este triángulo. Se queja de que esto no haya sucedido así, y enumera las causas: el reino yugoslavo no ha solucionado la cuestión albanesa con una deportación, sino que la ha paralizado con lentos procedimientos de colonización por etapas, que ni siquiera ha sido planeada ordenadamente y que ha conducido a escasos resultados. En bastantes regiones se asentaron montenegrinos que en la primera generación no servían para la agricultura. Para acostumbrarles a ello, afirma Cubrilovic, debían haberlos mezclado con el elemento más progresista, con gentes de otras ramas serbias (los montenegrinos son una rama de la nación serbia).

Pero el mayor fallo fue dejar a los albaneses el mejor suelo, en lugar de nacionalizarlo. Los albaneses son el único pueblo, dice Cubrilovic, que ha conseguido en los últimos mil anos no sólo afirmarse frente al núcleo del Estado serbio, sino incluso desplazar sus fronteras étnicas hacia el norte y hacia el este, en perjuicio de los serbios. A este pueblo no se le puede someter sólo con una colonización por etapas. El único medio eficaz sería la violencia brutal de un poder estatal organizado. Si Serbia no pone orden aquí a tiempo, habrá un terrible movimiento irredentista cuyos barruntos ya se hacen notar.

El profesor describe con detalle el aspecto que debía tener esta violencia brutal. Sería necesaria una deportación masiva hacia Albania o hacia Turquía. La opinión pública mundial se alteraría un poco. Sin embargo, el mundo se ha acostumbrado a cosas peores, y se entretiene en sus asuntos cotidianos. Si Alemania puede expulsar a decenas de miles de judíos y Rusia puede trasladar a millones de una parte del continente hacia otra, no se producirá una guerra mundial por algunos cientos de miles de albaneses expulsados.

Si se quiere llegar a la deportación masiva de albaneses, opina Cubrilovic, hay que producir primero la psicosis correspondiente. Con dinero o amenazas, habría que ganarse a los clérigos islámicos y a los demás líderes de los albaneses, para que hagan apetecible a su pueblo la emigración. El segundo medio sería la presión del aparato del Estado. Éste debería aprovechar al máximo las leyes para hacer penosa la permanencia a los albaneses. Imponer multas, detener, aplicar sin piedad todas las disposiciones policiales, talar los bosques, soltar los perros, empujar al trabajo servil y emplear todos los otros métodos que es capaz de imaginarse una policía eficiente. No reconocer antiguos certificados de propiedad, interrumpir el trabajo de todas las oficinas del catastro, quitarles los documentos de identidad, retirar los permisos industriales, despedirles del funcionariado y de otros puestos de trabajo. Todo esto aceleraría la emigración. En la religión es donde son más sensibles los albaneses. Así, hay que darles allí también hábilmente: vejaciones contra clérigos, allanamiento de cementerios, prohibición de la poligamia.

Hay que repartir armas a los colonos serbios, habrá que volver a poner en movimiento la antigua actividad de los chetniks. Hay otro medio que los serbios pusieron en práctica después de 1878: la quema de pueblos y barrios de albaneses. Preferentemente hay que vaciar los pueblos albaneses; despues, las ciudades. Esto no debe repercutir sólo en las capas pobres, porque las clases medias y los más ricos son la espina dorsal de un pueblo.

Pero, ¿quiénes serían los nuevos colonos? Cubrilovic recomienda especialmente los montenegrinos. Éstos estarían especialmente dotados para la represión, aunque manifiestamente les faltaba sentido del trabajo y la organización. También habría que transportar hacia el sur de Serbia húngaros y alemanes desde la Backa, cerca de la frontera húngara, porque allí los serbios sólo constituyen el 25% de la población.

Esta colonización habría que dejarla en manos del Estado Mayor yugoslavo, puesto que el ejército está interesado en asentar a su elemento en una frontera (con Albania) especialmente sensible. Las unidades de chetniks y de halcones (1) se encargarían de zanjar el asunto de los albaneses, si no fuera posible que se ocuparan de ello los órganos del poder estatal. El aparato de policía jugará aquí un papel importante. Hay que decir con energía a los partidos políticos que en aquellos territorios se prohíbe cualquier intervención de diputados a favor de los albaneses. No hay que temer los costes. Asegurar nuestro punto más sensible en el sur, mediante la colonización con elemento nacional (serbio) nos ahorra, en caso de guerra, algunas divisiones.

La disertación del profesor Cubrilovic llegó algo tarde para el reino de Yugoslavia, que cuatro anos después se desintegró. Pero la Yugoslavia comunista, que tomó sobre sí mucho del patrioterismo, se ha atenido a este consejo. Continuó la persecución sangrienta del grupo étnico albanés. El jefe del partido que la impulsó fue el panserbio Rankovic. En los anos cincuenta, el Estado de Belgrado consiguió una emigración masiva de albaneses a Turquía. Aproximadamente se fue un cuarto de millón de personas. Desde 1980, la nueva ola de la política de opresión serbia en el Campo del Mirlo tiene evidentemente el objetivo de expulsar a los albaneses y de asentar en su lugar a serbios. ¿Se cumplirá el segundo sueno vital del difunto profesor Vasa Cubrilovic?

24 de octubre de 1991

(1) En el original, en serbio: Sokol.

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